Apostolo Zeno escribió en 1701 un libreto para ópera titulado Griselda basandose en un relato popular. Griselda es una pastora que se casa con Gualtiero, Rey de Sicilia, que más tarde renunciará a ella. Giovanni Boccaccio inmortalizó la historia en el Decamerón alrededor de 1350.
El libreto de Zeno fue puesta en música numerosas veces, entre otros por compositores de la talla de Carlo Francesco Pollarolo (1701), Antonio Maria Bononcini (1718), Alessandro Scarlatti (1721), Tomaso Albinoni (1728) y Antonio Vivaldi (1735). Según era común en la época, para cada adaptación se revisaba el libreto a conveniencia, en función de las necesidades de la representación.
Las óperas de Vivaldi, olvidadas durante casi doscientos años y tímidamente exhumadas desde hace un cuarto de siglo, siguen estando todavía bastante mal representadas. Entre las temibles versiones de ciertos revisores y las meritorias experiencias de algunos directores, desafortunadamente privados del indispensable apoyo de unas grandes voces, los aficionados se han debido resignar a tener paciencia y orientarse a la escucha de las grabaciones de serenatas, recitales de cantatas, óperas en miniatura o cortas escenas dramáticas, que ofrecen una seductora visión panorámica de la música vocal vivaldiana. En este terreno, muy frecuentado por los intérpretes, las cantatas para contralto y orquesta Amor hai vinto y Cessate omai cessate, fechadas a finales de la década de 1720, son obras maestras inestimables de las que Sara Mingardo y Rinaldo Alessandrini nos han ofrecido, al frente de su Concerto Italiano, una versión de referencia.
Sin embargo, las posibilidades de acceso al catálogo lírico vivaldiano experimentaron un cambio radical en 1999 con la espectacular aparición en escena de Cecilia Bartoli, acompañada por Il Giardino Armonico.
La interpretación de Cecilia Bartoli no parece estar orientada únicamente por una idea de fidelidad y reconstrucción históricas. Bartoli no interpreta como una historiadora, sino como una gran cantante. Sin duda ella conoce los desarrollos estilísticos de las obras históricas habidos en las últimas décadas, pero evita las afectaciones en que suelen incurrir los intérpretes actuales de música antigua, con esa tendencia -por momentos francamente insoportable- a la sobreornamentación y esa pretensión de restablecer toda la supuesta gestualidad de la música barroca, simulacro de época que en cierta forma es una reacción a la pretendida simplicidad de la tradición.