Carlo Maria Giulini nació en Barletta, en el sur de Italia, en 1914. Estudió viola, violín y composición en Bolzano, Roma y Siena. Su debú como director se produjo al frente de la Academia Santa Cecilia de Roma, en 1944. Llegó a la Scala de Milán en 1951. En 1955 viajó a Estados Unidos para dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago en calidad de director residente. Mozart, Beethoven, Brahms, Bruckner y Verdi fueron compositores que sintió y dirigió de forma sublime. El Réquiem de Brahms bajo su dirección es, probablemente, la mejor versión que se haya grabado nunca. De 1973 a 1976 se hizo cargo de la dirección de la Filarmónica de Viena, de 1978 a 1984 de la Filarmónica de Los Angeles. Más tarde dirigió a la Filarmónica de Berlín, la Royal Philharmonic Orchestra, la Royal Concertgebouw de Amsterdam y la Orquesta Nacional de París. Tras retirarse en 1999 de toda función titular, regaló su tiempo a los alumnos de la Escuela de Fiesole y la Academia Chigiana de Siena.
No es posible hacer balance de sus logros, son incontables. Con él desapareció la última de las batutas virtuosas de los grandes maestros de nuestro tiempo: Celidibache, Karajan, Solti y Bernstein le habían dejado demasiado solo.
Para Giulini todo comenzó un invierno en que, durante un paseo, vio a un señor que movía los brazos con un palo sobre una caja de madera. Preguntó a su madre qué era y ella respondió: 'Un violín'. Pidió uno para Navidad. Desde entonces todo fue recorrer ese camino de la belleza que entendía como una fe seguida del amor que finalmente, hace el arte. Durante su juventud tocó en la hermosa sala del Augusteo de Roma, que Mussolini, en su inmensa ignorancia, derribó convencido de que bajo sus cimientos iba a encontrar los restos de Augusto. Poco después, Giulini, contrario al fascismo, pasó a la clandestinidad.
No sólo fue una celebridad apreciada por los melómanos y coleccionistas de ediciones de lujo de la Deutsche Grammophon. Fue el hombre que se encerró tres semanas con la Callas durante los ensayos de La Traviata, para que su Violetta rozara la perfección absoluta. Fue también la batuta que comprendió e hizo comprender, que ejecutó e hizo ejecutar con amor misterioso, las notas muertas de las partituras hasta la resurrección. Representó, –al contrario que Karajan, la megalomanía-, una ética musical, una forma concreta de dar y darse, una actitud incondicional de entrega, el gesto humano, la intimidad con la obra, con los músicos, con el fin de hacer única la intención de los compositores.
En cierta ocasión el maestro decía: 'Lo más importante es el contacto humano. El gran misterio de la música exige la verdadera amistad con aquellos con quienes se trabaja. Cada miembro de la orquesta sabe que estoy con él o ella en mi corazón'.
Y al final, la música perfecta, la que revuelve el interior, la que despierta de sus manos como una amante dormida. Para nosotros.
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