Valencia, 14.06.2008. Palau
de les Arts. R. Wagner: Siegfried, segunda jornada del festival
escénico Der Ring des Nibelungen. Estreno: Bayreuth, Festspielhaus, 26
de agosto de 1876. Dirección escénica: Carlos Padrissa (La Fura dels
Baus). Escenografía: Roland Olbeter. Videocreación: Franc Aleu.
Vestuario multimedia: Chu Uroz. Iluminación: Peter van Praet. Leonid
Zhakozhaev (Siegfried), Jennifer Wilson (Brünnhilde), Juha Uusitalo (el
Caminante), Niklas Björling Rygert (Mime), Franz-Josef Kapellmann
(Alberich), Catherine Wyn-Rogers (Erda), Stephen Milling (Fafner), Olga
Peretiatko (Pájaro del Bosque). Orquestra de la Comunitat Valenciana.
Dirección musical: Zubin Mehta
Rafael Díaz Gómez |
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 Por aquellas cosas de la vida no me fue posible asistir el año pasado a las representaciones de El oro del Rin y de La valquiria que tuvieron lugar sobre el escenario del Palau de les Arts. No tengo, por lo tanto, argumentos propios para compararlas con el Sigfrido
que las ha continuado. Sin embargo, lo que sí puedo hacer tras haber
acudido a esta última cita es lamentar, aún con más fuerza, el
habérmelas perdido, porque el espectáculo es, como poco, cautivador.
Cuando de forma más o menos inconsciente distintos fragmentos de una
función te asaltan la memoria incluso pasados varios días y no te
limitas a guardar la versión en algún lugar de tu interior al que
raramente regresarás alguna vez, buena señal. Así me ocurre con esta
producción de la segunda jornada del Anillo.
En la
puesta hay un constante e inteligente equilibrio entre lo explícito y
lo metafórico; entre lo mecánico, lo humano y lo digital; entre el
pasado y el presente (ese instante condenado a no ser sino futuro a la
vez destructor y renovador); entre una narratividad escénica de avance
implacable y una expresión musical que no se ve interferida por
aquella. Quizá se espere más de algunos puntos culminantes, pero a
cambio se consigue una constante atención, pues resulta muy difícil que
el interés visual del espectador decaiga (al menos en una
representación en vivo: me temo que mermará más de la cuenta su interés
si se llega a comercializar algún día en dvd o en el formato que
entonces nos hayan puesto de moda).

Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía
En
lo musical Mehta realiza un trabajo notable, sobre todo en el segundo
acto, pero sigue en su línea: su lectura es ordenada, clara, atenta a
las voces y al escenario, capaz de persuadir a sus músicos, pero de
algún modo rutinaria. Le falta ese puntito de magia o de flama que
siempre esperamos de los mejores. De todas formas, el reto de haber
afrontado con éxito y una formación nueva las tres cuartas partes de la
Tetralogía es algo que merece todas las alabanzas. Y, por otra
parte, es bien probable que se irá superando aún más holgadamente en
las futuras revisiones del ciclo que al parecer se anuncian en el mismo
teatro. El público, en cualquier caso, adora al director y él sabe
hacer copartícipe de los vítores a los profesores de la orquesta
haciendo que todos suban a las tablas a saludar. No se merecen menos:
apenas un resbalón en tantas horas de música.
Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía
Tampoco
hubo fisuras en el aspecto canoro. El papel protagonista lo defiende
Leonid Zakhozhaev, el Sigfrido de Gergiev del año pasado. Podríamos
decir que se acomoda a la versión de Mehta (y/o viceversa), es decir,
tendente a lo lírico. Discreto como actor, de bello y homogéneo timbre
y suficiente resistencia, al tenor ruso le falta la nobleza heroica
para completar un personaje de manera plenamente satisfactoria. Pero,
claro, puede que esos heldentenors antiguos que nos conserva el disco sean una ilusión, una recreación de nuestra memoria tan fantasmagórica como irrecuperable.
Jennifer
Wilson es una Brunilda apabullante. Eso de despertarse cuando su
enamorado lleva ya dos actos de peripecias le concede una ventaja que
el pobre Zakhozhaev aguantó dignamente. Pero no es solo potencia. La
norteamericana canta con considerable elegancia. Ella asumió el
protagonismo del tercer acto hasta el punto de compensar el menor
interés que suscitó entonces la escenografía.
Juha Uusitalo hace
un Caminante noble, poco autoritario y bastante expresivo. Le falta
rotundidad a sus graves (también, por cierto, a la Wilson) y algo de
riqueza tímbrica, pero sin ninguna duda acierta con el perfil y el
fondo del personaje.
Niklas Björling Rygert es un Mime que
caracteriza satisfactoriamente su despreciable rol por la vía ligera y
pelín chillona, mientras que su hermano escénico, Alberich, tiene en
Franz-Josef Kapellmann un defensor excelente.
Pero mejor aún
resulta el Fafner de Stephen Milling, un auténtico dragón de lujo,
bastante más interesante que el artilugio mecánico y articulado de doce
metros que la prensa señaló como uno de los atractivos más destacados
de la versión.
Correcta, si acaso algo apurada en los agudos y
no muy llena, la Erda Catherine Wyn-Rogers y muy hermosa la voz de Olga
Peretiatko, Pájaro del Bosque al que la Fura hizo realmente volar de
aquí para allá.
Para acabar, la mejor alabanza que quizá se le puede hacer a esta producción del Anillo es
que ya se espera con ansia tanto su conclusión como su puesta completa
en escena. Mientras tanto, frecuentamos en nuestra memoria, no importa
que en particulares recreaciones, este estupendo Sigfrido. |
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