Orquesta Joven de la Sinfonica de Galicia (OJSG)
M. Gilbert, director
Asociar una obra musical con acontecimientos políticos no parece ser algo muy bien visto hoy en día. Sin embargo, en medio de las convulsiones de la Europa de la Segunda Guerra Mundial las circunstancias eran muy diferentes y el conflicto acabó influyendo decisivamente en la obra de muchos músicos. En el caso de Prokofiev, su actitud era también el resultado de un proceso de reinserción en la vida cultural soviética después de un largo y brillante período artístico en Occidente. Las razones últimas de su regreso a Rusia en 1936 todavía permanecen rodeadas de un cierto enigma.
Se ha especulado sobre un posible ansia de protagonismo respecto a otros compatriotas, al ver que la escena musical norteamericana estaba acaparada por Rachmaninov y la europea por Stravinsky, mientras que Shostakovich empezaba a tener problemas con el régimen soviético, lo que unido a la promesa de conseguir una situación privilegiada en la vida musical rusa, le pudo llevar a tomar esa difícil decisión precisamente cuando el estalinismo empezaba a vivir su fase más dura.
Prokofiev, sin embargo, confesaría que su vuelta se debía exclusivamente a sentimientos patrióticos y nostálgicos respecto a su país, aunque lo cierto es que su carrera creativa daría un giro decisivo a partir de ese momento, al tener que adaptarse paulatinamente a los ideales estéticos del régimen.
La política acabaría marcando el resto de su vida. En 1941 abandonó a su mujer, la cantante madrileña Lina Llubera, con la que había tenido dos hijos, para irse con la escritora Mira Mendelson, libretista de sus últimas obras. Algunos años después, Lina, que había llegado a Moscú como verdadera “primera dama” de la música rusa, sería falsamente acusada de espionaje y deportada a un campo de trabajo, de donde no salió hasta 1956. Mientras, Prokofiev tuvo que sufrir en 1948 una humillante acusación oficial por parte del tristemente célebre Zhadanov, ideólogo cultural del régimen, que le censuraba, entre otras cosas, su “rechazo de los principios de la música clásica”, lo que causó una profunda conmoción en el compositor, que ya nunca se repondría moralmente del ataque. Por si fuera poco, el azar quiso que Prokofiev muriera el 5 de marzo de 1953, tan sólo una hora antes que Stalin, lo que acabó estrangulando la repercusión mundial de la noticia.
Pero, ciñéndonos al ámbito puramente musical, hay que señalar que Prokofiev protagonizó a partir de 1936 un asombroso cambio de look estilístico. El enfant terrible que escandalizó al París de los años 20 con una música de corte anguloso y abrasivo dejaba paso a un lirismo más acorde con los gustos de las nuevas masas que esperaban su obra. Pedro y el lobo o la música para la película Alexander Nevsky pueden simbolizar un vuelco expresivo que no era simple fruto de la casualidad. Prokofiev se confesaba un compositor social y políticamente útil y no dudó en acatar los dictados oficiales que intentaban someter el arte al llamado “realismo socialista”. Así nacieron durante aquellos años numerosas composiciones teñidas del nuevo espíritu, entre ellas una cantata homenaje a Stalin, lo que, sin embargo, no le libró de la suspicacia de los censores. La Quinta sinfonía es un ejemplo muy ilustrativo de esa tendencia y el compositor la consideraba como la culminación de todo un período de su obra. En ella, el tono épico y triunfalista tan propio del arte soviético dejaba aún resquicios para la vena tierna, elegíaca o satírica que nunca abandonó a Prokofiev, así como para su impecable manejo de las grandes formas. Su confesión de que la había compuesto como “un himno a la grandeza del alma humana” parece responder al presentimiento colectivo del fin del conflicto y la llegada de una época de libertad que no fue el caso en la Unión Soviética.
Algo más que una simple coincidencia fue que el día del estreno en Moscú el concierto tuviera que interrumpirse ahogado por el ruido de los cañonazos que celebraban el paso del Ejército Rojo por el Vístula en su victorioso avance hacia Berlín.
La pregunta de hasta qué punto se puede detectar la influencia de la guerra en la Sinfonía núm. 5 nos conduciría al viejo debate sobre la naturaleza pura o descriptiva de la música. En cualquier caso, es un hecho que aquel gran pintor de emociones musicales que fue Prokofiev construye un primer movimiento lleno de colores y texturas, con un lenguaje sereno y solemne que destila tensión e inquietud y que desemboca en una coda que aparece como la versión heroica del tema inicial. Sigue un brillante scherzo que nos retrotrae al Prokofiev de siempre y en el que se deslizan aires y maneras de su música de ballet. En el Adagio es donde quizá se respire con mayor intensidad el ambiente trágico que rodeaba la creación de la obra, con su discurso entre noble y sensual, en el que se perciben ciertas reminiscencias de Romeo y Julieta. El movimiento final se mueve en un juego de contradicciones de carácter, algo habitual en Prokofiev, yendo del sarcasmo a la amargura, en medio de una nueva exhibición de la rica paleta orquestal del músico, que administra con maestría un proceso casi einsteiniano en el desarrollo de la masa y la energía de la obra, desde el beethoveniano resumen temático de toda la sinfonía que se escucha al principio hasta ese angustioso y electrizante final que cierra una de las composiciones más conmovedoras de la primera mitad del siglo XX.
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