domingo, 27 de abril de 2008

Publicado por jrtapia @ 8:00



I. Allegro con brio
Orquesta Filarmónica de Berlín
Claudio Abbado, director


Sería difícil encontrar en la vida de Beethoven un contraste más acusado que la oposición entre su ánimo sombrío y desesperado durante el verano de 1802 en Heiligenstadt, donde termina la amable segunda sinfonía, obsesionado sin embargo en su interior por la tentación del suicidio, y el estío de 1803 en Oberdöbling, ocupado en la tercera, una obra mucho más dramática, que acomete con una heroicidad, a la que se ve forzado por su destino. En octubre de 1802, cuando se preparaba para regresar a Viena, escribe el famoso "testamento de Heiligenstadt": reconoce que su sordera es progresiva y permanente y, aunque ha rechazado ya la posibilidad del suicidio, afirma estar dispuesto a morir en cualquier momento. Sin embargo, Beethoven va a hacer de la necesidad virtud, emprendiendo una huida hacia delante que cambiará el rumbo de la historia de la música. El hedonismo auditivo, inherente al formalismo clásico, va a ser sustituido por una música ideológica y conmovedora, prefiguradora del romanticismo en su dirección hacia la interioridad. La perdida de audición externa quedará compensada con creces por el universo sonoro que construye en su imaginación. La crisis le conduce a la decisión de no escribir más para "el oído", sino para la inteligencia y el espíritu.

La tercera sinfonía supone la plena realización de su ideal sinfónico, llevando a esta forma instrumental al nivel de la ópera y el oratorio, duplicando su longitud, respecto a la hasta entonces habitual y, sobre todo, imprimiéndole la carga emocional y expresiva de estas formas vocales, mediante la introducción de connotaciones programáticas; en este caso, la descripción de la vida de un héroe (primer movimiento), su muerte (segundo), su despertar en otro mundo (tercero) y la aplicación de su espíritu a la pura actividad creativa (cuarto). El programa literario la separa del mundo del entretenimiento de la sinfonía clásica y abre el camino por el que va a discurrir la música instrumental durante el romanticismo. El ideal sinfónico nace con la tercera plenamente realizado, para prolongarse después a lo largo de la quinta, sexta, séptima y novena. Aunque marca el inicio de su segundo estilo de transición entre clasicismo y romanticismo, observamos en ella rasgos que caracterizarán las obras más tardías de su tercer estilo, en especial la utilización de la fuga y la variación, como una vuelta al racionalismo compositivo del estilo barroco, así como el aislamiento de detalles melódicos, armónicos o rítmicos que recompone extrayendo todas sus posibles implicaciones, en base a ideas que cargan de sentido humano la expresión musical.

El dedicatario original fue Napoleón Bonaparte. De hecho pueden observarse influencias de la música francesa postrevolucionaria, especialmente de los propulsivos "tuttis" orquestales y las marcadas marchas de las óperas de Cherubini y Méhul, que habían tenido un gran éxito en Viena. Pero la coronación de Bonaparte como emperador y sus planes de invadir media Europa, incluida Viena, decepcionaron al compositor, que rompió enfurecido la página del título, donde aparecía la dedicatoria. En su publicación en 1806 recibió la denominación de sinfonía heroica, "habiendo sido compuesta en memoria de un héroe". Aunque el mismo Beethoven es en realidad el auténtico héroe, se considera que "el gran hombre" pudo haber sido el príncipe Luis Fernando de Prusia, que de hecho había muerto heroicamente en 1806, íntimo amigo del dedicatario de la sinfonía, el príncipe Lobkowitz.


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