viernes, 09 de mayo de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00



Deborah Voigt, soprano
Metropolitan Opera de Nueva York

James Levine, director

Tannhäuser trata del tema de la redención por amor, aunque es innegable que no posee ni la fuerza dramática ni el carácter más ontológico de El Holandés errante. Quizá para el espectador actual el punto más débil de tan grandiosa obra sea precisamente el libreto, al haberse quedado un poco anticuado en su tratamiento teatral. Si bien la atmósfera densa, sensual y carnal del Venusberg es atractiva, todo lo que rodea al mundo espiritual de Elisabeth no posee tal poder. Resulta admirable, por otra parte, cómo Wagner sabe mantener la atención a lo largo de los extensos solos gracias únicamente a su música verdaderamente excepcional. Así mismo, Wagner logra los más hermosos contrastes tanto en la escena de Venus y el trovador, como entre este cuadro I y el II del acto I. Los no más de diez leitmotivs de la obra, aún no llegan a conformar todo su tejido musical. Por ello, Wagner recurre a veces a nuevas melodías para imprimirle variedad, signo claro de su inmadurez, recurso que abandonará a partir de El Anillo del Nibelungo.

En Tannhäuser sólo hay dos arias de corte clásico, sobre todo la primera, Dich, teure Halle (Salve, noble salón),  situada en el salón del concurso del castillo de Wartburg al principio del acto II. Elisabeth elogia el lugar que tan grandes competiciones ha visto, el cual va a volver a recuperar su brillo con el regreso de Tannhäuser.

La segunda aria, O du mein Holder Abendstern, encomendada a Wolfram en el acto III, también mira al pasado. En Tannhäuser subsisten aún elementos de la grand opéra, si bien se hallan elevados por la calidad intrínseca del compositor, como son los concertantes, en general todavía convencionales (el solo de Wolfram del acto I, es además, italianizante), o el coro de los invitados del acto II, algunas de cuyas frases son abiertamente mediocres y recuerdan a Meyerbeer. A pesar de todo Tannhäuser constituye un paso mucho más claro que el representado por El Holandés errante, en el camino que conduciría a su creador a lograr la evolución del género, y colmar así las aspiraciones latentes en la ópera desde la época de Monteverdi.


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