miércoles, 09 de julio de 2008

Instalado en la memoria (Crítica publicada en mundoclasico.com)
Valencia, 14.06.2008. Palau de les Arts. R. Wagner: Siegfried, segunda jornada del festival escénico Der Ring des Nibelungen. Estreno: Bayreuth, Festspielhaus, 26 de agosto de 1876. Dirección escénica: Carlos Padrissa (La Fura dels Baus). Escenografía: Roland Olbeter. Videocreación: Franc Aleu. Vestuario multimedia: Chu Uroz. Iluminación: Peter van Praet. Leonid Zhakozhaev (Siegfried), Jennifer Wilson (Brünnhilde), Juha Uusitalo (el Caminante), Niklas Björling Rygert (Mime), Franz-Josef Kapellmann (Alberich), Catherine Wyn-Rogers (Erda), Stephen Milling (Fafner), Olga Peretiatko (Pájaro del Bosque). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Zubin Mehta

Rafael Díaz Gómez


Por aquellas cosas de la vida no me fue posible asistir el año pasado a las representaciones de El oro del Rin y de La valquiria que tuvieron lugar sobre el escenario del Palau de les Arts. No tengo, por lo tanto, argumentos propios para compararlas con el Sigfrido que las ha continuado. Sin embargo, lo que sí puedo hacer tras haber acudido a esta última cita es lamentar, aún con más fuerza, el habérmelas perdido, porque el espectáculo es, como poco, cautivador. Cuando de forma más o menos inconsciente distintos fragmentos de una función te asaltan la memoria incluso pasados varios días y no te limitas a guardar la versión en algún lugar de tu interior al que raramente regresarás alguna vez, buena señal. Así me ocurre con esta producción de la segunda jornada del Anillo.

En la puesta hay un constante e inteligente equilibrio entre lo explícito y lo metafórico; entre lo mecánico, lo humano y lo digital; entre el pasado y el presente (ese instante condenado a no ser sino futuro a la vez destructor y renovador); entre una narratividad escénica de avance implacable y una expresión musical que no se ve interferida por aquella. Quizá se espere más de algunos puntos culminantes, pero a cambio se consigue una constante atención, pues resulta muy difícil que el interés visual del espectador decaiga (al menos en una representación en vivo: me temo que mermará más de la cuenta su interés si se llega a comercializar algún día en dvd o en el formato que entonces nos hayan puesto de moda).



Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía

En lo musical Mehta realiza un trabajo notable, sobre todo en el segundo acto, pero sigue en su línea: su lectura es ordenada, clara, atenta a las voces y al escenario, capaz de persuadir a sus músicos, pero de algún modo rutinaria. Le falta ese puntito de magia o de flama que siempre esperamos de los mejores. De todas formas, el reto de haber afrontado con éxito y una formación nueva las tres cuartas partes de la Tetralogía es algo que merece todas las alabanzas. Y, por otra parte, es bien probable que se irá superando aún más holgadamente en las futuras revisiones del ciclo que al parecer se anuncian en el mismo teatro. El público, en cualquier caso, adora al director y él sabe hacer copartícipe de los vítores a los profesores de la orquesta haciendo que todos suban a las tablas a saludar. No se merecen menos: apenas un resbalón en tantas horas de música.



Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía

Tampoco hubo fisuras en el aspecto canoro. El papel protagonista lo defiende Leonid Zakhozhaev, el Sigfrido de Gergiev del año pasado. Podríamos decir que se acomoda a la versión de Mehta (y/o viceversa), es decir, tendente a lo lírico. Discreto como actor, de bello y homogéneo timbre y suficiente resistencia, al tenor ruso le falta la nobleza heroica para completar un personaje de manera plenamente satisfactoria. Pero, claro, puede que esos heldentenors antiguos que nos conserva el disco sean una ilusión, una recreación de nuestra memoria tan fantasmagórica como irrecuperable.

Jennifer Wilson es una Brunilda apabullante. Eso de despertarse cuando su enamorado lleva ya dos actos de peripecias le concede una ventaja que el pobre Zakhozhaev aguantó dignamente. Pero no es solo potencia. La norteamericana canta con considerable elegancia. Ella asumió el protagonismo del tercer acto hasta el punto de compensar el menor interés que suscitó entonces la escenografía.

Juha Uusitalo hace un Caminante noble, poco autoritario y bastante expresivo. Le falta rotundidad a sus graves (también, por cierto, a la Wilson) y algo de riqueza tímbrica, pero sin ninguna duda acierta con el perfil y el fondo del personaje.

Niklas Björling Rygert es un Mime que caracteriza satisfactoriamente su despreciable rol por la vía ligera y pelín chillona, mientras que su hermano escénico, Alberich, tiene en Franz-Josef Kapellmann un defensor excelente.

Pero mejor aún resulta el Fafner de Stephen Milling, un auténtico dragón de lujo, bastante más interesante que el artilugio mecánico y articulado de doce metros que la prensa señaló como uno de los atractivos más destacados de la versión.

Correcta, si acaso algo apurada en los agudos y no muy llena, la Erda Catherine Wyn-Rogers y muy hermosa la voz de Olga Peretiatko, Pájaro del Bosque al que la Fura hizo realmente volar de aquí para allá.

Para acabar, la mejor alabanza que quizá se le puede hacer a esta producción del Anillo es que ya se espera con ansia tanto su conclusión como su puesta completa en escena. Mientras tanto, frecuentamos en nuestra memoria, no importa que en particulares recreaciones, este estupendo Sigfrido.

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