Dido y Eneas, ópera compuesta por Henry Purcell en 1689, es una obra maestra del período barroco. En esta producción, filmada en el Hampton Court Palace (Londres), la mezzosoprano Maria Ewing canta el papel de Dido, la desdichada Reina de Cartago, y Rebecca Evans es Belinda, su doncella. La orquesta y el coro son el Collegium Musicum 90, dirigidos todos por Richard Hickox.
Este fragmento constituye prácticamente el final de la ópera, cuando Dido, al tener conciencia de que Eneas ya no la ama, muere tristemente tras haber ordenado a éste que abandone Cartago. Pocos fragmentos de ópera reflejan tanta tristeza y, a la vez, son tan sublimes...
La escena se desarrolla así (textos traducidos):
1. DIDO Tu mano, Belinda; me envuelven las sombras. Déjame descansar en tu pecho. Cuánto más no quisiera, pero me invade la muerte; la muerte es ahora una visita bien recibida. Cuando yazga en tierra, mis equivocaciones no deberán crearle problemas a tu pecho; recuérdame, pero, ¡ay!, olvida mi destino.
(Cupido aparece en las nubes, sobre su tumba)
2. CORO Tú, Cupido, vienes alicaído y esparces rosas sobre su tumba, dulces y tiernas como su corazón. Mantén aquí tu vigilancia y no partas nunca.
3. DANZA DE CUPIDO
Aunque puede interpretarlo ocasionalmente una soprano dramática, el papel de Dido se adapta mejor a la voz de mezzosoprano.
Céderic Tiberghien, piano Orchestre National de Lille Paul Polivnik, director
“Noches en los Jardines de España” fue iniciada en París en 1909 y terminada en Sitges, cerca de Barcelona, en 1915. José Cubiles fue el solista de piano cuando Enrique Fernández Arbós dirigió el estreno en Madrid el 9 de abril de 1916, en un concierto que también incluía “El amor brujo”. Falla posteriormente revisó la partitura. Más expresiva que descriptiva, evocaciones en sonido, melancolía y misterio, estos términos sugieren impresionismo musical y “Noches en los Jardines de España” es, sin duda alguna, la obra más impresionista de Falla. Cada uno de los tres movimientos de “Noches” se refiere a un jardín español diferente.
Mientras vivía en París de 1907 a 1914, Falla dio inicio a una serie de nocturnos para piano solo. Otros músicos españoles que también residían en París -el compositor Isaac Albéniz y el pianista Ricardo Viñes- le alentaron para que ampliara la obra. Cuando Falla analizó esta sugerencia, la pieza se convirtió en una obra en la que el piano es una parte integrante, aunque diferenciada, de una gran orquesta. El proceso de gestación fue prolongado y, según Jean Aubrey, París "esperó en vano el estreno. Esos nocturnos empezaron a ser legendarios dentro del mundo musical parisino". Pero Francia no estaba destinada a oír el estreno. La obra estaba aún inconclusa cuando Falla partió de regreso a España.
Al volver a su tierra natal, el compositor se instaló en el pueblo costero de Sitges. Allí compuso en un antiguo piano de la lujosa villa del pintor catalán Santiago Rusiñol. Rusiñol había pintado alrededor de 30 cuadros describiendo los jardines de España y algunos expertos en Falla creen que la inspiración que subyace en “Noches en los Jardines de España” provino de una exposición de estos cuadros a la que Falla asistió. Otros no están de acuerdo con esto, citan el hecho de que Falla había estado trabajando en “Noches” varios años antes de ver esta exposición. Henri Collet, que conoció al compositor en París, sugirió que un poema de ambiente francés perteneciente a Francis James fue el motor real que hay detrás de la composición.
De hecho, tanto las influencias francesas como las españolas son evidentes. Las escalas, los ritmos y los motivos españoles están moldeados en una orquestación completamente francesa. Tal como lo explica Vladimir Jankélévitch, los tres movimientos "no tendrían semejante brillo, semejante belleza inigualada, semejante frescura impresionista de vista, sonido y perfume, si no hubieran existido ya la “Rapsodia española” de Ravel y la “Iberia” de Debussy... Es el mismo misterio -el misterio de la voluptuosidad y la oscuridad perfumada- que baña a “En el Generalife”, a “Parfums de la Nuit” de Debussy y a “Prélude á la nuit” de Ravel, así como es la misma y única embriaguez primaveral que se alza abruptamente de la orquesta de Feria de Ravel y de la orquesta de Noches".
En cierto momento Falla planeó agregar un cuarto movimiento basado en el tango de Cádiz. Pero, en cambio, ese movimiento proyectado fue incluido en “El amor brujo”.
Por una extraña coincidencia, el motivo principal que aparece a todo lo largo de “Noches” también fue usado en forma destacada por el compositor Amadeo Vives. La razón fue que Vives y Falla habían estado viviendo en la misma casa y todos los días habían oído a un viejo mendigo ciego interpretar este motivo en su violín desafinado. Inconscientemente ambos adoptaron la tonada del músico callejero. Ninguno de estos compositores se dio cuenta de que el motivo no era original hasta mucho después de terminadas sus respectivas piezas.
Burnett James, biógrafo de Falla, explica la estética detrás de “Noches”:
[La obra] revela claramente, a partir de un punto de vista particular, el dualismo inherente al temperamento y a la conciencia españoles y, por lo tanto, al arte español. La partitura contiene, como quizá ninguna otra, por lo menos no tan directamente y con la máxima sutileza, los polos gemelos del encanto moro y de la sensualidad del idealismo intelectual gótico. Los arabescos flotantes, la calidez nocturna y la poesía emotiva se complementan perfectamente con la hermosa arquitectura de la Alhambra, con sus jardines y fuentes y cipreses, el legado supremo de la ocupación mora en el sur de España. Sin embargo subrayando esto hay un contorno de estructura fuerte, descarnada y rítmica; los acentos precisos y ocasionalmente las asperezas de la armonía y de la textura rinden homenaje a la gran tradición de la España gótica... Si el encanto y la sensualidad son los elementos inmediatamente más llamativos en las seductoras "impresiones sinfónicas", como reza el subtítulo de la partitura, esto es debido a los orígenes poéticos en la mente del compositor, orígenes que vuelven a París, donde por primera vez le surgieron las ideas embrionarias.
El compositor escribió lo siguiente con respecto a Noches:
Si estas "impresiones sinfónicas" han logrado su objeto, la mera enumeración de sus títulos debe constituir una guía suficiente para el oyente. Aunque en esta obra -así como en toda aquella que tenga el legítimo derecho de ser considerada música- el compositor ha seguido un diseño definido, en cuanto al material tonal, rítmico y temático... el fin para el cual fue escrito no es otro que evocar [el recuerdo de] lugares, sensaciones y sentimientos. Los temas empleados se basan (como en muchas de las primeras obras del compositor) en los ritmos, modos, cadencias y figuras ornamentales que distinguen la música popular de Andalucía, aunque ellos rara vez estén usados en sus formas originales. La orquestación emplea frecuentemente, y de una manera convencional, ciertos efectos peculiares de los instrumentos populares que se utilizan en esa región de España. La música no tiene ninguna pretensión de ser descriptiva; es meramente expresiva. Pero algo más que los sonidos de los festivales y las danzas ha inspirado estas "evocaciones en sonido", pues la melancolía y el misterio también tienen su parte.
Más expresiva que descriptiva, evocaciones en sonido, melancolía y misterio, estos términos sugieren impresionismo musical y “Noches en los Jardines de España” es, sin duda alguna, la obra más impresionista de Falla. Es más fácil explicar aquello que el impresionismo no es, que aquello que es. El término, que ha sido tomado de las artes visuales, se refiere al intento de los compositores de retratar los sentimientos e impresiones asociados con lugares, escenas, acontecimientos o gente. Está lejos de ser pintura tonal literal, tal como el balido de la oveja en “Don Quijote” de Richard Strauss, o las bandas de bronces contrapuestas de “El Cuatro de Julio” de Charles Ives. Sin embargo, el impresionismo está igualmente alejado de la música absoluta, como por ejemplo, las sinfonías de Brahms, que proclama no referirse a nada más que a sí misma. La música impresionista está referida a algo específico pero intangible, a algo elusivo y abstracto, a los sentimientos humanos.
Cada uno de los tres movimientos de Noches se refiere a un jardín español diferente. El primero es “En el Generalife”. El Generalife (que significa "Jardín del Arquitecto") es parte de la Alhambra, la antigua fortaleza de los reyes moros de Granada. Este jardín, en la ladera de una colina, contiene fuentes y antiguos cipreses. Falla jamás reveló en qué jardín se lleva a cabo la "Danza en la Distancia". El lugar del tercer movimiento es "en los Jardines de las Montañas de Córdoba".
Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, aria del Segundo Acto de "La flauta mágica" (W. A. Mozart)
Diana Damrau, Reina de la Noche (soprano)
Dorothea Röschmann, Pamina (soprano)
Orquesta de la ROH Covent Garden
Colin Davis, director
La Reina de la Noche es un papel breve, con sólo dos intervenciones en escena, aunque presenta enormes dificultades vocales, casi insalvables para la mayoría de cantantes. Su tesitura es muy forzada y exige subir hasta el Fa sobreagudo. También se debe tomar en consideración sus endiabladas agilidades y adornos vocales, por lo que este papel debe encomendarse a una soprano ligera con coloratura.
La soprano es la voz femenina más aguda y también la persona que canta con esa voz, que debe poseer un timbre claro y brillante. En contextos corales y operísticos, las sopranos suelen llevar la melodía. El término español fue tomado del italiano soprano (que significa ‘soberano, superior&rsquo. Éste a su vez proviene del latín súper, supra: ‘sobre, por encima de’.
Según el New Harvard Dictionary of Music, el registro vocal de la soprano va desde un Do4 (el Do central del piano) hasta un Do6 (Do sobreagudo).
La soprano ligera es una voz de gran alcance en los agudos, con gran claridad, nitidez y agilidad que le permite ejecutar complicados ornamentos sin dificultad como notas picadas, en el registro más alto de su voz. En el centro, destacan por un color claro y no suelen tener mucha sonoridad; de ahí la denominación “ligera”. En general suelen ser voces pequeñas que suenan mucho en el agudo. Esta apreciación no es un defecto, sino una característica de este tipo de voz. Ejemplos son la soprano ligera francesa Natalie Dessay, Lucia Popp, Edita Gruberova o Diana Damrau por citar sólo algunas.
Diana Damrau, soprano nacida el 31 de mayo de 1971 en Gunzburgo (Alemania) es una soprano de coloratura, conocida sobre todo por sus interpretaciones de Mozart, Mahler, y Strauss.
Desde muy joven, Damrau fue una estusiasta de la música clásica. Con tan solo doce años de edad, el filme "La Traviata" de Franco Zeffirelli con Plácido Domingo y Teresa Stratas como Alfredo y Violetta, la inspiró a convertirse en cantante de ópera. Sus primeras clases de canto las recibió de la cantante de ópera rumana Carmen Hanganu, cuyo esposo era el maestro de música de Damrau. Su primera aparición pública fue a los quince años, cuando cantó partes del musical "My Fair Lady" con acompañamiento de piano en un festival en Offingen.
Tras terminar sus estudios secundarios en Gunzburgo se decidió a continuar con sus estudios de canto en la "Escuela Superior de Música" de Wurzburgo. También tomó clases avanzadas en Salzburgo con Hanna Ludwig y Edith Mathis. En 1995 concluyó sus estudios con honores. Su debú en escena fue en el papel de Eliza, del musical "My Fair Lady", en el teatro de la ciudad de Wurzburgo. En este mismo teatro interpretó con gran éxito partes para soprano en óperas, operetas y musicales. Entre los papeles que interpretó están los de Ännchen en "Der Freischütz", Gretel en "Hänsel und Gretel", Marie en "Zar und Zimmermann", Adele en "Die Fledermaus" y Valencienne en "La viuda alegre".
Damrau fue contratada para los escenarios de los teatros de ópera de Mannheim y Frankfurt del Meno. En estas casas interpretó los papeles de Gilda en "Rigoletto, Oscar en "Un baile de máscaras", Zerbinetta en "Ariadne auf Naxos", Olympia en "Los cuentos de Hoffmann" y La Reina de la Noche en "La flauta mágica". En este último rol actuó como invitada en las casas de ópera de Berlín, Hannover, Darmstadt y Saarbrücken. Ha cantado a la Reina de la Noche en nada menos que 15 producciones, entre las cuales destaca la del Covent Garden en 2003 bajo la dirección de Sir Colin Davis (en el vídeo). Muy recientemente (diciembre de 2007) cantó a la Reina por última vez (aunque quizás en un futuro la cantará de nuevo, teóricamente se ha retirado del papel) en la Metropolitan Opera de Nueva York, junto con el de Pamina, en su debut neoyorkino del papel. Es la primera cantante que ha interpretado los dos roles en la misma temporada.
Damrau ha ganado varios concursos de canto con honores. Además obtuvo el segundo puesto en en el "Concurso de Canto del Festival Mozart" de Wurzburgo en 1996 y el segundo puesto en el séptimo "Concurso de Canto Internacional Mozart" de Salzburgo en 1999.
A partir del año 2002, Damrau apareció en las principales salas de ópera del mundo, incluyendo: Viena, Berlín, Múnich, Dresde, Milan, Londres, Nueva York y Salzburgo. Gran atención recibió su aparición en la reapertura del Teatro de La Scala en Milan en 2003, donde interpretó el papel de Europa en la ópera, "L'Europa riconosciuta" de Salieri.
Además de intérprete de ópera, Damrau es una reconocida intérprete de los Lieder de Shubert y Mahler. Su repertorio incluye también interpretaciones en oratorios de Bach, Händel así como Carmina Burana de Orff.
En julio de 2007 el estado federado de Baviera le concedio a Diana Damrau el título de "Kammersängerin", título que antiguamente era concedido por reyes y príncipes al cantante preferido de la corte. Este honor se le concedió por su distinguida carrera en la Ópera Estatal de Baviera, donde en un período de siete años cantó en 75 ocasiones, interpretando diez papeles distintos.
Gabriela Beňačková, soprano Orquesta Filarmónica Checa Václav Neumann, director
Bedrich Smetana nació en 1824 en Litomysl, actual República Checa. Aunque históricamente los territorios que conforman Bohemia han dado grandes nombres a la música, Smetana fue el primero que supo expresar en sus obras el espíritu, la esencia y los anhelos de su patria. En este sentido, debe ser considerado como al padre de la escuela musical nacionalista checa, cuya impronta sería decisiva en los autores que lo siguieron, entre ellos Dvorák y Janácek.
Hijo de un cervecero amante de la música, las aptitudes musicales se manifestaron a tan temprana edad en el pequeño Smetana, que a los seis años hizo su primera aparición en público como pianista y a los ocho escribió sus primeras piezas. Deseoso de triunfar como concertista, en 1843 el músico se trasladó a Praga con el fin de mejorar su técnica. Eran años de tensión política entre el emergente nacionalismo checo y el centralismo de las autoridades austríacas, y Smetana participó en el movimiento de concienciación patriótica con varias marchas revolucionarias y un exaltado Canto a la libertad (1848).
Tras un paréntesis de cinco años en Göteborg como director de la Sociedad Filarmónica (1856-1861), colaboró en la fundación de numerosos organismos musicales checos, entre ellos el Teatro Nacional de Praga. En 1866 estrenó en él sus dos primeras óperas, Los brandemburgueses en Bohemia y su obra maestra, La novia vendida, primera obra maestra de la ópera nacional checa.
Con ella y las que le siguieron –Dalibor (1867) y Libuse (1872), entre otras–, Smetana no sólo se convirtió en el fundador y líder de la escuela nacionalista bohemia, sino que consiguió el anhelado cargo de director del Teatro Nacional, en el que permaneció hasta que en 1874 una sordera provocada por la sífilis le obligó a presentar la dimisión.
Pese a las dificultades, entre 1874 y 1879 vieron la luz los seis poemas sinfónicos que integran su obra maestra orquestal, el ciclo Mi patria. De esta época data también una de sus partituras más sentidas y originales, el Cuarteto de cuerda núm. 1, «De mi vida» (1876). Perdida la razón a consecuencia de la enfermedad, Smetana pasó los últimos años de su existencia recluido en un hospital psiquiátrico de Praga, donde murió en 1884.
Todavía
perdura en su recuerdo la mala experiencia de hace dos años en la Scala
de Milán, de la que huyó literalmente mientras interpretaba a Radamés
en la Aida de Verdi. El tenor ítalo-francés ha recibido a El
Cultural para hablar de todos los problemas que ha tenido que superar
en los últimos años, incluida una grave enfermedad, y para que nos
desvelara sus proyectos más inmediatos, entre los que incluye la
actuación, mañana, en Madrid dentro del ciclo Grandes Voces, su primera
y esperada aparición en el Teatro Real, y su vuelta a la Scala de Milán
de la mano de Stéphane Lissner.
Sorprenda
o no, Roberto Alagna (París, 1963) nunca ha cantado hasta la fecha en
el Teatro Real. Ha estado “previsto” en la programación, incluso
anunciado en firme, pero los avatares administrativos y los problemas
de salud han ido retrasando la alternativa madrileña hasta la noche de
hoy. Que se antoja interesante porque el tenor franco-siciliano, hijo
de la periferia parisina, desgrana enciclopédicamente el repertorio de
Verdi: desde los roles puramente líricos –Traviata, Luisa Miller,
Hernani– hasta las profundidades de La forza del destino y de Otello. Dos óperas, por cierto, que tiene pendiente llevar a escena en su integridad.
–¿Cómo se explican tantos años de retraso en Madrid? –Hay
razones de todo tipo. Stéphane Lissner quería contar conmigo pero se
marchó prematuramente de la dirección del Teatro Real. El año pasado,
en cambio, se produjo el contratiempo de la cancelación. Tenía que
interpretar Il Trovatore, pero mis condiciones de salud me lo impedían.
