|
|
|
Roberto Alagna. Foto: José Cuéllar
|
Todavía
perdura en su recuerdo la mala experiencia de hace dos años en la Scala
de Milán, de la que huyó literalmente mientras interpretaba a Radamés
en la Aida de Verdi. El tenor ítalo-francés ha recibido a El
Cultural para hablar de todos los problemas que ha tenido que superar
en los últimos años, incluida una grave enfermedad, y para que nos
desvelara sus proyectos más inmediatos, entre los que incluye la
actuación, mañana, en Madrid dentro del ciclo Grandes Voces, su primera
y esperada aparición en el Teatro Real, y su vuelta a la Scala de Milán
de la mano de Stéphane Lissner.
Sorprenda
o no, Roberto Alagna (París, 1963) nunca ha cantado hasta la fecha en
el Teatro Real. Ha estado “previsto” en la programación, incluso
anunciado en firme, pero los avatares administrativos y los problemas
de salud han ido retrasando la alternativa madrileña hasta la noche de
hoy. Que se antoja interesante porque el tenor franco-siciliano, hijo
de la periferia parisina, desgrana enciclopédicamente el repertorio de
Verdi: desde los roles puramente líricos –Traviata, Luisa Miller,
Hernani– hasta las profundidades de La forza del destino y de Otello. Dos óperas, por cierto, que tiene pendiente llevar a escena en su integridad.
–¿Cómo se explican tantos años de retraso en Madrid? –Hay
razones de todo tipo. Stéphane Lissner quería contar conmigo pero se
marchó prematuramente de la dirección del Teatro Real. El año pasado,
en cambio, se produjo el contratiempo de la cancelación. Tenía que
interpretar Il Trovatore, pero mis condiciones de salud me lo impedían.
Fue un año complicado. Sufría estos problemas de hipoglucemia y me
encontraba en una situación de estrés, de nerviosismo. La temporada
había arrancado de manera conflictiva con la suspensión de los
contratos de La Scala a raíz de aquella Aida tan polémica. Pero luego descubrí que había un problema de salud más.
–Un tumor en el lagrimal del ojo. –Exacto.
Los médicos creen que me ha acompañado durante diez años y que ha ido
creciendo a mi costa. Afortunadamente era benigno, pero eso no implica
que no me hubiera causado muchos problemas. La realidad es que me
encontraba muy fatigado. Tampoco podía respirar con normalidad. ¿Sabe
lo que es para un cantante no poder respirar? Ignoraba el origen de
todas estas limitaciones. Pero estaba claro que me alteraban. Como era
cierto que la situación de estrés y de agotamiento me conducía a esos
estados de hipoglucemia. Tal como me ocurrió en La Scala. Para que la
gente me entienda, yo me encontraba como si estuviera siempre en un
avión. Me refiero a la presión, incluso al ruido de fondo. Era una
situación enormemente incómoda.
–¿Cómo ha podido entonces cantar así durante 10 años? –
Aclaro que mi carrera siempre ha sido profesional. He ido madurando,
creciendo artísticamente. Me he sobrepuesto a los problemas y no creo
que el público haya percibido que yo cantara en malas condiciones.
Porque nunca ha sucedido así. Otra cuestión es que el tumor ocular, que
presionaba en la región nasal, se hubiera convertido últimamente en un
contratiempo que requería una solución. Mi madre y mi mujer [la soprano
Angela Gheorghiu] no quisieron decirme que tenía un tumor. Sólo lo
hicieron cuando se despejaron las dudas sobre su gravedad. Hay
antecedentes muy serios de tumores y de cánceres en mi familia. Pero yo
me considero una persona afortunada. Me tranquiliza, en el fondo, saber
que salgo airoso de los desafíos que me pone la vida. Todos los
contratiempos me han servido para salir reforzado. Y cada vez me
convenzo más de que es necesario aprovechar el momento.
Pasión por Verdi –¿Incluso teniendo contratos para la temporada 2013-2104? –
Las experiencias dolorosas y las crisis me han enseñado a que la única
realidad que merece la pena es el presente. Le dedicamos demasiado
tiempo a rumiar el pasado y nos obsesiona el futuro. De esa manera,
sacrificamos el presente. Que es la única certeza. Soy una persona
vitalista, optimista. Y quiero concentrar toda mi energía en la
realidad actual. Sea cuando canto o sea ahora, cuando estamos haciendo
esta entrevista.
