jueves, 31 de julio de 2008


Teresa Berganza, mezzosoprano
Ópera de París


Carmen es un personaje con tintes dramáticos, pero la habanera es su momento más lírico dentro de la obra más popular de Bizet. Teresa Berganza hace una composición de la cigarrera sevillana que ha sido una referencia absoluta (y lo será durante mucho tiempo).

En el Acto I la acción se desarrolla en una plaza de Sevilla. A un lado está la fábrica de tabacos, de la que salen las trabajadoras al acabar su jornada. Toda la atención se centra en Carmen, que entra en escena con su provocativa belleza física y consciente del poder que ejerce sobre los hombres. La canción que canta puede considerarse un verdadero retrato de carácter.
La melodía original de esta habanera es de Sebastián Yradier, compositor de numerosas canciones de ritmo cubano que se han hecho célebres (por ejemplo, «La paloma», la más famosa). Pero ¡cuánto ha hecho Bizet con esta sencilla melodía! Una descripción de un carácter y una escena cargada de dramatismo. Carmen canta para llamar la atención del único hombre que no le mira: don José, el sargento de Dragones del Regimiento que está frente a la fábrica de tabacos.

L'amour est un oiseau rebelle
Que nul ne peut apprivoiser,
Et c'est bien en vain qu'on l'appelle,
S'il lui convient de refuser.
Rien n'y fait, menace ou prière,
L'un parle bien, l'autre se tait;
Et c'est l'autre que je préfère:
Il n'a rien dit, mais il me plaît.

L'amour est enfant de bohème,
Il n'a jamais connu de loi:
Si tu ne m'aimes pas, je t'aime;
Si je t'aime, prends garde à toi!

L'oiseau que tu croyais surprendre
Battit de l'aile et s'envola?
L'amour est loin, tu peux l'attendre;
Tu ne l'attends plus, il est là!

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La soprano rumana Angela Gheorghiu canta esta conocida aria.
Tosca, considerada una de las obras maestras de la ópera, rompe con todas las tradiciones decimonónicas. Su principal virtud es la completa novedad musical que supuso para la época, la inesperada audacia de un lenguaje al que incluso Schönberg rendirá honores.
El célebre 'Vissi d'arte' (la plegaria de la soprano, Floria Tosca) constituye un paréntesis declamatorio dentro de la obra, una mirada o tributo al bel canto italiano, aunque el personaje de Floria Tosca es para una voz de soprano lírico-spinto, como la de Gheorghiu.

Vissi d’arte, vissi d’amore,                      He vivido del arte, he vivido del amor,

non feci mai male ad anima viva...!        ¡nunca le he hecho mal a criatura viva ninguna!

Con man furtiva                                       Con mano furtiva

quante miserie conobbi, aiutai...            cuantas miserias he conocido, he socorrido...

Sempre con fè sincera, Siempre,           con fe sincera,

la mia preghiera                                       mi plegaria

ai santi tabernacoli salì.                           en los santos templos, elevé.

Sempre con fè sincera                             Siempre, con fe sincera,

diedi fiori agli altar,                                  he llevado flores al altar...

nell’ora del dolore perchè                       En la hora del dolor, ¿por qué,

perchè Signore, perchè                           por qué Señor, por qué

me ne rimunerai così?                            me pagáis de esta manera?

Diedi gioielli                                              He dado joyas

della Madonna al manto,                        para el manto de la Señora,

e diedi il canto agli astri,                         y he dado mi canto a las estrellas,

al ciel, che ne ridean più belli.                al cielo, que brillaban tan radiantes.

Nell’ora del dolore, perchè,                    En la hora del dolor, ¿por qué,

perchè, Signore,                                       por qué Señor, por qué

perchè me ne rimunerai così?               me pagáis de esta manera?


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miércoles, 30 de julio de 2008


Rafael Méndez,trompeta

La trompeta es, sin duda, el instrumento más conocido dentro de la familia de viento metal. Es un instrumento de mucha potencia y posee un sonido muy brillante, capaz de sobresalir fácilmente por encima de la orquesta. La trompeta normal está afinada en Si bemol, pero existen otras variantes que pueden dar sonidos más agudos al estar afinadas en otras tonalidades.

La trompeta es un instrumento que requiere un gran esfuerzo y sacrificio, ya que para tocarla de manera correcta se necesita una práctica constante que ayude a endurecer los músculos labiales. Además se necesita controlar de manera precisa la respiración, por lo que un trompetista tiene que hacer constantes ejercicios respiratorios que ayuden a desarrollar el diafragma.

El nombre del instrumento deriva del italiano "trombetta" y éste del término latino "trumba". Es un instrumento de procedencia oriental y ya existían ejemplares antiguos de su familia en Grecia y en Roma en la época clásica. Durante la Edad Media perduraron esas trompetas rudimentarias, pero el verdadero nacimiento del instrumento se sitúa en los años centrales de siglo XII, cuando esos primitivos ejemplares adquieren menor tamaño. En el Medievo sirvió como instrumento heráldico y en el Renacimiento adquirió un gran desarrollo, pero fue en los siglos XVII y XVIII cuando alcanzó su plenitud, ya que los principales compositores introducen la trompeta dentro de sus obras. En 1815 Stolzel y Bluhmel adoptaron los pistones y se creó ya una trompeta análoga a la actual, que en 1835 participó en su primer concierto de orquesta sinfónica.

En la música barroca, la tonalidad de Re mayor fue considerada como "la tonalidad de la gloria", por lo que hay muchos conciertos para trompeta en Re mayor, tales como los de Johann Friedrich Fasch, Gross, Johann Melchior Molter (n° 2), Leopold Mozart, Telemann (n° 2), y Giuseppe Torelli. Muchas sonatas para trompeta están Re mayor, además, tales como las de Corelli, Franceschini, Purcell, Torelli, etc. Con la invención de la trompeta de válvulas, sin embargo, la preferencia giró a las tonalidades con bemoles, y así Haydn escribió su famoso concierto para trompeta en la tonalidad de Mi bemol mayor.


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Si bien Bach utiliza la flauta de pico (en el Cuarto Concierto de Brandemburgo, especialmente), muestra una evidente predilección por la flauta travesera, llamada "flauta alemana", instrumento elegíaco y pastoril que alcanzó su verdadero apogeo en el siglo XVIII en Francia (con Michel Blavet, por ejemplo) y en Alemania (con Quantz o el rey Federico II de Prusia).

A Bach le gustaba la flauta. Para convencerse de ello basta escuchar las admirables páginas que confió al instrumento en su música concertante y en su música sacra: Quinto Concierto de Brandemburgo, Suite en Si menor para flauta y orquesta, Sinfonías y Arias de Cantatas y de Pasiones, y el magnífico Qui tollis de la Misa en Si menor, donde las florituras de las flautas hacen destacar, por contraste, la sonoridad recogida del coro.

La mayor parte de las páginas dedicadas por Bach a la flauta son nacidas probablemente entre 1715 y 1725, es decir, entre el final de la estancia en Weimar y el principio de la de Leipzig. Mientras, Bach había entrado en la corte de Köthen como maestro de capilla y director de cámara del príncipe Leopold, gran amante de la música y músico él mismo. En Köthen, Bach se encontró una orquesta bien formada y se admite de buen grado que fue para los músicos de esta orquesta para quienes compuso buena parte de su música de cámara.

La música camerística para flauta de Bach es abundante: cuatro Sonatas para flauta y clave obligado (BWV 1020, 1030, 1031, 1032), tres Sonatas para flauta y bajo continuo (BWV 1033, 1034, 1035), una Sonata para dos flautas y continuo (BWV 1039) y una Partita para flauta sola (BWV 1013), a las que se puede añadir una Sonata para flauta, violín y continuo (BWV 1038). La autenticidad de alguna de estas obras es hoy día puesta en entredicho. Las no acreditadas han sido atribuidas bien a C.Ph. Emanuel Bach o a discípulos del maestro de Köthen.

La Sonata en Mi b mayor BWV 1031 para flauta y clave obligado, no auténtica y por tanto excluida de la Neue-Bach-Ausgabe, presenta un atrayente misterio. Marshall considera que se atribuyó durante un tiempo a C.Ph. E. Bach o a Christian Friedrich Penzel. Su estilo notablemente galante puede hacer pensar que se compusiera en la década de 1730, período de tiempo en el que se cree que J.S. Bach estuvo fascinado por el «estilo moderno», particularmente asociado con la corte de Dresde.

 

Esta Sonata, tiene un curioso paralelismo con otra sonata en el mismo tono, poco usual y difícil para el traverso barroco de una llave. Es la Sonata de J.J. Quantz, quien trabajó, primero como oboísta y luego como flautista, entre 1718 y 1741 en la corte de Dresde. La Sonata tiene el número de catálogo Qv 2:18 en el «Horst Augsbach´s Thematic Catalogue tríos...», correspondiente a una obra para trío de flauta, violín y continuo.

 

El marcado estilo galante, la temática y las numerosas afinidades estructurales entre este Trío y la Sonata BWV 1031, sugiere dos posibilidades principales; que Quantz escribiera las dos obras tomando una como referencia de la otra, o que J.S. Bach, su hijo o un alumno fuera el autor de la BWV 1031, basándose en la Sonata del famoso flautista.

 

Las semejanzas entre ambas Sonatas revelan indiscutiblemente un origen común lo que hace pensar que no puede tratarse de una simple coincidencia.


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martes, 29 de julio de 2008

Luis Fernando Pérez en la UPM (ETSI Minas)

Enrique Granados nació el 27 de Julio de 1867 en Lérida. Empezó a estudiar música a una edad muy temprana. Estudió piano en Barcelona con Joan Baptista Pujol quien, a su vez, había sido alumno del pianista mallorquín y aprendiz de Liszt, Pere Tintorer.

 En 1887 Granados viajó a París para tomar lecciones de Charles de Beriot. En París, a la vez que mantuvo su amistad con Albéniz, Nin y Viñes, conoció a los más importantes compositores franceses del momento, Fauré, Debussy, Ravel, Dukas y d’Indy, estableciendo una estrecha relación con Camille Saint-Saëns. En 1889 regresó a Barcelona para iniciar su carrera como virtuoso intérprete y compositor. En 1892 estrenó en España el Concierto para Piano de Grieg. Durante esta época dio muchos conciertos de música de cámara con muchos de sus amigos:  Pau Casals, Mathieu Crickboom, Jacques Thibaud, Emil von Sauer y Camille Saint-Saëns. Entre 1895 y 1898 estrenó algunas obras escénicas, como Miel de la Alcarria y María del Carmen, junto a varias obras de cámara y piezas para piano. En 1901 fundó la Academia Granados, que se convirtió en el sello de la enseñanza del arte de interpretar al piano, como la entendía Granados.

Granados y su mujer Amparo fallecieron ahogados cuando el Sussex, el barco de pasajeros en el que viajaban en el trayecto de Londres a Barcelona (el último tramo del viaje de retorno desde la premier de la exitosa ópera Goyescas en Nueva York) fue torpedeado cuando cruzaba el Canal de La Mancha. Granados dirigió la Academia hasta el día de su muerte, asumiendo el mando a partir de entonces su pupilo y amigo Frank Marshall. Para evitar problemas de herencia tras la repentina muerte de Granados, Marshall y el catedrático de la Academia Felipe Pedrell decidieron cambiar el nombre del Centro de Enseñanza  a Academia Marshall, lo que convertía a Marshall en el único propietario.

Junto a Albéniz y Falla, Granados es considerado como un compositor nacionalista, aunque  el término neo-romántico sería más adecuado para describir cómo desarrolló su personal estilo interpretativo y compositivo, hasta entonces desconocido en España. Un estilo de gran expresividad influenciado por Chopin, Schumann, Schubert, Grieg y la estética de las pinturas de Goya. Granados representa el pianismo romántico y poético de finales del siglo XIX en España.


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domingo, 27 de julio de 2008

 


 

Alexis Urbina, tuba

Orquesta Simon Bolívar de la Juventud Venezolana

Gustavo Dudamel, director


La tuba es el instrumento de viento más grave de la familia de los metales. Suele actuar como soporte de la armonía en los bajos. Afinada en Si bemol, sustituye al oficleido y el bombardón, instrumentos en desuso en el conjunto sinfónico. En las bandas suele sustituirse por el fliscorno bajo en Si bemol (Euphonium), más fácil de transportar en un desfile. También existe una tuba baja en Fa, que se puede convertir a Si bemol mediante una llave especial.

 

Aunque la sonoridad de la tuba está más próxima a la de la trompeta, en la orquesta suele usarse como bajo del subgrupo de los trombones. Su timbre es oscuro y su sonido retumba. Tiene un espectro agudo más amplio que otros instrumentos de metal de tesitura baja, aunque lo más característico es su pesado y lento sonido.

 

Este instrumento fue construido en 1858 por Moritz Wieprecht, para desempañar el papel de bajo en la familia de los bugles. Tiene cuatro pistones para bajar: un semitono, un tono entero, un tono y medio respectivamente, y dos tonos enteros del sonido fundamental que se emite por la boquilla. También hay tubas en Do de seis pistones y un espectro sonoro de hasta cuatro octavas.

 

El sonido potente y la presencia de la tuba confina a este instrumento, por lo general único, a la última fila de la orquesta, junto a los metales y la percusión, indistintamente a la izquierda o a la derecha del director, pero siempre junto a los trombones.

 

La partitura de la tuba se escribe con los sonidos reales, ya que muchos compositores no especifican el tipo y afinación del instrumento que pretenden. Tiene las mismas características e inconvenientes de agilidad que los trombones en lo que se refiere a frullatos, víbrato, sordina, legato y staccato; cuanto más se desciende al grave, más "perezoso" y pobre en agilidad se vuelve la emisión de su sonido. Exige un esfuerzo de ventilación considerable dado que los pistones tienen que recorrer un camino más largo para abrir y cerrar las correderas (inconveniente que se suma al de la interpretación). La tuba puede dar vida a emociones terribles y dantescas o aportar humor y un tinte grotesco. También es un instrumento propicio para crear climas misteriosos y mágicos.


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sábado, 26 de julio de 2008


 

Tras largos años de exilio, Rafael Kubelik interpreta el Poema Sinfónico de Smetana "Mi Patria", en su regreso a Praga, al frente de la Orquesta Filarmónica Checa en la inauguración del Festival "Primavera de Praga" de 1990.
El compositor Bedřich Smetana fue el fundador de la escuela nacional checa
del siglo XIX y, junto con Antonín Dvořák, su principal representante.

Smetana nació en 1824 en Litomysl, Bohemia (actual República Checa). Estudió piano y teoría musical con Proksch en Praga. Con la ayuda del compositor y pianista húngaro Franz Liszt creó en 1848 una escuela de música en la capital checa. En desacuerdo con la dominación austriaca en Bohemia, aceptó en 1856 el puesto de director de la Filarmónica de Göteborg (Suecia), en el que permaneció hasta 1861. En 1863 Smetana regresó a Praga, donde fundó otra escuela de música al tiempo que trabajaba como director de la coral Hlahol. Por esa época los músicos de Bohemia adoptaron como divisa esta sentencia: "Por el canto se llega al corazón; por el corazón, a la patria". En 1866 fue nombrado director de la recién creada Ópera Checa de Praga, cargo al que tuvo que renunciar en 1874 a causa de una sordera repentina. A pesar de ello continuó componiendo y llegó incluso a escribir en su último año de vida algunas de sus mejores obras. También había defendido sus ideas nacionalistas en la publicación "Hojas Nacionales". Smetana falleció en 1884 en Praga.

Bedřich Smetana emplea en sus obras canciones y danzas folclóricas de su patria con un rico estilo melódico. La vida nacional checa queda reflejada en composiciones como la ópera cómica "La novia vendida" (1866), segunda de sus obras líricas tras "Los brandeburgueses en Bohemia" (1863), o en el ciclo de seis Poemas Sinfónicos "Mi patria" (1874-1879), cuya obra más popular, "El Moldava" es la que se interpreta en el vídeo de más arriba. Smetana escribió siete óperas, entre las que cabe destacar las ya mencionadas "La novia vendida" y "Los brandeburgueses en Bohemia" (1866), y también "Dalibor" (1868), "Libuše" (1881), "Dos viudas "(1874), "El beso" (1876), "El secreto" (1878) y "La pared del diablo" (1882). También compuso numerosos Poemas Sinfónicos al estilo de Liszt, como "Ricardo III" (1858) y "Haakon Jarl" (1861), un Trío para piano en Sol menor (1855), dos Cuartetos de cuerda, en Mi menor (1876) y en Do menor (1882), así como gran cantidad de piezas para piano y numerosas canciones.

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viernes, 25 de julio de 2008


El vídeo corresponde a la última actuación en público de Luciano Pavarotti, en la Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno en Torino. El tenor tuvo que cantar en playback pues ya estaba gravemente enfermo.

Pese a nacer en Módena y realizar sus estudios musicales en Italia, donde ganó un importante concurso en 1961, el debut operístico de Pavarotti se produjo en Dublín, encarnando al duque de Mantua de Rigoletto. Este debut llamó la atención del director australiano Richard Bonynge y de su célebre esposa, la soprano Joan Sutherland, quienes le contrataron para una larga gira que supuso el despegue internacional de la carrera del tenor. Conocido como el "rey del do agudo", Pavarotti poseía una voz amplia, técnicamente muy segura y sin duda la más bella aparecida en Italia en las últimas décadas. Su clamoroso debut norteamericano –en la Metropolitan Opera House en 1968- acabó de consagrarlo por la proeza de cantar nueve does agudos en el aria de La fille du régiment, lo que le valió una portada del Time. Su actuación escénica era también muy buena, sobre todo en los papeles cómicos, en los que resultaba especialmente convincente. A medida que fue madurando, amplió su repertorio y a los grandes papeles para tenor lírico agregó otros más dramáticos como el Radamés de Aida o el príncipe Calaf de Turandot, cuya aria "Nessun dorma" canta en el vídeo adjunto. En primera línea de la fama en los últimos veinte años, las impresionantes ventas de su discografía le convirtieron en el tenor más popular de la segunda mitad de este siglo.
Site oficial:
www.lucianopavarotti.com/

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jueves, 24 de julio de 2008


Vivaldi: Concierto para viola de amor y orquesta en Re mayor
Rachel Barton Pine, viola de amor
Ensemble Ars Antiqua

La viola de amor, también conocida como viola d'amore en italiano o viole d'amour en francés, es un instrumento barroco de cuerda frotada, perteneciente a la familia de las violas. Tiene catorce cuerdas, aunque solamente se tocan 7 de ellas, haciendo las otras siete un efecto de resonancia.