Fue un año complicado. Sufría estos problemas de hipoglucemia y me
encontraba en una situación de estrés, de nerviosismo. La temporada
había arrancado de manera conflictiva con la suspensión de los
contratos de La Scala a raíz de aquella Aida tan polémica. Pero luego descubrí que había un problema de salud más.
–Un tumor en el lagrimal del ojo. –Exacto.
Los médicos creen que me ha acompañado durante diez años y que ha ido
creciendo a mi costa. Afortunadamente era benigno, pero eso no implica
que no me hubiera causado muchos problemas. La realidad es que me
encontraba muy fatigado. Tampoco podía respirar con normalidad. ¿Sabe
lo que es para un cantante no poder respirar? Ignoraba el origen de
todas estas limitaciones. Pero estaba claro que me alteraban. Como era
cierto que la situación de estrés y de agotamiento me conducía a esos
estados de hipoglucemia. Tal como me ocurrió en La Scala. Para que la
gente me entienda, yo me encontraba como si estuviera siempre en un
avión. Me refiero a la presión, incluso al ruido de fondo. Era una
situación enormemente incómoda.
–¿Cómo ha podido entonces cantar así durante 10 años? –
Aclaro que mi carrera siempre ha sido profesional. He ido madurando,
creciendo artísticamente. Me he sobrepuesto a los problemas y no creo
que el público haya percibido que yo cantara en malas condiciones.
Porque nunca ha sucedido así. Otra cuestión es que el tumor ocular, que
presionaba en la región nasal, se hubiera convertido últimamente en un
contratiempo que requería una solución. Mi madre y mi mujer [la soprano
Angela Gheorghiu] no quisieron decirme que tenía un tumor. Sólo lo
hicieron cuando se despejaron las dudas sobre su gravedad. Hay
antecedentes muy serios de tumores y de cánceres en mi familia. Pero yo
me considero una persona afortunada. Me tranquiliza, en el fondo, saber
que salgo airoso de los desafíos que me pone la vida. Todos los
contratiempos me han servido para salir reforzado. Y cada vez me
convenzo más de que es necesario aprovechar el momento.
Pasión por Verdi –¿Incluso teniendo contratos para la temporada 2013-2104? –
Las experiencias dolorosas y las crisis me han enseñado a que la única
realidad que merece la pena es el presente. Le dedicamos demasiado
tiempo a rumiar el pasado y nos obsesiona el futuro. De esa manera,
sacrificamos el presente. Que es la única certeza. Soy una persona
vitalista, optimista. Y quiero concentrar toda mi energía en la
realidad actual. Sea cuando canto o sea ahora, cuando estamos haciendo
esta entrevista.
–La entrevista la hacíamos para hablar de su
debut en el Real. Se trae un programa descarado, valiente. Incluso los
espectadores van a poder escucharle las arias del Trovatore que se perdieron la temporada pasada por culpa de la cancelación de última hora. –Es
un homenaje a Verdi, con toda la responsabilidad que encierra el
concierto. Verdi es mi gran pasión. Y es igualmente el genio absoluto
de la ópera, especialmente si tomamos como referencia el repertorio de
tenor. No ha podido escribirnos una música más hermosa ni más
desafiante.
–Usted ha decidido abarcarla casi enciclopédicamente. –
Voy a cantar arias de óperas muy distintas, pero mi enfoque tiene un
hilo conductor: el estado de ánimo. Quiero decir que mi modo de cantar
Verdi sobrepasa la separación de papeles líricos, spinti o
dramáticos. No es una cuestión de clasificaciones académicas. Prevalece
en cambio una aproximación instintiva, incluso emocional. De una manera
u otra, se trata de cantar las arias como si fuera la primera vez.
Tanto para mí como para el público que las escucha. Por eso cada
recital es distinto. Y por eso Verdi concede tanta libertad a los
cantantes. La ópera es un acto de amor. De entrega, de generosidad.
Particularmente con Verdi de por medio.
–Alfredo Kraus recomendaba cantar con los intereses y dejar a buen recaudo el capital. –Tenía
razón en cuanto se refiere al control de la fuerza y los recursos que
uno tiene. No hace falta poner el Ferrari a 360 por hora para saber y
transmitir que es un coche poderoso y veloz. De hecho, una de las
características de mi carrera consiste precisamente en evitar los
fuegos de artificio y la gestualidad excesiva. Creo que al público hay
que conquistarlo paulatinamente. Llevarlo a tu terreno mediante la
línea de canto, el fraseo. Pocas veces me gusta utilizar arias famosas
en el arranque de los recitales. Trato de evitar el efectismo, aunque
es verdad que me reconozco a mí mismo como un tenor generoso que sabe
tomar riesgos.
– Ya que hablamos de riesgos, usted mismo ha incluido una alusión a Otello en el recital. ¿Se atrevería a cantar la ópera en escena? –Quiero hacerlo y tarde o temprano va a ocurrir. Me refiero a que Otello
es una ópera que se adapta perfectamente a un tenor lírico, por mucho
que se haya generalizado entre los tenores dramáticos. No creo que esté
escrita para una voz oscura. De hecho, el testimonio de Tamagno [el
intérprete italiano que estrenó la ópera en 1887] nos demuestra que
Verdi la había concebido para una voz lírica. Me permito recordar que
Tamagno cantaba Guillermo Tell, Poliuto, Simón Boccanegra. Un
repertorio nada sospechoso de dramático. Es más, otros tenores
históricos como Gigli o como Pertile o como Lauri Volpi demostraron que
se adaptaba a una voz menos tenebrosa.
–¿La culpa, entonces, es de Plácido Domingo? – Qué va. Al contrario. Cuando él la cantaba por primera vez también tenía un color más claro. Mi idea de Otello se
inscribe en un personaje romántico, atribulado. En cierto modo es la
versión negativa de Cyrano de Bergerac. Cyrano descarga sus tempestades
interiores y sus complejos en acciones y obras admirables, mientras que
Otello elige un camino destructivo y autodestructivo.
– Habla como si ya tuviera la dirección de escena en la cabeza. –Una ópera como Otello
requiere que yo esté completamente de acuerdo con el criterio escénico.
Y ésa es la razón por la que, de momento, he rechazado las ofertas que
me han hecho al respecto.
–La solución pasa por que sus hermanos sean los directores. Ya han coincidido en otros montajes. Por ejemplo, el Orfeo y Eurídice de Gluck. –Sería
una solución porque existe entre nosotros una gran sintonía. Y no me
preocupa que se hable peyorativamente del ‘clan Alagna’. Yo no voy por
ahí imponiéndolos. Pero me niego a dejar de trabajar con unos artistas
en los que encuentro tantos puntos de conexión.
–La prueba más reciente es el lanzamiento de El último día de un condenado a muerte.
Una ópera contemporánea escrita musicalmente por David Alagna, aunque
usted mismo y su otro hermano, Federico, han colaborado en el libreto.
El proyecto, además, lo ha puesto en circulación la Deutsche Grammophon. –Es
una larga historia. Comienza hace diez años, cuando yo me encontraba un
poco solo y desarraigado en Chicago. Igual que un condenado. Mi hermano
me envió El último día de un condenado de Víctor Hugo. Me lo
leí del tirón y enseguida me vino la idea de plantear un libreto
operístico. De hecho, comencé a escribirlo. Federico le dio una forma
más teatral, mientras que David comenzó a escribir la música.
Pausadamente. Creo que el resultado es muy brillante. Pudieron
comprobarlo los espectadores de Valencia cuando la hicimos allí en
versión de concierto. El proyecto, además, también demuestra que puede
concebirse una ópera contemporánea asequible y que pueden tratarse
asuntos de actualidad. El último día de un condenado a muerte
no se limita al tiempo de Víctor Hugo. Es un “manual” de nuestro tiempo
porque son todavía muchos los países donde está en vigor la pena de
muerte. Incluidos varios estados de Estados Unidos.
Una gran versatilidad –Esta
nueva ópera también es una prueba de su versatilidad. Ha batido récords
de ventas con el disco de Luis Mariano, se ha empleado en el celuloide
y va avanzando en la conquista de nuevos repertorios. –Creo que la
razón estriba en la curiosidad y en la melomanía. Me considero antes un
melómano que un tenor o que un músico. Y soy además un melómano
insaciable. Esa misma experiencia repercute en mi carrera como tenor.
Positivamente, quiero decir. Es importante saber dónde están los
límites de uno mismo, aunque también lo es evitar el acomodamiento o el
conformismo. De ahí que haya sido fundamental en mi carrera una actitud
positiva y optimista. ¿Sabe, a propósito, que voy a regresar a La Scala?
–No, no había trascendido nada. –Si me hubiera venido abajo después de la Aida
habría entrado en el círculo vicioso del “no van a llamarme, se acabó
Milán”. Y ocurre que el otro día me contactó Stéphane Lissner
[sobreintendente de La Scala] para decirme que quería contar conmigo.
