Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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En
ocasiones, las casualidades de la vida descubren grandes tesoros que
permanecían ocultos e inexpugnables. Al referirnos a la Novena de Schubert, un
futurible nos asalta al instante: ¿qué habría sido de la última gran
sinfonía "clásica", el non plus ultra de la composición
schubertiana, si Schumann no la hubiera sacado del polvo y la oscuridad diez
años después de la muerte de su creador? Seguramente no llegaríamos a un
consenso unánime. Sin embargo, la historia no se basa en preguntas sin
respuesta sino en hechos comprobables; podemos dar, pues, gracias al destino por
haber vislumbrado uno de los máximos logros del XIX temprano que enriquece
notablemente nuestra percepción y concepción acerca del compositor vienés. En
este sentido, Schumann afirmó: "Lo digo abiertamente y de una vez: quien
no conozca esta sinfonía sabe muy poco de Schubert, y esta alabanza puede
parecer excesiva si se piensa todo lo que este músico ha dado al arte".
Todavía hoy resuenan sus palabras.
El primer movimiento Andante, Allegro ma non troppo en
Do mayor, compás de 2/2 (alla breve), se abre con una introducción a modo de
"pórtico extraordinario" con el famoso tema enunciado por las trompas
al unísono, donde la tercera ascendente es la protagonista esencial. Éste se
convertirá en el elemento de unidad, la "piedra angular", en palabras
de Parouty, que se infiltrará en todas las fases de la obra aunque sin un
significado simbólico. Aparecerá en el grandioso tema del trombón del Allegro
y en la coda del mismo movimiento con carácter coral; en el acompañamiento de
los bajos en el primer tema del segundo tiempo; por todas partes se siente
enérgicamente como motivo, lo que se opone, en palabras de B. Paumgartner, a la
"ingenua actitud creadora" de Schubert. Tras la intervención segura
de las trompas, las maderas repiten el sujeto y, por último, toda la orquesta.
Seguidamente, se enriquece con los contrapuntos en tresillos de la cuerda, hasta
culminar en un acorde en la tónica que da paso al Allegro. El tema con ritmo de
puntillo domina hasta el fortissimo, modulando la cuerda a Si menor, en un tema más
atormentado con contrastes entre ritmo binario y ternario. Continúa un apacible
pasaje en Mi b mayor protagonizado por los trombones, bajo el temblor de la cuerda,
que es considerado por algunos autores un "locus classicus" de la
utilización del instrumento. El mismo fragmento conduce al clímax de la
Exposición, donde de nuevo reina un motivo extraído de la introducción, ahora
en la región de la dominante. El Desarrollo desborda vitalidad, como el resto
del movimiento, explotando y jugando con el material en distintas tonalidades.
Una repentina cadencia produce un efecto sorpresivo, quedándose los clarinetes
a cargo del acompañamiento. Tras otro reposo en Do mayor, se alza la Reexposición,
ahora en el homónimo menor (Do menor). Sin embargo, en la coda, se produce un nuevo
balance de roles temáticos, innovación a todas luces chocante, siendo el tema
del Andante el que cierra, de forma triunfante, el movimiento.