El cuerpo o la caja de resonancia de esta viola, es muy similar al del resto de los instrumentos de la familia de las violas, como la de la viola de gamba: las tapas no son abombadas, hombros caídos y dos escotaduras. Está formado por dos tapas, unidas por una franja de madera. Tiene una rosa o roseta, como la viola de gamba y como muchos otros instrumentos de cuerda punteada. A diferencia de otros instrumentos de cuerda frotada, carece de “efes”, orificios por donde sale el sonido que se encuentran en la tapa superior, sino que tiene dos aberturas con forma de llama o de espada llameante.

El resto de elementos están unidos a este cuerpo. En la parte superior está la cabeza, donde se encuentra el clavijero con las 14 clavijas y la voluta. Ésta suele estar rematada en forma de una cabeza de Cupido. Llama la atención el tamaño del clavijero, que es bastante grande en comparación con el resto del instrumento, para poder situar todas las clavijas. A continuación, se encuentra el mástil, que se encuentra prácticamente en el mismo plano que el cuerpo.

En sus orígenes, parece que la viola de amor surgió en el siglo XVII, como una evolución de la viola da braccio (viola de brazo, algo mayor que las violas modernas actuales, y que se tocaba apoyándola sobre el pecho). En esta época, había una enorme cantidad de instrumentos, distintos, pero con muchos aspectos en común, como la Lira Bastarda, o la Viola-Lira, o la Viola de borbone, y algunos de ellos, al igual que la viola de amor, tenían también cuerdas de simpatía. Otras fuentes hablan de un origen más oriental, de instrumentos de la India o de Oriente Medio, que habrían entrado en Europa en la Edad Media. Como prueba de esto estaría la forma de las aberturas de la tapa superior, de llamas o espadas llameantes, que sería un símbolo islámico. Al principio, apareció en Salzburgo y Múnich, en algunos puntos de Italia y en Francia.

En sus comienzos, la viola de amor no tenía cuerdas de simpatía o cuerdas simpáticas, solo tenía las cuerdas de tripa comunes a todos los instrumentos de cuerda de la época, y en vez de las catorce que tiene en la actualidad, tenía solamente cinco. Parece ser que este tipo de viola permaneció durante un tiempo, antes de la versión que conocemos ahora, principalmente en Alemania. Se cree que ambas pudieron coexistir durante gran parte del siglo XVIII.

Una de las principales diferencias que tiene con el resto de la familia de las violas, es que no tiene trastes en el diapasón, a diferencia de la viola de gamba. A continuación del mástil, se encuentra el puente, sobre el que se sitúan las 7 cuerdas que se frotan con el arco, que tiene unos pequeños orificios para dejar pasar las cuerdas metálicas que tienen función de resonancia. Este se sitúa en la parte media de la tapa superior de la viola. A continuación se encuentra el cordal, a donde se unen las cuerdas que se frotan, y en la parte inferior del instrumento se encuentra el botón. Las cuerdas de simpatía se unen directamente al botón, no al cordal, y después atraviesan el puente, transcurren por debajo del diapasón y se ajustan a las clavijas discurriendo por la parte posterior del clavijero.


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miércoles, 23 de julio de 2008
Kurt Masur. Foto: Sasha Gusov

Kurt Masur
“La identificación profunda entre director y orquesta se ha acabado”
(Entrevista en "El Cultural")

“El gigantismo de la música de Wagner me intimida”. Kurt Masur (Brieg, 1927) destaca por una sinceridad poco corriente. Y es que su forma de entender la música pertenece ya a otra época. Lo demostrará mañana, por última vez como titular, con la Orquesta Nacional de Francia en el Festival de Peralada. Con El Cultural ha hablado sobre su relación con España y sus preferencias estéticas a la hora de coger la batuta.

Kurt Masur ha dirigido muchas veces en España y se ha dejado querer con todas sus orquestas (Gewandhaus de Leipzig, London Philarmonic, New York Philarmonic), aunque el concierto de Peralada previsto mañana puede considerarse distinto porque es la última vez que el maestro germano, nacido en 1927, comparece como titular al frente de la Orquesta Nacional de Francia. Seis años lleva Masur en el podio de París. Suficientes para haberla elevado al mayor nivel internacional y para haberla inoculado el veneno de Ludwig van Beethoven. De hecho, el programa de Peralada –obertura de Fidelio, sinfonías Quinta y Sexta– no es sino una prolongación de la integral sinfónica y concertística que Masur acaba de realizar en Francia.

–Usted se ha multiplicado en España como pocos directores.
–Es un país que me atrae mucho. Un país en progreso, en evolución. Y eso se aprecia precisamente concierto a concierto. Tenemos que envidiarle a España una red de teatros y de sala de conciertos sin comparación. Y sé muy bien de lo que hablo, porque uno de los pocos reproches que puedo hacer a la experiencia con la Orquesta Nacional de Francia consiste precisamente en no haber tenido una sala de conciertos adecuada, ideal. España es riquísima en auditorios y en vitalidad cultural.

–En cambio, no parece tan rica en orquestas. Usted ha mantenido las distancias. No ha trabajado con ellas.
–Es un problema de tiempo y de compromisos. La agenda siempre ha sido muy restrictiva para hacer otras colaboraciones. He venido con mis orquestas. O con otras que estaban de gira. Es un ritmo del que es difícil salirse. Especialmente si te tomas en serio la idea de la titularidad.

–¿Se refiera a la ligereza con que ciertos directores establecen el vínculo de titulares? Unas semanas de conciertos al año y nada más.
–Está claro que ya no existen los vínculos de una época. No hay esa identificación tan profunda y tan intensa entre el director y la orquesta. No hablo de mí, porque quizá sea de otra escuela o de otra época. Yo entiendo que dirigir es, sobre todo, un ejercicio de responsabilidad. Se requiere conocimiento, honestidad, profundidad. Colocarte en el podio te exige saber de lo que hablas, relacionarte con los músicos partiendo del conocimiento, de la experiencia.

Ensayos y más ensayos
–Y muchos jóvenes directores comienzan la carrera al revés. Enseguida se erigen en personalidades famosas y se ponen delante de grandes orquestas. No vamos a decir nombres.
–Creo que el problema está relacionado con la dimensión comercial de la música. De un modo u otro, las compañías de discos y las propias leyes del mercado construyen personajes. Y los directores no son una excepción. Por eso yo recomiendo a los jóvenes que estudien, que tengan humildad y honestidad. Ponerse delante de una gran orquesta prematuramente significa muchas veces que los músicos conocen mejor la partitura de cuanto pueda hacerlo el recién llegado. Más aún si la referencia que se trae debajo del brazo es la de una grabación discográfica de culto. Claro que hay que escuchar a los maestros del pasado, pero toda la verdad se encuentra en la partitura. Y para desentrañarla hacen falta ensayos, y más ensayos. No se termina nunca de conocer una obra. Nunca.

–A propósito, usted viene de revisitar las sinfonías de Beethoven. Incluso va a dirigir algunas de ellas en Peralada. ¿Cómo ha sido la experiencia de esta integral? ¿Qué ha descubierto esta vez?
–El problema de Beethoven consiste en que cuanto más lo conoces, más difícil te resulta dirigir sus obras. Me ha acompañado toda mi vida. Y creo que es un compositor cuya grandeza estriba precisamente en la proyección de futuro. No sólo es contemporáneo. Será siempre contemporáneo. Volver a sus sinfonías es un ejercicio de humildad. También una manera de encontrar matices y recovecos. Esta vez he profundizado en el plano musicológico, porque el material es de la última edición de Breitkopf y Härtel, y también en el orden de las dinámicas, de las modulaciones, del estilo. Beethoven es un compositor ligado a la eternidad. Tomé conciencia de ello dirigiendo la Filarmónica de Dresde. Interpretábamos la Novena. Y aquel mismo día el hombre pisaba la Luna.

Los cien de Karajan
–De la Luna a la Tierra, usted fue vecino, mediando el Muro, de Herbert von Karajan. Otro beethoveniano obsesivo. Celebramos ahora el centenario de su nacimiento. ¿Cómo era la relación entre ustedes? ¿Cómo se llevaba la estrella de Alemania Occidental con la figura de Alemania Oriental?
–Antes he hablado de música comercial, de mercadotecnia. Y sé que ambos conceptos se le suelen reprochar a Karajan. Pero es una lectura parcial e injusta. Karajan era un director extraordinario. Y, a partir de ahí, podemos discutir sobre otros aspectos. Aunque quizá no seamos los directores de orquesta los más adecuados para hacerlo. ¿Sabe por qué? Pues porque Karajan convirtió al director de orquesta en una estrella. Dio al podio una nueva dimensión. Siempre sin descuidar la música. De hecho, todo el poder y la influencia que tenía los sometía a sus proyectos artísticos y musicales.

–¿Existió el sonido Karajan? O es un mito.
– Sí, existió. Creo que es legítimo utilizarlo para definir la atención estética que Karajan otorgaba a la música. Estética. Ése es el término. Habrá quienes le reprochen una falta de desgarro o de gravedad, pero yo siempre he sido un ferviente admirador de Karajan.

–Con permiso de Furtwängler y de Bruno Walter, ¿no?
–Han sido mis grandes referencias.

–¿Toscanini?
–Menos. Fue grandioso, pero tengo la impresión de que su manera de dirigir descuidaba a veces los detalles. Es como salir de paseo a toda velocidad sin darte cuenta de los matices del paisaje, del olor de las flores. A cambio, llevaba la música como pocos a un orden excitante.

–¿Y Mravinsky? Tuvieron ustedes una buena relación.
–Era un genio. Lo invité un día a dirigir la Orquesta de la Gewandhaus. Y me hizo una reflexión sobre lo difícil que le resultaba entenderse con las orquestas que no eran la suya. Establecía con sus músicos una relación íntima. Se entendía con la mirada. Bastaba un guiño. Hemos hablado de estas cosas al principio de la entrevista. Mencionábamos de un modo u otro que la dirección de orquesta no es un show business.

–Ya que habla de relaciones, ¿cómo ha sido este vínculo de seis años con la Orquesta Nacional de Francia?
–Hemos recorrido un camino juntos. Y hemos mejorado mucho. Los músicos y yo mismo, claro. Han llegado profesores jóvenes y se ha ido produciendo el fenómeno de compartir la música. La receptividad del grupo es impresionante. Ha ido desapareciendo el miedo a equivocarse. Mejor aún, se ha superado. Ya no se trata de hacer una sinfonía de manera segura, sino de interpretar la música de una manera persuasiva, fresca, espontánea. Dando la sensación al público de que la están escuchando por primera vez.

La relación con Francia
–Al público y a los públicos. Uno de los mayores éxitos los ha obtenido la Orquesta Nacional de Francia interpretando Bruckner en la Musikverein de Viena.
–En otra época podría parecer un suicidio: una orquesta francesa que osa hacer Bruckner en Viena. Y, sin embargo, las críticas austriacas fueron excelentes. Por eso podemos interpretar y grabar sin reparos la Sinfonía alpina de Richard Strauss.

–Quiere usted decir que se ha superado el estereotipo según el cual una orquesta francesa sólo puede hacer bien la música francesa.
–Completamente. Y hay un testimonio que lo indica. Me refiero a Riccardo Muti. De sus labios ha salido que hace unos años no se hubiera atrevido a hacer Haydn o Mozart con la Nacional de Francia. Y que ahora, en cambio, la encuentra extraordinariamente capacitada.

–Estos seis años también han sido un intercambio cultural, ¿no? Usted mismo se ha responsabilizado de un repertorio, el francés, que antes frecuentaba bastante menos que ahora.
–Puede que en el plano de la programación sí, pero no en mi sensibilidad ni en mis inclinaciones. Tocar cuando era joven al piano la obra de Debussy fue una experiencia fascinante. Tengo la sensación de que el impresionismo francés se relaciona extraordinariamente con la cultura asiática. Sobre todo la japonesa. Me interesa mucho, igualmente, la música de César Franck. Que merece ser rehabilitado y ocupar un lugar más digno.

–En cambio, reconoce usted unos ciertos problemas con Berlioz. ¿A qué los atribuye?
–No es un compositor hecho para mí. O no soy yo un director hecho para su música. Me di cuenta más que nunca dirigiendo la Sinfonía fantástica. Me sentí decepcionado de mi trabajo. Quizá porque esos elementos fantásticos no son de mi mundo. Ocurre algo parecido con el Fausto de Gounod. Para un alemán como yo, Fausto es de Goethe. Puedo escuchárselo a otros colegas, pero no estoy capacitado para hacerlo yo. Me siento incómodo. Y no es una cuestión francesa o no francesa. Tengo problemas con el preludio del III acto de Lohengrin. El gigantismo de la música de Wagner me intimida. No me hace sentir cómodo.

Respeto a la partitura
–Un director debe, entonces, saber limitarse.
–He dicho que dirigir es un ejercicio de responsabilidad. No puede aceptarse todo. Uno mismo debe establecer los límites. Nunca me he prostituido en el podio. Quiero decir que si una obra no me dice nada, o no la siento, prefiero renunciar a ella. Por muy importante que sea. Y no es una cuestión de compositores, sino de obras. Le pongo el ejemplo de Mahler. He grabado con la Filarmónica de Nueva York la Primera y la Novena, pero no las restantes.

–¿Sigue teniendo planes con la Filarmónica de Nueva York? ¿Cómo plantea su carrera a partir de ahora, una vez abandonada la titularidad de la Orquesta Nacional de Francia?
–No me despido de la Orquesta Nacional de Francia ni de París. Voy a dejar de ser el titular, pero, a cambio, me convierto en una especie de director honorario y vitalicio con un calendario de conciertos delante. Quiero seguir haciendo música en París. Y mi agenda está llena de compromisos. La Filarmónica de Nueva York, la Sinfónica de Boston, las agrupaciones londinenses y germanas...

–Decía usted que quiere seguir vinculado a París. Después de seis años, ¿cómo se trabaja en Francia? ¿Es tan hostil el ambiente sindical? ¿Ha sido complicado bregar con la burocracia?
–Nada grave ni nada importante. No han existido conflictos. Quizá algún episodio aislado de desencuentro. Creo que la música no debe burocratizarse y que debe existir una cierta flexibilidad. Pero el balance de estos seis años ha sido muy positivo. Nos hemos entendido muy bien.

–Usted contaba a la revista Diapason una anécdota muy divertida sobre su primera relación con una orquesta francesa.
–Fue en 1969, con la que entonces se llamaba ORTF [Orquesta de la Radio Televisión de Francia]. Teníamos delante la Primera sinfonía de Shostakovich. Y hubo un momento en el ensayo en que solicité, como era preceptivo, hacer vibrato en un pasaje pizzicato. El primer violín me dijo que estuviera tranquilo. Que ya lo harían en el concierto. Decidí entonces proseguir el ensayo con gestos y movimientos ininteligibles. Así que un músico se levantó para protestar, diciendo que no entendían nada. Yo le respondí: tranquilos, ya lo comprenderéis en el concierto…

Rubén AMÓN

Del muro de Berlín al 11-S

Con 16 años, Kurt Masur acudió al Konzerthalle de Breslau para escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven. A la fascinación que le produjo entonces aquel primer contacto musical le debe su vocación y también su carácter como director: una mezcla temperamental entre el rigor de la escuela germana y el alborozo del "freude” beethoveniano. Hemos visto a Masur al frente de importantes formaciones orquestales, como las Filarmónicas de Dresde, Nueva York y Londres, la Nacional de Francia o la de la Gewandhaus de Leipzig, dirigir con o sin batuta algunos de los momentos más memorables de la música sinfónica. Con mano izquierda y buen tino supo mediar en los enfrentamientos de Berlín durante la caída del Muro y su nombre se llegó a barajar para la presidencia transitoria de la República Democrática Alemana. La noche del 9 de octubre de 1989 Masur interpretó la Segunda sinfonía de Brahms mientras a las puertas de la ‘Casa de las telas’ se congregaba una multitud. Igualmente emocionante fue el concierto que dirigió en el Lincoln Center en honor de las víctimas del atentado contra las Torres Gemelas. Pero también en Madrid hemos sido testigos de su gran humanidad en compactas y briosas interpretaciones de Beethoven y Bruckner. La última sorpresa del autoproclamado embajador de Beethoven llegó el año pasado cuando, con motivo de su 80 cumpleaños, reunió en los Proms londinenses a las Orquestas Filarmónica de Londres y Nacional de Francia.


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Jascha Heifetz, violín
Louis Gruenberg, piano

 


Enlace a la partitura:

http://www.el-atril.com/partituras/Paganini/caprichos/24.pdf


El término capricci (caprichos) ya era utilizado en el siglo XVII. En el Romanticismo, se empleó como indicación a la libertad con la que se construían las obras musicales, que generalmente contenían cierto carácter de improvisación. Niccolò Paganini compuso sus 24 Caprichos entre 1801 y 1807. La obra se publicó como "Opus 1" y fue distribuida con un paquete de seis Sonatas para violín y guitarra. (las Op. 2 y 3). Otras obras destacadas de Paganini son "El Carnaval de Venecia",  el Concierto para violín en Si menor “La campanella", "Le Streghe", "La danza de las brujas" y "Tarantella".

