sábado, 10 de mayo de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00



Ópera Estatal de Viena

Carlos Kleiber, director

En 1875 las óperas se caracterizaban por enfatizar la música del pasado, más que la del presente. Las obras que se representaban en la Ópera de París eran consideradas como un entretenimiento grandioso y de estilo; si se representaba en el teatro conocido como L'Opéra-Comique, se trataban de algo de carácter más agradable y sentimental. Carmen fue de las primeras óperas que presentó una desviación de la tendencia romántica en el sentido de glorificar a héroes y heroínas. Si bien otras óperas seguirían sus pasos (en particular, las de compositores realistas italianos, como Mascagni y Leoncavallo, con algunos aportes de Puccini), la ópera de Bizet se erige junto con su mezcla consumada de color, melodía, humanidad, pasión y acción física, sin caer demasiado en el "estilo de moda" de entonces de adorar a príncipes de la antigüedad, doncellas virtuosas en apuros o personajes tomados más dela  leyenda o  de la imaginación que de la realidad. Sus personajes vienen de los estadios inferiores de la vida y, en el caso específico de Carmen, del lado despreciable de la vida.

La ópera tiene un final trágico; y, aún así, sin el ennoblecimiento inherente a la tragedia; las emociones expresadas no son de heroísmo, abnegación, búsqueda del destino ni ninguna de las características que han de esperarse de obras tales como el tratamiento de la leyenda Fausto de Gounod, Aida de Verdi o un sinnúmero de otras obras románticas. En su lugar, nos encontramos con varios individuos en una situación real y podemos observar sus reacciones e involucrarnos sentimentalmente en sus vidas sin moralizar ni hacer apoteosis por parte del compositor.

Sin embargo, Carmen, a pesar de su naturalismo, es una obra muy romántica. Palpita con evidente emoción, es un torbellino de melodías vibrantes y costumbristas y recorre desde escenas de color (la taberna de Lillas Pastia) hasta sitios impregnados de penumbra y presagio (la Escena de las Cartas, de noche, en las montañas). Hay oportunidades para observar el colorido vestuario, los exóticos sonidos instrumentales (por ejemplo, las castañuelas en la escena de baile al principio del Acto II) y espectaculares escenas corales. En otras palabras, la ópera de Bizet elige temas que son la antítesis de la ópera romántica y, aún así, le otorga un modo de expresión romántico.

Es curioso que el naturalismo en la literatura fuera aceptable, pero que el mismo esfuerzo en ópera se considere reprobable; lo cual puede haber sido debido a que el público de ópera tenía poco del interés intelectual de quienes deseaban leer el material que se fabricaba en las imprentas en forma de cuentos, novelas u obras de teatro.

Las primeras noticias de Carmen tendieron a ser simples. A continuación, se ofrecen algunas escritas por críticos totalmente convencidos de que la música para el teatro lírico debía ser fino, claro y bien ordenado:

"La ópera de Bizet contiene algunos hermosos fragmentos; sin embargo, lo extraño del tema lo llevó a lo grotesco e incoherente... Sería necesario volver a escribir el libreto y eliminar sus vulgaridades y el realismo que no corresponde a un trabajo lírico. Carmen debería transformarse en una joven bohemia caprichosa, en lugar de ser la ramera, y Don José, la criatura vil y odiosa que es en el libreto actual, en un hombre poseído por el amor"

"Si fuera posible imaginar a su majestad Lucifer componiendo una ópera, Carmen sería el tipo de trabajo que produciría. Después de escucharla, parece como si hubiéramos asistido a algún rito profano, misteriosamente fascinante, aunque doloroso... La heroína es una mujer abandonada, desprovista no sólo de todo vestigio de moralidad, sino de los sentimientos comunes humanos -sin alma, sin corazón y diabólica. De hecho, era tan repulsivo el tema de la ópera, que algunos de los mejores artistas de París se negaron a participar en la selección. En la introducción, se nos presenta un tema estruendoso y flagrante, que comienza salvajemente, sin prefacio... Escasamente recuperados de nuestra sorpresa cuando escuchamos una marcha jovial, que da lugar de manera igualmente repentina a una frase andante curiosamente cromática, por no decir repugnante, que irrumpe en un conflicto."
Londres, Music Trade Review,
15 de junio de 1872

"Melodía, según se entiende en general el vocablo, hay muy poca."
Boston, Gazette,
5 de enero de 1879

"El corazón de M. Bizet, hecho insensible por la escuela de la disonancia y la experimentación, necesita volver a captar su virginidad. Carmen ni es escénica ni dramática."
París, Le Siecle,
marzo de 1875

"M. Bizet pertenece a esa nueva secta cuya doctrina consiste en evaporar una idea musical, en lugar de comprimirla dentro de contornos definidosÉ los temas están fuera de moda, la melodía es obsoleta; las voces, ahogadas y dominadas por la orquesta, no son más que su eco debilitado."
París, Moniteur Universal,
marzo de 1875

Las duras críticas a Carmen fueron el resultado de varios factores. El empresario de la casa, Camille du Locle, estaba mortalmente asustado de contrariar a su público y expresó abiertamente su disgusto por la música antes de su estreno. La inmortalidad de la historia, sin mencionar su conclusión sangrienta, fue considerada fuera de lugar en un teatro tan respetable.

¿Y qué hay de la mujer fumando en el escenario? ¡Imposible! Incluso los integrantes de la orquesta y el coro contribuyeron a los problemas asociados al trabajo, pues mucha de la música de Bizet se consideraba no sólo excéntrica, sino extremadamente difícil de interpretar.

Si bien la ópera fue presentada cuarenta y ocho veces durante su primer año (treinta y siete de ellas en la primera temporada), no hizo demasiado para reforzar las bajas recaudaciones en L'Opera-Comique. Después de su estreno, el teatro nunca estuvo lleno; de hecho, Carmen fue prácticamente retirada después de su cuarta o quinta representación y, casi al final de su "corrida", el teatro regalaba entradas para estimular la asistencia del público.

En octubre, siete meses después de su inauguración en París, se representó con gran éxito en la Ópera del Estado de Viena; poco tiempo después alcanzaría su aceptación mundial. Lamentablemente, el público de L'Opera-Comique tuvo que esperar hasta 1883 para volver a escucharla.


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