Pier Luigi Pizzi
Las dos últimas producciones del Teatro Real han dado ocasión para
reflexionar sobre algunos hechos que se producen con frecuencia en la
ópera de nuestros días. Sirvan "Orfeo" y "La clemencia de Tito" como
base para dicha reflexión.
Hay producciones que desde un principio se plantean con grandes
ambiciones, cuyo costo es elevado y cuyos resultados finales no acaban
respondiendo a todas las expectativas. Es, a tenor de las críticas en
la prensa nacional, el caso del "Orfeo" de Monteverdi con Pizzi. En
cambio hay otras que, desde su modestia inicial, dan plenamente en la
diana, como sucede con el “Tito” presentado por Carniti. Las
consecuencias de estos contrastes, habituales en los teatros, serán
tratadas otra semana pues hoy me centraré en el enigma de la ópera.
William Christie, Pier Luigi Pizzi o cantantes como Dietrich Henschel
pueden ser sobre el papel bazas seguras para un éxito, pero en la
ópera, como en el futbol o los toros, no hay nada seguro. Existen
factores incontrolables y donde menos se espera salta la liebre. Eso es
precisamente lo que atrae de los tres espectáculos: que un Villareal
pueda ganar a un Barcelona.
La ópera supone el arte más completo, el arte total y son muchos los
factores que pueden arruinar un espectáculo: los directores escénico o
musical, la producción, la orquesta, un intérprete… Un crítico lo tiene
fácil, porque juzga con el partido acabado. Para un director artístico
es más complicado, porque ha de ser capaz de preveer. Para ello no sólo
hay que conocer profundamente el medio, el repertorio, los artistas e
incluso las relaciones de unos con otros, sino que se ha de poseer la
intuición de Ulrica. Ha de ser capaz de imaginar cuáles son en cada
caso las verdaderas claves del éxito, combinarlas adecuadamente… y
encomendarse a Dios o al diablo. De ahí que los políticos, en Europa
habitualmente responsables de los teatros y muy aficionados a meterse
en berenjenales, hayan de tener mucho cuidado con los nombramientos de
los directores artísticos. Habrían de pensárselo, no dos, sino tres
veces.
Gonzalo Alonso
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