miércoles, 09 de julio de 2008


Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director

Cuando compuso Tristán e Isolda, Wagner no tenía ninguna intención de provocar una revolución musical. El hecho de que desarrollase para esta obra un nuevo lenguaje fue resultado de su necesidad de expresar estados de ánimo nunca antes descritos en la música o en el teatro. El objetivo de Wagner era describir un amor tan ardiente que se sacrificasen ante él todos los valores mundanos, no por capricho sino por la voracidad de su pasión, que lleva a Tristán e Isolda a traicionar al rey Marke, soberano de Tristán y prometido de Isolda, y conduce a los propios amantes a desear la muerte.
Para comunicar este estado, Wagner provocó en primer lugar una revolución en la armonía, llevando el cromatismo musical a extremos insospechados. Los compases iniciales del Preludio (que contienen el grupo de cuatro notas más analizado de la historia de la música) consiguen crear una atmósfera de tensión de la que parece no haber descanso. La primera frase, violonchelos ascendentes seguidos de acordes cuya resolución es ambigua -el famoso acorde Tristán- se repite tras un largo silencio, eliminando Wagner cualquier fundamento sobre el que podamos descansar, o tener expectativas de encontrar. Y así continúa durante toda la obra, de forma que nosotros, igual que sus personajes.

En el final de la ópera se produce la muerte de amor de Isolda (en alemán "Liebestod"), quien, al ver el cadáver de su amado se transtorna y tiene una visión en la que es reclamada por Tristán desde el otro mundo. Este fragmento suele interpretarse en las versiones en concierto sin el canto de la soprano: con la música al desnudo casi basta para alcanzar el éxtasis.


Waltraud Meier, soprano
Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director



Publicado por jrtapia @ 18:00  | Sonido y Música
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