Orquesta Filarmónica de Berlín.
Herbert von Karajan, director
Con su Tercera Sinfonía Beethoven da el paso clave de la
sinfonía "clásica", del siglo XVIII, a la gran sinfonía "romántica", mirando al siglo XIX. La "Eroica" es una obra fundamental. Sus insólitas proporciones son
una novedad, así como su audaz instrumentación e innovadora armonía.
Beethoven compone esta sinfonía entre 1803 y 1804, dos años después de
haber escrito el célebre Testamento de Heiligenstadt, en el que
expresa su forma de afrontar la sordera, el sufrimiento y el futuro.
Beethoven sigue el denominado "nuevo rumbo".
En un principio, Beethoven pretendía dedicar su Tercera Sinfonía a
Napoleón Bonaparte, pues le entusiasmaban los ideales de la Revolución
Francesa. Sin embargo, al tener noticia de que Napoleón se había
coronado a sí mismo como emperador, borró, colérico, su nombre de la
cubierta de la partitura de la obra.
La Tercera Sinfonía era muy estimada por Richard Wagner, de quien
se reproduce a continuación un artículo sobre el tema, extraído de su
ensayo "Escritos y Confesiones" (Barcelona, 1975. Trad. de Ramón
Ibero):
La Sinfonía Heroica, de Beethoven (1851) Por Richard Wagner
La más significativa composición -la tercera sinfonía del maestro,
la obra con la que inició una línea peculiarísima- no resulta tan fácil
de entender en muchos aspectos, como su nombre permite sospechar y ello
precisamente porque el título «Sinfonía heroica» lleva a pensar
involuntariamente en una serie de relaciones heroicas representada, en
un cierto sentido histórico-dramático, por composiciones. Quien se
disponga a aprehender esta obra con semejante idea a priori, se verá,
primero, confundido y, después, decepcionado, sin haber alcanzado, en
verdad, un goce. Si, por lo tanto, me permito informar con la mayor
brevedad posible de la idea general que yo mismo me he formado sobre el
contenido poético de esta composición, lo hago llevado del sincero
convencimiento de que la presente explicación de la «Sinfonía heroica»
facilitará a no pocos oyentes una comprensión que por sí mismos sólo
podrían alcanzar escuchando frecuentes y repetidas interpretaciones, de
singular vivacidad, de la obra.
En primer lugar, el calificativo «heroica» se debe tomar en su
sentido más amplio y, en ningún modo, referido únicamente, por ejemplo,
a un héroe militar. Si entendemos bajo el concepto de «héroe» al ser
humano en su absoluta totalidad, que posee, en suprema copia y fuerza,
todos los sentimientos específicamente humanos -amor, dolor y fuerza-,
habremos captado el concepto que pretende transmitirnos el artista en
las arrebatadoras notas de su obra. Todas las plurales, complicadas
sensaciones de una robusta, total individualidad llenan el espacio
artístico de esta obra; una individualidad a la que nada humano es
ajeno, sino que, por el contrario, contiene en sí misma todo lo
auténticamente humano y lo manifiesta de forma que, tras proclamar
sinceramente todas las pasiones más nobles, alcanza un remate que
conjuga la más suave sensibilidad con la fuerza enérgica. El camino a
este remate marca la dirección en esta obra de arte.
La primera parte comprende, como en un punto incandescente, toda
las sensaciones de una naturaleza rica y humana en el afecto más
inquieto, juvenilmente activo. Júbilo y dolor, placer y pesar, gozo y
pesadumbre, sueños de esperanza y nostalgia, depresión y optimismo,
osadía, entereza y un indomeñable sentimiento de dignidad se suceden y
alternan tan apretada y continuamente, que, mientras todos sentimos
estos sentimientos, ninguno de ellos consigue despegarse en forma
apreciable de los demás, sino que nuestra atención se vuelve siempre y
sólo a aquel que se nos manifiesta como el más sensible de los hombres.
Y, sin embargo, todos estos sentimientos emanan de una única facultad
fundamental y ésta es la de la fuerza. Esta fuerza, incrementada al
infinito mediante todas las impresiones sensoriales e impulsada a la
exteriorización de la abundancia de su esencia, es el impulso motriz
capital de esta composición: hacia la mitad de la obra se crece hasta
alcanzar una violencia destructora y en su arrogante proclama creemos
descubrir ante nosotros a un aniquilador del mundo, a un titán que
lucha con los dioses.
