“Porque la situación del mundo actual desde un punto de vista espiritual es débil, me acojo a la fuerza y escribo música poderosa”. Este es uno de las pocos comentarios filosóficos de Bruckner sobre su obra, escrito en el mismo año de la composición de su cuarta sinfonía. Hoy en día a pesar de los numerosos estudios musicológicos serios sigue siendo el organista de St. Florian un misterio por la ecuación imposible de resolver. En el caso de Bruckner su persona y biografía no dicen nada sobre su música y viceversa, su música no dice nada sobre la persona. Un hecho que no tiene mayor relevancia si se piensa que la música de Bruckner revela una poderosa mirada dirigida hacia el interior y la conciencia de una misión, casi uno se atrevería a decir, apostolado de tenaz trayectoria.

La Cuarta Sinfonía cuenta con un largo proceso de desarrollo desde su original versión de 1874, pasando por su segunda escritura concluida entre los años 1878/80 y su última y definitiva versión de 1887/8 que se abrió paso en el repertorio gracias a las interpretaciones de Hans Richter, Gustav Mahler, Felix Weingartner y Artur Nikisch. El renacer de las interpretaciones del primer manuscrito en el sinfonismo de Bruckner es un fenómeno reciente en la recepción musical y ello gracias a la disponibilidad de la excelente edición crítica de Leopold Nowak. Téngase en cuenta que esta primera versión de la Cuarta sinfonía se publicó en 1975. Pero sobre todo fueron Eliahu Inbal con la Radio Sinfonie Orchester Frankfurt y después Michael Gielen los que contribuyeron decididamente al renacer de esta monolítica versión primitiva de la cuarta.
Los dos primeros tiempos contienen mucho del material temático elaborado en las siguientes versiones, si bien su desarrollo sinfónico y transiciones difieren en parte con la versión de 1887/8. Los dos últimos tiempos, el Scherzo y Finale , fueron reelaborados profundamente por Bruckner. Aquí se hace palpable una mayor brusquedad, con paradas abruptas y silencios repentinos en el discurso musical, el material sinfónico esta dispuesto a la manera de mónadas que toman distintas constelaciones. En su lectura Kubelik consigue mezclar las adecuadas dosis de dramatismo musical despertando al mismo tiempo esa energía primordial oculta en el primer Bruckner, desencadenando toda la fuerza vital de la partitura.
El Scherzo tiene como protagonista a la trompa y ella es el indicio que nos ayuda a comprender el sobrenombre de “Romántica” para esta sinfonía. Aquí oímos ecos de Oberon y de Der Freischütz. Es la gran alegoría del bosque alemán y el espíritu de la naturaleza en su eterno anhelo de unión con el todo. La trompa representa esa esencia de la música romántica, pero no está libre de ser objeto de varias metamorfosis que perduran hasta bien finalizado el siglo XIX. Es también portadora para los románticos de lo mágico y sobrenatural, es pues una mediadora entre el aquí y el más allá. Es también el alma de la orquesta que representa el deseo hacia lo absoluto y la trascendencia. Sobre la cuerda se alza un tema presentado por la trompa que será fijo y recurrente a lo largo del movimiento y que encontrará su replica en toda la orquesta. En la segunda sección se vuelve a un ritmo de ländler.
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