No sólo eso: me puso encima de la mesa hasta cinco proyectos distintos.
Me ha hecho mucha ilusión porque es una manera de resolver el incidente
del pasado.
–¿Y qué le ha ofrecido? –La primera cosa a la que he dicho que sí es el Simón Boccanegra.
No sólo porque es una ópera de Verdi que me atrae mucho. También porque
voy a cantarla al lado de Plácido Domingo. Que, como saben, es el
protagonista de la obra como… barítono. ¿Puede imaginarse la ilusión
que me hace volver a Milán y en esas condiciones? También hemos hablado
de un Romeo, de un Don Carlo, incluso de una Carmen, aunque hay que ver cómo se ajustan las fechas y las posibilidades.
–También es Carmen la ópera con que regresa al Liceo. –
Sí. He hablado con ellos. Y me he permitido decirles que yo me sentí
muy cómodo en la versión que hizo Calixto Bieito en Peralada. Ya sé que
es un director de escena muy discutido. Ha hecho cosas buenas y malas,
pero aquella Carmen es la mejor que he interpretado en mi vida.
Rubén AMÓN
Un olimpo de cera junto a Luciano Pavarotti
Roberto
Alagna se ha convertido en figura de cera. Quiere decirse que su figura
ya ocupa un espacio de referencia entre las salas del Museo Grévin,
versión parisina del Madame Tussauds y olimpo donde se alojan las
glorias francesas y no francesas. Vivas y no vivas. De hecho, a Roberto
Alagna lo han colocado a la vera de Luciano Pavarotti. Le hace ilusión
la cercanía, pero el tenor, que es de origen siciliano y de naturaleza
supersticiosa, no termina de hacerse con la idea de la inmortalidad en
cera. “Cuando miro la escultura es como si me estuviera viendo muerto.
¡Qué impresión! Produce una sensación muy extraña. Por un lado, me
enorgullece entrar en un museo de personalidades ilustres siendo aún
bastante joven. Y por otro, me provoca cierta grima. El día que la
destaparon empecé a poner defectos. Yo me veo más guapo de cuanto
aparezco ahí…”, bromea Alagna. Pavarotti no es sólo el compañero de
sala. También es el destinatario de un homenaje que el propio Alagna va
a dedicarle en París en septiembre.
Alessandro Carbonare (clarinete) y Claudio Abbado (director)
El concierto para clarinete, K. 622 de Wolfgang Amadeus Mozart, fue
compuesto en Viena en 1791 para el clarinetista Anton Stadler, gran
amigo y compañero de logia en la masonería. El concierto se divide en
tres movimientos: Allegro, Adagio y Rondo; la orquesta que acompaña al
solista consta de dos flautas, dos fagotes, dos trompas y cuerdas.
Está escrito en la misma tonalidad que el quinteto para clarinete y
cuarteto de cuerda, K. 581, también destinado a Stadler.
A diferencia de todos los demás conciertos de Mozart, éste no prevé una cadenza para el solista en su primer movimiento, sí en el Adagio.
Esta obra es imprescindible en el repertorio de cualquier
clarinetista. En las últimas décadas se ha difundido la costumbre de
ejecutarla con un clarinete especial, llamado clarinete bassetto, que pueda alcanzar en el registro grave al Do escrito (los clarinetes comunes
llegan solamente hasta el Mi). Mozart exigió esta
extensión varias veces en la escritura para el instrumento, como en el aria "Parto,
ma tu ben mio" de la ópera "La clemenza di Tito". El manuscrito del
concierto no se ha conservado y lo que se ha transmitido es la
transcripción que el propio Stadler hizo para posibilitar la ejecución
con el clarinete en Si bemol. Sin embargo, diversos pasajes en los tres
movimientos cobran plena significación cuando se tocan con un clarinete
bassetto, porque se evitan saltos de octava que fragmentan el discurso
musical.
La soprano francesa Natalie
Dessay, poseedora de una voz increiblemente ágil y sutil, canta "Où va la
jeune hindoue...", es decir, el aria de las campanas de "Lakmé",
ópera de Léo Delibes.
Famosa por su compromiso
escénico y su talento actoral, la primera parte de la carrera de esta cantante se
ha cimentado en roles de soprano ligera, gracias a la facilidad en el registro
sobreagudo (que alcanza el La de la quinta octava, La5), pero
enseguida ha extendido su repertorio a roles más dramáticos.
Su verdadero nombre completo es
Nathalie Dessaix. Cuando aún era estudiante quitó la “h” de su nombre en honor
a Natalie Wood. Más tarde cambió su apellido para simplificarlo.
"Lakmé"narra el amor imposible de un oficial
británico y la hija de un sacerdote de Brahma en la India del siglo XIX.El libreto es de Edmond Gondinet y Philippe
Gille y está basado en la pieza teatral de Julian Viaud “La boda de Loti”. La
obra, si bien no posee un contenido dramático de peso, presenta unos buenos
ingredientes que el público de todas las épocas gusta de paladear.
Delibes escribió esta ópera
casi sin proponérselo. Primero le llamó la atención la voz ligera y muy
flexible de la soprano de origen holandés Marie van Zandt. Al mismo tiempo cayó
en sus manos la novela de Gondinet, que leyó durante un viaje a Viena. El
ambiente exótico de la narración haría el resto.
Con “Lakmé”, Leo Delibes inicia
la exploración del exotismo y el orientalismo, fenómeno que marcó con singular
intensidad a muchos compositores del siglo XIX. Son claros ejemplos al respecto
“Los pescadores de perlas” de Bizet, algunas óperas de Massenet (“El Rey de Lahore&rdquo,
“Aida” de Verdi y el ballet “La Bayadera”, coreografiado por Marius Petipa, con
música de Ludwig Minkus. El momento cumbre de esta corriente exótica vendría
con las óperas “Madama Butterfly” y “Turandot” de Puccini, ambientadas
respectivamente en el Japón y en la China legendaria, que serían estrenadas ya
en el siglo XX.
“Lakmé” subió a escena el 14 de
abril de 1883 en el Teatro de la Opera Cómica de París, con enorme triunfo. No
obstante, esta ópera no ha logrado rebasar definitivamente el ámbito francés.
Arturo Toscanini
(Parma, 25 de marzo de 1867 - 16 de enero de 1957) músico italiano,
considerado por muchos de sus contemporáneos (críticos, colegas y
público en general) como el más grande director de orquesta de su
época. Era célebre por su brillante intensidad, su incansable
perfeccionismo, su prodigioso oído y su memoria fotográfica que le
permitía corregir errores de los miembros de la orquesta que habían
pasado inadvertidos durante décadas para sus colegas.
Biografía
Toscanini inició su formación musical en Parma al ganar una beca
para el conservatorio local, en el que estudió violonchelo. Tras sus
estudios, se unió a la orquesta de una compañía de ópera con la que
realizó una gira por Sudamérica. Mientras representaban "Aida" en Río
de Janeiro en 1886, el director de la orquesta fue abucheado por el
público y obligado a abandonar el escenario. Toscanini,
afortunadamente, cogió la batuta animado por el resto de músicos
comenzando así, con 19 años, su carrera como director.
En 1898, fue nombrado director residente de La Scala de Milán,
donde permaneció hasta 1908 y a la que volvería en los años 20. Además
pasó por la Metropolitan Opera de Nueva York (1908 - 1915) y Bayreuth
(1930 - 1931), dirigiendo también la New York Philharmonic Orchestra
(1926 - 1936) y en el Festival de Salzburgo (1934 - 1937).
Radicalmente opuesto a los regímenes fascistas de Alemania e
Italia, abandonó Europa para establecerse en los Estados Unidos de América. Allí se
fundó en 1937 la Orquesta Sinfónica de la NBC para él y con ella actuó
con regularidad hasta 1954 en la Radio Nacional. Sus actuaciones le
convirtieron en el primer director de orquesta estrella de los modernos
medios de comunicación de masas. Su actividad como director de
actuaciones en directo para la radio continuó hasta su retirada.
Toscanini era famoso por sus interpretaciones de Beethoven y Verdi.
Realizó numerosas grabaciones, especialmente en el final de su
carrera, la mayoría de ellas publicadas, amén de las numerosas
grabaciones disponibles de sus interpretaciones para la radio.
La Sonata para piano nº 23 en Fa menor Opus 57 de Ludwig van
Beethoven, conocida como "Appassionata" (apasionada), es considerada
una de las tres grandes sonatas de su período medio (las otras dos son
la Sonata "Waldstein" Op. 53 y la Sonata "Les adieux" Op. 81).
Beethoven la compuso en 1804 en Döbling, cerca de Viena, y fue dedicada
al conde Franz von Brunswick.
La "Appassionata" consta de tres movimientos. El primero es un allegro de
sonata sin repeticiones en compás 12/8 que dura cerca de diez minutos.
Pese a su extensión, se producen varios cambios de tonalidad y de
dinámica. El tema principal mantiene un ritmo característico, punteado,
de 5/6 en lugar de 3/4, que es difícil tocar. Beethoven eligió la
tonalidad de Fa menor al emplear con frecuencia el ámbito grave y
oscuro del Fa más bajo del piano, que era la nota más grave permitida
por el instrumento de aquella época. El movimiento tiene un aire
tranquilo y algo lento al inicio, interrumpido luego por grupos de
acordes muy rápidos.
