jueves, 22 de mayo de 2008

Orquesta Filarmónica de Viena
Karl Böhm, director

En ocasiones, las casualidades de la vida descubren grandes tesoros que permanecían ocultos e inexpugnables. Al referirnos a la Novena de Schubert, un futurible nos asalta al instante: ¿qué habría sido de la última gran sinfonía "clásica", el non plus ultra de la composición schubertiana, si Schumann no la hubiera sacado del polvo y la oscuridad diez años después de la muerte de su creador? Seguramente no llegaríamos a un consenso unánime. Sin embargo, la historia no se basa en preguntas sin respuesta sino en hechos comprobables; podemos dar, pues, gracias al destino por haber vislumbrado uno de los máximos logros del XIX temprano que enriquece notablemente nuestra percepción y concepción acerca del compositor vienés. En este sentido, Schumann afirmó: "Lo digo abiertamente y de una vez: quien no conozca esta sinfonía sabe muy poco de Schubert, y esta alabanza puede parecer excesiva si se piensa todo lo que este músico ha dado al arte". Todavía hoy resuenan sus palabras.

El primer movimiento Andante, Allegro ma non troppo en Do mayor, compás de 2/2 (alla breve), se abre con una introducción a modo de "pórtico extraordinario" con el famoso tema enunciado por las trompas al unísono, donde la tercera ascendente es la protagonista esencial. Éste se convertirá en el elemento de unidad, la "piedra angular", en palabras de Parouty, que se infiltrará en todas las fases de la obra aunque sin un significado simbólico. Aparecerá en el grandioso tema del trombón del Allegro y en la coda del mismo movimiento con carácter coral; en el acompañamiento de los bajos en el primer tema del segundo tiempo; por todas partes se siente enérgicamente como motivo, lo que se opone, en palabras de B. Paumgartner, a la "ingenua actitud creadora" de Schubert. Tras la intervención segura de las trompas, las maderas repiten el sujeto y, por último, toda la orquesta. Seguidamente, se enriquece con los contrapuntos en tresillos de la cuerda, hasta culminar en un acorde en la tónica que da paso al Allegro. El tema con ritmo de puntillo domina hasta el fortissimo, modulando la cuerda a Si menor, en un tema más atormentado con contrastes entre ritmo binario y ternario. Continúa un apacible pasaje en Mi b mayor protagonizado por los trombones, bajo el temblor de la cuerda, que es considerado por algunos autores un "locus classicus" de la utilización del instrumento. El mismo fragmento conduce al clímax de la Exposición, donde de nuevo reina un motivo extraído de la introducción, ahora en la región de la dominante. El Desarrollo desborda vitalidad, como el resto del movimiento, explotando y jugando con el material en distintas tonalidades. Una repentina cadencia produce un efecto sorpresivo, quedándose los clarinetes a cargo del acompañamiento. Tras otro reposo en Do mayor, se alza la Reexposición, ahora en el homónimo menor (Do menor). Sin embargo, en la coda, se produce un nuevo balance de roles temáticos, innovación a todas luces chocante, siendo el tema del Andante el que cierra, de forma triunfante, el movimiento.


Publicado por jrtapia @ 9:24  | La Sinfonía
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