
Se ha convertido en el fenómeno discográfico de la temporada con Carestini y homenajea a Vivaldi por nuestra geografía con La fida ninfa. El contratenor Philippe Jaroussky ha hablado de todo ello con El Cultural.
Philippe
Jaroussky (1978) se ha convertido en el primer contratenor superventas
de la historia. Mérito de un disco (y de una trayectoria) que rescata
la figura de Giovanni Carestini. Un castrado ubicuo y longevo a quien
la mitología ubica a la sombra de Farinelli. Les sucede, en realidad, a
todos los “castrati” de la época, aunque Jaroussky se ha propuesto
reivindicar el honor de Carestini sin perder de vista otros alicientes
de su carrera. Hoy canta en el Auditorio Nacional de Madrid La fida ninfa de Vivaldi, camino de Valladolid (26 de abril y 12 de mayo).
–Usted y el Ensemble Matheus van a interpretar La fida ninfa
integralmente. Cuatro horas de recitativos y música. Ya sabe que existe
una pugna entre los ortodoxos y los heterodoxos. Cortar o no cortar...
–Creo
que es interesante e importante la totalidad. No se le puede pedir al
espectador ni a Vivaldi cuatro horas de plenitud, pero la idea de hacer
el viaje completo resalta precisamente los momentos de mayor
inspiración. Es la idea de llegar a un clímax, igual que sucede en el
repertorio wagneriano. Aislar los momentos más brillantes y ofrecerlos
seguidos desnaturaliza la ópera. Y tengo comprobado que se disfrutan
menos.
–Usted ha participado en muchos proyectos que recuperan
el repertorio de Vivaldi. ¿Por qué se ha tardado tanto tiempo en
conocer la ópera del prete rosso?
– La razón es el
desconocimiento. Vivaldi se ha descubierto tarde. Inicialmente se ha
buscado en el repertorio instrumental y de cámara. La ópera se había
descuidado. E injustamente, porque creo que es el ámbito donde más se
aprecia la genialidad. Vivaldi escribía un aria con mayor velocidad del
tiempo que se tomaba el copista para copiarla. Es la prueba de la
naturalidad. Y la razón por la que Vivaldi tiene esa relación tan
directa, tan eléctrica, con los espectadores. Vivaldi es como el
champagne, mientras que Handel es como un burdeos. Hay en su música un
sentido de show, de espectacularidad.
Carestini versus Farinelli
–¿Por qué se planteó resucitar al castrato? ¿Cómo explica el éxito del disco?
–Creo
que el disco ofrece algo nuevo. Es un proyecto. Y no la mera suma de
unas arias. Se trata de reubicar a Carestini en la historia. En el
lugar que se merece. El mito de Farinelli ha eclipsado a los otros
castrati. Tuvo una carrera fulgurante, pero breve. Y se ha alimentado
en el imaginario colectivo, se ha idealizado. Carestini, en cambio,
cantó durante 36 años. Recorrió toda Europa hasta Rusia. Conoció a
Hasse y a Gluck. Creo que podemos decir hoy que era un divo impetuoso,
excesivo, extravagante. Sabemos que era un gran actor. Y podemos
imaginarnos como cantaba a través de la música que le escribieron. Me
estoy acordando del Ariodante de Handel, por ejemplo. Yo no me propongo
“sustituirlo” ni emularlo. Hago un homenaje. Los contratenores no somos
cantantes legítimos. Somos nuevas voces que han encontrado una época
donde desarrollarse, pero es inútil, imposible, reemplazar a Farinelli
o a Carestini.
–De éste último se elogiaba “la perfección absoluta”. ¿Usted también la persigue?
–
Nunca busco la perfección. Busco mi verdad. Trato de despojar la ópera
del peligro del artificio. Me preocupa más la idea de la expresión.
Encontrar la naturalidad. Cantar de la manera más simple.
–Con ustedes hay una relación sadomasoquista. El público parece gozar con los trapecistas vocales.
–
El riesgo es el milagro del canto, de la belleza, del arte mismo. No me
gusta la idea de ser un cantante irreprochable. Prefiero convertirme en
un patinador que puede caerse en cualquiera de las piruetas.
Rubén AMÓN
EL CULTURAL