El segundo movimiento está integrado por un Tema y sus variaciones, basado en una
melodía lenta, tranquila y solemne, casi como un himno, en Re bemol
mayor. Esta melodía tiene dos secciones de ocho compases que se
repiten. Las variaciones que siguen a continuación son:
a) similar al tema original, con la mano izquierda tocando síncopas
b) ornamentación del tema en semicorcheas
c) rápida ornamentación en fusas. En lugar de repetir, tanto la
mano izquierda como la derecha toman cada una secciones del tema d) repetición del tema original, con pequeños cambios. En vez de
acabar de forma reposada, suena un concluyente acorde de séptima
disminuida en fortissimo ,como un trueno, que se une sin pausa al
tercer movimiento.
El último movimiento es otro allegro de sonata en el que sólo se indica la repetición de su segunda parte. Se trata de un perpetuum mobile,
con rápidas semicorcheas, interrumpidas únicamente en el desarrollo y
en la coda. El movimiento posee una naturaleza misteriosa, compleja y
agitada. Suele recibir variados adjetivos por parte de la crítica
(apasionado, desesperado, que quita el aliento...)
El título de "Appassionata" que lleva esta Sonata se debe al editor. Beethoven se indignó
con el subtítulo, pues creía que todas sus obras estaban escritas para
tocarse apasionadamente y no sólo ésta. En su Sinfonía nº 5 Beethoven
terminó el tercer movimiento con una tensión irresuelta. Sin pausa, se
inicia el cuarto con una fanfarria triunfal. A semejanza de éste, en la
"Appassionata" también existe un breve momento de tensión sin resolver
al terminar el movimiento intermedio (una pausa un poco más breve que
en la Quinta). Pero, a diferencia de la sensación de triunfo en que se
resuelve la Quinta Sinfonía, el movimiento final de esta sonata anuncia
en sí la agonía y su coda es desesperada.
Orquesta
de Filadelfia
Eugene Ormandy, director Sheherezade es una suite orquestal,
inspirada en "Las mil y una noches" y narra las historias que Sheherezade, durante dos años,
nueve meses y un día, fue narrando a su marido y sultán para evitar que éste la
ejecutase. Consta de cuatro movimientos: El mar y el barco de Simbad, El
cuento del príncipe Kalender, El
joven príncipe y la joven princesa y el último movimiento en el que se
suceden el Festival de Bagdad, El mar y
El barco se estrella contra las rocas.
Escrita en 1888, la música del gran compositor y
teórico ruso transporta al público a algunos de esos maravillosos paisajes,
aventuras, sabores y aromas orientales. La plantilla orquestal se
compone de dos flautas, flautín, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro
trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, arpa, timbales y cuerdas. En
esta obra hay dos temas musicales principales: el vigoroso del sultán y el
tierno solo de violín de Sheherezade. Como
todas las buenas historias, una de las claves de la obra está en la repetición,
una repetición que en este caso le sirve a Korsakov para demostrar su talento
en la armonía y orquestación, y a la vez para representar al mar, a veces
monótono y a veces impredecible, por el que navega el barco de Simbad. El tema
de violín, que personifica a Sheherezade, es la única parada de serenidad en
cada capítulo que invariablemente se va convirtiendo en una trepidante aventura
sonora.
Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia
Daniel, Harding, director
A diferencia de sus contemporáneos Debussy y Mahler, Richard Strauss alcanzó la
fama rápidamente y, antes de los 21 años, era aclamado como el sucesor de
Brahms y Wagner. Sus poemas sinfónicos compuestos antes de 1900 entraron de
inmediato al repertorio internacional y sus primeras óperas lo ubicaron al
frente de la vanguardia musical, transformándolo en uno de los personajes más
controvertidos de la época. A pesar de que su popularidad cayó ostensiblemente
con la llegada de la Primera Guerra Mundial y la aparición de movimientos
anti-románticos, su labor creativa continuó sin interrupción hasta el final de
sus días.
Aunque la ópera ocupó la mayor parte de la labor creativa de Strauss, sus
primeros éxitos los obtuvo en el campo instrumental, específicamente con sus
poemas sinfónicos. Sin embargo, el estilo que presentan estos trabajos difiere
bastante de aquel que muestran sus composiciones juveniles; ello se debe a la
profunda influencia que ejerció la educación que le brindó su padre, quien era
un músico muy conservador que era trompista en la Orquesta de la Corte de
Múnich. Cuando éste notó las aptitudes de su hijo, lo puso en manos de algunos
de sus compañeros de orquesta y nunca lo envió a una academia de música. Así
pudo supervisar sus estudios de piano, violín, teoría, armonía e
instrumentación, mientras guiaba sus gustos musicales haciéndole escuchar sólo
a los clásicos. Este tradicionalismo marcó profundamente las primeras
creaciones de Strauss y le sirvió para ser aceptado de inmediato en los
círculos artísticos que preferían la música de Brahms antes que la de Wagner.
Entre esas primeras obras encontramos una sinfonía, conciertos para corno y
para violín, y algunas partituras para instrumentos de viento. Estas últimas,
realizadas entre 1881 y 1884, fueron bastante significativas para los inicios
de su carrera. Se trata de la Serenata Op.7 y la Suite Op.4 que atrajeron la
atención del afamado director Hans von Büllow, quien hasta entonces había
tenido una opinión desdeñosa hacia el compositor y que rápidamente incorporó
tales obras al repertorio de la orquesta que dirigía en Meiningen.
A comienzos de la década de 1880, el estilo de Strauss sufrió un cambio
notable, tras conocer al violinista Alexander Ritter, un devoto seguidor de
Wagner y Liszt. Ritter se encargó de “convertir” al joven Strauss a la
filosofía de la "nueva música" o "música del futuro", donde
lo poético se transforma en el elemento formativo de una obra. El resultado
inmediato de esta conversión fue una fantasía sinfónica que recoge las
impresiones que produjo en Strauss su primera visita a Italia en 1886. Al ser
estrenada en Múnich al año siguiente, la obra dividió a la audiencia en
admiradores y detractores, tomando un carácter controvertido que, en realidad,
no merece; el mismo compositor la consideraba "una conexión entre los
métodos tradicionalistas y modernistas".
La otra partitura que marcó el cierre de esta etapa formativa en Strauss fue la
Burlesca para piano y orquesta escrita en 1885 para Hans von Bülow. Pero como
éste la encontró muy complicada, la partitura no fue estrenada hasta 1890 por
Eugen d’Albert.
Entre 1888 y 1889, Richard Strauss compuso los poemas sinfónicos que lo
llevaron a la fama. El primero de ellos fue Macbeth, un trabajo
experimental que, a pesar de ser interesante, fue eclipsado inmediatamente por
su sucesor, Don Juan, estrenado con gran éxito en Weimar en noviembre de
1889. El impulso para crear Don Juan se lo dio su amor por Pauline de Ahna,
soprano con la que se casaría en 1894 y para quien escribiría la mayoría de sus
canciones. La base para esta obra fue un poema de Lenau y el resultado fue una
partitura apasionante, donde se funde todo lo que Strauss había aprendido hasta
entonces como compositor y director, es decir, continuidad musical, virtuosidad
orquestal y una pirotecnia sin precedentes.
Después de Don Juan y en un lapso de diez años, vinieron los poemas
sinfónicos Muerte y Transfiguración, Las alegres travesuras de Till
Eulenspiegel, Así habló Zarathustra, Don Quijote y Una
Vida de Héroe. Durante ese periodo, Strauss también ganó notoriedad como
director de orquesta en Weimar, Múnich y Bayreuth, mientras consolidaba su
posición como el compositor alemán más importante desde Wagner. Su nombre era
sinónimo de modernismo y cacofonía, debido a las enormes fuerzas
instrumentales, el diseño innovador y los efectos que empleaba en sus obras.
Para el estreno de Muerte y
Transfiguración, que tuvo lugar en Eisenach en 1890, Strauss le pidió
a su amigo, el poeta Alexander von Ritter, que escribiese un breve poema basado
en la siguiente temática: del padecimiento terrestre hacia la
bienaventuranza. La edición publicada terminó adaptándose al estilo
musico-dramático de la petición que Strauss le hiciera a su amigo. El programa
contiene cuatro partes, cada una se corresponde con las cuatro secciones en las
que se divide la composición musical (tocada ésta de manera continua, sin
intercalación de pausas).
Primera
parte del poema sinfónico comienza
describiendo lo siguiente: [Largo] En un pequeño cuarto tenuemente
iluminado, un hombre muy enfermo yace en su cama. Cansado tras haber luchado
contra la muerte, el hombre yace ahora dormido. En el oscuro cuarto se percibe
que la muerte se acerca, sólo el tictac del reloj interrumpe el silencio
reinante. Repentinamente, en la cara del enfermo inválido se dibuja una sonrisa
melancólica: ¿acaso está soñando su dorada infancia a medida que se desplaza
hacia el borde de la vida?