–La entrevista la hacíamos para hablar de su
debut en el Real. Se trae un programa descarado, valiente. Incluso los
espectadores van a poder escucharle las arias del Trovatore que se perdieron la temporada pasada por culpa de la cancelación de última hora. –Es
un homenaje a Verdi, con toda la responsabilidad que encierra el
concierto. Verdi es mi gran pasión. Y es igualmente el genio absoluto
de la ópera, especialmente si tomamos como referencia el repertorio de
tenor. No ha podido escribirnos una música más hermosa ni más
desafiante.
–Usted ha decidido abarcarla casi enciclopédicamente. –
Voy a cantar arias de óperas muy distintas, pero mi enfoque tiene un
hilo conductor: el estado de ánimo. Quiero decir que mi modo de cantar
Verdi sobrepasa la separación de papeles líricos, spinti o
dramáticos. No es una cuestión de clasificaciones académicas. Prevalece
en cambio una aproximación instintiva, incluso emocional. De una manera
u otra, se trata de cantar las arias como si fuera la primera vez.
Tanto para mí como para el público que las escucha. Por eso cada
recital es distinto. Y por eso Verdi concede tanta libertad a los
cantantes. La ópera es un acto de amor. De entrega, de generosidad.
Particularmente con Verdi de por medio.
–Alfredo Kraus recomendaba cantar con los intereses y dejar a buen recaudo el capital. –Tenía
razón en cuanto se refiere al control de la fuerza y los recursos que
uno tiene. No hace falta poner el Ferrari a 360 por hora para saber y
transmitir que es un coche poderoso y veloz. De hecho, una de las
características de mi carrera consiste precisamente en evitar los
fuegos de artificio y la gestualidad excesiva. Creo que al público hay
que conquistarlo paulatinamente. Llevarlo a tu terreno mediante la
línea de canto, el fraseo. Pocas veces me gusta utilizar arias famosas
en el arranque de los recitales. Trato de evitar el efectismo, aunque
es verdad que me reconozco a mí mismo como un tenor generoso que sabe
tomar riesgos.
– Ya que hablamos de riesgos, usted mismo ha incluido una alusión a Otello en el recital. ¿Se atrevería a cantar la ópera en escena? –Quiero hacerlo y tarde o temprano va a ocurrir. Me refiero a que Otello
es una ópera que se adapta perfectamente a un tenor lírico, por mucho
que se haya generalizado entre los tenores dramáticos. No creo que esté
escrita para una voz oscura. De hecho, el testimonio de Tamagno [el
intérprete italiano que estrenó la ópera en 1887] nos demuestra que
Verdi la había concebido para una voz lírica. Me permito recordar que
Tamagno cantaba Guillermo Tell, Poliuto, Simón Boccanegra. Un
repertorio nada sospechoso de dramático. Es más, otros tenores
históricos como Gigli o como Pertile o como Lauri Volpi demostraron que
se adaptaba a una voz menos tenebrosa.
–¿La culpa, entonces, es de Plácido Domingo? – Qué va. Al contrario. Cuando él la cantaba por primera vez también tenía un color más claro. Mi idea de Otello se
inscribe en un personaje romántico, atribulado. En cierto modo es la
versión negativa de Cyrano de Bergerac. Cyrano descarga sus tempestades
interiores y sus complejos en acciones y obras admirables, mientras que
Otello elige un camino destructivo y autodestructivo.
– Habla como si ya tuviera la dirección de escena en la cabeza. –Una ópera como Otello
requiere que yo esté completamente de acuerdo con el criterio escénico.
Y ésa es la razón por la que, de momento, he rechazado las ofertas que
me han hecho al respecto.
–La solución pasa por que sus hermanos sean los directores. Ya han coincidido en otros montajes. Por ejemplo, el Orfeo y Eurídice de Gluck. –Sería
una solución porque existe entre nosotros una gran sintonía. Y no me
preocupa que se hable peyorativamente del ‘clan Alagna’. Yo no voy por
ahí imponiéndolos. Pero me niego a dejar de trabajar con unos artistas
en los que encuentro tantos puntos de conexión.
–La prueba más reciente es el lanzamiento de El último día de un condenado a muerte.
Una ópera contemporánea escrita musicalmente por David Alagna, aunque
usted mismo y su otro hermano, Federico, han colaborado en el libreto.