El Capricho nº 24 en La menor es el más conocido, interpretado y versionado de Paganini. Con su tema o melodía inicial, sus once variaciones y su Finale, constituye una amalgama recursos técnicos, melódicos y compositivos de gran dificultad técnica para el ejecutante. El tema de este capricho nº 24 serviría a Rachmaninov para sus "Variaciones sobre un tema de Paganini", para piano y orquesta.

Jascha Heifetz fue uno de los mejores violinistas de la primera mitad del siglo XX. Comparado en ocasiones con Buch, y aun con Menuhin, Heifetz demuestra desde su juventud una extraordinaria versatilidad y gran capacidad de adaptación a todo para lo que era requerido por sus maestros, que  vieron las posibilidades del muchacho judío. Heifetz comienza a tocar el violín a los 3 años inducido por su padre que era músico de la Orquesta Municipal de Vilnius, en Lituania. A la edad de 7 años ya interpreta a Mendelssohn ante un aforo de cien personas. Cumplidos los diez años comienza su primer éxodo a San Petersburgo. El afamado conservatorio de la mítica ciudad es el primer escalón, pero los padres del violinista carecen de recursos para hospedarse allí y surge el primer problema. Leopold Auer, que se convertiría en el gran mentor del pequeño prodigio, registra como alumno del centro al padre de Jascha y logra burlar así el cerco.

Poco mas tarde empieza a mostrar tales habilidades que a partir de 1911 viaja por toda Europa maravillando a los aficionados del viejo continente, hasta el punto de tener que ser escoltado en su huida hacia el hotel ante el entusiasmo de la muchedumbre congregada en Berlín, donde tocó ante 25.000 personas. (¡Qué tiempos, la policía escoltando a violinistas!).

Pero la Revolución no perdona, y Rusia se tiñe de violencia, no son tiempos seguros, y 1917 marca la inflexión en la historia de Rusia y en la de Heifetz . Decide marcharse a Estados Unidos, para adquirir la nacionalidad de aquel país en 1925.

A estas alturas del viaje ya no parece que Ítaca moleste al violinista , que entiende por meta el camino recorrido, entre el entusiasmo de muchos, y las figuradas envidias de unos pocos, que desde su poltrona tratan de enturbiar una carrera forjada a golpe de martillo sobre el yunque del trabajo.- En esto no han cambiado los tiempos-.

Heifetz , no emociona, es inexpresivo”; “Heifetz atribuye a las obras un sello personal que las desvirtúa”; “Heifetz no sabe tocar a Beethoven, lo convierte en algo suyo y Beethoven es de todos”. ¡ Extra, Extra! Fotos de rotativas como en una película de Frank  Capra con diarios superponiéndose,   ¡ cae el mito! Apiolémosle, porque un espabilado ha alzado la voz antes que el rebaño, y éste le sigue inconsciente y tribal, sin pararse un segundo a pensar , y lo que es más grave: sin pararse a escuchar.

Pero ya dijo Don Quijote, que de ruidos sí sabía: “Ladran, luego cabalgamos”. Heifetz cabalga hacia España en 1921 donde cosecha un gran éxito, y desde ese año por toda Europa recibiendo grandes críticas de otro mito: Arthur Rubistein.

Da un giro hacia la música de cámara que saciaba su necesidad y alimentaba su espíritu. En esta época comienza una serie de conciertos y grabaciones con Feuermann, Piatigorsky y el propio Rubistein. Heifetz, como todos los grandes , tuvo que campear las críticas durante toda su vida, pero siempre mostró una seriedad fuera de toda duda en la realización de su trabajo, hombre de carácter serio, se mostró esquivo a un divismo, que nunca profesó, accediendo a interpretar incluso música popular, en ocasiones muy distante del canon interpretativo que se le podía presuponer. Su último gran concierto fue en 1972 en el Music Center de Los Angeles. A partir de ahí, ciertos problemas con su entorno le hacen celoso de sí, hasta el punto de alimentar su misantropía cercando su residencia con alambre electrificado para evitar el contacto con la gente. Quizás sea cierto que los hombres nacemos y morimos en soledad, y esta fue la forma en que decidió hacerlo un hombre que atravesó el umbral del mito, para convertirse en leyenda. Que trascendió las fronteras de su tiempo para ser inmortal y crear  un estilo propio, tan personal como imperecedero. Todo fue distinto... desde que te escuchamos.


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martes, 22 de julio de 2008
Elena Bashkirova, piano; Dale Clevenger, trompa; Mauricio Paez, fagot; Karl-Heinz Steffens, clarinete y Gregor Witt, oboe

I. Largo. Allegro moderato





II. Larghetto


III. Allegretto



Un quinteto con piano es un conjunto de música de cámara compuesto por un piano y otros cuatro instrumentos musicales. También suele llamarse de este modo a una pieza escrita para este tipo de agrupación de cámara.  El conjunto más común en los quintetos está formado por un piano, dos violines, una viola y un violonchelo, lo que sería un piano con un cuarteto de cuerdas. Esta combinación de instrumentos prevalece sobre todo en la música del período clásico.

Varios compositores han escrito quintetos con piano, sin embargo, sólo unos pocos han escrito más de uno. Una rara excepción al respecto fue Gabriel Fauré, quien compuso dos. Otros compositores que han escrito para este tipo de agrupación han sido Robert Schumann, Johannes Brahms, Antonín Dvořák (quien también escribió dos, aunque el segundo es poco interpretado), y Dmitri Shostakovich. El famoso Quinteto "de la trucha" de Franz Schubert fue escrito para la combinación mucho más inusual de piano, violín, viola, violonchelo y contrabajo.

Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven escribieron piezas para piano y cuatro instrumentos de viento (oboe, clarinete, trompa y fagot, en ambos casos). Si bien dichas piezas pueden ser denominadas quintetos con piano, se las debe aludir mejor con el nombre de “quinteto para piano e instrumentos de viento”, con el fin de distinguirlas de las piezas que utilizan una instrumentación mucho más usual.

El 1 de abril de 1784 Mozart dio su primera “Akademie” en Viena, es decir, su primer concierto como empresario con obras suyas para obtener dinero, en la que incluyó dos sinfonías, dos conciertos para piano y orquesta y el Quinteto para piano e instrumentos de viento K 452. Mozart pensaba que su primera y única composición para teclado e instrumentos de viento era su mejor obra y, ciertamente, es una obra maestra que ni él mismo volvió a intentar de nuevo. Quienes posteriormente quisieron imitarle escribiendo para esta formación instrumental (caso del juvenil Quinteto de Ludwig van Beethoven) no pudieron superarle.


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Diana Damrau, Reina de la Noche (soprano)
Dorothea Röschmann, Pamina (soprano)
Orquesta de la ROH Covent Garden
Colin Davis, director


La Reina de la Noche es un papel breve, muy dramático, con sólo dos intervenciones en escena, aunque presenta enormes dificultades vocales, casi insalvables para la mayoría de cantantes. Su tesitura es muy forzada y exige subir hasta el fa sobreagudo. También se debe tomar en consideración sus endiabladas agilidades y adornos vocales, por lo que este papel debe encomendarse a una soprano dramática con coloratura.

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lunes, 21 de julio de 2008
Intérpretes: Itzhak Perlman (violín) y Daniel Barenboim (piano)
I. Vivace ma non troppo



II. Adagio

III. Allegro molto moderato


La primera de las tres sonatas para violín de Johannes Brahms fue compuesta entre 1878 y 1879. Poco después (en 1880) tuvo lugar el estreno en Viena, con el el violinista Hellmesberger y el propio Brahms al piano.
Esta sonata suele recibir el nombre de "La lluvia", pues en ella se utiliza en los dos movimientos extremos un fragmento temático proveniente del lied Op. 59 nº 3 "de la lluvia", sobre un poema elegíaco de Klaus Groth. Se trata de una absoluta cima de la inspiración brahmsiana y de toda la música de cámara romántica.

Publicado por jrtapia @ 10:46  | Música de cámara
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domingo, 20 de julio de 2008
El pianista hispanocubano Jorge Bolet interpreta la Tarantella
del Libro II (Italia), de "
Années de Pèlerinage"



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Los vídeos corresponden al tercer y cuarto movimientos de la legendaria grabación londinense de los años 70: Daniel Barenboim (piano), Zubin Mehta (contrabajo), Itzhak Perlman (violín), Jacqueline Du Pré (violonchelo), y Pinchas Zuckerman (viola).

III. Scherzo. Presto



IV. Tema. Andantino - Variazioni I-V - Allegretto


La música de Schubert significa uno de los máximos puntos que en cuanto a lirismo, emotividad y trascendencia puedan existir. Los tríos con piano; el Quinteto en Do mayor, D. 956; el Cuarteto “La muerte y la doncella”, D.180; la Sonata para piano en La mayor, D.664 o cualquiera de sus más de seiscientos lieder son ejemplos tangibles de ello.

El Quinteto para piano y cuerdas D. 667, denominado de “La Trucha”, es así mismo obra maestra en el género de la música de cámara. De una forma extraña o curiosa el mecenas de esta obra, Silvestre Paumgartner, comisionó la partitura a condición de que fuera con la misma dotación que otro quinteto debido a Hummel. El propio mecenas se encargó de la parte del contrabajo en el estreno.

La obra fue compuesta en el año de 1822 durante un descanso de Franz Schubert en la localidad de Styr, lugar cuyo ambiente y belleza fueron cómplices de la creación de esta obra. Styr es actualmente una localidad de unos 40.000 habitantes, ubicada en el centro de Austria. Su nombre está asociado a la industria pesada y del acero (Styr, por cierto, es productora de armamento, algo desde luego totalmente ajeno a la música de Schubert).

Publicado por jrtapia @ 8:00  | Música de cámara
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sábado, 19 de julio de 2008



Sumi Jo, soprano

El "Ave María" de Giulio Caccini es una pieza de enorme popularidad. Fue compuesta en 1970 por Vladimir Vavilov (1925-1973), autor ruso especializado en crear obras falsamente atribuidas después a otros renombrados compositores. Vavilov realizó en 1972 una grabación de su "Ave María" para el sello ruso Melodiya, en la cual se reflejaba que el autor de la misma era "anónimo". No se conoce con exactitud por qué la obra se ha atribuido a Caccini, máxime si se repara en que su estilo es completamente extraño al del célebre compositor italiano, nacido hacia 1550 y que trabajara en la corte de Florencia al servicio de los Medici.

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miércoles, 16 de julio de 2008


Aunque búlgaro de nacimiento y de primera formación, Nikolai Ghiaurov se educó y perfeccionó en el Conservatorio de Moscú entre 1950 y 1955, año este último en el que debutó cantando el papel de Basilio en “El Barbero de Sevilla” de Rossini. Por esas mismas fechas conquistó el primer premio en el Concurso Internacional de Canto de París, lo que significó el espaldarazo definitivo para su espléndida carrera, que lo convirtió en uno de los grandes bajos de la segunda mitad del pasado siglo. Escenarios como la Ópera de Viena, el Bolshoi de Moscú, la Scala de Milán o el Covent Garden de Londres, le vieron cantar durante los diez años siguientes los más importantes papeles para su cuerda del repertorio clásico. En 1966, Von Karajan le ofreció la posibilidad de cantar el papel protagonista del “Boris Godunov” en un nuevo montaje para el Festival de Salzburgo. A partir del extraordinario éxito que obtuvo allí fue invitado con frecuencia a cantar en la Metropolitan Opera House de Nueva York. Cantó en todos los grandes teatros de ópera del mundo durante casi cincuenta años.

En 1991 fue condecorado con la Legión de Honor de las Artes y las Letras de Francia por sus interpretaciones del repertorio operístico francés en todo el mundo. Hasta que falleció en 2004 estuvo casado con la soprano Mirella Freni, con quien tiene grabada una antológica versión del “Don Giovanni” de Mozart.


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Una furtiva lacrima, de "El elixir de amor" (G. Donizetti)
Ópera del Estado de Viena

Rolando Villazón es reconocido internacionalmente como uno de los principales tenores líricos de nuestra época y ha sido aclamado por sus exitosas presentaciones en teatros de gran prestigio mundial, como la Metropolitan Opera House de Nueva York, Ópera Nacional de París, Royal Opera House Covent Graden, Teatro Nacional de Munich, Staatsoper en Berlín, Teatro dell'Opera di Roma, Ópera de Niza y muchos otros.

El tenor Rolando Villazón nació en la ciudad de México en 1972. A la edad de once años, ingresó en el Centro de Capacitación Artística Espacios, en donde estudió música, actuación, danza contemporánea y ballet. En 1990, Villazón conoció al barítono Arturo Nieto, quien lo introdujo en el mundo de la ópera y luego se convirtió en su maestro de canto. Dos años más tarde, ingresó en el Conservatorio Nacional de Música para continuar su preparación vocal con Enrique Jaso. Allí, encarnó el personaje de Dorvil, en "La Scala di Seta"; a Florville, en "Il Signor Bruschino" y a Alessandro, en "Il Re Pastore". Después de ganar dos concursos nacionales en la Ciudad de México y Guanajuato, Villazón comenzó a estudiar con el barítono Gabriel Mijares, con quien continuó sus estudios antes de iniciar su carrera internacional.

En 1998, Villazón ingresó al prestigioso Programa Merola de Ópera, de la Ópera de San Francisco, en donde participó en una serie de clases con Joan Sutherland y desempeñó el papel de Alfredo, en La Traviata. Más tarde, se hizo miembro del Programa de Artistas Jóvenes de la Ópera de Pittsburgh, desde donde participó en la puesta en escena de "I Capuleti e i Montecchi", "Lucia di Lammermoor" y "Vanessa", de Samuel Barber. En 1999, Villazón ganó el Premio del Público, el Premio Zarzuela y un segundo premio en el Certamen Internacional Operalia, que preside y organiza el tenor Plácido Domingo.

Después de su debut europeo en Génova, Italia, en 1999 como Des Grieux ("Manon"), siguió su primera aparición en Francia como Rodolfo en la Ópera de Lyon en diciembre del mismo año. Durante la misma temporada debutó como Alfredo en "La Traviata" en el Teatro Verdi en Trieste. Más adelante fue invitado para sustituir a un colega en el mismo papel en la ópera de la Bastilla en París. Estas presentaciones lo llevaron en mayo de 2000 a obtener una repercusión internacional.

En la temporada 2005-06 cantó "La Bohème" en la Ópera de París, "Il Combattimento di Tancredi e Clorinda" en la Opera de Lille, "Rigoletto" en la Metropolitan Opera, su debut en el papel estelar de "Werther" en la Ópera de Niza, "Eugene Onegin" en Covent Garden, "Elisir D'Amore" en Berlín, "Romeo et Juliette" y "Rigoletto" en Viena. También cantó su primer Requiem de Verdi en el festival de San Denís, "Lucia de Lammermoor" en el festival de Orange y conciertos de gala en Tokio, Leipzig, Berlín, Frankfurt, Zurich, Moscú, París, Toulouse, y Monte Carlo entre otros.

Rolando Villazón ha ganado numerosos e importantes premios. En febrero del 2003 recibió el reconocimiento Les Victoires de la Musique como la Revelación Extranjera en Francia. Su primera grabación presentando arias italianas recibió el premio ECHO Classics del 2004. El siguiente año ganó el mismo premio dentro de la categoría de "Cantante del Año 2005". Junto con la nominación del prestigioso Gramaphone como "Artista del Año" y el premio a la "Grabación del Año", ganó también el premio "Best Recital Recording 2005", así como el premio anual de la revista Opernwelt como "Cantante del Año". Su segunda grabación de arias francesas le otorgó una nominación al premio Grammy para "Best Classical Vocal Performance".

La voz de Villazón puede también ser escuchada en grabaciones, representando el papel del Timonel en "Der Fliegende Hollaender", de Wagner, bajo la dirección de Daniel Barenboim, así como en una grabación en vivo de la Ópera "Roméo et Juliette" desde el Teatro Campoamor producida por Radio y Televisión Española y en "Tristán e Isolda "con Plácido Domingo bajo la dirección de Antonio Pappano.


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martes, 15 de julio de 2008
Pas des deux del balcón




Muerte de Romeo



Sergei Prokofiev (1891-1953) fue un artista de ida y vuelta, que sólo se instaló en los moldes de la vida soviética a mitad de su vida, no como consecuencia de un cambio ideológico, sino más bien de su compleja, múltiple y a veces contradictoria personalidad. En su autobiografía definió hasta cinco «líneas estilísticas» en su música: la clásica, la modernista (caracterizada por la tendencia a la atonalidad y aún a la cacofonía intencionada), la «motorista» (con ritmos 'ostinato'), la lírica y la grotesca o burlona. Pero no se trata, como el mismo Prokofiev se cuidó de advertir, de etapas o periodos, sino de tendencias superpuestas, que se alteran o confluyen según los casos. Si hubiera que señalar periodos, sería preferible enumerar uno modernista, otro neoclásico (con muchas sinuosidades), y un tercero adaptado a la música soviética (también con cambios y hasta tendencias "desviacionistas").

"Romeo y Julieta" (1935) fue la obra que congració a la Unión Soviética con la gloriosa tradición del ballet ruso, hasta entonces poco menos que prohibido. "Romeo y Julieta" es una obra extensa -más de tres horas de representación-, que gustó en Rusia por su colorido y su aparente aire popular, y en Occidente por sus rasgos originales y sus audacias expresivas. El ballet permite, como el cine, muchos recursos atonales o antiarmónicos, que son aceptados como golpes de efecto, y que parecerían estridentes o cacofónicos en un simple concierto. Prokofiev supo aquí bascular inteligentemente entre dos gustos y entre dos hemisferios; fue quizá su mayor triunfo a escala mundial.

