Albrecht Mayer, oboe
Hélène Grimaud, piano
Robert Schumann es
uno de los músicos que encarna más intensamente el espíritu del Romanticismo,
puesto que su obra es fruto exclusivo de su yo interior. La introspección, el
estudio de todos sus fenómenos internos, le proporcionó los datos fundamentales
de su creación. Su visión poética buscó la naturaleza oculta de las cosas: de ahí
el inmenso espacio reservado en su obra para la fantasía, lo misterioso, lo
infantil. Como él mismo anotaba en su diario, siempre fue consciente de que
poseía un “yo” público y un “yo” oculto; estas dualidades se advierten
constantemente en su obra: los personajes de “Florestan” y “Eusebius”
fueron un reflejo de ese desdoblamiento. Schumann se definía a sí mismo como «a la vez pobre y rico,
abatido y vigoroso, cansado de la vida pero lleno de ardor». Es por ello
también que abordó con tanta frecuencia la forma de las piezas breves (“Stücke”) y los Lieder, que le permitían escapar
de los marcos organizados de la sonata tradicional y volcar más libremente su
emoción. En sus numerosas composiciones vocales respetó la personalidad propia
de cada escritor, demostrando una excepcional comprensión de la poesía, fruto
no solo de su cultura, sino principalmente de su emotividad y su capacidad
espontánea para describir sensaciones por medio de la música. Esto lo hizo ser
uno de los polos fundamentales del Lied
germano. Se ha dicho que en Schumann
la música siempre busca explicar aquello que no se logra con palabras. Su
música es reveladora de lo oculto, incluso lo inconsciente: toda su obra puede
ser considerada, en efecto, como una confesión.
Sus Romanzas para oboe y piano
fueron escritas el año 1849. Estas tres piezas también suelen ser tocadas a
menudo por clarinete o el violín. “Nicht schnell” (moderado), “Einfach, innig”
(simple, entrañable), y nuevamente “Nicht schnell” son las indicaciones del
autor. Es precisamente en piezas breves como éstas en las que Robert Schumann da
de sí lo mejor: inventiva, riqueza armónica, íntimos sentimientos: todo ello
queda fielmente reflejado en la interpretación de Mayer y Grimaud, espléndida,
extrayendo toda la riqueza radiante de estas piezas, interpretadas con finos
matices sonoros, dinámicos y rítmicos, dignos de ser paladeados por el oyente más
exigente.