I. Allegro con brio Orquesta Filarmónica de Berlín Claudio Abbado, director
Sería difícil encontrar en la vida de Beethoven un contraste más
acusado que la oposición entre su ánimo sombrío y desesperado durante
el verano de 1802 en Heiligenstadt, donde termina la amable segunda
sinfonía, obsesionado sin embargo en su interior por la tentación del
suicidio, y el estío de 1803 en Oberdöbling, ocupado en la tercera, una
obra mucho más dramática, que acomete con una heroicidad, a la que se
ve forzado por su destino. En octubre de 1802, cuando se preparaba para
regresar a Viena, escribe el famoso "testamento de Heiligenstadt":
reconoce que su sordera es progresiva y permanente y, aunque ha
rechazado ya la posibilidad del suicidio, afirma estar dispuesto a
morir en cualquier momento. Sin embargo, Beethoven va a hacer de la
necesidad virtud, emprendiendo una huida hacia delante que cambiará el
rumbo de la historia de la música. El hedonismo auditivo, inherente al
formalismo clásico, va a ser sustituido por una música ideológica y
conmovedora, prefiguradora del romanticismo en su dirección hacia la
interioridad. La perdida de audición externa quedará compensada con
creces por el universo sonoro que construye en su imaginación. La
crisis le conduce a la decisión de no escribir más para "el oído", sino
para la inteligencia y el espíritu.
La tercera sinfonía supone la plena realización de su ideal
sinfónico, llevando a esta forma instrumental al nivel de la ópera y el
oratorio, duplicando su longitud, respecto a la hasta entonces habitual
y, sobre todo, imprimiéndole la carga emocional y expresiva de estas
formas vocales, mediante la introducción de connotaciones
programáticas; en este caso, la descripción de la vida de un héroe
(primer movimiento), su muerte (segundo), su despertar en otro mundo
(tercero) y la aplicación de su espíritu a la pura actividad creativa
(cuarto). El programa literario la separa del mundo del entretenimiento
de la sinfonía clásica y abre el camino por el que va a discurrir la
música instrumental durante el romanticismo. El ideal sinfónico nace
con la tercera plenamente realizado, para prolongarse después a lo
largo de la quinta, sexta, séptima y novena. Aunque marca el inicio de
su segundo estilo de transición entre clasicismo y romanticismo,
observamos en ella rasgos que caracterizarán las obras más tardías de
su tercer estilo, en especial la utilización de la fuga y la variación,
como una vuelta al racionalismo compositivo del estilo barroco, así
como el aislamiento de detalles melódicos, armónicos o rítmicos que
recompone extrayendo todas sus posibles implicaciones, en base a ideas
que cargan de sentido humano la expresión musical.
El dedicatario original fue Napoleón Bonaparte. De hecho pueden
observarse influencias de la música francesa postrevolucionaria,
especialmente de los propulsivos "tuttis" orquestales y las marcadas
marchas de las óperas de Cherubini y Méhul, que habían tenido un gran
éxito en Viena. Pero la coronación de Bonaparte como emperador y sus
planes de invadir media Europa, incluida Viena, decepcionaron al
compositor, que rompió enfurecido la página del título, donde aparecía
la dedicatoria. En su publicación en 1806 recibió la denominación de
sinfonía heroica, "habiendo sido compuesta en memoria de un héroe".
Aunque el mismo Beethoven es en realidad el auténtico héroe, se
considera que "el gran hombre" pudo haber sido el príncipe Luis
Fernando de Prusia, que de hecho había muerto heroicamente en 1806,
íntimo amigo del dedicatario de la sinfonía, el príncipe Lobkowitz.
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