
– Medio siglo de carrera y de Carreras. ¿Siente vértigo?
–Debo
aclarar que no tengo 80 años ni soy un anciano (se ríe). Y que me
beneficio del atenuante de la precocidad. Porque era un niño cuando
pisé el Liceo la primera vez. Y nada menos que al lado de Iturbi. En
realidad estoy muy feliz de que el teatro de mi ciudad y de mi vida se
haya volcado en este homenaje, en esta iniciativa. He tenido con el
Liceo un vínculo extraordinario, profesional y personal. Así que la
posibilidad de volver a cantar y a ver a mi gente me llena de emoción.
–La
exposición rescata imágenes, crónicas, vídeos… ¿Ha sido para usted como
revolver los recuerdos? ¿Qué impresiones se le vienen a la cabeza
después de visitar o revistar su álbum personal?
–Bueno, se me
vienen recuerdos fundamentalmente entrañables. Me acuerdo, por ejemplo,
con especial cariño de mi debut al lado de Montserrat Caballé, cuando
hicimos Lucrezia Borgia. Y también hago inventario de los
personajes que he llevado a escena. Muchos. La cuenta creo que llega a
25 ó 26 y muchas de esas óperas, como Andrea Chénier, Herodiade o La forza del destino,
la canté por primera vez en mi vida entre las paredes del Liceo. Si
hago memoria, creo que estos cincuenta años son una mezcla intensa de
tensión, nervios, satisfacción, emociones, miedos, éxitos.
Ejemplo de la sociedad civil
–¿Cuál consideraría que ha sido para usted el peor momento del medio siglo?
–
Sin duda, el incendio. Fue un momento dolorosísimo, durísimo para
todos. Es como si se nos hubiera quemado la casa. Fue un golpe
tremendo, aunque la reacción general que se produjo para reconstruirlo
me impresionó. Por una vez todas las administraciones se pusieron de
acuerdo. Y hubo una reacción ejemplar de la sociedad civil gracias a la
cual pudo volver a inaugurarse.
– ¿Y el momento más feliz?
–
Curiosamente no fue una ópera o un concierto en el que yo cantaba, sino
una experiencia imprevista, espontánea. Recién llegado de Seattle [la
ciudad donde Carreras se trató la leucemia] me animé a ir al Liceo como
espectador. Cantaban Plácido Domingo y Renata Scotto. Concretamente Fedora.
Yo estaba en un palco, escondido. Y aprovechando el descanso me acerqué
a saludar a los cantantes. Plácido decidió entonces “arrastrarme” hasta
el escenario y me hizo saludar delante de los espectadores, que no
sabían de mi presencia. Fue un momento de una intensidad tremenda. Una
bienvenida que no voy a olvidar nunca.
–...Y el origen de una amistad con el propio Domingo.
–Es
verdad que habíamos tenido alguna discrepancia en el pasado,
concretamente en Viena, pero Plácido siempre fue un buen colega y luego
un excelente amigo. Hemos pasado muchas, muchas horas juntos.
Especialmente en las giras de los tres tenores. Discrepamos cuando
hablamos de fútbol [Carreras es del Barça, Domingo del Madrid], pero
coincidimos en muchas cosas más.
–¿Tiene la impresión de que los conciertos de los tres tenores han sido efectivamente una fórmula de divulgación operística?
–Estoy
convencido. Y no es una cuestión de demagogia. El fenómeno de los tres
tenores ha llevado la ópera donde parecía imposible y ha llegado a un
tipo de público que de otro modo nunca habría tenido acceso. Ha sido un
vehículo de iniciación. Igual que lo fue para mí y para otras muchas
personas la figura de Mario Lanza. Yo “decidí” hacerme tenor después de
ver El Gran Caruso en un cine que, por si hubiera dudas, se
llamaba Gayarre. Me consta, porque lo he visto, que la idea de los tres
tenores ha roto una barrera. Ha generalizado la ópera.
–Domingo y usted se han quedado sin Pavarotti. ¿Cómo sobrelleva el luto del tenor italiano?
–
Fue un golpe muy duro, una pérdida terrible. Y me jacto de haber tenido
una relación personal muy estrecha con Luciano. De él siempre me ha
atraído su filosofía de vida. Su mentalidad de contadino [hombre del
campo]. Y lo digo con el mayor de los elogios, porque Luciano hablaba
con gran sabiduría de las pequeñas cosas y de las importantes. Era un
hombre agudo, perspicaz, simpático, audaz. Desprendía un enorme calor
humano. Te hacía sentir muy próximo.
–No ha sido la de Pavarotti
la única pérdida que usted ha sufrido en 2008. También ha muerto
Giusseppe Di Stefano. Probablemente el tenor que más ha podido admirar.
–Ha
sido triste el final del maestro Di Stefano. No llegó a recuperarse de
aquella agresión que sufrió en Kenya. Qué puedo decir de él. Quizá que
lo escucho cantar todos los días. Siempre encuentro un momento para
poner un disco y admirar la entrega, la generosidad con que Di Stefano
cantaba. Es el ídolo de mi vida. Sobre todo porque, más allá de sus
condiciones vocales, artísticas, a mí me hubiera gustado dar tanto como
yo recibía de él. Se vaciaba. Se entregaba.
–La crítica italiana se apresuró a compararlo con usted después de su debut en los grandes coliseos trasalpinos.