Cuando se le planteó a Sergei Prokofiev la composición de un ballet basado en la tragedia de Shakespeare, de los dos jóvenes amantes, el músico vaciló. No estaba seguro de que se pudiera traducir el contenido psicológico complejo del drama a un medio sin palabras. Además, le preocupaba el hecho de que Romeo y Julieta ya había sido tema de óperas compuestas por 14 compositores diferentes y había servido como base para la obertura de Chaikovski y la sinfonía dramática de Berlioz. Trabajó en un posible escenario con el director de escena Sergei Radlov. Las notas de Prokofiev muestran que puso un inusual alto grado de atención a los detalles del argumento y de la interacción entre la acción en el escenario y la música.

Los directores del ballet recibieron la música y la encontraron absolutamente distinta, diferente de cualquier otra con la que hubieran tratado previamente. La declararon imposible de bailar y cancelaron su contrato con Prokofiev. Otra objeción que tuvieron fue con respecto a uno de los muchos cambios que Prokofiev había hecho en la historia: había sustituido el final conocido por un final feliz. Más tarde, el compositor explicó:

En el último acto, Romeo llega un minuto antes y encuentra a Julieta viva. La razón para tomarme tan bárbara libertad con la obra de Shakespeare fue puramente coreográfica: la gente viva puede bailar, pero no se puede esperar que los moribundos dancen en la cama... Es interesante notar que, mientras que en Londres se limitaron a manifestar simplemente que Sergei Prokofiev estaba escribiendo un ballet de Romeo y Julieta con un "final feliz", nuestros estudiosos de Shakespeare resultaron ser más papistas que el Papa y bramaron en defensa del maltratado Shakespeare. En realidad, yo me sentí afectado por otra cosa: alguien había hecho la observación de que, en el final, mi música no sonaba como "felicidad verdadera", y eso era cierto. Por lo tanto, después de discutir todo el problema con los coreógrafos, encontramos un modo de terminar según la obra original y he vuelto a escribir la música.

Una vez que la compañía Bolshoi rechazó el ballet, Prokofiev arregló parte de la música como suites para conciertos, que fueron presentados con éxito considerable en Moscú en 1936 y 1937. Pero todavía nadie se animaba a emprender la puesta en escena de la danza. En 1937 se canceló un estreno propuesto en Leningrado. Finalmente, el ballet fue presentado en 1938, pero no en Rusia. Una compañía de Checoslovaquia presentó la obra sin la participación de Prokofiev. Este estreno fuera de Rusia de una obra importante, encargada por un teatro ruso y compuesta por un compositor soviético destacado, fue una vergüenza nacional. Los rusos se apresuraron a montar el ballet. Leonid Lavrovsky, el nuevo coreógrafo del Teatro Kirov de Leningrado, empezó a tratar con Prokofiev inmediatamente.

Lavrovsky hizo muchas sugerencias de modificaciones, basadas en sus ideas respecto de la puesta en escena. Prokofiev se resistió a toda idea nueva. "He escrito la cantidad exacta de música que es necesaria. No voy a hacer nada más. Está hecha. La pieza está lista. Si desea producirla... allí está. Si no, entonces, no." Pero Lavrovsky pronto aprendió cómo lidiar con el obcecado compositor.

Prokofiev no había escrito ninguna música para danza en la primera escena, pero Lavrovsky quería danza, no solamente música, para presentar la historia. Cuando Prokofiev se negó rotundamente a escribir música adicional, el coreógrafo decidió utilizar un movimiento de una de las sonatas para piano del compositor. Prokofiev lo descubrió sólo cuando lo escuchó en el ensayo. Enojado, se negó a orquestar la música. "Muy bien", replicó Lavrovsky, "¡Tendremos que tocarla en el piano y eso no le va a gustar!" Prokofiev abandonó el ensayo hecho una furia, pero finalmente se ablandó y orquestó la pieza.

El compositor también tuvo problemas con los bailarines, que tenían muy poca experiencia con música del siglo XX. La ballerina que debía bailar la parte de Julieta explicó:

Simplemente no entendíamos su música. Nos sentíamos pertubados por su extraña orquestación y las modificaciones frecuentes del ritmo, que hacían difícil bailar. No estábamos acostumbrados a esa música y le temíamos. Mientras ensayábamos el andante del primer acto, por ejemplo, nos parecía que era mejor entonarnos otras melodías para nosotros mismos, música más melodiosa, y crear así nuestras danzas para nuestra propia música. Pero, por supuesto, nadie se atrevía a decírselo directamente a Prokofiev. Era demasiado severo, de aspecto demasiado altanero y todas nuestras quejas eran transmitidas a través de Lavrovsky.

Las tensiones continuaron sumándose durante los ensayos. El compositor, cuyas experiencias anteriores con bailarines incluían el trabajo con la compañía de danzas más importante del mundo -los Ballets Rusos de Serge Diaghilev en París- no podía creer la ingenuidad artística de la compañía de Kirov. A cierta altura, los bailarines no pudieron bailar porque no podían oír la orquesta. Prokofiev había orquestado de modo tenue cuando el drama parecía exigir semejante enfoque, pero los bailarines estaban acostumbrados a reaccionar ante los acentos fuertemente orquestados. El compositor se negaba a creer que no se oyera la orquesta. Finalmente le convencieron de que escuchara desde el fondo del escenario en vez de ubicado al frente del auditorio, y entonces comprendió que los instrumentos realmente sonaban demasiado bajo. Por fin aceptó cambiar parte de la orquestación.

A medida que se aproximaba la fecha del estreno, los bailarines se sentían cada vez menos cómodos con la música. Se pensó seriamente en la posibilidad de cancelar el estreno, pero finalmente este se llevó a cabo, a tiempo, el 10 de enero de 1940. Para sorpresa de los intérpretes, los músicos, el coreógrafo y el compositor, la obra tuvo un éxito enorme. Rápidamente quedó establecida como una pieza de importancia para el arte soviético y como la primera sucesora digna de los ballets de Chaikovski.


Publicado por jrtapia @ 18:00  | La Danza
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El "heldentenor" por excelencia del pasado siglo, Lauritz Melchior, entona el "Canto a la Primavera" de Sigmund en el Acto I de "La Walkyria". El danés Melchior, igual que otros muchos europeos emigró a a Norteamérica durante la Segunda Guerra Mundial. Allí intervino incluso en películas de Hollywood para ganarse el sustento. Esta toma corresponde a una de ellas.

Lauritz Melchior nació en Copenhague, e inició los estudios musicales en su ciudad natal con Paul Bang. Debutó como barítono en 1913 en el Teatro de la Ópera de aquella ciudad. Alcanzó su primer éxito como tenor en 1924 en el Covent Garden de Londres. Más tarde actuó en el Festival de Bayreuth (Alemania) y de 1926 a 1950 en la Metropolitan Opera House de Nueva York.

Melchior que había cantado como barítono, decidió cambiar al registro de tenor por sugerencia de una soprano. Prosiguió sus estudios con el tenor danés Vilhelm Herold y se convirtió en uno de los principales tenores dramáticos de su época. Se especializó en los papeles de "heldentenor" (tenor dramático heroico, en el repertorio alemán) de las óperas de Richard Wagner. Melchior adoptó la nacionalidad estadounidense en 1947. Fueron muy notables sus actuaciones con la mítica soprano noruega Kirsten Flagstad.

Tras su retirada, Melchior continuó sus actividades musicales en la radio y la televisión. Hubo también varias películas para las que Melchior cantó en playback. Para celebrar sus 70 años cantó Sigmund en una versión de concierto del primer acto de "La Walkyria" en Copenhague. Su despedida de la vida musical pública fue como director con la obertura "El Murciélago" en un concierto al aire libre realizado en San Francisco en 1966.

Convencido de que después no habría verdaderos Heldentenors como sucesores, Melchior instituyó un programa para descubrir y desarrollar potenciales cantantes de este tipo, sobre todo a partir de barítonos altos. Melchior decía que un verdadero tenor wagneriano necesitaba un entrenamiento especial bajo condiciones ideales, circunstancias que le permitieran dedicar todo su tiempo y energía a los estudios. La Fundación Melchior Heldentenor concretó esta ayuda a través de becas a cantantes que ya tuvieran experiencia escénica. Algunos de los beneficiados por esta beca han sido William Cochran y Gary Lakes.
Melchior murió en 1973 en Santa Mónica, California.

Publicado por jrtapia @ 8:00  | Voces masculinas
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lunes, 14 de julio de 2008
Ángel Corella: «Crear una compañía de danza clásica en 2008 era impensable»


Diario ABC SEGOVIA

Con una sonrisa permanente en el rostro y la ilusión de ver hacerse realidad un sueño perseguido desde que hace catorce años saltó el océano para convertirse en un bailarín de fama internacional, Ángel Corella apura las horas antes del debut esta noche de Corella Ballet Castilla y León, creada con el fin de paliar la sequía de ballet clásico existente en España. Este proyecto público-privado impulsado por la Fundación Ángel Corella y con el apoyo económico de, entre otros, la Junta de Castilla y León se convierte, en palabras de Corella, en «una puerta para que los bailarines clásicos puedan desarrollarse profesionalmente en España».
Tras la actuación de este fin de semana en las Noches Mágicas de La Granja (Segovia) -Corella regresa a Japón para bailar con el American Ballet, con la que seguirá trabajando unos años-, la próxima parada es el estreno de la compañía en el Teatro Real de Madrid el 4 de septiembre. Comienza una gira que se extenderá hasta mediados de 2009 con actuaciones Brasil, Japón, Washington y Rumanía y regreso a España.
En los planes de futuro, hacer montajes propios de la compañía -«de las más fuertes del mundo entero», integrada por más de cincuenta bailarines de trece países- y estrenar en 2010 su sede permanente en el Palacio de Santa Cecilia de La Granja, donde también funcionará una escuela.
-¿Qué se siente a unas horas del debut de Corella Ballet Castilla y León?
-Han sido siete años de estar con una visión de la compañía, de que llegara a ese día... que me está pasando tan rápido que no me está dando tiempo de digerirlo. Es una satisfacción increíble decir: «lo hemos conseguido».
-¿Qué se le pasará por la cabeza al saltar al escenario con un ballet que lleva su nombre?
-El nombre es circunstancial. No quería que se hubiese llamado Corella Ballet, lo hemos discutido mucho y se llama así porque gracias a mi trayectoria profesional se puede vender a la compañía en el extranjero. Probablemente no se me pase nada por la cabeza, trataré de salir a bailar y poder disfrutar. Creo que la energía nos va a hacer volar a todos.
-¿Barajan incluir «Real» en el nombre como en otros ballets, teniendo en cuenta que están enclavados en el Real Sitio de La Granja?
-La Familia Real se toma un tiempo para decidir porque tiene que tener una consolidación. Se le ha pedido oficialmente por carta en dos ocasiones y esperemos que en un futuro se pueda llamar así. La Infanta Elena nos está apoyando muchísimo y la Reina nos dijo que este proyecto tiene que salir adelante, que ella va a poner todo por su parte. La Junta, el Inaem, la empresa privada... nos están apoyando muchísimo.
-¿Ha sido claro ese apoyo de las instituciones desde el principio?
-Ha sido claro que se necesitaba la compañía de danza; el tipo de financiación, no tanto. El precio de la compañía ha asustado un poquito y ha habido tantos intentos que las instituciones estaban un poco escépticas. Se ha apoyado mucho el deporte y ahora está floreciendo; si se apoyase un poquito más la cultura, pegaría un salto.
-Usted, Tamara Rojo... Nombres españoles que se conocen fuera, pero en España, ¿cómo está la danza clásica?
-Desde hace veinte años no hemos tenido compañía. Se oyen esos nombres por la fuerza e importancia que tenemos en el extranjero, que ha hecho que la gente conozca quiénes somos por lo que hacemos fuera. Ahora va a existir la oportunidad de disfrutar de Ángel Corella, Hermán Cornejo, Carmen Corella o Natalia Tapia, ir a ver un espectáculo porque conocen a un bailarín.
-¿En qué cree que contribuirá Corella Ballet Castilla y León a mejorar esa situación de la danzar en España?
-Va a contribuir a muchísimo. El que Castilla y León nos haya apoyado va a hacer que España se convierta en un país pionero porque todas las compañías de danza clásica se crearon hace muchos años, y ésta en 2008, eso es prácticamente imposible. Hay muchísima gente interesada en lo que se está haciendo en España. Como españoles deberíamos sentirnos muy orgullosos.

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domingo, 13 de julio de 2008

   

Fechas

del 14 al 17 de julio

   Director/a
José Ramón Tapia Merino
Profesor Titular de Universidad
(E.T.S.I. de Telecomunicación - UPM)

   Secretario/a
Miguel García Vicente
Maestro de Laboratorio
(E.T.S.I Telecomunicación - UPM)
   Objetivos
Este curso está orientado a la formación del oyente como tal, con el fin de prepararle para asimilar las obras musicales de manera satisfactoria. El principal objetivo del Curso es lograr que los asistentes sean capaces de comprender y apreciar plenamente las obras maestras de los distintos géneros: música pianística, de cámara, coral, sinfónica, ópera, zarzuela, ballet, etc. Para ello la música será presentada como una manifestación artística inmersa en la historia, resaltando la influencia de factores de tipo cultural, económico y político en su proceso creativo. 
La comprensión de las explicaciones teóricas no exige formación musical previa por parte del alumnado. Además, dichas explicaciones serán complementadas con una cuidada selección de materiales audiovisuales.
   Ponentes
Víctor Manuel Burell López
Periodista musical. El Punto de las Artes

Juan Cambreleng Roca
Promotor cultural. Ex-gerente del Teatro Real de Madrid

Guillermo Cisneros Pérez

Director de la ETSI Telecomunicación-UPM

José Ramón Tapia Merino

Profesor de la ETSI Telecomunicación-UPM

Ricardo Gassent Balaguer

Oboísta. Director de la Sociedad Filarmónica Madrid-Berlín


Ángel Carrascosa Almazán
Editor del Teatro Real de Madrid

Consuelo Díez Fernández

Compositora. Asesora Musical de la CAM

Miguel Ángel Gómez Martínez

Director de orquesta

Juan Antonio Llorente López

Periodista Musical de el diario "El País"

Carlos Joaquín de Matesanz y San Juan
Periodista Musical. Cadena COPE

HorarioLUNES 14 DE JULIO
10:00 - 12:00 Presentación
Los instrumentos (I): Familias orquestales. Instrumentos de cuerda: violín, viola, violonchelo y contrabajo

Carlos Joaquín de Matesanz y San Juan
12:00 - 12:30 Café
12:30 - 14:30 Los instrumentos (II): Instrumentos de viento. Familia de viento-madera (flauta, oboe, clarinete, fagot, saxofón e instrumentos relacionados). Familia de viento-metal (trompa, trompeta, trombón y tuba)
Ricardo Gassent Balaguer
14:30 - 16:30 Comida
16:30 - 18:30 Los instrumentos (III): Familia de percusión. Instrumentos mixtos. La orquesta al completo: audición y análisis de la Guía orquestal para la juventud (Benjamin Britten), y Bolero (Maurice Ravel)
Pedro Machado de Castro

HorarioMARTES 15 DE JULIO
10:00 - 12:00 La música de cámara: Orígenes y evolución de la música camerística. Conjuntos de cámara: dúos, tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, septetos, octetos y nonetos. La orquesta de cámara
Ángel Carrascosa Almazán
12:00 - 12:30 Café
12:30 - 14:30 La orquesta: El nacimiento de la orquesta. Desarrollo orquestal desde el Barroco hasta la actualidad. El director de orquesta.
Miguel Ángel Gómez Martínez
14:30 - 16:30 Comida
16:30 - 18:30 La voz: Clasificación de las voces. Voces femeninas: soprano, mezzosoprano y contralto. Voces masculinas: tenor, barítono y bajo. La voz de contratenor
José Ramón Tapia Merino

HorarioMIÉRCOLES 16 DE JULIO
10:00 - 12:00 Las formas musicales (I): Clasificación de las formas musicales. La forma sonata. La Sinfonía: su nacimiento y desarrollo
Consuelo Díez Fernández
12:00 - 12:30 Café
12:30 - 14:30 Las formas musicales (II): Formas vocales. Recitativo, aria y lied. Música profana y música sacra. Misa, Cantata, Oratorio y Pasión
Guillermo Cisneros Pérez
14:30 - 16:30 Comida
16:30 - 18:30 La ópera (I): El nacimiento de la ópera. Su desarrollo en el Barroco, el Clasicismo, el Romanticismo y el siglo XX
Juan Antonio Llorente López

HorarioJUEVES 17 DE JULIO
10:00 - 12:00 La ópera (II): La ópera en España
Juan Cambreleng Roca
12:00 - 12:30 Café
12:30 - 14:30 La danza Elementos de la danza. El ballet: su nacimiento y desarrollo. La danza contemporánea
Víctor Manuel Burell López
14:30 - 16:30 Comida
16:30 - 17:30 Acto de Clausura y entrega de diplomas

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La llamada de Sigfrido está interpretada por la trompista sueca Annamia Eriksson, de la Royal Opera de Estocolmo.

En la ópera de Wagner del mismo nombre, Sigfrido, el héroe que no conoce el miedo, llega a la cueva del dragón Fafner al amanecer. Mientras el guerrero espera que el dragón aparezca, ve un ave reposando sobre un árbol. Sigfrido juguetea con el animal e intenta reproducir su cántico utilizando una flauta, pero le resulta imposible. Luego el héroe toca una balada utilizando su cuerno, lo cual acaba por despertar a Fafner. Después de una breve charla Sigfrido y Fafner luchan. Sigfrido hiere mortalmente a Fafner en el corazón con la legendaria espada Nothung y se apodera del anillo.

La trompa es un instrumento perteneciente a la familia de viento-metal. Es un tubo enrollado en forma circular que mide unos 35 cm. de diámetro. En la parte superior tiene la boquilla y las palancas y un extremo muy acampanado o pabellón en la inferior. La parte central la ocupan tres o cuatro válvulas giratorias, que se manejan con la mano izquierda. El instrumento suele ser de latón y en ocasiones se platea o se niquela, aunque a veces existen trompas hechas de plata alemana o de cobre. Las orquestas sinfónicas cuentan con una sección de trompas con cuatro o más intérpretes. También se utiliza en bandas y en conjuntos de música de cámara, como los quintetos de viento y de metal.

