Orquesta Filarmónica de Berlín
Claudio Abbado, director
Cuando se le planteó a Sergei Prokofiev la
composición de un ballet basado en la tragedia de Shakespeare, de los dos
jóvenes amantes, el músico vaciló. No estaba seguro de que se pudiera traducir
el contenido psicológico complejo del drama a un medio sin palabras. Además, le
preocupaba el hecho de que Romeo y
Julieta ya había sido tema de óperas compuestas por 14 compositores
diferentes y había servido como base para la obertura de Chaikovski y la
sinfonía dramática de Berlioz. Trabajó en un posible escenario con el director
de escena Sergei Radlov. Las notas de Prokofiev muestran que puso un inusual
alto grado de atención a los detalles del argumento y de la interacción entre
la acción en el escenario y la música.
Cuando los directores del ballet recibieron
la música, la encontraron absolutamente distinta, diferente de cualquier otra
con la que hubieran tratado previamente. La declararon imposible de bailar y
cancelaron su contrato con Prokofiev. Otra objeción que tuvieron fue con
respecto a uno de los muchos cambios que Prokofiev había hecho en la historia:
había sustituido el final conocido por un final feliz. Más tarde, el compositor
explicó:
En el último acto, Romeo llega un minuto
antes y encuentra a Julieta viva. La razón para tomarme tan bárbara libertad
con la obra de Shakespeare fue puramente coreográfica: la gente viva puede
bailar, pero no se puede esperar que los moribundos dancen en la cama... Es
interesante notar que, mientras que en Londres se limitaron a manifestar
simplemente que Sergei Prokofiev estaba escribiendo un ballet de Romeo y Julieta con un "final
feliz", nuestros estudiosos de Shakespeare resultaron ser más papistas que
el Papa y bramaron en defensa del maltratado Shakespeare. En realidad, yo me
sentí afectado por otra cosa: alguien había hecho la observación de que, en el
final, mi música no sonaba como "felicidad verdadera", y eso era
cierto. Por lo tanto, después de discutir todo el problema con los coreógrafos,
encontramos un modo de terminar según la obra original y he vuelto a escribir
la música.
Una vez que la compañía Bolshoi rechazó el
ballet, Prokofiev arregló parte de la música como suites para conciertos, que
fueron presentados con éxito considerable en Moscú en 1936 y 1937. Pero todavía
nadie se animaba a emprender la puesta en escena de la danza. En 1937 se
canceló un estreno propuesto en Leningrado. Finalmente, el ballet fue
presentado en 1938, pero no en Rusia. Una compañía de Checoslovaquia presentó
la obra sin la participación de Prokofiev. Este estreno fuera de Rusia de una
obra importante, encargada por un teatro ruso y compuesta por un compositor
soviético destacado, fue una vergüenza nacional. Los rusos se apresuraron a
montar el ballet. Leonid Lavrovsky, el nuevo coreógrafo del Teatro Kirov de
Leningrado, empezó a tratar con Prokofiev inmediatamente.
Lavrovsky hizo muchas sugerencias de
modificaciones, basadas en sus ideas respecto de la puesta en escena. Prokofiev
se resistió a toda idea nueva. "He escrito la cantidad exacta de música
que es necesaria. No voy a hacer nada más. Está hecha. La pieza está lista. Si
desea producirla... allí está. Si no, entonces, no." Pero Lavrovsky pronto
aprendió cómo lidiar con el obcecado compositor.
Prokofiev no había escrito ninguna música
para danza en la primera escena, pero Lavrovsky quería danza, no solamente
música, para presentar la historia. Cuando Prokofiev se negó rotundamente a
escribir música adicional, el coreógrafo decidió utilizar un movimiento de una
de las sonatas para piano del compositor. Prokofiev lo descubrió sólo cuando lo
escuchó en el ensayo. Enojado, se negó a orquestar la música. "Muy
bien", replicó Lavrovsky, "¡Tendremos que tocarla en el piano y eso
no le va a gustar!" Prokofiev abandonó el ensayo hecho una furia, pero
finalmente se ablandó y orquestó la pieza.
El compositor también tuvo problemas con
los bailarines, que tenían muy poca experiencia con música del siglo XX. La
ballerina que debía bailar la parte de Julieta explicó:
Simplemente no entendíamos su música. Nos
sentíamos pertubados por su extraña orquestación y las modificaciones
frecuentes del ritmo, que hacían difícil bailar. No estábamos acostumbrados a
esa música y le temíamos. Mientras ensayábamos el andante del primer acto, por
ejemplo, nos parecía que era mejor entonarnos otras melodías para nosotros
mismos, música más melodiosa, y crear así nuestras danzas para nuestra propia
música. Pero, por supuesto, nadie se atrevía a decírselo directamente a
Prokofiev. Era demasiado severo, de aspecto demasiado altanero y todas nuestras
quejas eran transmitidas a través de Lavrovsky.
Las tensiones continuaron sumándose
durante los ensayos. El compositor, cuyas experiencias anteriores con
bailarines incluían el trabajo con la compañía de danzas más importante del
mundo -los Ballets Russes de Serge Diaghilev en París- no podía creer la
ingenuidad artística de la compañía de Kirov. A cierta altura, los bailarines
no pudieron bailar porque no podían oír la orquesta. Prokofiev había orquestado
de modo tenue cuando el drama parecía exigir semejante enfoque, pero los
bailarines estaban acostumbrados a reaccionar ante los acentos fuertemente
orquestados. El compositor se negaba a creer que no se oyera la orquesta.
Finalmente le convencieron de que escuchara desde el fondo del escenario en vez
de ubicado al frente del auditorio, y entonces comprendió que los instrumentos
realmente sonaban demasiado bajo. Por fin aceptó cambiar parte de la
orquestación.
A medida que se aproximaba la fecha del
estreno, los bailarines se sentían cada vez menos cómodos con la música. Se
pensó seriamente en la posibilidad de cancelar el estreno, pero finalmente este
se llevó a cabo, a tiempo, el 10 de enero de 1940. Para sorpresa de los
intérpretes, los músicos, el coreógrafo y el compositor, la obra tuvo un éxito
enorme. Rápidamente quedó establecida como una pieza de importancia para el
arte soviético y como la primera sucesora digna de los ballets de Chaikovski.
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