martes, 10 de junio de 2008

Publicado por jrtapia @ 8:00




Emmanuel Pahud, flauta

Haydn-Ensemble Berlin

Mozartwoche Salzburg 2000

Los dos conciertos de Mozart para flauta y orquesta que llevan los números 313 y 314  en el catálogo Köchel pertenecen a su estancia en Mannheim y pueden haber sido creados entre el 25 de diciembre de 1777 y el 14 de febrero de 1778. Ello significa que se ubican en la etapa del gran viaje que Mozart emprende con su madre a París, con escalas en Múnich y particularmente en Mannheim, ciudad cuya intensa vida musical dejará tan importantes huellas en su  producción.

En efecto, la ciudad estaba dotada por entonces de una de las más célebres orquestas de Europa por su riqueza  y variedad instrumental. Fue un auténtico laboratorio  de experiencias sonoras y allí pudo  ese genio de veintiún años deslumbrarse ante las posibilidades que ofrecían al compositor los virtuosos del organismo sinfónico  de la ciudad. Christian Cannabich, sucesor de Stamitz como director de orquesta y compositor también él, cultivó una cálida amistad con el joven salzburgués, quien pudo así tener contacto más íntimo con la excitante vida musical de Mannheim. Es ahí donde compone los dos conciertos dedicados al oficial holandés Dejean. Las obras surgen por encargo de este aficionado, quien ofrece pagarle doscientos florines  por "dos pequeños   conciertos fáciles y un par de cuartetos con intervención de la flauta". A estas obras consagró el músico su actividad creadora, pese al escaso gusto que habría sentido por dicho instrumento.

El Concierto nº 1, en Sol mayor, K. 313, pide como acompañamiento para el solista una orquesta con dos oboes, dos trompas y cuerdas. Además, lleva dos flautas en el Adagio. Se trata al parecer de la primera composición orquestal realizada por Mozart desde su partida, lo cual explica que sea aún tributaria de las prácticas del estilo salzburgués . Ante todo, se ha observado que no responde al deseo expresado por Dejean, quien quería dos conciertos "fáciles y breves". Este concierto no es ni corto ni fácil. En cambio, cómo negarlo, se trata de  una composición de una técnica y un estilo  perfectos.

La obra se abre con un Allegro maestoso, a través de un tema de gran nobleza que se vincula, de manera original, con el segundo tema, con los cuales podrá realizar el autor ingeniosos diálogos entre orquesta  y solista, antes de que la cadencia habitual del concierto clásico permita al flautista mostrar toda su destreza.

El movimiento central, Adagio non troppo, marca el momento culminante de todo el concierto. No falta quien lo considere uno de los tiempos lentos más hermosos de la producción mozartiana; pero  aún sin llegar a tal entusiasmo, bien puede decirse que una misteriosa poesía impregna estas páginas inmortales del gran músico de Salzburgo.

El final es un Tempo de Menuetto en forma de rondó. Como ocurrirá en los finales que compone Mozart en su madurez, también aquí el solista, desde el primer compás, ataca el tema que se repite en la orquesta, un ritornello ligero y encantador, tanto como lo son los intermedios o coplas, dignos por su imaginación y originalidad de la incomparable fantasía creadora de su autor.


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