La trompa más común es un instrumento doble en Fa/Si bemol que incorpora una trompa en Fa de una longitud aproximada de 3'65 m. junto a una trompa contralto, en Si bemol, de unos 2'75 m. El instrumento se alarga o se acorta por medio de una válvula que maneja el pulgar de la mano izquierda. Tres válvulas dobles en la mano izquierda aportan a ambas trompas las habituales longitudes de tubo adicional. También existen trompas simples en Fa. Lo que se encuentra con menos frecuencia en el extranjero aunque sí en España son los instrumentos contralto en Si bemol.

La trompa en Fa/Si bemol es la única superviviente de un tipo prestigioso de instrumentos de metal largos concebidos para tocar normalmente en la tercera octava o en notas más agudas de la serie armónica. Sus longitudes de tubo y sus fundamentales (tonos más graves) son las mismas que las de la tuba en Fa (trompa en Fa) y el trombón en Sib (trompa en Si bemol). Pero debido a su taladro más reducido y a su boquilla mucho más pequeña se toca en los registros de tenor y de contralto.

Aunque pequeña, la boquilla de la trompa es larga y tiene forma de cono. El tubo principal del instrumento es también cónico en su mayor extensión. El sonido de la trompa es terso, lírico y suave en su tesitura escrita más característica de Fa2 a Fa4 (que suena una quinta más grave, Sib1 a Sib3), más intenso pero gradualmente más fino en las notas más agudas de una dificultad cada vez mayor hasta y por encima del Do5 (escrito), y cada vez más gutural en las notas extraordinariamente graves hasta el Do2 y por debajo de él. En resumen, el registro de una trompa doble Fa/Sib se extiende en sonidos ficticios escritos desde el Do de la 2ª línea adicional inferior de la clave de Fa en cuarta hasta más allá de un Do de la 2ª línea adicional superior de la clave de Sol.

La trompa se sostiene con la mano derecha en el interior del pabellón. Cerrando parcialmente la entrada del pabellón se baja la afinación; si se abre por completo, se sube, lo que otorga al intérprete un cierto control sobre las notas que puedan estar desafinadas. Si se cierra por completo la abertura con la mano, se produce un sonido asordinado o apagado (Al., gestopft; Fr., sons bouchés; Ing., stopped; It. chiuso), es decir, las llamadas notas tapadas, que se especifican a veces en la notación musical por medio del signo + y que requieren una modificación de la digitación. También se puede obtener mediante este método un sonido de timbre metálico requerido por ciertos autores. El efecto puede conseguirse también con una sordina que dependiendo de qué tipo sea, puede o no requerir una alteración de la digitación.


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viernes, 11 de julio de 2008


Natalie Dessay es una de las mejores sopranos ligeras con coloratura de nuestros días. El aria de la muñeca Olympia (Les oiseaux dans la charmille) la pone a prueba.

El libreto de "Los Cuentos de Hoffmann" es una adaptación de Jules Barbier y Michel Carré de varios relatos cortos. Consta de tres actos, en los que se narran distintos episodios amorosos del escritor Ernst T.A. Hoffmann. El primero está protagonizado por una muñeca mecánica, el segundo por la víctima del conjuro de un mago, y el tercero por una enferma moribunda. La ópera comienza con un prólogo ambientado en una taberna.

El texto está basado en una obra que el propio Barbier y Michel Carrè habían escrito sobre cuentos del poeta alemán E.T.A. Hoffmann. Se estrenó en París el 10 de febrero de 1881.

Offenbach murió antes de terminar su obra. Ernest Giraud (1837-1892) emprendió su orquestación y también le añadió los recitativos, de manera semejante a lo que hizo con "Carmen" de Bizet. Ahora bien, en épocas recientes se ha manifestado en los teatros de ópera una tendencia a eliminar los recitativos y a sustituirlos por diálogos hablados, como era la intención de Offenbach. Por otra parte, aunque se vienen dando los tres actos en el orden Olympia-Giulietta-Antonia, la intención de Offenbach fue, como queda claro por las referencias en el prólogo y en el epílogo, que la última fuese Giulietta. En varias ocasiones se ha representado de este modo, en este argumento sigue este orden.

Idealmente, las tres intérpretes, que no son sino diferentes encarnaciones de los amores de Hoffmann, deberían ser interpretadas por la misma cantante, lo que no siempre ha ocurrido Pero es normal, en los mismos supuestos dramáticos, que los cuatro papeles de "villano" (Lindorf, Coppelius, Miracle y Dapertutto) sean interpretados por el mismo barítono, ya que los cuatro son encarnaciones diferentes del mismo genio del mal que en cada ocasión frustran a Hoffmann. Algunos otros papeles pueden ser doblados.

En el Acto I, en París, el físico e inventor Spalanzani se jacta de su "hija", Olympia. Hoffmann, que ha sido discípulo de Spalanzani y está prendado de Olympia, entra en la sala. Spalanzani, después de haber dado órdenes a su sirviente, Cochenille, deja solo a Hoffmann, quien atisba a través de una cortina y ve a Olympia, aparentemente dormida. Arrobado, canta: "Ah! vivre deux!" ("Ah! Vivir los dos"). Entra ahora Nicklaus y dice a Hoffmann que el único interés de Spalanzani es la ciencia y que construye muñecas que parecen vivientes: "Une poupée aux yeux d'émail" ("Una muñeca con los ojos de esmalte").

Pero Hoffmann se niega a creer lo que le dicen. Entra Coppelius, un inventor rival de Spalanzani, y canta acerca de sus objetos científicos y vende a Hoffmann un par de "ojos" mágicos a través de los cuales Olympia parece aún más maravillosa. Regresa Spalanzani, y, sin ser oído por Hoffmann, Coppelius le reclama la parte que le corresponde de lo que Spalanzani ha ganado 0 gane con Olympia, pues los ojos los hizo Coppelius. Spalanzani paga a Coppelius con un cheque librado contra un banquero que está en bancarrota.

Llegan ahora los invitados para la presentación de Olympia. Nicklaus y Hoffmann esperan ansiosamente ver a la bella muchacha, que pronto es presentada por Spalanzani para admiración de todos, especialmente de Hoffmann. Spalanzani anuncia que Olympia va a cantar con acompañamiento de arpa. Canta entonces un aria coloratura, "Les oiseaux dans la charmille" ("Los pájaros en la enramada"), pero hay un momento en medio de la canción en que Spalanzani tiene que acercarse presurosamente a Olympia para dar cuerda al mecanismo. Hoffmann, entusiasmado y sin darse cuenta de lo que es Olympia, quiere invitarla a cenar, pero el inventor pretexta una excusa. Se marchan los invitados y Hoffmann, a solas con Olympia, le canta amorosamente; cuando toca su hombro, recibe una respuesta mecánica. Por fin, él toma su mano; ella se levanta, se mueve en varias direcciones y sale rápidamente de allí, con la consternación consiguiente de Hoffmann. Entra Nicklaus y trata de hacer saber a Hoffmann la verdad sobre Olympia, pero Hoffmann se niega a escucharlo.

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Introducción. Lo que se ve y se oye en un teatro de ópera. Lo que se ve pero no se oye en un teatro de ópera. Lo que no se ve ni se oye en un teatro de ópera. Algunas de las óperas más representativas.

http://aam.blogcindario.com/ficheros/opera.pdf 


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jueves, 10 de julio de 2008


Nina Stemme, soprano
Ópera del Estado de Viena
Seiji Ozawa, director

En los Siglos XVI y XVII, época de arriesgadas expediciones por desconocidos mares, comenzaron a proliferar narraciones acerca de los desesperados y a veces infructuosos intentos de los navegantes por superar los duros embates de la naturaleza en alta mar. Con el andar de los tiempos surgieron cuentos y leyendas de aceptación universal y en países como Alemania esta tradición llegó a conocerse bajo el nombre de la Leyenda del Holandés Errante. Y así, en 1831, el escritor germano Heinrich Heine publicó su obra “Memorias del Señor de Schnabelewopsky”, en cuyo séptimo capítulo narra una versión de la referida leyenda.

Richard Wagner había nacido en 1813 y a la edad de 20 años ya daba los primeros pasos de su carrera profesional, como director de coro de Würzburg, Paralelamente a estas labores trabajó en algunos teatros de poca exigencia, donde se inició en la ópera, género que marcaría con mucha intensidad su labor creativa.

La primera ópera que escribió Wagner fue “Las hadas”, compuesta en 1834 pero no estrenada hasta 1888. La segunda fue “La prohibición de amar”, compuesta y estrenada en 1836.

Una estancia en París que Richard Wagner conocierae l estilo francés de la “Grand Opéra”.Bajo esos cánones, regidos por la grandilocuencia, como sucedía con las óperas de Meyerbeer, el gran triunfador en París en aquella época y hoy poco menos que olvidado, Wagner concibió “Rienzi” su tercera ópera, estrenada en Dresde en 1842.

Wagner había conocido la leyenda del holandés errante a mediados de 1838. Atraído por completo por ese relato que trataba sobre el tema de la redención a través de la muerte –recurrente en toda su producción para la escena lírica– el compositor avanzó con celeridad en el que sería su cuarto título. Para ésta, y para todas sus óperas, el propio Wagner redactó el libreto.

Respecto a porqué esta ópera se conocería luego con dos títulos es conveniente aclarar que “El holandés errante” resulta mucho más apropiado que "El buque fantasma". Cuando Richard Wagner tuvo listo el libreto, presentó al Teatro de la Opera de París el proyecto de montar una ópera denominada “El buque fantasma”. La dirección del teatro aceptó la idea, pero derivó la tarea musical a otro compositor llamado Pierre Louis Philippe Dietsh, pactando con Wagner el pago de una suma con lo cual éste cedía los derechos autorales de su libreto, comprometiéndose con ello a no asumir por su parte una posterior puesta en música de ese texto.

Así entonces, esa ópera de Dietsch, titulada “El buque fantasma” (Le vaisseau fantôme) fue estrenada en París en noviembre de 1842. Pero Richard Wagner rompería después su compromiso, pues el tema de su libreto ejercía sobre él una intensa seducción. Sobre ese mismo texto ya utilizado por Ditesch, Wagner emprendió entonces la composición de su propia ópera, la que, para hacer la diferencia con “El buque fantasma” de Dietsh, procedió a titular “El holandés errante”.

Originalmente Wagner concibió la ópera en un solo gran acto, pero luego la abrió a tres, no existiendo hoy en día completo acuerdo respecto a si se debe representar de una u otra forma. Ciertamente es más fácil optar por la versión en tres actos, dadas las comodidades que ofrece a los intérpretes y al público.

Con posterioridad al estreno el compositor revisó la partitura, básicamente en sus aspectos orquestales. A una revisión de 1846, siguió otras en 1852 y luego otra en 1860, con cambios en la obertura.  Quedando aquellas tres primeras óperas wagnerianas ya citadas en una suerte de segundo plano, “El holandés errante” es considerado como el gran punto de partida de la producción de este compositor, seguido luego por obras escénico-musicales tan importantes como “Tannhäuser” (1845), “Lohengrin” (1859), “Tristán e Isolda” (1865) la tetralogía de “El anillo del Nibelungo” (1869 a 1876), “Los maestros cantores” (1868), y su última ópera, “Parsifal” (1882).

Las óperas de Wagner se suelen estructurar musicalmente mediante la superposición de temas o células musicales asociadas a personajes, situaciones o ideas, que es lo que se conoce como "leitmotivs" o motivos conductores. En el caso de "El holandés errante" esta utilización es muy clara. Hay un "leitmotiv" o tema para el holandés que se rememora cada vez que aparece en escena o cada vez que su sombra planea sobre ella. Otro simboliza el viaje eterno del Holandés. Otro más, para la idea de la redención. Otro aún para la de la fidelidad. También los hay para los marineros de Daland, para la tempestad marina, para el destino del holandés y Senta, así como un buen número más que ahorraremos para no marear.


ARGUMENTO

“El holandés errante” se desarrolla en tres actos en la costa de Noruega en tiempos no precisados.

Acto I

Al mando de Daland, su capitán, un barco noruego llega, tras una violenta tempestad, a las abruptas costas de Noruega, cerca de su puerto de arribo original. Dejando a un timonel a cargo de la nave, Daland y los marineros bajan a tierra en busca de descanso. El timonel trata de permanecer despierto, pero finalmente el sueño lo vence.

Se acerca ahora un barco fantasma, con velas de color rojo sangre y mástiles negros. Se coloca al costado del otro barco, causando la inquietud del timonel noruego.

El capitán del barco fantasma, que no es otro que el legendario "Holandés errante", salta a tierra y narra la terrible maldición que pesa sobre él. En una ocasión, rodeando el Cabo de Buena Esperanza, durante una terrible tormenta, invocó la ayuda del Diablo para salir de ella, y en consecuencia, su destino es navegar incesantemente hasta el Día del Juicio Final, a menos que encuentre el amor duradero de una mujer que le sea fiel hasta la muerte. Por ello, cada siete años, como ahora está sucediendo, puede volver a tierra y buscar la mujer que le redima.

Daland vuelve a su barco y despierta al timonel, quien le muestra el barco fantasma, donde domina un silencio espectral. Daland se junta con el Holandés. Éste le relata su tormento, le pide su amistad y que le acoja en su casa, que está muy cerca de allí, ofreciéndole a cambio unas magníficas joyas.

El Holandés se informa que Daland tiene una hija y le solicita su permiso para hacerla su esposa a lo cual el padre da su consentimiento. Daland se muestra contento ante la perspectiva de grandes riquezas y el Holandés ante la posibilidad de encontrar por fin la paz de su alma.

Entre tanto, la tormenta ha amainado y el timonel anuncia un favorable viento del sur. Daland y sus marineros levan anclas y ponen rumbo a su puerto de destino, mientras que el Holandés promete seguirlos tan pronto como su tripulación haya descansado. Los noruegos cantan jubilosamente, mientras su nave se pone en movimiento.

Acto II

En la casa de Daland, su hija Senta, la nodriza María y unas amigas trabajan en sus ruecas. Solamente Senta no está hilando, pues su preocupación se centra en un cuadro en la pared que representa al Holandés errante. Maria la regaña por su ociosidad, y las amigas bromean por su interés en el Holandés, ya que ella tiene como pretendiente a Erik, un joven cazador.

Senta pide a Maria que le cuente el relato del Holandés, a lo que la anciana se niega. Senta canta entonces una balada sobre la maldición y la esperanza de redención.

Finalmente a Senta le asalta la idea de que ella podría ser la mujer que salvara al Holandés. Esto espanta a los presentes, incluido Erik, que acaba de entrar y ha escuchado la balada de Senta.

Erik anuncia que el barco de Daland está entrando a puerto. Salen las mujeres y Senta queda a solas con Erik, quien le pide que le prometa fidelidad, pero ésta rehuye responder y sólo manifiesta su deseo de salir en busca de su padre.

Senta habla a Erik de su compasión por el Holandés. Se siente profundamente preocupada y cuenta el sueño que ha tenido, en el cual vio a su padre que llegaba con el Holandés, y vio también cómo ella y el marino errante se abrazaban y se marchaban juntos. Termina diciendo que está segura de que su destino le lleva a salvar al Holandés, lo que provoca la desesperación de Erik.

Sola en escena, Senta canta delicadamente el estribillo de su balada. Se abre entonces la puerta y llega su padre, acompañado del Holandés. Los ojos de Senta se clavan en los del marinero. Daland se siente desconcertado al ver que su hija no corre a abrazarlo, como solía hacerlo. Después, hace un elogio del huésped, pidiendo a Senta que lo reciba con afecto y que consienta en ser su esposa. El Holandés y Senta siguen mirándose fijamente y embelesados, en un silencio expresivo. Daland, perplejo, se marcha, dejando solos a Senta y al Holandés. Éstos, como fuera del mundo, apenas pueden creerse que sus sueños van a poder cumplirse y aparece en ellos un mutuo amor.

Cuando Daland regresa, muestra su satisfacción al ver que su hija ha aceptado al Holandés como futuro esposo y que podrá anunciar el compromiso en una fiesta.

Acto III

En la bahía aparecen los dos navíos. El del Holandés, envuelto en una quietud espectral y el de Daland lleno de luces, bajo las cuales los marineros cantan y bailan con entusiasmo.

Las jóvenes noruegas llegan con alimentos y bebidas. Piensan hacer también partícipes de ello a los marineros del silencioso barco holandés, pero no obtienen respuesta alguna a sus llamadas, que repiten una y otra vez, cada vez más alto.

Finalmente, se sienten llenas de miedo, especialmente cuando los marinos noruegos sugieren jocosamente que este barco recuerda el del legendario Holandés errante.

Cuando los marineros noruegos han comido y bebido se acercan al barco holandés. De él aparece de repente una siniestra llamarada azul; la espectral tripulación vuelve a la vida, entonando un salvaje coro, mientras los vientos silban y el mar se encrespa alrededor del navío. Los marineros noruegos, confusos y asustados, reanudan sus cantos. Finalmente, pensando que aquello pueda ser cosa del diablo, hacen la señal de la cruz y se alejan, ante las carcajadas espectrales de la tripulación del barco fantasma.

La calma renace en el momento preciso en que Senta sale de su casa, seguida por Erik, muy agitado, reprochándole su conducta y pidiéndole que recuerde la promesa de eterno amor le hizo y que ella recuerda con terror.

Se acerca ahora el Holandés, en quien Erik reconoce al hombre de los sueños de Senta, cuyo rostro era el mismo del cuadro colgado en la pared. El holandés escucha la conversación entre el cazador y la muchacha y cree que Senta no es sincera con él, e inmediatamente determina hacerse de nuevo a la mar.

