jueves, 10 de julio de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00




Nina Stemme, soprano
Ópera del Estado de Viena
Seiji Ozawa, director

En los Siglos XVI y XVII, época de arriesgadas expediciones por desconocidos mares, comenzaron a proliferar narraciones acerca de los desesperados y a veces infructuosos intentos de los navegantes por superar los duros embates de la naturaleza en alta mar. Con el andar de los tiempos surgieron cuentos y leyendas de aceptación universal y en países como Alemania esta tradición llegó a conocerse bajo el nombre de la Leyenda del Holandés Errante. Y así, en 1831, el escritor germano Heinrich Heine publicó su obra “Memorias del Señor de Schnabelewopsky”, en cuyo séptimo capítulo narra una versión de la referida leyenda.

Richard Wagner había nacido en 1813 y a la edad de 20 años ya daba los primeros pasos de su carrera profesional, como director de coro de Würzburg, Paralelamente a estas labores trabajó en algunos teatros de poca exigencia, donde se inició en la ópera, género que marcaría con mucha intensidad su labor creativa.

La primera ópera que escribió Wagner fue “Las hadas”, compuesta en 1834 pero no estrenada hasta 1888. La segunda fue “La prohibición de amar”, compuesta y estrenada en 1836.

Una estancia en París que Richard Wagner conocierae l estilo francés de la “Grand Opéra”.Bajo esos cánones, regidos por la grandilocuencia, como sucedía con las óperas de Meyerbeer, el gran triunfador en París en aquella época y hoy poco menos que olvidado, Wagner concibió “Rienzi” su tercera ópera, estrenada en Dresde en 1842.

Wagner había conocido la leyenda del holandés errante a mediados de 1838. Atraído por completo por ese relato que trataba sobre el tema de la redención a través de la muerte –recurrente en toda su producción para la escena lírica– el compositor avanzó con celeridad en el que sería su cuarto título. Para ésta, y para todas sus óperas, el propio Wagner redactó el libreto.

Respecto a porqué esta ópera se conocería luego con dos títulos es conveniente aclarar que “El holandés errante” resulta mucho más apropiado que "El buque fantasma". Cuando Richard Wagner tuvo listo el libreto, presentó al Teatro de la Opera de París el proyecto de montar una ópera denominada “El buque fantasma”. La dirección del teatro aceptó la idea, pero derivó la tarea musical a otro compositor llamado Pierre Louis Philippe Dietsh, pactando con Wagner el pago de una suma con lo cual éste cedía los derechos autorales de su libreto, comprometiéndose con ello a no asumir por su parte una posterior puesta en música de ese texto.

Así entonces, esa ópera de Dietsch, titulada “El buque fantasma” (Le vaisseau fantôme) fue estrenada en París en noviembre de 1842. Pero Richard Wagner rompería después su compromiso, pues el tema de su libreto ejercía sobre él una intensa seducción. Sobre ese mismo texto ya utilizado por Ditesch, Wagner emprendió entonces la composición de su propia ópera, la que, para hacer la diferencia con “El buque fantasma” de Dietsh, procedió a titular “El holandés errante”.

Originalmente Wagner concibió la ópera en un solo gran acto, pero luego la abrió a tres, no existiendo hoy en día completo acuerdo respecto a si se debe representar de una u otra forma. Ciertamente es más fácil optar por la versión en tres actos, dadas las comodidades que ofrece a los intérpretes y al público.

Con posterioridad al estreno el compositor revisó la partitura, básicamente en sus aspectos orquestales. A una revisión de 1846, siguió otras en 1852 y luego otra en 1860, con cambios en la obertura.  Quedando aquellas tres primeras óperas wagnerianas ya citadas en una suerte de segundo plano, “El holandés errante” es considerado como el gran punto de partida de la producción de este compositor, seguido luego por obras escénico-musicales tan importantes como “Tannhäuser” (1845), “Lohengrin” (1859), “Tristán e Isolda” (1865) la tetralogía de “El anillo del Nibelungo” (1869 a 1876), “Los maestros cantores” (1868), y su última ópera, “Parsifal” (1882).

Las óperas de Wagner se suelen estructurar musicalmente mediante la superposición de temas o células musicales asociadas a personajes, situaciones o ideas, que es lo que se conoce como "leitmotivs" o motivos conductores. En el caso de "El holandés errante" esta utilización es muy clara. Hay un "leitmotiv" o tema para el holandés que se rememora cada vez que aparece en escena o cada vez que su sombra planea sobre ella. Otro simboliza el viaje eterno del Holandés. Otro más, para la idea de la redención. Otro aún para la de la fidelidad. También los hay para los marineros de Daland, para la tempestad marina, para el destino del holandés y Senta, así como un buen número más que ahorraremos para no marear.


ARGUMENTO

“El holandés errante” se desarrolla en tres actos en la costa de Noruega en tiempos no precisados.

Acto I

Al mando de Daland, su capitán, un barco noruego llega, tras una violenta tempestad, a las abruptas costas de Noruega, cerca de su puerto de arribo original. Dejando a un timonel a cargo de la nave, Daland y los marineros bajan a tierra en busca de descanso. El timonel trata de permanecer despierto, pero finalmente el sueño lo vence.

Se acerca ahora un barco fantasma, con velas de color rojo sangre y mástiles negros. Se coloca al costado del otro barco, causando la inquietud del timonel noruego.

El capitán del barco fantasma, que no es otro que el legendario "Holandés errante", salta a tierra y narra la terrible maldición que pesa sobre él. En una ocasión, rodeando el Cabo de Buena Esperanza, durante una terrible tormenta, invocó la ayuda del Diablo para salir de ella, y en consecuencia, su destino es navegar incesantemente hasta el Día del Juicio Final, a menos que encuentre el amor duradero de una mujer que le sea fiel hasta la muerte. Por ello, cada siete años, como ahora está sucediendo, puede volver a tierra y buscar la mujer que le redima.