Segunda
parte: [Allegro molto agitato]
La muerte ha decidido concederle un poco más de tiempo para soñar.
Imprevistamente la muerte sacude con violencia a su víctima para relanzar
nuevamente la batalla: ¡el intento de vivir, el poder de la muerte! Se desata
una contienda vehemente. (En la versión musical, se intercala aquí una
breve aparición del “tema ideológico”) Ni la vida ni la muerte consiguen la
victoria, y nuevamente reina el silencio.
Tercera
parte: [Meno mosso, ma sempre
alla breve] Cansado de tanta lucha, y envuelto en un estado delirante, el
enfermo comienza a ver desfilar su vida delante de sus ojos, paso a paso,
escena por escena. Primero aparece el anaranjado amanecer de su infancia,
radiante e inocente; luego surgen los juegos agresivos de los chicos, intentos
de construir su fortaleza y virilidad – intenta lograr la meta más alta de su
vida con toda su fogosa pasión: transfigurar todo aquello que le parezca noble
dándole una forma más exaltada aún– esto ha sido siempre su más alta aspiración
a lo largo de toda su existencia. Fría, desdeñosamente, la vida le pone
incesantes obstáculos. En momentos en donde ve acercarse la consecución de la
meta, una voz-relámpago le grita: “¡Alto!”. Pero al tiempo una voz dentro de él
lo incita al reclamarle: “Haz que cada obstáculo se convierta en un nuevo
peldaño en tu subida”. Ante dicho reclamo, intrépidamente avanza con la
exaltada búsqueda. Aún encontrándose en su agonía sigue en busca de las
aspiraciones aún inalcanzadas, pero todo ha sido en vano… A pesar de acercarse
cada vez más a dichas metas, éstas nunca pudieron ser aferradas en su alma.
Inesperadamente, el golpe del martillo de hierro que representa la muerte
irrumpe, todo lo construido anteriormente se desmorona cubriendo sus ojos con
la eterna noche.
Última parte: [Moderato] Desde el infinito reino
celestial un fuerte estruendo retorna a él, llevándole esta vez aquello que
tanto había ansiado y suplicado vanamente en la vida terrenal: Redención,
Transfiguración.
En una nota inédita,
haciéndose referencia al poema sinfónico Muerte y Transfiguración, el
propio Strauss confiesa la particularidad de esta pequeña joya:
“Muerte y Transfiguración
logra su punto culminante a través del propio tema principal, cuya aparición se
manifiesta una vez que haya trascurrido la primera mitad de la obra”.
Se aprecia así el intento del
músico en lograr un efecto atrapante al prolongar la expectativa y la intriga
del oyente hacia el punto medio de la partitura. Heinz Becker, en Historia de
la Música Clásica, confirma esta hipótesis al señalar que uno de los
principios básicos de Richard Strauss consiste en no exponer nunca los temas de
entrada, sino sugerirlos y desarrollarlos para lograr un gran
efecto psicológico. Incluso, muchas veces, los temas aparecen en su forma más
completa recién hacia el final de la obra. Tal es así
que es conocida la espontaneidad que poseía Strauss para manejar los efectos
psicológicos (el manejo de la dialéctica del deseo y de la demanda, se podría
agregar).
Aunque Schumann compuso numerosas obras para piano con la intención
de que las tocasen los niños – su "Álbum para la juventud" es el más
típico ejemplo – las trece piezas de sus "Escenas infantiles"
(Kinderszenen, Op. 15) están dirigidas a adultos, ya que no representan
el mundo visto a través de los ojos de un niño, sino la niñez
idealizada por un adulto, matizada por la nostalgia de una temprana
inocencia.
Después de las primeras seis piezas, que parecen formar un ciclo
por sí mismas, viene el que es considerado como el más famoso
fragmento, "Träumerei" , que se traduce por "Soñando" pero que se puede
interpretar como un sueño despierto o "Ensoñación". A modo de un
maravilloso remanso en el punto medio de la colección, "Träumerai"
ejemplifica una de las primordiales atracciones de esta obra, tanto
para músicos profesionales como para estudiantes. Kinderszenen no
requiere de una técnica fenomenal, como muchas de las otras
composiciones para piano de Schumann, pero sí nos deja una interminable
variedad de matices y emociones. Como en muchos otros fragmentos de
esta obra, la música es de una simplicidad engañosa. Engañosa porque
"simplicidad" no debe traducirse necesariamente por "facilidad" o
"simpleza".
Vladimir Horowitz (Berdichev, Ucrania, 1903-Nueva York, 1989)
Pianista estadounidense de origen ruso, empezó a estudiar piano con su
madre cuando sólo tenía seis años. A los quince entró en el
Conservatorio de su ciudad natal, donde fue alumno aventajado de Felix
Blumenfeld. Ofreció su primer recital en Jarkov (1922), obteniendo un
gran éxito; la temporada 1924-1925 realizó más de setenta conciertos,
algo insólito en aquella época. A partir de ese año emprendió diversas
giras por Alemania, Francia y el Reino Unido, invirtiendo su propio
dinero, revelándose como uno de los más virtuosos pianistas de su
época.
En París, el representante estadounidense Arthur Judson le ofreció
un contrato para realizar una gira por Estados Unidos en 1928. Su debut
tuvo lugar en el Carnegie Hall y el concierto, como la posterior gira,
lo consolidaron como uno de los más importantes pianistas del siglo XX.
En 1933 emprendió una tournée con Arturo Toscanini para tocar como
solista el concierto "Emperador", de Beethoven, gracias a lo cual
conoció a Wanda, la hija del legendario director, con la que se casaría
poco después en Milán. En 1940 se estableció en Nueva York, y dos años
después le fue concedida la nacionalidad estadounidense.
En 1953 decidió retirarse de los escenarios. Durante doce años se
dedicó a formar jóvenes talentos del piano, y a realizar sus primeras
grabaciones. En 1965 regresó a las salas de concierto y continuó
grabando sus interpretaciones, entre las que destacan las obras de
Chopin, Liszt, Skriabin, Debussy y Prokofiev, aunque sus excelentes
dotes musicales le permitían abordar con sumo virtuosismo todo
repertorio. En 1986 efectuó una histórica visita a Rusia, que levantó
gran expectación. Mantuvo sin altibajos su actividad pianística casi
hasta el final de su vida.
Esta grabación corresponde a un concierto dado por Horowitz en Moscú (1986), en el que "Träumerei" se ofreció como propina.
Hijo de músico, Strauss se formó en Munich y perfeccionó sus
estudios con H. von Bülow. A los 16 años terminó su primera sinfonía y
pronto comenzó a destacar como director de orquesta, lo que le llevaría
a largas giras internacionales. En 1885 fue nombrado director de la
Orquesta de Meiningen. En 1908 comenzó su colaboración con Hugo von
Hofmannsthal en la creación de varias óperas. Su obra, clasificable
como postromántica, comenzó dentro de una tradición académica seguidora
de Brahms, para verse influida pronto por Richard Wagner y Franz Liszt
y llegar hasta el atonalismo, para regresar posteriormente a la
tonalidad. Escribió abundante música de cámara, casi toda en sus años
juveniles, música orquestal (Poemas Sinfónicos, Sinfonías) y cerca de
doscientas canciones de gran belleza, entre las que destacan los
"Cuatro últimos lieder" (con orquesta, 1948), su última obra.
La voz de Renée Fleming, definida como soprano lírica, es ágil y
cristalina, aterciopelada y opulenta. Fleming es una espléndida
profesional surgida en Estados Unidos en los últimos años, que posee
una conjunción de inteligencia, preparación y atrayente materia vocal.
Mozartiana de formación, no ha vacilado en alternar estrenos de óperas
contemporáneas, con oportunas incursiones en la época que mejor define
su actividad: la del bel canto. Comenzó su vida artística cantando jazz
porque se trataba de un género que le interesaba extraordinariamente. Actuaba
los fines de semana en un club de Nueva York donde trabajó con el gran
Illinois Jackett. Sin embargo, eligió ser cantante porque la música
clásica era una magnífica oportunidad para ella. Tuvo que renunciar al
jazz, ya que era imposible hacer bien dos cosas tan diferentes al mismo
tiempo.
Renée Fleming se decidió por la ópera por la influencia de su madre,
maestra de canto, con quien estudió durante treinta años. Aprendió a
tocar el piano y el violín, luego estudió ballet e ingresó en la
Juilliard School. Después se marchó a Francfort para perfeccionar su
formación con Elisabeth Shwarzkopf, Arleen Auger y Harmut Höll. Para
Renée la clave del canto, de la salud vocal, está en el lied. Cantar
lieder le permite controlar la voz mejor que si trabajara una ópera
completa.