El proyecto, además, lo ha puesto en circulación la Deutsche Grammophon. –Es
una larga historia. Comienza hace diez años, cuando yo me encontraba un
poco solo y desarraigado en Chicago. Igual que un condenado. Mi hermano
me envió El último día de un condenado de Víctor Hugo. Me lo
leí del tirón y enseguida me vino la idea de plantear un libreto
operístico. De hecho, comencé a escribirlo. Federico le dio una forma
más teatral, mientras que David comenzó a escribir la música.
Pausadamente. Creo que el resultado es muy brillante. Pudieron
comprobarlo los espectadores de Valencia cuando la hicimos allí en
versión de concierto. El proyecto, además, también demuestra que puede
concebirse una ópera contemporánea asequible y que pueden tratarse
asuntos de actualidad. El último día de un condenado a muerte
no se limita al tiempo de Víctor Hugo. Es un “manual” de nuestro tiempo
porque son todavía muchos los países donde está en vigor la pena de
muerte. Incluidos varios estados de Estados Unidos.
Una gran versatilidad –Esta
nueva ópera también es una prueba de su versatilidad. Ha batido récords
de ventas con el disco de Luis Mariano, se ha empleado en el celuloide
y va avanzando en la conquista de nuevos repertorios. –Creo que la
razón estriba en la curiosidad y en la melomanía. Me considero antes un
melómano que un tenor o que un músico. Y soy además un melómano
insaciable. Esa misma experiencia repercute en mi carrera como tenor.
Positivamente, quiero decir. Es importante saber dónde están los
límites de uno mismo, aunque también lo es evitar el acomodamiento o el
conformismo. De ahí que haya sido fundamental en mi carrera una actitud
positiva y optimista. ¿Sabe, a propósito, que voy a regresar a La Scala?
–No, no había trascendido nada. –Si me hubiera venido abajo después de la Aida
habría entrado en el círculo vicioso del “no van a llamarme, se acabó
Milán”. Y ocurre que el otro día me contactó Stéphane Lissner
[sobreintendente de La Scala] para decirme que quería contar conmigo.
No sólo eso: me puso encima de la mesa hasta cinco proyectos distintos.
Me ha hecho mucha ilusión porque es una manera de resolver el incidente
del pasado.
–¿Y qué le ha ofrecido? –La primera cosa a la que he dicho que sí es el Simón Boccanegra.
No sólo porque es una ópera de Verdi que me atrae mucho. También porque
voy a cantarla al lado de Plácido Domingo. Que, como saben, es el
protagonista de la obra como… barítono. ¿Puede imaginarse la ilusión
que me hace volver a Milán y en esas condiciones? También hemos hablado
de un Romeo, de un Don Carlo, incluso de una Carmen, aunque hay que ver cómo se ajustan las fechas y las posibilidades.
–También es Carmen la ópera con que regresa al Liceo. –
Sí. He hablado con ellos. Y me he permitido decirles que yo me sentí
muy cómodo en la versión que hizo Calixto Bieito en Peralada. Ya sé que
es un director de escena muy discutido. Ha hecho cosas buenas y malas,
pero aquella Carmen es la mejor que he interpretado en mi vida.
Un olimpo de cera junto a Luciano Pavarotti
Roberto
Alagna se ha convertido en figura de cera. Quiere decirse que su figura
ya ocupa un espacio de referencia entre las salas del Museo Grévin,
versión parisina del Madame Tussauds y olimpo donde se alojan las
glorias francesas y no francesas. Vivas y no vivas. De hecho, a Roberto
Alagna lo han colocado a la vera de Luciano Pavarotti. Le hace ilusión
la cercanía, pero el tenor, que es de origen siciliano y de naturaleza
supersticiosa, no termina de hacerse con la idea de la inmortalidad en
cera. “Cuando miro la escultura es como si me estuviera viendo muerto.
¡Qué impresión! Produce una sensación muy extraña. Por un lado, me
enorgullece entrar en un museo de personalidades ilustres siendo aún
bastante joven. Y por otro, me provoca cierta grima. El día que la
destaparon empecé a poner defectos. Yo me veo más guapo de cuanto
aparezco ahí…”, bromea Alagna. Pavarotti no es sólo el compañero de
sala. También es el destinatario de un homenaje que el propio Alagna va
a dedicarle en París en septiembre. |
|