Cuando el Holandés la recrimina por su supuesta deslealtad, ella le pide que se quede, mientras Erik ruega a Senta que deje que el Holandés se marche.

Antes de partir, el Holandés comienza a decir a Senta quién es él; ella le responde que ya lo sabía y que intenta salvarle de la terrible maldición. Ante Daland, los marineros noruegos y las muchachas, que han salido rápidamente, proclama su identidad como el Holandés errante. Entretanto, su tripulación se prepara para zarpar. Se sube al barco e inicia su salida. Senta entonces, se sube a un acantilado, llama al Holandés y después se arroja al mar. En ese instante, el barco fantasma es tragado por un tremendo remolino. En la luz del atardecer, los espíritus de Senta y del Holandés errante surgen de los restos del barco naufragado y suben a lo alto.


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Maurice André, trompeta

La llamada trompeta "natural" o barroca fue el instrumento para el que escribieron Claudio Monteverdi, Jean-Baptiste Lully, Henry Purcell, Johann Sebastian Bach o Georg Friedrich Haendel. Se trataba de una trompeta vaciada en metal y de forma moderna (sección cilíndrica hasta el pabellón que se ensancha progresivamente), pero que debido a la escasa presión del aire no podía emitir nada más que los armónicos naturales del sonido fundamental. Ello venía determinado por la longitud del tubo (que, teóricamente, debería ser 2,34 m).

En la Alemania del siglo XVIII la trompeta natural estaba afinada en Do, más corrientemente en Re y sólo en ocasiones en Fa. Su sonoridad clara y penetrante, brillantísima, perfectamente adaptada a las interpretaciones al aire libre, hizo que se pasaran por alto sus limitaciones técnicas,  por lo que hay muchos pasajes que, aún tocados en modelos de válvulas, siguen pareciendo de una dificultad increíble. Las trompetas naturales que se tocaban en conjunto en las fanfarrias eran idénticas, es decir, todas ellas estaban en la misma tonalidad.El músico que tocaba la voz superior utilizaba una embocadura más pequeña para facilitar la producción de notas sobreagudas. La actual trompeta de caballería es una trompeta natural.

El proceso que permite dotar a la trompeta de un cromatismo capaz de eliminar los inconvenientes presentados por las trompetas naturales comienza a finales del Barroco. Son numerosos los intentos realizados al respecto: tonillos o piezas de recambio, trompeta de tapadera, trompeta de correderas o de varas y por último la aplicación gradual de pistones.

Las piezas de recambio permitieron durante algún tiempo obtener diferentes tonalidades al aplicarlas a la trompeta, pero a lo largo del siglo XVIII se siguió investigando para elevar los acordes de los metales por medio de llaves y agujeros. Fue Anton Weidinger investigador y virtuoso de la trompeta, que aplicó al instrumento las llaves, basándose en los mismos principios en los que se basa el sistema de llaves de Böhm para la flauta o el fagot. Esta trompeta constaba de 3 ó 4 llaves colocadas al costado y, gracias a ello, podía tocar todas las notas de la escala diatónica y cromática. Haydn y Hummel escribieron para Weidinger sus famosos conciertos. A pesar del éxito inicial, la trompeta de llaves no se impuso definitivamente. Fue usada durante algunos años por bandas militares de Austria y de Italia, a finales de los años 1920 prácticamente desapareció, siendo sustituida por la trompeta de pistones, aunque hoy día es frecuente encontrarla de nuevo en las orquestas alemanas.


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miércoles, 09 de julio de 2008


Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director

Cuando compuso Tristán e Isolda, Wagner no tenía ninguna intención de provocar una revolución musical. El hecho de que desarrollase para esta obra un nuevo lenguaje fue resultado de su necesidad de expresar estados de ánimo nunca antes descritos en la música o en el teatro. El objetivo de Wagner era describir un amor tan ardiente que se sacrificasen ante él todos los valores mundanos, no por capricho sino por la voracidad de su pasión, que lleva a Tristán e Isolda a traicionar al rey Marke, soberano de Tristán y prometido de Isolda, y conduce a los propios amantes a desear la muerte.
Para comunicar este estado, Wagner provocó en primer lugar una revolución en la armonía, llevando el cromatismo musical a extremos insospechados. Los compases iniciales del Preludio (que contienen el grupo de cuatro notas más analizado de la historia de la música) consiguen crear una atmósfera de tensión de la que parece no haber descanso. La primera frase, violonchelos ascendentes seguidos de acordes cuya resolución es ambigua -el famoso acorde Tristán- se repite tras un largo silencio, eliminando Wagner cualquier fundamento sobre el que podamos descansar, o tener expectativas de encontrar. Y así continúa durante toda la obra, de forma que nosotros, igual que sus personajes.

En el final de la ópera se produce la muerte de amor de Isolda (en alemán "Liebestod"), quien, al ver el cadáver de su amado se transtorna y tiene una visión en la que es reclamada por Tristán desde el otro mundo. Este fragmento suele interpretarse en las versiones en concierto sin el canto de la soprano: con la música al desnudo casi basta para alcanzar el éxtasis.


Waltraud Meier, soprano
Orquesta del Teatro Nacional de Múnich
Zubin Mehta, director



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Gonzalo ALONSO
Diario LA RAZÓN


Festival de El Escorial
Obras de Beethoven. Orquesta del Siglo XXVIII. Director musical: F. Brüggen. Teatro de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), 2-VI-2008.
El III Festival de El Escorial, que ha anticipado sus fechas a julio, se abrió con dos de las sinfonías más populares de Beethoven con Frans Brüggen (Amsterdam, 1934) y la Orquesta del Siglo XVIII, dentro de lo que será una integral a completar el año próximo. El público, que no llegó a llenar la sala, recibió con muestras de cariño al director holandés, cuya edad real es muy inferior a la que aparenta sobre el escenario. Él fundó en 1981 al conjunto que le acompañaba. Tantos años de colaboración se traducen en una plena compenetración.
Trompetas de época
La lectura de la Pastoral enfatizó su parte más plácida, cuidando el sonido hasta casi el preciosismo. Se escucharon con nitidez algunos pasajes, como la flauta al inicio, que habitualmente resultan inaudibles. Hasta las trompas de época vencieron su siempre arriesgada participación. Ayudó a ello la reducida formación de 45 músicos, siempre muy disciplinados y cohesionados. En la escena de la tormenta ya se percibió que a Brüggen le puede faltar un punto de impulso vital, lo que fue más marcado en una versión de la «Quinta» en la que se echó de menos parte de su ímpetu. Dentro de la actual programación sobresale una preciosa producción de Minghella para «Madama Butterfly», el único título operístico presente, así como las actuaciones de Daniel Harding con la Mahler Chamber Orchestra, las hermanas Labeque, la compañía de Aída Gómez, un concierto con Ainhoa Arteta e Ismael Jordi y una puesta en escena con marionetas para «El retablo de Maese Pedro».

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G. Pajares
Diario LA RAZÓN


Madrid- En una carta enviada ayer a la que ha tenido acceso este diario, la promotora de eventos musicales Promoconcert ha pedido la dimisión del director artístico del Auditorio Nacional, José Manuel López López, por «el daño profesional, de imagen y, por supuesto, económico, que ya ha infligido a la empresa», pendiente de que su programación para la temporada 2008-2009 sea aceptada. La misiva concluye en estos duros términos: «Teniendo en cuenta la muestra de brutalidad, premeditada planificación y alevosía contra Promoconcert por su parte, nuestra empresa solicita su dimisión para el elevado cargo que de forma tan impropia viene desarrollando hasta la fecha». La directora de la empresa aseguró a LA RAZÓN que «a estas alturas seguimos esperando, mientras otros tienen ya sus abonos en la calle. Aunque tuviéramos los contratos firmados el lunes no habría solución. Han ido a por nosotros a cuchillo, a barrernos. El perjuicio es inmenso», declara. Ante la pregunta de si Promoconcert va a emprender acciones legales la respuesta es clara: «Los abogados ya están estudiando el tema».

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Instalado en la memoria (Crítica publicada en mundoclasico.com)
Valencia, 14.06.2008. Palau de les Arts. R. Wagner: Siegfried, segunda jornada del festival escénico Der Ring des Nibelungen. Estreno: Bayreuth, Festspielhaus, 26 de agosto de 1876. Dirección escénica: Carlos Padrissa (La Fura dels Baus). Escenografía: Roland Olbeter. Videocreación: Franc Aleu. Vestuario multimedia: Chu Uroz. Iluminación: Peter van Praet. Leonid Zhakozhaev (Siegfried), Jennifer Wilson (Brünnhilde), Juha Uusitalo (el Caminante), Niklas Björling Rygert (Mime), Franz-Josef Kapellmann (Alberich), Catherine Wyn-Rogers (Erda), Stephen Milling (Fafner), Olga Peretiatko (Pájaro del Bosque). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Zubin Mehta

Rafael Díaz Gómez


Por aquellas cosas de la vida no me fue posible asistir el año pasado a las representaciones de El oro del Rin y de La valquiria que tuvieron lugar sobre el escenario del Palau de les Arts. No tengo, por lo tanto, argumentos propios para compararlas con el Sigfrido que las ha continuado. Sin embargo, lo que sí puedo hacer tras haber acudido a esta última cita es lamentar, aún con más fuerza, el habérmelas perdido, porque el espectáculo es, como poco, cautivador. Cuando de forma más o menos inconsciente distintos fragmentos de una función te asaltan la memoria incluso pasados varios días y no te limitas a guardar la versión en algún lugar de tu interior al que raramente regresarás alguna vez, buena señal. Así me ocurre con esta producción de la segunda jornada del Anillo.

En la puesta hay un constante e inteligente equilibrio entre lo explícito y lo metafórico; entre lo mecánico, lo humano y lo digital; entre el pasado y el presente (ese instante condenado a no ser sino futuro a la vez destructor y renovador); entre una narratividad escénica de avance implacable y una expresión musical que no se ve interferida por aquella. Quizá se espere más de algunos puntos culminantes, pero a cambio se consigue una constante atención, pues resulta muy difícil que el interés visual del espectador decaiga (al menos en una representación en vivo: me temo que mermará más de la cuenta su interés si se llega a comercializar algún día en dvd o en el formato que entonces nos hayan puesto de moda).



Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía

En lo musical Mehta realiza un trabajo notable, sobre todo en el segundo acto, pero sigue en su línea: su lectura es ordenada, clara, atenta a las voces y al escenario, capaz de persuadir a sus músicos, pero de algún modo rutinaria. Le falta ese puntito de magia o de flama que siempre esperamos de los mejores. De todas formas, el reto de haber afrontado con éxito y una formación nueva las tres cuartas partes de la Tetralogía es algo que merece todas las alabanzas. Y, por otra parte, es bien probable que se irá superando aún más holgadamente en las futuras revisiones del ciclo que al parecer se anuncian en el mismo teatro. El público, en cualquier caso, adora al director y él sabe hacer copartícipe de los vítores a los profesores de la orquesta haciendo que todos suban a las tablas a saludar. No se merecen menos: apenas un resbalón en tantas horas de música.



Momento del ensayo
Fotografía © 2008 by Tato Baeza. Palau de les Arts Reina Sofía

Tampoco hubo fisuras en el aspecto canoro. El papel protagonista lo defiende Leonid Zakhozhaev, el Sigfrido de Gergiev del año pasado. Podríamos decir que se acomoda a la versión de Mehta (y/o viceversa), es decir, tendente a lo lírico. Discreto como actor, de bello y homogéneo timbre y suficiente resistencia, al tenor ruso le falta la nobleza heroica para completar un personaje de manera plenamente satisfactoria. Pero, claro, puede que esos heldentenors antiguos que nos conserva el disco sean una ilusión, una recreación de nuestra memoria tan fantasmagórica como irrecuperable.

Jennifer Wilson es una Brunilda apabullante. Eso de despertarse cuando su enamorado lleva ya dos actos de peripecias le concede una ventaja que el pobre Zakhozhaev aguantó dignamente. Pero no es solo potencia. La norteamericana canta con considerable elegancia. Ella asumió el protagonismo del tercer acto hasta el punto de compensar el menor interés que suscitó entonces la escenografía.

Juha Uusitalo hace un Caminante noble, poco autoritario y bastante expresivo. Le falta rotundidad a sus graves (también, por cierto, a la Wilson) y algo de riqueza tímbrica, pero sin ninguna duda acierta con el perfil y el fondo del personaje.

Niklas Björling Rygert es un Mime que caracteriza satisfactoriamente su despreciable rol por la vía ligera y pelín chillona, mientras que su hermano escénico, Alberich, tiene en Franz-Josef Kapellmann un defensor excelente.

Pero mejor aún resulta el Fafner de Stephen Milling, un auténtico dragón de lujo, bastante más interesante que el artilugio mecánico y articulado de doce metros que la prensa señaló como uno de los atractivos más destacados de la versión.

Correcta, si acaso algo apurada en los agudos y no muy llena, la Erda Catherine Wyn-Rogers y muy hermosa la voz de Olga Peretiatko, Pájaro del Bosque al que la Fura hizo realmente volar de aquí para allá.

Para acabar, la mejor alabanza que quizá se le puede hacer a esta producción del Anillo es que ya se espera con ansia tanto su conclusión como su puesta completa en escena. Mientras tanto, frecuentamos en nuestra memoria, no importa que en particulares recreaciones, este estupendo Sigfrido.

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Danilo Rossi (solista), la Orquesta Filarmónica de la Scala y Riccardo Muti (director), interpretan uno de los escasos conciertos para este instrumento en el repertorio.

La música de este compositor, renovadora por tantos conceptos, entronca con las raíces primitivas y el folklore de su país. Bartók se dedicó en un principio a estudiar las canciones populares húngaras y rumanas. En 1934 asumió la dirección del Departamento de Música del Museo Etnológico de Budapest. Realizó varios viajes y visitó Estados Unidos, donde residió desde 1940 hasta su muerte.

Su producción musical es muy extensa. De ella cabe destacar las obras vocales "Escenas campesinas" y "Veinte canciones populares húngaras" (1929), además de las "Canciones Szekler" (1932), entre otras. Para instrumentos de cuerda, sus principales composiciones son dos sonatas para violín y piano (1921-1924), 44 dúos para dos violines (1931), una sonata para violín (1944) y su concierto nº 2 (1938). Para piano: "Allegro Bárbaro" (1911), "Al aire libre" (1926). Para piano y orquesta: sus tres conciertos (1926,1931,1945), la Suite nº 1 (1905), "Dos imágenes" (1910), la Suite nº 2 (1905-1907) y "Suite de danzas" (1923). Compuso además la "Música para cuerda, percusión y celesta"(1937), una ópera, "El castillo de Barbazul" (1911), en la que plasma el habla campesina y las melodías populares. Son conocidos también sus ballets "El príncipe de madera" (1916) y "El mandarín maravilloso" (1918-1919).

En su última época, el nacionalismo da paso a un virtuosismo instrumental que se permite los mayores atrevimientos formales. En 1940 Bartók emigró a Estados Unidos por razones políticas. Realizó investigaciones en la Universidad de Columbia (1940-1941) y enseñó música en la ciudad de Nueva York, donde vivió con serias dificultades económicas. La obra más popular de esta etapa es el "Concierto para orquesta" (1943). Murió de leucemia el 26 de septiembre de 1945 en Nueva York, dejando inacabado su concierto para viola, que finalmente fue completado en 1949 por Tibor Serly.

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martes, 08 de julio de 2008

En el Acto III, Rigoletto y su hija Gilda están a orillas del rio Mincio, cerca del cual se encuentra la posada de Sparafucile, asesino a sueldo contratado por Rigoletto para matar al Duque de Mantua... Rigoletto ha llevado hasta allí a su hija para convencerla de que el Duque le es infiel. Gilda observa por el ojo de la cerradura.

En el interior de la posada, el Duque pide habitación y vino a Sparafucile y canta su archifamosa aria "La donna è mobile...". Luego, Sparafucile sale al encuentro de Rigoletto, quién le dice que volverá mas tarde para trazar el plan definitivo.

Entretanto el Duque corteja a Maddalena, la posadera hermana y cómplice del asesino. Gilda sigue observando y queda horrorizada. Es el momento del cuarteto vocal "Bella figlia dell'amore", uno de los más bellos de toda la historia de la ópera, cantado aquí por la soprano Hei-Kyung Hong (Gilda), la mezzosoprano Jennifer Larmore (Maddalena), el tenor Joseph Calleja (Duque de Mantua) y el barítono Gerard Kim (Rigoletto). El director es Karel Mark Chichon, en el Korea Sejong Art Center (Hei-Kyung Hong&Friends Opera Gala Concert, 29-6-2004)

La pieza es de extrema dificultad para el tenor que canta siempre en su registro agudo. Es maravilloso como las voces acompañan
al final la melodía empastándose, fusionándose con ella y formando un todo.

El propio Victor Hugo, autor del drama "Le Roi s'amusse" en el que está basado el libreto, le manifestó a Verdi, tras asistir a una representación de su ópera, su "sana envidia" de poder lograr que cuatro personajes cantando a la vez manifestasen sus sentimientos contradictorios, algo imposible de lograr en el mundo del teatro.


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lunes, 07 de julio de 2008
Daniel Barenboim y la Orquesta Sinfónica de Chicago, en la Philharmonie de Colonia (Alemania)


Manuel de Falla
(Cádiz, 1876-Alta Gracia, Argentina, 1946)
Con Isaac Albéniz y Enrique Granados, Manuel de Falla es el tercero de los nombres que conforman la gran trilogía de la música nacionalista española. Falla fue también uno de los primeros compositores de esta tradición que, cultivando un estilo tan inequívocamente español como alejado del tópico, supo darse a conocer con éxito en toda Europa y América, y con ello superó el aislamiento y la supeditación a otras tradiciones a que la música hispana parecía condenada desde el siglo XVIII.

