viernes, 04 de julio de 2008

Publicado por jrtapia @ 8:01




Renée Fleming canta la sublime escena final de "Capriccio" (Ópera de París, 2004)


Strauss se reveló como un apóstol de la decadencia y el modernismo con "Salomé" (1905), una adaptación de la obra de Oscar Wilde. La ópera se prohibió en 1907 tras una sola función en la Metropolitan Opera de Nueva York. Cuando, a continuación, Strauss presentó "Elektra" (1909), la crítica afirmó que había logrado crear lo imposible: una obra todavía más ruidosa, violenta y depravada que "Salomé". La psicología freudiana presente en estas óperas, junto con su brevedad e impacto musical, las hizo no sólo escandalosas sino también oportunas, y tuvieron una gran influencia. Sin embargo, Strauss no volvió a mostrar interés por el género, y prosiguió con una romántica comedia de época, su ópera más popular, "Der Rosenkavalier" (1911), que ofendió a algunos con su picante sexualidad pero aplacó a la mayoría con sus dulces valses.
Con "Elektra", Strauss inauguró su larga colaboración con el poeta y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal. Mientras que "Elektra" era una adaptación de Sófocles, "Der Rosenkavalier" era original de Hofmannsthal, como también lo fue "Ariadne auf Naxos" (1912). Con "Die Frau ohne Schatten" (1919), los dos, tanto el libretista como el compositor, rebasaron su sentido de la proporción, pero al público le encantó esta obra gigantesca y cargada de simbolismo; fue el último gran éxito de Strauss en la escena. A "Arabella" (1933), última colaboración de ambos, se le achacó el parecerse demasiado a Rosenkavalier, pero resultó ser más que una mirada atrás: en el contexto de un emergente nazismo, la nostalgia irónica de Strauss tenía algo que decir sobre unos tiempos del mundo de habla germana que se desvanecían.
Strauss siguió escribiendo óperas durante la Segunda Guerra Mundial. La última de ellas, "Capriccio", estaba destinada a atraer sólo a los entendidos, lo que logró con gran éxito. El brillante libreto de Clemens Krauss, hecho a la medida de las virtudes y preocupaciones del compositor, explora la relación del artista con su arte. Como retrospectiva de la vida musical de Strauss, "Capriccio" muestra a un compositor que retrocede cada vez más, y no sólo al siglo anterior (de cuyos ideales él se había alimentado), sino a la época de Mozart, cuyas óperas había defendido siendo director en Berlín y Viena. Aunque Strauss escribió otras obras de despedida, como "Metamorphosen", para orquesta de cuerda, y los "Cuatro últimos lieder", para soprano y orquesta, "Capriccio" fue su deliberada y nada casual despedida de la escena.

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