sábado, 14 de junio de 2008

Publicado por jrtapia @ 17:31



Orquesta Filarmónica de Viena/Christian Thielemann



En la obra de Bruckner se nota el peso de la ciudad de Viena, aquella con la que Mozart mantuvo una lejana cercanía dominada por el amor y el odio, incluyendo el uso de ciertos procedimientos musicales que nacen como expansión de otros ya practicados o intuidos en la obra del autor salzburgués. Pero si en la época de Mozart el retrato más popular de cualquier prohombre se vincula a las siluetas recortadas en negro, casi a la manera de impersonales sombras chinescas, avanzado el siglo XIX domina la traza de cuerpo entero, la mirada fija en el objetivo y la apostura naturalista. Se sabe, y ayuda para entender su música, que la "razón" de Bruckner queda cerca de su carácter timorato y que la "fogosidad de lo sentimental" tiene mucho que ver con cierta represión sentimental. Bruckner era una criatura simple, ingeniosa, quizá cruel, que poseía largura más que verdadera inteligencia. Lleno de tics neuróticos, tenía pánico al fuego, sentía fascinación por la muerte y admiraba las ejecuciones públicas, usaba zapatos y sombreros más grandes que los de su talla, a los cuales ponía afectuosos sobrenombres, poseía un inmoderado gusto por los honores, y tras su extremada educación católica escondía una sexualidad reprimida. Fue un ser de profunda humanidad, generoso, amable, buen amigo y respetuoso, con una alma llena de dudas que le hizo transitar por el proceloso mar de la angustia vital.
Ante semejante personalidad es fácil comprender que puedan existir tantas variantes de las sinfonías, siempre puestas en continua revisión. Excepcionalmente, de todas ellas, la Séptima es la única sin modificaciones significativas, a excepción hecha del añadido de unos platillos y un triángulo en el clímax del "Adagio", anotados por el autor, a partir del consejo del director Arthur Nikisch, en un papel aparte que quedó pegado a la partitura original. En 1881 Bruckner disfruta de un relajado optimismo y de un ánimo sereno. Comienza la obra entre agosto y septiembre, durante las vacaciones en el monasterio de San Florián. Su estreno tendrá lugar en Leipzig, el 30 de diciembre de 1884, bajo la dirección de Nikisch, en un concierto en memoria de Wagner, quien había declarado que Bruckner era el único sinfonista válido después de Beethoven. No cabe mejor escenario. Bruckner sospecha que el autor de Parsifal encarna al héroe capaz de penetrar en el futuro con la gallardía del triunfador. La inevitable contradicción le llevará a aliarse con él pero a asimilar muy poco de su estilo, que aparece como un barniz exterior sin influencia clara sobre la realidad del método compositivo. Efectivamente, Bruckner maneja pasajes de un cromatismo audaz, pero frente a ellos hay muchos otros que se asientan en un diatonismo claro, de colores firmes y severos. Amplió progresivamente la composición de la orquesta hasta alcanzar dimensiones wagnerianas pero no cultivó la amalgama de timbres típica de Wagner y, en consecuencia, su sonoridad. Al margen de que el procedimiento utilizado para el desarrollo del discurso musical tenga poco que ver con el principio de variación continua manejado por el autor dramático. Los aspectos formales y estructurales de las sinfonías de Bruckner tienen más que ver con la obra de Schubert, a lo que añade un detalle de originalidad mediante el uso de un tercer grupo temático en el primer movimiento, lo que provoca una dilatación formal que afecta de igual modo al resto de los movimientos con el fin de equilibrar la obra.
En julio de 1882, concluido el primer movimiento de la Séptima sinfonía, Bruckner se traslada a Bayreuth para asistir al estreno de esa última ópera: "Sentí que el Maestro no iba a vivir ya mucho tiempo. Fue entonces cuando el "Adagio" en Do sostenido menor me vino a la mente". A la inmediata muerte de Wagner, plácidamente elevado a la eternidad entre los brazos del silencioso transcurrir de las aguas del Gran Canal de Venecia, había escrito hasta el compás 180. Añade entonces cuatro tubas wagnerianas, que utiliza por primera vez, y da fin al "Adagio" con una imponente marcha fúnebre emanada de El ocaso de los dioses. El milagro se ha hecho posible. El casi perfecto equilibrio clásico de la obra se alía con la música más avanzada. Bruckner hipnotiza a la audiencia con sus largas melodías, envolventes, fluidas, plásticas. Convence con la sencillez de las estructuras y embriaga con la brillantez y espesura de las sonoridades. Así se manifiesta el día del estreno. Es su consagración como compositor. El público siente "primero curiosidad, después interés, seguidamente admiración, finalmente entusiasmo, tal fue la gradación". La Séptima Sinfonía tiene un éxito inmediato. El secreto no es otro que la insistencia en una fórmula digna del último Mozart. Había sido, en palabras de Friedrich Eckstein "completamente absorbido por el mágico, laberíntico mundo del [viejo] contrapunto".

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