Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director
Cuando compuso Tristán e Isolda, Wagner no tenía ninguna intención de
provocar una revolución musical. El hecho de que desarrollase para esta
obra un nuevo lenguaje fue resultado de su necesidad de expresar
estados de ánimo nunca antes descritos en la música o en el teatro. El objetivo de Wagner era describir un amor tan ardiente que se
sacrificasen ante él todos los valores mundanos, no por capricho sino
por la voracidad de su pasión, que lleva a Tristán e Isolda a
traicionar al rey Marke, soberano de Tristán y prometido de Isolda, y
conduce a los propios amantes a desear la muerte.
Para comunicar este estado, Wagner provocó en primer lugar una
revolución en la armonía, llevando el cromatismo musical a extremos
insospechados. Los compases iniciales del Preludio (que contienen el grupo de
cuatro notas más analizado de la historia de la música) consiguen crear
una atmósfera de tensión de la que parece no haber descanso. La primera
frase, violonchelos ascendentes seguidos de acordes cuya resolución es
ambigua -el famoso acorde Tristán- se repite tras un largo silencio,
eliminando Wagner cualquier fundamento sobre el que podamos descansar,
o tener expectativas de encontrar. Y así continúa durante toda la obra,
de forma que nosotros, igual que sus personajes.
En el final de la ópera se produce la muerte de amor
de Isolda (en alemán "Liebestod"), quien, al ver el cadáver de su amado se transtorna y tiene
una visión en la que es reclamada por Tristán desde el otro mundo. Este
fragmento suele interpretarse en las versiones en concierto
sin el canto de la soprano: con la música al desnudo casi basta para
alcanzar el éxtasis.
Waltraud Meier, soprano
Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director