Daland vuelve a su barco y despierta al timonel, quien le muestra el barco fantasma, donde domina un silencio espectral. Daland se junta con el Holandés. Éste le relata su tormento, le pide su amistad y que le acoja en su casa, que está muy cerca de allí, ofreciéndole a cambio unas magníficas joyas.

El Holandés se informa que Daland tiene una hija y le solicita su permiso para hacerla su esposa a lo cual el padre da su consentimiento. Daland se muestra contento ante la perspectiva de grandes riquezas y el Holandés ante la posibilidad de encontrar por fin la paz de su alma.

Entre tanto, la tormenta ha amainado y el timonel anuncia un favorable viento del sur. Daland y sus marineros levan anclas y ponen rumbo a su puerto de destino, mientras que el Holandés promete seguirlos tan pronto como su tripulación haya descansado. Los noruegos cantan jubilosamente, mientras su nave se pone en movimiento.

Acto II

En la casa de Daland, su hija Senta, la nodriza María y unas amigas trabajan en sus ruecas. Solamente Senta no está hilando, pues su preocupación se centra en un cuadro en la pared que representa al Holandés errante. Maria la regaña por su ociosidad, y las amigas bromean por su interés en el Holandés, ya que ella tiene como pretendiente a Erik, un joven cazador.

Senta pide a Maria que le cuente el relato del Holandés, a lo que la anciana se niega. Senta canta entonces una balada sobre la maldición y la esperanza de redención.

Finalmente a Senta le asalta la idea de que ella podría ser la mujer que salvara al Holandés. Esto espanta a los presentes, incluido Erik, que acaba de entrar y ha escuchado la balada de Senta.

Erik anuncia que el barco de Daland está entrando a puerto. Salen las mujeres y Senta queda a solas con Erik, quien le pide que le prometa fidelidad, pero ésta rehuye responder y sólo manifiesta su deseo de salir en busca de su padre.

Senta habla a Erik de su compasión por el Holandés. Se siente profundamente preocupada y cuenta el sueño que ha tenido, en el cual vio a su padre que llegaba con el Holandés, y vio también cómo ella y el marino errante se abrazaban y se marchaban juntos. Termina diciendo que está segura de que su destino le lleva a salvar al Holandés, lo que provoca la desesperación de Erik.

Sola en escena, Senta canta delicadamente el estribillo de su balada. Se abre entonces la puerta y llega su padre, acompañado del Holandés. Los ojos de Senta se clavan en los del marinero. Daland se siente desconcertado al ver que su hija no corre a abrazarlo, como solía hacerlo. Después, hace un elogio del huésped, pidiendo a Senta que lo reciba con afecto y que consienta en ser su esposa. El Holandés y Senta siguen mirándose fijamente y embelesados, en un silencio expresivo. Daland, perplejo, se marcha, dejando solos a Senta y al Holandés. Éstos, como fuera del mundo, apenas pueden creerse que sus sueños van a poder cumplirse y aparece en ellos un mutuo amor.

Cuando Daland regresa, muestra su satisfacción al ver que su hija ha aceptado al Holandés como futuro esposo y que podrá anunciar el compromiso en una fiesta.

Acto III

En la bahía aparecen los dos navíos. El del Holandés, envuelto en una quietud espectral y el de Daland lleno de luces, bajo las cuales los marineros cantan y bailan con entusiasmo.

Las jóvenes noruegas llegan con alimentos y bebidas. Piensan hacer también partícipes de ello a los marineros del silencioso barco holandés, pero no obtienen respuesta alguna a sus llamadas, que repiten una y otra vez, cada vez más alto.

Finalmente, se sienten llenas de miedo, especialmente cuando los marinos noruegos sugieren jocosamente que este barco recuerda el del legendario Holandés errante.

Cuando los marineros noruegos han comido y bebido se acercan al barco holandés. De él aparece de repente una siniestra llamarada azul; la espectral tripulación vuelve a la vida, entonando un salvaje coro, mientras los vientos silban y el mar se encrespa alrededor del navío. Los marineros noruegos, confusos y asustados, reanudan sus cantos. Finalmente, pensando que aquello pueda ser cosa del diablo, hacen la señal de la cruz y se alejan, ante las carcajadas espectrales de la tripulación del barco fantasma.

La calma renace en el momento preciso en que Senta sale de su casa, seguida por Erik, muy agitado, reprochándole su conducta y pidiéndole que recuerde la promesa de eterno amor le hizo y que ella recuerda con terror.

Se acerca ahora el Holandés, en quien Erik reconoce al hombre de los sueños de Senta, cuyo rostro era el mismo del cuadro colgado en la pared. El holandés escucha la conversación entre el cazador y la muchacha y cree que Senta no es sincera con él, e inmediatamente determina hacerse de nuevo a la mar.

Cuando el Holandés la recrimina por su supuesta deslealtad, ella le pide que se quede, mientras Erik ruega a Senta que deje que el Holandés se marche.

Antes de partir, el Holandés comienza a decir a Senta quién es él; ella le responde que ya lo sabía y que intenta salvarle de la terrible maldición. Ante Daland, los marineros noruegos y las muchachas, que han salido rápidamente, proclama su identidad como el Holandés errante. Entretanto, su tripulación se prepara para zarpar. Se sube al barco e inicia su salida. Senta entonces, se sube a un acantilado, llama al Holandés y después se arroja al mar. En ese instante, el barco fantasma es tragado por un tremendo remolino. En la luz del atardecer, los espíritus de Senta y del Holandés errante surgen de los restos del barco naufragado y suben a lo alto.


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