Orquesta Filarmónica de Viena/Christian Thielemann
En la obra de Bruckner se nota el peso de la ciudad de Viena,
aquella con la que Mozart mantuvo una lejana cercanía dominada por el
amor y el odio, incluyendo el uso de ciertos procedimientos musicales
que nacen como expansión de otros ya practicados o intuidos en la obra
del autor salzburgués. Pero si en la época de Mozart el retrato más
popular de cualquier prohombre se vincula a las siluetas recortadas en
negro, casi a la manera de impersonales sombras chinescas, avanzado el
siglo XIX domina la traza de cuerpo entero, la mirada fija en el
objetivo y la apostura naturalista. Se sabe, y ayuda para entender su
música, que la "razón" de Bruckner queda cerca de su carácter timorato
y que la "fogosidad de lo sentimental" tiene mucho que ver con cierta
represión sentimental. Bruckner era una criatura simple, ingeniosa,
quizá cruel, que poseía largura más que verdadera inteligencia. Lleno
de tics neuróticos, tenía pánico al fuego, sentía fascinación por la
muerte y admiraba las ejecuciones públicas, usaba zapatos y sombreros
más grandes que los de su talla, a los cuales ponía afectuosos
sobrenombres, poseía un inmoderado gusto por los honores, y tras su
extremada educación católica escondía una sexualidad reprimida. Fue un
ser de profunda humanidad, generoso, amable, buen amigo y respetuoso,
con una alma llena de dudas que le hizo transitar por el proceloso mar
de la angustia vital.
Ante semejante personalidad es fácil comprender que puedan existir
tantas variantes de las sinfonías, siempre puestas en continua
revisión. Excepcionalmente, de todas ellas, la Séptima es la única sin
modificaciones significativas, a excepción hecha del añadido de unos
platillos y un triángulo en el clímax del "Adagio", anotados por el
autor, a partir del consejo del director Arthur Nikisch, en un papel
aparte que quedó pegado a la partitura original. En 1881 Bruckner
disfruta de un relajado optimismo y de un ánimo sereno. Comienza la
obra entre agosto y septiembre, durante las vacaciones en el monasterio
de San Florián. Su estreno tendrá lugar en Leipzig, el 30 de diciembre
de 1884, bajo la dirección de Nikisch, en un concierto en memoria de
Wagner, quien había declarado que Bruckner era el único sinfonista
válido después de Beethoven. No cabe mejor escenario. Bruckner sospecha
que el autor de Parsifal encarna al héroe capaz de penetrar en el
futuro con la gallardía del triunfador. La inevitable contradicción le
llevará a aliarse con él pero a asimilar muy poco de su estilo, que
aparece como un barniz exterior sin influencia clara sobre la realidad
del método compositivo. Efectivamente, Bruckner maneja pasajes de un
cromatismo audaz, pero frente a ellos hay muchos otros que se asientan
en un diatonismo claro, de colores firmes y severos. Amplió
progresivamente la composición de la orquesta hasta alcanzar
dimensiones wagnerianas pero no cultivó la amalgama de timbres típica
de Wagner y, en consecuencia, su sonoridad. Al margen de que el
procedimiento utilizado para el desarrollo del discurso musical tenga
poco que ver con el principio de variación continua manejado por el
autor dramático. Los aspectos formales y estructurales de las sinfonías
de Bruckner tienen más que ver con la obra de Schubert, a lo que añade
un detalle de originalidad mediante el uso de un tercer grupo temático
en el primer movimiento, lo que provoca una dilatación formal que
afecta de igual modo al resto de los movimientos con el fin de
equilibrar la obra.
En julio de 1882, concluido el primer movimiento de la Séptima
sinfonía, Bruckner se traslada a Bayreuth para asistir al estreno de
esa última ópera: "Sentí que el Maestro no iba a vivir ya mucho tiempo.
Fue entonces cuando el "Adagio" en Do sostenido menor me vino a la
mente". A la inmediata muerte de Wagner, plácidamente elevado a la
eternidad entre los brazos del silencioso transcurrir de las aguas del
Gran Canal de Venecia, había escrito hasta el compás 180. Añade
entonces cuatro tubas wagnerianas, que utiliza por primera vez, y da
fin al "Adagio" con una imponente marcha fúnebre emanada de El ocaso de
los dioses. El milagro se ha hecho posible. El casi perfecto equilibrio
clásico de la obra se alía con la música más avanzada. Bruckner
hipnotiza a la audiencia con sus largas melodías, envolventes, fluidas,
plásticas. Convence con la sencillez de las estructuras y embriaga con
la brillantez y espesura de las sonoridades. Así se manifiesta el día
del estreno. Es su consagración como compositor. El público siente
"primero curiosidad, después interés, seguidamente admiración,
finalmente entusiasmo, tal fue la gradación". La Séptima Sinfonía tiene
un éxito inmediato. El secreto no es otro que la insistencia en una
fórmula digna del último Mozart. Había sido, en palabras de Friedrich
Eckstein "completamente absorbido por el mágico, laberíntico mundo del
[viejo] contrapunto".
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