La soprano ha cantado todos los grandes papeles de Mozart: La
Condesa y Susana de "Las Bodas de Fígaro"; Donna Anna, Donna Elvira y
Zerlina de "Don Giovanni"; Fiordiligi y Despina de "Così fan Tutte", y
muchos de otras, incluida "La Finta Giardiniera", que cantó en
concierto con la Orquesta de París. Su repertorio es muy extenso: le
encanta "Rusalka" de Dvořák, no sólo porque tenga tres bonitas arias
sino porque se identifica con este personaje: pertenece a su cultura.
Cantó "Armida" de Rossini en Pésaro; Margarita de Fausto de Gounod en
París; Eva de "Los Maestros Cantores de Nuremberg" de Wagner en
Bayreuth; "Alcina" de Händel en París; y Desdémona de "Otello" de
Verdi, después del nacimiento de su segundo hijo. Canta mucho Richard
Strauss: "El Caballero de la Rosa" -hizo su primera Mariscala en 1995-,
"Arabella", "Dafne", la Condesa de "Capriccio", inclusive "Ariadna en
Naxos".
Pero, le gustan muchos papeles y le es difícil escoger... Mozart es
diferente de Bellini, Rossini de Dvořák, Donizetti de Massenet, Verdi
de Strauss... No quiere limitarse. Intenta evitar los papeles demasiado
graves, porque desea cantar en el registro agudo y virtuosístico
mientras sea joven. Le gustan tanto las obras del repertorio
belcantista como aquellas en las que la orquesta desempeña un papel
importante (Strauss o Beethoven). Según Fleming, la extensión vocal de
los personajes que canta es bastante parecida. Sólo diverge el estilo.
La variedad le es tan natural como respirar. Su voz es lo que es, pero
con ella quiere hacer todo lo que pueda. Piensa que el sonido es muy
distinto entre Alcina, Desdémona, Rusalka o Margarita, pero quiere
intentar cantar con el sonido más cálido que sea posible. Quiere
entregarse a fondo en todo lo que hace en el plano de la
interpretación.
Renée Fleming ha participado en los estrenos "The Ghost of
Versailles" de John Corigliano en el Metropolitan de Nueva York, y "Les
Liasons Dangereuses" de Conrad Susa en San Francisco, y cantó
"Susannah" de Carlisle Floyd en Chicago, y "A Streetcar Named Desire"
de André Previn en San Francisco. Para ella, codearse con un compositor
es algo irremplazable en la carrera de un intérprete. La diva ha tenido
una suerte enorme de trabajar con los mejores directores de orquesta:
James Levine, Bernard Haitink, Daniel Barenboim, Christoph Eschenbach
-con el que se presenta regularmente en recitales- y Sir Georg
Solti..., viviendo un verdadero sueño al grabar "Rusalka" con Sir
Charles Mackerras.
Mundoclásico, Madrid El
VI Premio Yehudi Menuhin a la Integración de las Artes y la Educación
ha sido concedido al maestro José Antonio Abreu, fundador y director
del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.
El Premio será entregado por Su Majestad la Reina el próximo 25 de
junio en el Palacio Real de El Pardo durante la ceremonia de clausura
del curso académico de la Escuela Superior de Música Reina Sofía.
El
Premio Yehudi Menuhin está dotado con 18.000 euros y fue instituido por
la Fundación Albéniz en 1999 con el fin de premiar y reconocer la labor
de los músicos excepcionales de cualquier país que, además de haber
logrado la excelencia artística sobre los escenarios, hayan destacado
por contribuir a la formación de los jóvenes. La Fundación Albéniz
delega la concesión del Premio en el Patronato de la Escuela Superior
de Música Reina Sofía. En ediciones anteriores han recibido el Premio
las siguientes personalidades: Alfredo Kraus (1999), Piero Farulli
(2000), Carlo María Giulini (2001), Sir Colin Davis (2002), Alicia de
Larrocha (2004) y Claudio Abbado (2006).
El nombre del ganador
se hace público unos días antes de la ceremonia de entrega. El fallo
que otorgó el Premio Yehudi Menuhin 2008 al maestro Abreu fue alcanzado
hace ahora un año y su ratificación por parte de la Junta de Patronos
se realizó igualmente hace meses.
El Premio Yehudi Menuhin lo
otorga la Junta de Patronos de la Escuela a propuesta de una Comisión
de Selección que, en esta ocasión, fue presidida por Ramón González de
Amezúa (Director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de
Madrid) y estuvo integrada por Gustav Djupsjöbacka (Rector de la
Academia Sibelius de Helsinki), Vicente Ferrer y Pérez de León
(Vicepresidente de la Fundación Albéniz), Gary Graffman (Director del
Curtis Institute de Filadelfia), Ian Horsbrugh (Presidente de Honor de
la Asociación Europea de Conservatorios), Arie van Lysebeth (Presidente
del Jurado del Premio Reine-Elisabeth de Bruselas), Paloma O'Shea
(Directora de la Escuela Superior de Música Reina Sofía) y Luis Pereira
Leal (Director del Servicio de Música de la Fundación Gulbenkian de
Lisboa).
Las candidaturas recibidas para el otorgamiento de este
premio fueron las siguientes: Claudio Abbado, director; Salvatore
Accardo, violinista; Marta Argerich, pianista; Daniel Barenboim,
pianista y director; Teresa Berganza, mezzosoprano; Valentin Berlinsky,
violonchelista; Pierre Boulez, compositor y director; Norbert Brainin,
violinista, Alfred Brendel, pianista; Ana Chumachenko, violinista; Sir
Colin Davis, director; Henri Dutilleux, compositor; Peter Frankl,
pianista; Aurora Nátola Ginasterra, violonchelista; Harmut Höll,
pianista; Ifor James, trompa; György Kurtág, compositor y música de
cámara; Alicia de Larrocha, pianista; Yo-Yo Ma, violonchelista; Sir
Charles Mackerras, director; Sir Neville Marriner, director; Zubin
Mehta, director; Seiji Ozawa, director; Jorma Panula, compositor y
director; Menahem Pressler, pianista; Sir Simon Rattle, director;
Mstislav Rostropovich, violonchelista y director; Grigori Sokolov,
pianista; János Starker, violonchelista; María Tipo, pianista; Thomas
Zehetmair, violinista; y Krystian Zimerman, pianista.
José Antonio Abreu
José
Antonio Abreu nació el 7 de mayo de 1939 en Valera, estado de Trujillo
(Venezuela). El mayor de seis hermanos de una familia con linaje
musical, confiesa que fue su férrea vocación de servicio al país, su
inquietud y rebeldía frente a los fenómenos de desequilibrio social lo
que le impulsó, a los 35 años de edad (1975), a concebir un proyecto en
el que pudiera sintetizar y canalizar de manera ingeniosa y
nacionalista la experiencia y los conocimientos alcanzados en el campo
económico, gerencial, pedagógico y, por supuesto musical, que se forjó
prácticamente desde su adolescencia.
Su hoja de vida intelectual
y profesional incluye los títulos de Profesor Ejecutante y de Maestro
Compositor, de Director Orquestal y de Clavecinista, Organista y
Pianista. Gracias a su amor y consagración al estudio y a su deseo de
ser un profesional integral, simultáneamente a su dedicación a la
música, Abreu obtiene los títulos de Economista (en la Universidad
Católica Andrés Bello UCAB) y el Ph.D de Economía Petrolera, en la
Universidad de Pensilvania. Estos logros académicos le permitieron
distinguirse como profesor universitario, planificador y asesor
económico, y desempeñarse en los cargos de Director de Planificación de
Cordiplan y Asesor del Consejo Nacional de Economía, además de haber
sido Ministro de Estado para la Cultura, Presidente del Consejo
Nacional de la Cultura y Diputado al Congreso Nacional de la República.
Por
su invalorable aporte musical, y por haber colmado de esperanzas, de
conciencia nacionalista y de herramientas para el trabajo a miles de
niños venezolanos y latinoamericanos, este venezolano ejemplar ha
recibido múltiples reconocimientos nacionales e internacionales. Ha
sido nombrado miembro honorario del Claustro de las Artes de la
Universidad de Alcalá de Henares (España), de la Real Sociedad
Filarmónica (Reino Unido) y de la Academia de Mérida (Venezuela); se ha
hecho acreedor de la Distinción Universitaria que otorga la Universidad
de Los Andes (Venezuela) y ha recibido, entre otros, el Premio Simón
Bolívar de la Asociación de Profesores de la Universidad Simón Bolívar
de Venezuela y la Orden al Mérito Futurista de La Sociedad Mundial del
Futuro (Venezuela). Prestigiosas instituciones le han otorgado el
Doctorado Honoris Causa: la Universidad Católica Andrés Bello
(Venezuela), la Universidad Experimental Francisco de Miranda
(Venezuela), la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado
(Venezuela), la Universidad de Carabobo (Venezuela), la Universidad
Nacional Abierta (Venezuela) y el Conservatorio de Música de Nueva
Inglaterra (Estados Unidos). Abreu recibió en 2007 el Premio Don Juan
de Borbón de la Música, en su segunda edición y el Premio Príncipe de
Asturias de las Artes en 2008.