–
Para mí fue un reconocimiento inesperado y desmesurado. Ser comparado
con el cantante que más admira uno… ¿Paralelismos? Sí puedo decir que
yo siempre he sido sincero cantando. Siempre he salido al escenario
convencido de lo que hago. Soy de verdad. Lo que hago en el escenario,
lo siento. Y creo que esa sinceridad puede reconocerse como una columna
vertebral en estos cincuenta años de carrera.
–¿Qué lugar ocupa
Karajan en el medio siglo que menciona? Estamos celebrando el
centenario de su nacimiento y el maestro austriaco desempeñó un papel
determinante en su carrera, ¿no?
– Karajan era un músico
extraordinario. Tuve la suerte de colaborar con él más de una década,
entre 1976 y 1987. Debuté a su lado con el Réquiem de Verdi y
se produjo a partir de entonces una sintonía que guardo con especial
satisfacción. Me refiero en primer lugar a una cuestión de calidad
musical. Karajan ha llevado a la ópera a una dimensión que parecía
imposible en términos de perfección, de profundidad. Pero es que además
estar al lado de Karajan significaba jugar en la Champions League.
Cuando te llamaba, sabías que ibas a estar con la mejor orquesta del
mundo, con los mejores cantantes. Conocías que ibas a participar en las
mejores producciones y en los teatros más importantes. Por todas esas
razones puedo decir que mi carrera llegó a su punto culminante al lado
de Karajan.
– ¿Y dónde ha llegado la ópera en España? ¿Le
sorprende el número de teatros que se han abierto? ¿Qué grado de
responsabilidad tiene usted y sus colegas en esta democratización del
fenómeno lírico ?
– Sería pretencioso hablar de un protagonismo
personal. Es verdad que mis colegas españoles y yo hemos podido ayudar
a divulgar la ópera, pero creo que la transformación es de un orden
cultural más profundo. Hemos subido peldaños en calidad de vida. Hemos
prosperado. Y la cultura es uno de los síntomas que mejor transmiten la
buena salud de una sociedad. Hay buenas y muchas razones para
congratularse. Y es una alegría que hayan surgido tantos teatros y que
se le haya perdido el miedo a la ópera.
–Usted regresa a ella el
día 17. Un recital con obras de Scarlatti, Tosti, Puccini, Toldrá. ¿Ya
ha superado el miedo escénico después de tantos años sobre el escenario?
–Qué
va. Me parece que voy a estar más nervioso y tenso que nunca. Supone
para mí mucha responsabilidad estar a la altura de un homenaje tan
importante y de una efeméride tan significativa. Además, el recital va
a transmitirse en directo por la televisión catalana. Tengo que tener
cuidado con las emociones. Y no me queda otro remedio que ser cínico
conmigo mismo. Me refiero a que estoy obligado a abstraerme de todos
los sentimientos que pueden aflorar. Es una de las facetas que un
cantante debe siempre vigilar. La cuestión es emocionar al público. No
emocionarse a uno mismo. Son los espectadores quienes tienen que sentir.
Rubén AMÓN
EL CULTURAL
El Líceo como eje profesional y vital
El debut de José Carreras se produjo efectivamente cuando era un niño –11 años– en El retablo de maese Pedro,
aunque el propio tenor considera su verdadero bautismo profesional en
el Liceo el 19 de diciembre de 1970. Olvidándose incluso de sus papeles
menores en Norma y Nabucco. Tenía entonces 24 años e interpretaba Lucrezia Borgia a la vera de Montserrat Caballé, tantas veces prima donna
en La Rambla. El debutante no se anunciaba como Josep Carreras, sino
como José María Carreras. Y sus pretensiones llamaron de inmediato la
atención de Xavier Montsalvatge, crítico de La Vanguardia con
buen olfato. Ya advirtió entonces el compositor catalán “un gran temple
vocal y una constante hondura expresiva”, antesala de los éxitos que
irían sucediéndose en las temporadas posteriores. De hecho, el Liceo se
convirtió para Carreras en el patio de su casa y en una especie de eje
gravitatorio. Le exigían mucho los aficionados, pero la familiaridad
con el templo barcelonés y los guiños de indulgencia permitieron al
tenor probar y experimentar papeles que nunca había realizado
anteriormente. Incluidos los protagonistas de La forza del destino (Verdi), Herodiade (Massenet) y Andrea Chénier (Giordano),
particularmente significativo porque redundó en la apertura de Carreras
hacia un repertorio más dramático. La curiosidad personal y vocal del
maestro también sirvió para dar a conocer en Barcelona Sly, de Wolf-Ferrari. La interpretó en junio de 2000 como preámbulo del Sansón y Dalila
(Saint-Saëns) con que triunfó “liceísticamente” en la temporada de
2001. No volvió a dejarse ver ni escuchar hasta cuatro años más tarde
con ocasión de un recital benéfico, entre otros motivos porque José
Carreras ha eludido en los últimos años los riesgos del estajanovismo y
ha medido con inteligencia sus facultades.El
próximo 17 de junio el tenor José Carreras celebrará en el Liceo, su
Liceo, cincuenta años de trayectoria artística con un recital en el que
interpretará obras de Eduard Toldrá, Francesco Paolo Tosti,Giacomo
Puccini y Alessandro Scarlatti, entre otros. Los actos conmemorativos
arrancan hoy con la inauguración de la muestra Josep Carreras, el hombre, el artista.
Con este motivo, El Cultural ha hablado con el tenor para hacer balance
de su carrera, en la que destacan nombres como Plácido Domingo,
Pavarotti, Caballé, Karajan o Di Stefano.
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