Falla nunca fue un compositor prolífico, pero sus creaciones, todas ellas de un asombroso grado de perfección, ocupan un lugar de privilegio en el repertorio. Recibió sus primeras lecciones musicales de su madre, una excelente pianista que, al advertir las innegables dotes de su hijo, no dudó en confiarlo a mejores profesores. Tras trabajar la armonía, el contrapunto y la composición en su Cádiz natal con Alejandro Odero y Enrique Broca, ingresó en el Conservatorio de Madrid, donde tuvo como maestros a José Tragó y Felipe Pedrell.

La influencia de este último sería decisiva en la conformación de su estética: fue él quien le abrió las puertas al conocimiento de la música autóctona española, que tanta importancia había de tener en su producción madura. Tras algunas zarzuelas, hoy perdidas u olvidadas, como "Los amores de Inés", los años de estudio en la capital española culminaron con la composición de la ópera "La vida breve", que se hizo acreedora del primer premio de un concurso convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Aunque las bases del concurso estipulaban que el trabajo ganador debía representarse en el Teatro Real de Madrid, Falla hubo de esperar ocho años para dar a conocer su partitura, y ello ni siquiera fue en Madrid, sino en Niza. Finalmente, la injusticia cometida con "La vida breve" quedó reparada en 1998, año en el que se reinauguró el coliseo madrileño como teatro de ópera, precisamente con la mencionada obra de Falla en el estreno.

Francia iba a ser la siguiente etapa de la formación del joven Falla. Afincado en París desde 1907, allí entró en relación con Debussy, Ravel, Dukas y Albéniz, cuya impronta es perceptible en sus composiciones de ese período, especialmente en "Noches en los jardines de España", obra en la que a pesar del innegable aroma español que presenta, está latente cierto impresionismo en la instrumentación.

La madurez creativa de Falla empieza con su regreso a España, en el año 1914. Es el momento en que compone sus obras más célebres: la pantomima "El amor brujo" y el ballet "El sombrero de tres picos "(éste compuesto para cumplimentar un encargo de los célebres Ballets Rusos de Serge Diaghilev), las "Siete canciones populares españolas" para voz y piano y la "Fantasía bética" para piano. Su estilo fue evolucionando a través de estas composiciones desde el nacionalismo folclorista que revelan estas primeras partituras, inspiradas en temas, melodías, ritmos y giros andaluces o castellanos, hasta un nacionalismo que buscaba su inspiración en la tradición musical del Siglo de Oro español y al que responden la ópera para marionetas "El retablo de maese Pedro", una de sus obras maestras, y el "Concierto para clave y cinco instrumentos". Mientras que en sus obras anteriores Falla hacía gala de una extensa paleta sonora, heredada directamente de la escuela francesa, en estas últimas composiciones su estilo fue haciéndose más austero y conciso, y de manera especial en el Concierto.

 El maestro pasó
los últimos veinte años de su vida trabajando en la que consideraba había de ser la obra de su vida, la cantata escénica "La Atlántida", sobre un poema del poeta catalán Jacint Verdaguer, que le había obsesionado desde su infancia y en el cual veía reflejadas todas sus preocupaciones filosóficas, religiosas y humanísticas. El estallido de la Guerra Civil española le obligó a buscar refugio en Argentina, donde le sorprendería la muerte sin que hubiera podido culminar su última obra. La tarea de finalizarla según los esbozos dejados por el maestro correspondió a su discípulo Ernesto Halffter.

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El ballet: Su técnica básica, su nacimiento y su desarrollo

http://aam.blogcindario.com/ficheros/ballet.pdf


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domingo, 06 de julio de 2008



Gundula Janowitz, soprano
Karl Böhm, director

Così fan tutte (Así hacen todas) es la tercera colaboración entre Mozart y Lorenzo da Ponte. Se trata de la más incomprendida de sus creaciones. No hay una densa trama dramática, ni personajes complejos en los que profundizar. Desde el punto de vista narrativo, Mozart se centra en la simetría de los personajes y de las situaciones, en un “juego de equilibrios narrativos y de correspondencias musicales”. En cuanto a la perspectiva musical es la más hermosa de sus últimas óperas, presenta “novedades en el tratamiento orquestal”, pues “logra aquí una nueva perfección sonora, etérea, transparente, enrarecida, que acompaña mórbidamente a la estilización descriptiva: acentuaciones discretas, matices, sobreentendidos en lugar de violentos subrayados de afectos” (A. Poggi).

Se trata de una obra que fascina por su “juego de simetrías, el encanto de sus arias, sus magníficas partes de conjunto y la melancolía de su final feliz”  (Luca Tutino). El tema elegido es el intercambio de parejas, que data del siglo XIII. Hubo importantes obras anteriores que trataban del asunto, como por ejemplo el Decamerón de Bocaccio, o Cymbelinne de Shakespeare.

La ópera se compuso para el carnaval de 1790, por encargo del emperador José II y se estrenó en el Burgtheater de Viena el 26 de enero de 1790. El éxito fue discreto. La muerte del emperador José II interrumpió las representaciones. Così fan tutte se representó sólo una decena de veces. La crítica tampoco la recibió con particular interés, pues parecía un retroceso respecto a las dos óperas anteriores, Las bodas de Fígaro y Don Giovanni. A lo largo del siglo XIX, la ópera fue rechazada por su argumento, considerado inmoral, sufriendo diversos recortes y modificaciones el libreto. Fue versionada varias veces al alemán. Sólo tras la Segunda guerra mundial recuperó su posición en el repertorio operístico.

Fiordiligi es un papel que requiere una soprano con una línea de canto y coloraturas maravillosas, además de centros espectaculares. Mozart se ensañó con este personaje, pues cantarlo es una verdadera gimnasia vocal, básicamente por su carácter. Por ejemplo, en el aria "Come scoglio" (Nº 14, Acto I, Escena III), se debe dar cuenta de una mujer muy enrabietada, como si fuera la reina del lugar, dejando claro que nadie podrá conquistarla, que es fiel a Guglielmo, su prometido. Dos albaneses, que en realidad son Guglielmo y Ferrando disfrazados, llegan a la casa de Fiordiligi y su hermana Dorabella acompañados por Don Alfonso. Los dos jóvenes  desempeñan el papel de pretendientes enamorados, pero Fiordiligi no quiere saber nada del asunto y, en su difícil aria, declara su fidelidad a su verdadero prometido ausente.

La voz tiene que reflejar ese enfado interno, con todos los acentos musicales que convierten a Fiordiligi en una soprano dramática, pero a la vez hay muchísimas coloraturas que se mezclan constantemente con la tensión del momento. Mantener este carácter fuerte es muy difícil; además la soprano debe pasar de octavas a décimas de manera muy rápida. La extensión va desde el La4 hasta el Do6.

La otra aria de Fiordiligi en esta ópera ("Per pietá, ben mio, perdona") muestra, al principio, el dolor y el sufrimiento de manera muy delicada, con pianísimos. Luego se da paso a una coloratura suave, que tiene que ver con el amor y el cariño. Tanto ésta como "Come scoglio" son obras maestras de la ópera y en ellas Mozart trata de parodiar a la trasnochada opera seria.


Texto

(Recitativo)
Temerari, sortite fuori di questo loco!  
E non profani     
l'alito infausto de gli infami    
detti nostro cor, nostro orecchio, 
e nostri affetti!  
Invan per voi, 
per glialtri invan si cerca  
le nostre alme sedur;
l'intata fede che per noi già 
si diede ai cari amanti  
sa prem loro serbar   
infino a morte,
a dispetto del mondo e della sorte.

(Aria)
Come scoglio immoto resta 
Contra i venti, e la tempesta,
Così ognor quest'alma è forte
Nella fede, e nell'amor.
Con noi nacque quella face
Che ci piace, e ci consola,
E potrà la morte sola 
Far che cangi affetto il cor.
Rispettate, anime ingrate
Questo esempio di constanza,
E una barbara speranza 
Non vi renda audaci ancor.


Enlace a la partitura  http://www.dlib.indiana.edu/variations/scores/baf7511/index.html


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Evelyn Glennie es posiblemente un ejemplo único de cómo el espíritu humano, cuando se llena de amor por algo creativo y positivo, puede vencer las realidades más adversas. Glennie es una prestigiosa percusionista que ha actuado con las mejores orquestas, bajo la dirección de grandes maestros y en compañía de extraordinarias figuras. Nada de esto sería inusitado, si no fuera porque Glennie padece una sordera progresiva.
Nana Vasoncelos, Kodo, Bela Fleck, Bjork, Bobby McFerrin, Sting, Kings Singers, el Coro del Tabernáculo Mormón, Murray Perahia y Fred Frith son algunas de las personalidades que han compartido cartelera con ella. Pero eso no es todo, Glennie, quien también compone y ya lleva dos décadas de exitosa carrera, ha obtenido numerosas distinciones, quince doctorados de distintas universidades, y especialmente, un Grammy, en 1989. Nada menos que por Best Chamber Music Performance obtenido por la grabación que hiciera con David Corkhill, Murray Perahia y Georg Solti de la Sonata para dos pianos y percusión, de Bartók.
Glennie nació el 19 de julio de 1965, en Aberdeen, Escocia, y su primera lengua fue el escocés propio de esa región. Glennie padece de una profunda sordera desde los 12 años; pero eso no le ha impedido ser una gran figura de la música. Su espíritu de lucha y su fe en el triunfo la llevaron con el tiempo a convertirse en la primera percusionista solista a tiempo completo en el mundo. Su padre tocaba el acordeón en una banda de folk y ella se inició en los instrumentos típicos de la región, estudiando más tarde en la Ellon Academy y en la Royal Academy of Music. En la actualidad, Glennie recorre el mundo dando muestras de su arte y su espíritu únicos. Más de 100 conciertos al año, además de master classes y actuaciones en escuelas de música. Además de lo que ella misma compone, encarga obras a otros creadores que suman ya 53 conciertos, 56 piezas para recital, 18 para concierto y dos obras para grupo de percusión. Es capaz de manejar en escena hasta 60 instrumentos y su colección privada de éstos suma unos 1,800. Además de su carrera, la percusionista impulsa obras de caridad para ayudar a los sordos, a los músicos jóvenes y a las personas incapacitadas. En 2004, Glennie se unió al prestigioso cineasta Thomas Riedelsheimer para crear el filme Touch the Sound. A Sound Journey with Evelyn Glennie, en el que a través de juegos de imágenes y sesiones musicales, que van de la improvisación en un restaurante con latas y palitos chinos a una sesión de grabación con el músico vanguardista Fred Frith, pretende cambiar nuestra manera de ver -más bien de sentir- el sonido.


Enlace a a la página oficial de Evelyn Glennie

http://www.evelyn.co.uk/homepage.htm

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sábado, 05 de julio de 2008





























Vĕc Makropulos (El caso Makropulos) fue estrenada en el Teatro Nacional de Brno el 18 de diciembre de 1926. Es uno de los títulos más sorprendentes y originales de toda la producción de Leoš Janácek. La obra, elaborada sobre un libreto propio, a partir de la comedia homónima de Karel Capek, fue definida por su autor como una “ópera histórica moderna”, y corresponde al periodo siguiente a la primera guerra mundial, en el que Janácek crea obras con violentos contrastes dramáticos y toques decididamente expresionistas. Gira en torno al personaje de Emilia Marty, una enigmática mujer de más de 350 años a la que un alquimista de la corte del emperador José II de Praga le confió el secreto de la inmortalidad, y en ella incluyó algunos de los rasgos principales de su amor de los últimos años de su vida, Kamila Stosslova, en la que también se había inspirado para los personajes de la zorrita Bystrouska o Katia Kabanova.

El Teatro Real prosigue su labor en torno a la obra de Leoš Janácek iniciada con La zorrita astuta, Osud (El destino) y Desde la casa de los muertos, con el estreno en Madrid de la penúltima ópera del compositor checo, en una nueva producción debida a uno de los nombres más interesantes del teatro actual, el polaco Krysztof Warlikowski, cuya lectura de Iphigénie en Tauride de Gluck en la Ópera de París ha supuesto una auténtica conmoción. La responsabilidad musical recaerá en las manos de todo un experto en la literatura operística del siglo XX, el británico Paul Daniel, a quien recordamos por su estupendo trabajo en L’upupa de Hans Werner Henze. La enigmática y fascinante Emilia Marty está a cargo de dos excelentes sopranos alemanas, Angela  Denoke (bien conocida en el Teatro Real tras sus éxitos en Tannhäuser y Wozzeck) y Anna Katharina Behnke (que fue una estupenda Marie en el Wozzeck de Manfred Gurlitt).

El enlace

http://www.elmundo.es/especiales/2008/05/cultura/dentro_del_camerino/index.html

muestra un vídeo con entrevista a la soprano Angela Denoke en el camerino del Teatro Real.

Resumen

El Doctor Kolenatý, abogado en el caso de Gregor versus Prus, resume a la cantante Emilia Marty las curiosas circunstancias del pleito: hace casi un siglo, el barón Prus falleció sin hacer testamento y, desde entonces, sus familiares directos y los Gregor –aferrados al rumor de que el noble cedió sus bienes en su lecho de muerte a alguien llamado “Mach Gregor”– pugnan por apoderarse de la herencia. Sabedora de algunos detalles del suceso, Emilia descubre al abogado la existencia de un testamento y un sobre sellado ocultos en casa de Prus. Este último documento despierta un interés obsesivo en la artista. El testamento existe, en efecto, y declara beneficiario de la herencia a alguien llamado “Ferdinand”. Aunque Emilia asegura que éste era el nombre del hijo de la también cantante Ellian MacGregor, Prus averigua que en los archivos de la ciudad figura otro Ferdinand, cuya madre era una mujer griega llamada Elina Makropulos. Aportando un documento falso, Emilia intenta apropiarse del misterioso sobre aparecido en casa del barón y lo consigue, al fin, seduciendo a Prus. Al descubrir la falsedad de su escrito, Kolenaty la amenaza con denunciarla a la policía. Por fin, la dama confiesa que, gracias al efecto de un elixir de la vida eterna ha vivido 337 años. Emilia Marty, Ellian MacGregor y Elina Makropulos son, al fin y al cabo, una misma mujer: la amante de Prus, la madre de Ferdinand y la tatarabuela de Gregor. El sobre sellado contiene la fórmula del elixir. Pero una vez que este secreto vuelve a estar en su poder, devorada por el hastío y la soledad, muere.


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Alicia de Larrocha, piano
Orquesta de la Suiza Italiana

Nicholas Carthy, director

El ultimo concierto para piano de Mozart fue terminado el 5 de enero de 1791. Se estrenó el 4 de marzo del mismo año en Viena.
Esta obra suele considerarse como un concierto de despedida. Alfred Einstein, por ejemplo, lo llamaba su "confesión... de que la vida había perdido atractivo para él". Einstein también menciona un "ánimo de resignación" y "las profundidades de la tristeza" y creía que la música del final de "jovialidad resignada... proviene de saber que esa es la última primavera"...

El biógrafo de Mozart Hugh Ottoway describe "una velada tristeza que está enmascarada como alegría". Sin negar las cualidades otoñales de esta música, uno no puede dejar de preguntarse qué habrían dicho los críticos de nuestros días sobre el K 595 si la salud de Mozart hubiera mejorado, si hubiera vivido otros cuarenta o cincuenta años, si hubiera compuesto otras veintena de conciertos para piano.

Aunque la historia a menudo repetida de que Mozart murió en la pobreza es una exageración, es verdad que su popularidad, y por lo tanto su capacidad para ganarse la vida, menguaron de modo sostenido durante sus últimos años. Si bien compuso doce conciertos para piano entre el 9 de febrero de 1784 y el 4 de diciembre de 1786, sólo escribió dos más en sus restantes cinco años de vida. Estaba perdiendo su público. La gente estaba cada vez menos dispuesta a pagar para oír a Mozart interpretar un nuevo concierto para piano. En la época de su última producción en este género, el K 595 en Si bemol, ya no podía afrontar dar un concierto entero por su cuenta. El último concierto para piano debió ser estrenado en una "academia" dada por el clarinetista Joseph Báhr. En un anuncio del concierto, a Mozart se le da el último lugar, después de Báhr y de un cantante.

¿Qué es lo que da al concierto K 595 su aura especial? Después de todo, está en Si bemol mayor, sin siquiera un movimiento lento en modo menor. Sin embargo, la mordacidad es inconfundible. El primer movimiento fija la tonalidad con sus ondulaciones de cuerdas en la apertura, que preceden al tema principal en un compás. Este comienzo es inhabitual en Mozart; la única otra obra suya en modo mayor que se inicia de tal manera es la Sinfonía en Sol menor, K 550.

Una vez que la música comienza con esa nota de inquietud, la intensidad se alterna repetidamente con la belleza. Es de observar, por ejemplo, cómo el nostálgico tema de la apertura es interrumpido dos veces por breves fanfarrias de los vientos. Los pasajes más felices son convencionales, casi impersonales: fanfarrias, arpegios y escalas rápidas por encima de las armonías simples. Esta música objetiva se ve permantentemente suplantada por una música más personal, caracterizada por las modulaciones distantes, las excursiones a modo menor, el cromatismo intenso y las discontinuidades.

El movimiento lento muestra una cualidad peculiar de las últimas obras de Mozart: la simplicidad (el Concierto para Clarinete es otro ejemplo principal de esto). El de Mozart es un arte sofisticado y la aparente simplicidad está verdaderamente basada en una sutileza considerable. El compositor ya no deseaba usar su habilidad artística de modo virtuoso, tal como lo hizo en el contrapunto de cinco partes de la Sinfonía Júpiter o en muchas fugas de sus primeras obras. Aquí la superficie es de apariencia directa y sin esfuerzo, los contrastes están minimizados. Pero la música tiene profundidad interior precisamente por la capacidad artística sofisticada que siempre permanece medio oculta.