Janine Jansen, violín
Joven Orquesta de la Unión Europea
Vladimir Ashkenazy, director
Mozart escribió sus 5 conciertos
para violín durante 1775, siendo considerado el último de ellos como una obra
maestra. Aunque dentro de su catálogo figuran otros dos conciertos para violín,
su autenticidad no ha podido ser plenamente comprobada. En lo que respecta a la
obra que nos ocupa, está fechada el 20 de diciembre de 1775. Según Michel
Parouty, respecto a sus antecesores en este concierto se nota un mejor
aprovechamiento de los recursos del violín, sin llegar a un virtuosismo inútil, y
una mayor participación de la orquesta. Los temas que sirven como base al Allegro
aperto presentan carácter opuesto, siendo el primero de espíritu marcial y el
otro suave. Por su parte, el Adagio está construido alrededor de una
melodía impregnada de dulzura. En el Rondó final, varios autores señalan la
presencia de ritmos húngaros de czardas, elemento popular que también
aparece en algunas sinfonías de Haydn.
Deborah Voigt: The Return of the Little Black Dress
A Deborah Voigt, una de las mejores sopranos de la actualidad, la despidieron por sobrepeso. Sobre el escenario, su voz era descrita como una de las más idóneas para interpretar los personajes de Wagner o Richard Strauss. El público la idolatraba y la crítica la mimaba. No obstante, esta soprano, nacida en Chicago, daba la nota pero no la talla. O al revés. Para aclararlo hay que decir que el director del casting de la Royal Opera House Covent Garden de Londres quería enfundarla en un diminuto vestido negro con el que debía interpretar a Ariadna, la amante de Baco en la ópera de Strauss "Ariadna en Naxos". Pero no cabía. Y se deshicieron de ella como si fuera un saco de patatas.
Era el año 2004 y el despido de la soprano estadounidense del Covent Garden hizo correr ríos de tinta acerca de la discriminación en los escenarios. Ella misma definió la actitud hacia la gente con sobrepeso como "el último bastión de la discriminación libre en nuestra sociedad".
Cuatro años después, la Voigt ha reaparecido en el mismo escenario que le cerró las puertas. Es ella revivida, con idéntica voz y en la misma ópera y, lo que son las cosas, dentro del mismo vestido. Eso sí, con 61 kilos menos.
Que la despidieron por "gorda" quedó claro hace cuatro años. Ya es menos claro que esta magnífica cantante de ópera perdiera peso para recuperar su puesto de trabajo.
La intérprete de personajes como Isolda, Salomé o Helena de Troya, pasó por el quirófano poco después del incidente. Sin embargo, ha explicado que no necesitó del despido para comprender que tenía un problema.
La cantante se ha tomado todo el asunto con toneladas de humor. de otra forma, no habría grabado un hilarante vídeo en el que ella misma narra el reencuentro con el famoso vestido negro ("The return of the little black dress"):
Un misterioso visitante llama al camerino de Voigt. El timbre, un peculiar politono con la melodía de la cabalgata de las walkyrias, antecede al encuentro entre Deborah y el "vestidito negro", que le pide a la cantante, con una sensual voz masculina, que le deje pasar para la reconciliación. El desenlace tiene su gracia y encierra una moraleja que a buen seguro encuentra su destinatario.
Deborah Voigt ha vuelto para triunfar. Su representación de Ariadna en el Covent Garden el lunes pasado arrancó los aplausos del público y la calificación de cinco estrellas para el vespertino "Evening Standard".
Con dulce despecho y más peso que nunca en la escena londinense, se ha servido una suave vendetta en la que han ganado todos. A despecho no la ha ganado nadie.
"Al comprobar que mi vida se deterioraba, me decidí por la cirugía. Es lo mejor que he hecho" 1961: Nace en la ciudad estadounidense de Chicago (Illinois) 1991: Debuta como soprano en el papel de Ariadna en "Ariadna en Naxos" en la Boston Lyric Opera 2004: Es despedida en la Royal Opera House de Londres "por no caber en el vestido" 2005: Es sometida a una operación de bypass gástrico, gracias a la cual perderá 61 kilos. Junio de 2008: Regresa a la Royal Opera House de Londres con gran espectación de crítica y público
Ernesto Lecuona hijo de un periodista español
establecido en la isla de Cuba, nació en Guanabacoa el 7 de Julio de 1896 y
murió en el exilio, en Tenerife, Islas Canarias, el 29 de noviembre de 1963. Es sin
duda, el compositor cubano más difundido en el mundo. Junto a Gonzalo Roig y
Rodrigo Prats, forma la trilogía más importante de compositores del teatro
lírico cubano y en especial la zarzuela. Pronto demostró un gran interés por
la música y a la edad de cinco años comenzó a estudiar piano, primero con su
hermana y, luego, con maestros como Hubert de Blanck, Joaquin Nin y
Peyrellade. Su cuidada formación musical pronto dio óptimos frutos y a los 11
años ya comenzó a demostrar interés también por la composición. Con tan sólo
15 años compuso lo que se considera su primera obra musical de calidad,
Danzas Cubanas, en la que además de un dominio musical, podemos observar su
interés por la utilización de temas procedentes del sustrato folklórico
cubano. Poco después estrena su Vals del Rhin, cuya partitura, a pesar del
título, reitera su tendencia folklórica. A los diecisiete años se graduó en el
Conservatorio Nacional Cubano y comenzó una larga gira por Estados Unidos,
España y Francia. Este viaje le sirvió para conocer nuevas técnicas a la par
que para dar a conocer algo de su obra mientras daba conciertos en
importantes salas. Su fama de compositor de canciones de tipo ligero
internacional se basa en éxitos como Canto Carabalí, Siboney (1927), La
Comparsa, Malagueña (1933). Paralelamente cobraba renombre en el terreno de
lo clásico con obras como Rapsodia Negra para Piano y Orquesta, Gitanerías,
Andalucía, Suite Española... así como por incursiones en determinados ritmos
de influencia africana como la rumba-musulmana o danzas del folklore cubano
como la Danza Lucumí, y la Danza de los Ñáñígos que han merecido los aplausos
de público y musicólogos. Ernesto Lecuona fue un hombre de grandes iniciativas
que organizó la Orquesta Sinfónica de La Habana y una compañía de teatro
lírico con la que estrenó algunas de sus obras entre las que destacan la
ópera El Rumbero de Yarey, y las zarzuelas El Cafetal, su zarzuela más
brillante estrenada el 1 de marzo de 1929, María la O (1930),también es el
autor de Rosa la China (1932), El Maizal, El Calesero, El Batey (1929), La
Flor del Sitio, El Amor del Guarachero, La Tierra de Venus, Diablos y
Fantasías, La Caravana, El Recluta del Amor, Lola Cruz (1935), Cuando La
Habana era Inglesa, La plaza de la Catedral, La Revista Femenina, La Liga de
las Naciones, Alma de Raza, La Flor del Sitio, La Guaracha Musulmana, El
Torrente, La de Jesús María, Sor Inés, etc.
todas ellas de tema cubano con partituras a medio camino entre el esquema de
la zarzuela española y los ritmos cubanos que animan la acción dramática. En
España Lecuona estrenó Radiomanía, Levántate y anda, Al caer la nieve, La
revista sin trajes, Rosalima y Tropicana.
En lo que a la técnica se refiere,
el aporte más importante de Lecuona al género teatral es la fórmula
definitiva de la romanza cubana, que, según él la concibió, consta
generalmente de dos partes. La primera, por lo regular, hace las veces de
introducción, con un cierto sentido de gran recitativo. La segunda parte es
la romanza propiamente dicha, sobre un ritmo marcado y constante. Podríamos
decir además, que con sus zarzuelas más importantes, Ernesto Lecuona dio
forma clásicamente definida a la zarzuela cubana en cuanto a género y estilo
se refiere. Lecuona poseyó siempre una capacidad especial para la realización
escénica y supo explotar todos los medios a su alcance para que las
representaciones fueran siempre un éxito. La música que Lecuona impuso en el
teatro lírico cubano es representativa, ambiciosa, tan importante como el
libreto y muy a menudo mucho más importante que el libreto mismo. En
colaboración con Eliseo Grenet compone Niña Ritao La Habana en 1830, sainete
lírico con libreto de Riancho y Castells, estrenado en el Teatro Regina de La
Habana el 29 de septiembre de 1927. Debemos comentar que sólo algunas de
estas zarzuelas aquí mencionadas son las únicas producciones latinoamericanas
que se han integrado en los repertorios en España. La zarzuela, que en España
contribuía al entretenimiento con argumentos ligeros y comedias de enredos,
en Cuba se teñía en ocasiones con recurrencias dramáticas y hasta trágicas,
reflejo de una ingrata historia colonial. Los argumentos se apoyaban en las
inocultables realidades de la isla y contribuían a desarrollar los mitos y
roles sociales. La mulata infeliz nacida para querida del niño blanco y que
podía terminar en la locura, la prostitución o la soledad devino tema
socorrido. Ernesto Lecuona falleció en Santa Cruz de Tenerife, el 29 de
Noviembre de 1963, lugar al que había viajado con la intención de conocer la
tierra natal de sus padres.