Esta fuerza aniquiladora, que nos llena de entusiasmo y horror,
apuntaba hacia una catástrofe cuya grave significación se manifiesta a
nuestra sensibilidad en la segunda parte de la sinfonía. El compositor
reviste esta proclama en el atuendo musical de la marcha fúnebre. Se
nos manifiesta un sentimiento traspasado de dolor, movido de gozoso
llanto, en un lenguaje musical arrebatador: una tristeza grave, viril,
se transforma, de queja, en suave emoción en recuerdo, en lágrima de
amor, en elevación interior, en grito de emoción. Del dolor emana una
fuerza nueva que nos embarga en un calor sublime: como alimento de esta
fuerza volvemos a buscar instintivamente el dolor; nos entregamos a él
hasta la consunción y el dolor; pero justamente aquí volvemos a recoger
toda nuestra fuerza: no queremos morir, sino subsistir. No nos oponemos
al dolor, pero lo soportamos en el palpitar robusto de un valiente
corazón de hombre. ¿Quién sería capaz de expresar en palabras las
sensaciones infinitas por plurales e indecibles, que van del dolor a la
más sublime elevación y de la más sublime elevación a la más suave
tristeza, hasta expirar en un pensamiento infinito? No cabe la menor
duda, únicamente el compositor lo consiguió en esta pieza maravillosa.
La fuerza, a la que -domeñada por el profundo dolor propio- se ha
quitado la arrogancia destructora, no es mostrada en su valiente
serenidad por el tercer tiempo. La salvaje impetuosidad en ella se ha
convertido en actividad lozana, serena; ahora tenemos ante nosotros al
hombre amoroso, alegre, que recorre, gozoso y alegre, los campos de la
naturaleza, mira, sonriente, sobre las llanuras, hace sonar los
jubilosos cuernos de cazador por encima de las alturas de los bosques;
y todo lo que él siente en esto, nos lo transmite el maestro en la
vigorosa, emocionante imagen musical, a través de la cual él mismo nos
dice lo que opina de aquellos cuernos de cazador que proporcionan al
hermoso, alegre y, al mismo tiempo, suave entusiasmo del hombre la
expresión musical. En este tercer tiempo, el compositor nos muestra al
hombre sensible por el lado contrapuesto a aquel otro por el que nos lo
mostró en el segundo tiempo: allí, el hombre sufriendo profunda y
fuertemente; aquí, el hombre activo, alegre y optimista.
Estos dos aspectos son recogidos por el maestro y agrupados en el
cuarto y último tiempo, para mostrarnos, por último, al hombre todo,
armónicamente unificado en sí mismo a través de sentimientos en los que
incluso la idea del dolor se convierte en impulso de noble actividad.
Este tiempo último es el bien logrado, homólogo, preciso e ilustrador
del tiempo primero. Así como allí veíamos ora todos los sentimientos
humanos confundirse en las más dispares manifestaciones, ora repelerse
con saña por dispares, aquí, esta plural disparidad se conjuga en un
broche que encierra armónicamente todos estos sentimientos y adquiere a
nuestros ojos forma plástica, bienhechora. El maestro retiene, primero,
esta forma en un tema simplicísimo que se nos muestra seguro y
definido, y que, después, será capaz de seguir el proceso más
inconmensurable, desde la delicadeza más tierna a la fuerza suprema. En
torno a este tema, al que podemos considerar como sólida, viril
individualidad, se someten y acoplan desde el inicio del tiempo todos
los sentimientos más tiernos y blandos que se desarrollan hasta la
proclamación del elemento puro, femenino, el cual, finalmente
-galopando enérgicamente a lo largo de toda la pieza-, se manifiesta
como el poder incontenible del amor, merced a una participación cada
vez más intensa y extensa en el tema capital viril. Esta fuerza se
abre, al final del tiempo, ancho curso hasta el corazón. Sigue el
movimiento sin descanso y el amor se manifiesta en noble, sensible
calma, empezando blando y tierno, creciendo luego hasta el entusiasmo
arrebatador, para acabar apoderándose del corazón varonil todo hasta su
más profundo cimiento. Aquí es donde, una vez más, este corazón
manifiesta su idea del dolor de la vida: el pecho, henchido de amor, se
inflama, el pecho, que comprende en su felicidad asimismo el dolor,
toda vez que dicha y dolor, como sentimiento puramente humano, es uno y
mismo sentimiento. El corazón palpita de nuevo y desprende ricas
lágrimas de noble humanidad; sin embargo, de la tristeza embriagadora
emana, atrevido, el júbilo de la fuerza, de la fuerza que se apareó con
el amor y con la que el hombre todo nos grita proclamando, jubiloso, su
divinidad.
Sólo en el lenguaje musical del maestro se podía hacer público lo
indecible, que aquí la palabra tan sólo puede apuntar en el más
riguroso aprisionamiento
Escrito para un concierto en Zürich, el 25 de febrero de 1851.
Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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