miércoles, 21 de mayo de 2008

Sinfonía nº 9 en Re menor

Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart

Era un hogar religioso y unido ubicado en una tranquila ciudad al sur de Linz, donde se daba un sentido especial al trabajo y al estudio. En el seno de esta antigua familia campesina muy aficionada a la música y cuyos miembros habían regentado la escuela local durante 50 años, nació Anton Bruckner. Este ambiente le permitió aprender las primeras notas de su madre que cantaba en las celebraciones religiosas y de su padre, maestro de profesión, que también tocaba el órgano el violín y algunos instrumentos de vientos.

Cuando murió su padre decidió continuar su formación para ocupar el puesto de profesor en Ansfelden. Ingresó para ello en el colegio del monasterio de San Florián, como niño de coro, donde alternó su aprendizaje humanístico y religioso con el de la música. Cuando su voz cambió, pasó como violinista a la orquesta del colegio, sin abandonar sus estudios de órgano impartido por el maestro del centro Anton Kattinger.

Concluidos sus estudios primarios en San Florián, quiso proseguir sus estudios secundarios en Linz. Una vez terminados, ejerció como maestro rural en Kronstorf, hasta que pudo trasladarse a San Florián como organista. No se contentó con este cómodo puesto y decidió seguir estudiando con Simón Sechter, que supo apreciarlo tanto como compositor como virtuoso. Su influencia fue determinante, gracias a él y a sus enseñanzas presentó su candidatura como organista de la catedral de Linz, puesto que con siguió sin ningún problema.

El Conservatorio de Viena le examinó a petición suya y tras obtener las máximas calificaciones se le facultaba para dar clase. En 1868 se trasladó a Viena para ejercer como profesor de armonía, órgano y contrapunto en el conservatorio.

Pese a todo Bruckner no estaba socialmente aceptado en los círculos íntimos de una sociedad sofisticada. Quizá se sentía inhibido por restricciones religiosas o morales, o sencillamente su naturaleza más bien introvertida le provocaba ansiedades y dudas. Sea como fuere, volvió sus energías creadoras hacia la música y su posible complejo de inferioridad intentó superarlo armándose con todas las calificaciones académicas posibles.

Al estudiar la música de Bruckner, nos parece recordar a Beethoven en las afirmaciones iniciales, a Schubert en los temas líricos y modulaciones y a Wagner en las progresiones cromáticas. Sin embargo, el sonido de su música tiene un timbre único, y aunque solamente hay cuatro sinfonías tal y como las dejó el compositor, Quinta, Sexta, Séptima y Novena y dos versiones de la Primera, tres de la Segunda, cuatro de Tercera dos de la Cuarta y dos de la Octava, el alcance de las reescrituras se extiende desde simples detalles hasta una extensa reorquestación. Si a esto le sumamos las interferencias editoriales de los propios alumnos, a los que confiaba la impresión de las partituras, concluiremos como resultado global que las partituras que se utilizaron en los conciertos durante años no se adecuaban a los manuscritos del compositor.

Bruckner se había dado cuenta que su música podía ser malinterpretada en su propia versión, por lo que donó una parte de sus auténticos manuscritos a la Biblioteca de la Corte de Viena. Esta fue la principal fuente para las revisiones musicológicas que han descubierto las discrepancias entre los originales y las versiones de sus alumnos. Esto se reveló con toda claridad en 1932, cuando la Novena Sinfonía fue interpretada por primera vez en la versión original de Bruckner.

La inacabada Novena Sinfonía se empezó en 1887, y el Adagio lo terminó en 1894. Los borradores del final nos han llegado; pero nadie se ha atrevido todavía a interpretar las últimas intenciones del compositor, de hecho la misma mañana de su muerte el 11 de octubre de 1896 estaba trabajando en ella. La versión original y los borradores se publicaron en 1934.

El 11 de febrero de 1903, seis años después de la muerte de Bruckner, esta Sinfonía que se estructura en tres movimientos con el Scherzo en segunda posición se tocó por primera vez por la Orquesta del Konzertverein de Viena, bajo la dirección de Ferdinand Löwe.

El primer movimiento de la Novena Sinfonía es una respuesta final, definitiva, del sentido que él daba al mysterium teniendo como principio el Re menor. La exposición inicial masiva se fija como un centro gravitacional. El esquema de este movimiento es una exposición seguida de una contra –exposición con una larga coda. El disonante Scherzo se configura como un mundo de pesadillas, cortando frenéticamente repeticiones y variaciones. No se deja nada a la melodía, y el trío empieza sin descanso. Todo este segundo movimiento es severamente tenso. Una fascinante demostración del despliegue libre e improvisado tan característica de la música de finales del siglo XIX es la armonía cromática con la Bruckner abre el Adagio. Se dirige hacia Mi que es el centro tonal del movimiento, pero con la flexibilidad que caracteriza el periodo, por medio de digresiones y diferentes episodios. Todo esto obedece a la lógica del pensamiento romántico, que crea un mundo bastante diferente al racionalismo de la música clásica.

En la filosofía y la literatura románticas la preocupación tiende más hacia lo oculto, hacia una dimensión más profunda de la vida interior. La progresión del Adagio va desde la inestabilidad tonal, a través de cromatismos, hacia la serenidad de Mi mayor.

Las sinfonías de Bruckner debían moverse siempre hacia la afirmación en la tónica mayor, porque para el compositor su propia vida espiritual mantenía un centro de control. Quizá su fe le mantenía contra la desesperada lucha de un temperamento con ciertos desequilibrios nerviosos un “mal” que caracterizaba la época romántica, y que le sumió en un mar de incertidumbres y auto-desconfianza.

Aunque el compositor barajó la posibilidad de acabar con el Te Deum y éste se ajuste ideológicamente, no se justifica estéticamente por su tonalidad. Por el contrario el Adagio parece aceptable por su carácter conclusivo.



Publicado por jrtapia @ 18:00  | La Sinfonía
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