El tema del Rondó del tercer movimiento (en el vídeo) le gustaba tanto a Mozart que lo usó en otra composición, la canción Sehnsucht nach dem Frühling ("Añorando la Primavera"), compuesta sólo unos pocos días después del concierto. El último movimiento tiene muchas de las cualidades de los dos primeros . Incluye dos cadenzas, ambas escritas por Mozart.


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viernes, 04 de julio de 2008


Teatro de la Monnai (Bruselas, 2002)

Nacido en Múnich, el tenor Jonas Kaufmann es uno de los mejores cantantes alemanes de los últimos 50 años. Ha actuado en los principales escenarios del mundo, como Berlín, Londres, París o Chicago y recientemente ha debutado en la Metropolitan Opera House de Nueva York encarnando a Alfredo en La Traviata. En la actualidad es una figura de la Ópera de Zúrich, a la que está ligado desde 2001. La principal característica de su voz es la versatilidad, aunque se siente más cómodo en los personajes de carácter heroico. Su repertorio va de Mozart a Wagner, pasando por Verdi, Puccini y Strauss, y suele interpretar roles muy emotivos como el Tamino de La Flauta Mágica y el Belmonte de El Rapto en el Serrallo, o solitarios, como el Fierrabras de Schubert o el Florestán de Fidelio. En el campo del recital es famoso por sus Dichterliebe de Schumann y Die Schöne Müllerin de Schubert y por las canciones de Richard Strauss, música que examina el amor, la pérdida y la vulnerabilidad masculina.


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Renée Fleming canta la sublime escena final de "Capriccio" (Ópera de París, 2004)


Strauss se reveló como un apóstol de la decadencia y el modernismo con "Salomé" (1905), una adaptación de la obra de Oscar Wilde. La ópera se prohibió en 1907 tras una sola función en la Metropolitan Opera de Nueva York. Cuando, a continuación, Strauss presentó "Elektra" (1909), la crítica afirmó que había logrado crear lo imposible: una obra todavía más ruidosa, violenta y depravada que "Salomé". La psicología freudiana presente en estas óperas, junto con su brevedad e impacto musical, las hizo no sólo escandalosas sino también oportunas, y tuvieron una gran influencia. Sin embargo, Strauss no volvió a mostrar interés por el género, y prosiguió con una romántica comedia de época, su ópera más popular, "Der Rosenkavalier" (1911), que ofendió a algunos con su picante sexualidad pero aplacó a la mayoría con sus dulces valses.
Con "Elektra", Strauss inauguró su larga colaboración con el poeta y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal. Mientras que "Elektra" era una adaptación de Sófocles, "Der Rosenkavalier" era original de Hofmannsthal, como también lo fue "Ariadne auf Naxos" (1912). Con "Die Frau ohne Schatten" (1919), los dos, tanto el libretista como el compositor, rebasaron su sentido de la proporción, pero al público le encantó esta obra gigantesca y cargada de simbolismo; fue el último gran éxito de Strauss en la escena. A "Arabella" (1933), última colaboración de ambos, se le achacó el parecerse demasiado a Rosenkavalier, pero resultó ser más que una mirada atrás: en el contexto de un emergente nazismo, la nostalgia irónica de Strauss tenía algo que decir sobre unos tiempos del mundo de habla germana que se desvanecían.
Strauss siguió escribiendo óperas durante la Segunda Guerra Mundial. La última de ellas, "Capriccio", estaba destinada a atraer sólo a los entendidos, lo que logró con gran éxito. El brillante libreto de Clemens Krauss, hecho a la medida de las virtudes y preocupaciones del compositor, explora la relación del artista con su arte. Como retrospectiva de la vida musical de Strauss, "Capriccio" muestra a un compositor que retrocede cada vez más, y no sólo al siglo anterior (de cuyos ideales él se había alimentado), sino a la época de Mozart, cuyas óperas había defendido siendo director en Berlín y Viena. Aunque Strauss escribió otras obras de despedida, como "Metamorphosen", para orquesta de cuerda, y los "Cuatro últimos lieder", para soprano y orquesta, "Capriccio" fue su deliberada y nada casual despedida de la escena.

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jueves, 03 de julio de 2008




Orquesta Filarmónica de Londres

Vladimir Jurowski, director

 

 

Alban Berg inició la composición de sus Tres Piezas para Orquesta en 1913. La obra fue terminada en 1915. Los dos primeros movimientos se ejecutaron por primera vez el 5 de junio de 1923 en Berlín, bajo la batuta de Anton Webern. Berg revisó la orquestación levemente en 1920. Johannes Schüler dirigió la primera ejecución completa, el 14 de abril de 1930. Varias influencias -el lirismo conmovedor de Schubert, la singular visión de Mahler, la disonancia libre de Schoenberg y los colores sensuales de Debussy- convergen para hacer de las Tres Piezas para Orquesta una obra de extraordinaria potencia y belleza.

Alban Berg tenía una relación particular con su maestro, Arnold Schoenberg. Éste era una década mayor y Berg lo reverenciaba. El compositor más joven aprendió mucho del mayor, pero el estudiante también fue víctima de lo que no podemos menos que llamar maltrato. Schoenberg era dictatorial, exigente y autoritario. Berg, que estaba lejos de tener la confianza en sí mismo que tenía su maestro, no escatimó esfuerzos para conservar la buena voluntad de Schoenberg respecto de él.

"Todo estudiante mío debe escribir una sinfonía", dijo una vez Schoenberg y así Berg, decidido a recuperar la aprobación de su anterior maestro, se puso a trabajar en una gran composición orquestal que iba a dedicar a Schoenberg en el cuadragésimo cumpleaños de este último. Berg escribió: "Usted mismo sabe, querido señor Schoenberg, que soy siempre consciente -no podría ser consciente de nada más- de ser el alumno que le obedece en todos los aspectos y que sabe que cualquier cosa que pudiera hacer en contra de sus deseos sería un error. Si en las últimas semanas he pensado tanto y tan intensamente en la sinfonía, es en gran medida porque deseaba ponerme al día con todo lo que hubiera escrito en el caso de haber seguido bajo su dirección si usted hubiera permanecido en Viena."

La obra, que en realidad no quedó terminada hasta que Schoenberg tenía casi 41 años, fue las Tres Piezas para Orquesta, Opus 6. Para el cuadragésimo cumpleaños de Schoenberg este recibió, en lugar de la sinfonía que de ninguna manera había exigido, una carta de disculpas del todavía poco prolífico Berg.

"Durante años ha sido mi secreto pero persistente deseo dedicarle algo a usted. Las obras compuestas bajo su supervisión... no sirven a tal propósito, ya que las recibí directamente de usted. Mí esperanza en el sentido de escribir algo más independiente y sin embargo tan bueno como esas primeras composiciones (algo que pudiera dedicarle con confianza, sin provocarle disgusto) a menudo se ha visto frustrada... No puedo decirle hoy si he tenido éxito o si el intento ha fracasado. De ser este último el caso, usted, en su paternal benevolencia, tendrá que aceptar de todas maneras la buena intención de esta obra. De verdad he procurado dar lo mejor de mí y seguir sus consejos. En esta empresa fue de inmensa ayuda la inolvidable experiencia de... el minucioso estudio de sus piezas orquestales, lo que también ha agudizado más y más mi autocrítica... Esta es la razón por la cual no he podido terminar a tiempo la partitura de la segunda de las tres piezas, Rondas, y el porqué de que haya tenido que dejarla para después, cuando probablemente esté en condiciones de cambiar en ella lo que no está bien,"

Schoenberg aparentemente nunca respondió a esta carta ni a la dedicatoria de la partitura completa que llegó un año más tarde.

Es difícil explicar adecuadamente la extraña relación entre estos dos grandes maestros de la música de principios del siglo XX. Schoenberg era un paranoico capaz de volverse en contra de su amigo más confiado a la menor provocación. Sin embargo, también creía profundamente en el genio de Berg y se veía a sí mismo como un maestro exigente encargado de moldear el talento de su colega más joven. Berg, por otra parte, era inseguro y parece haber medrado con las críticas de Schoenberg tanto como con sus enseñanzas. La interacción psicológica entre estos dos hombres fue compleja, tanto como lo fue su música. Lo interesante de esto es que no hubo verdadera influencia musical. Quizá lo que realmente fastidiaba a Schoenberg era que el estilo de Berg se parecía mucho más al de Debussy y al de Mahler que al suyo propio. Aunque Berg manifestó haber aprendido mucho de las Cinco Piezas para Orquesta, Opus 16, de Schoenberg, al escribir su propia obra, Tres Piezas, la música de Berg suena más próxima al mundo expresivo de la Sexta y Tercera Sinfonías de Mahler y por momentos al mundo armónico y orquestal del impresionismo francés.

Berg, Schoenberg y Webern a menudo han sido llamados la Segunda Escuela Vienesa (la Primera comprende a Haydn, Mozart y Beethoven). En los tiempos en que esta disonante y expresiva música era nueva, parecía una ruptura revolucionaria con el pasado. En la música de sus últimos tiempos, estos compositores usaron el método de composición dodecafónico para crear obras claramente relacionadas con la tradición: algunos ejemplos de esto son los Conciertos para Violín de Berg y de Schoenberg. A veces se sugiere que Schoenberg fue el innovador, que Berg relacionó los adelantos de Schoenberg con el pasado y que Webern los relacionó con el futuro. Hay algo de verdad en esta simplificación. Como lo señalara la biógrafa de Berg, Karen Monson, en las Tres Piezas, "Berg logró producir la obra que era tan necesaria pero que ni Schoenberg ni Webern habían sido capaces de hallar; la obra que marca el límite entre la corriente principal de fines del siglo XIX y principios del siglo XX y la fracción de avanzada denominada la Nueva Escuela Vienesa."

 

El lazo más fuerte con el pasado inmediato que encontramos en las Tres Piezas es con Mahler, un compositor al que Berg reverenció y que había muerto dos años antes de que Berg comenzara a escribir las Tres Piezas. Hay similitudes superficiales respecto de Mahler en algunas de las líneas melódicas de la Opus 6, la manera de orquestar, el tamaño de la orquesta (aunque el contrapunto de Berg es más denso, aun después de que la orquestación se afinó en la versión de 1929) y el uso de los golpes de martillo en el Final (que recuerdan el poderoso final de la Sexta Sinfonía de Mahler, de la cual Berg una vez dijo: "No hay sino una sola Sexta, a pesar de la Pastoral de Beethoven). La percusión en la apertura y el cierre de la primera pieza recuerda a la Tercera Sinfonía de Mahler y las figuras de vals estilizadas de la segunda pieza no se apartan mucho de los movimientos de tipo folclórico de varias de las sinfonías de Mahler. La pieza final, la marcha, está muy cerca de este compositor, con sus fanfarrias, sus redobles de tambor y sus ritmos de marcha.

El Preludio comienza con sonidos indefinidos de percusión suave. La sonoridad se hace más clara gradualmente y más focalizada, culminando en una bella melodía de violín. El movimiento continúa creciendo, llegando a su climax más alto en el medio. Entonces va muriendo gradualmente y termina como comenzó, sólo con la percusión. La forma de arco así creada sugiere el interés de Berg en los últimos años por los "retrógrados", música que es la misma cuando se la ejecuta de atrás para adelante.

Berg declaró que Rondas era un estudio para la Escena de la Posada de su ópera Wozzeck. La atmósfera del vals austríaco en ningún momento está lejos en este movimiento, lo que por momentos suena como un tratamiento surrealista del lenguaje de Johann Strauss.

La pieza final es tan larga como las otras dos juntas. Es una versión feroz y agitada de la marcha: densa, compleja y potente. El biógrafo de Berg, Mosco Carner, ve en este movimiento una relación no sólo con Mahler sino también con Schubert: "Ambos [Mahler y Berg] parecen haber interpretado la marcha como el símbolo de un destino inexorable y cruel, [pero] el primero en ver en el ritmo de la marcha la corporización de una idea poética, es decir, la vida como un interminable y triste deambular sobre la tierra, fue Schubert." Varias influencias -el lirismo conmovedor de Schubert, la singular visión de Mahler, la disonancia libre de Schoenberg y los colores sensuales de Debussy- convergen para hacer de las Tres Piezas para Orquesta de Berg una obra de extraordinaria potencia y belleza.


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ANALIZADOS CON UN ESCÁNER

El misterio de los Stradivarius, al descubierto 

El secreto está en la consistente densidad de los dos paneles de madera de su cuerpo

 

Un Stradivarius de 1714 subastado en 1998. (Foto: AP)

Un Stradivarius de 1714 subastado en 1998


Son los más deseados por los mejores violistas del mundo y los pocos ejemplares que llegan a las subastas alcanzan cifras récord. El sonido de los Stradivarius, los instrumentos que salieron de la mano del italiano Antonio Stradivari (1644-1737), es el más perfecto y ahora un grupo de científicos ha explicado el porqué.

El secreto está en la consistente densidad de los dos paneles utilizados para fabricar su cuerpo, según señala el diario británico 'The Independent'.

Los encargados del estudio, publicado por la Public Library of Science, compararon cinco violines antiguos realizados por Stradivari y por su contemporáneo y paisano Giuseppe Guarneri Del Gesu con siete modernos en un escáner médico capaz de detectar la densidad de la madera.

Se percataron de que la de los Stradivarius, mucho más homogénea, permiten producir notas musicales superiores.

"La vibración y la radiación del sonido de un violín lo determina la geometría del instrumento y las propiedades de la madera", explica el doctor Stoel, uno de los responsables del estudio.

El escáner empleado para el examen es el que normalmente usan los médicos para medir la densidad de la membrana de los pulmones, por lo que no se dañó ninguno de estos valiosos instrumentos.

Stradivari, probablemente el mejor luthier de todos los tiempos, junto a Guarneri Del Gesu, empezó a fabricar instrumentos en 1680 y estableció su taller en la ciudad italiana de Cremona. Allí permaneció hasta su muerte, a los 93 años.

Padre de 11 hijos, se calcula que el maestro realizó 1.100 piezas entre violisnes, cellos, violas y arpas, 650 de las cuales han llegado a nuestros días.

Su valor, si puede medirse en dinero, lo dan las cifras: en 2006, un violín llamado 'El martillo' fue subastado por Christie's por 3,54 millones de dólares (más de 2, 2 millones de euros al cambio actual).


Publicado por jrtapia @ 11:16  | Se dice, se comenta
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Marzelline - Jennifer Welch-Babidge, soprano
Leonore - Karita Mattila, soprano
Rocco - René Pape, bajo
Jaquino - Matthew Polenzani, tenor
Orquesta y Coro de la Metropolitan Opera de Nueva York
James Levine, director


La producción musical de Ludwig van Beethoven (1770 - 1827) es fundamentalmente sinfónica siendo Fidelio su única contribución al mundo de la Lírica. La obra es fundamental para el desarrollo de la ópera alemana, constituyendo un eslabón entre Mozart y Weber. Así la obra tiene forma de "Singspiel" (partes habladas y cantadas) pero la música es casi sinfónica y el argumento se aparta del género cómico para entrar de lleno en lo dramático.

El libreto consta de dos actos y su autor es Joseph von Sonnleithner empresario del Theater an der Wien, de Viena y está basado en una obra del francés Jean Nicolas Bouilly titulada "Leonora o el amor conyugal".

La obra se estrenó con el título de Leonora el 23 de mayo de 1805, en el Teatro de la Puerta Carintia de Viena, pero debido a las convulsiones que por aquellos días sufría la ciudad a causa de las guerras napoleónicas, no tuvo éxito. Este fracaso sería decisivo para la carrera del compositor en el mundo de la lírica, pues sería su primera y última obra. Únicamente Beethoven consintió en revisar la obra en 1806 y 1814, año que volvió a ser representada bajo el título definitivo de Fidelio, siendo los resultados mucho más satisfactorios.

Fidelio
relata el intento de Leonore de entrar en la prisión, disfrazada como un muchacho (Fidelio), para tratar de salvar a su marido Florestán, injustamente encarcelado por las intrigas políticas de Don Pizarro, el gobernador de la prisión de Sevilla que tiene como prisionero, sin causa justificada, a Florestán. No se atreve a matarlo, pero lo va debilitando día a día al reducirle la comida.

En el primer acto Marzelline, la hija de Rocco, canta alegre porque está enamorada de Fidelio, un ayudante que acaba de contratar su padre. Esta circunstancia enciende los celos de Jaquino, el joven portero de la prisión. Llega Fidelio con unas cadenas compradas a buen precio, lo que confirma a Rocco que desea a Fidelio como yerno. Ambos personajes hablan y de esta manera Fidelio se entera de que en la prisión hay ciertos calabozos muy profundos en donde a un prisionero cada día se le da menos ración de comida. Fidelio hace todo lo posible por entrar en esos calabozos.

En los alojamientos de Rocco, Marzelline está siendo cortejada por Jaquino, pero ella no le hace caso. Entra en escena Rocco, y después Fidelio. Pero el "muchacho", de quien se ha prendado Marzelline es realmente una mujer disfrazada. Fidelio (el nombre hace, por supuesto, alusión a fidelidad) es el nombre adoptado por Leonore, la esposa de Florestán, con el propósito, logrado en su primera parte, de entrar en la prisión y liberar a su esposo, injustamente encarcelado allí. Y se ve obligada por ello a aceptar el afecto de Marzelline, ya que no puede revelar su identidad.

Las voces de Rocco, Marzelline, Leonore y Jaquino se unen ahora en un esplendoroso cuarteto: "Mir ist so wunderbar" ("Es para mí tan maravilloso").


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miércoles, 02 de julio de 2008
 
 
 



El trombonista sueco Christian Lindberg pasa por ser el mejor solista del instrumento en la actualidad. Cada vez que toca en Madrid vienen varios autobuses de aficionados desde Valencia. Es algo excéntrico, pero sus conciertos son todo un espectáculo.

Este polifacético artista, que desde sus inicios en la década de los ochenta ha convertido el trombón en un instrumento solista más, tiene un talento que va mucho más allá de su faceta trombonística, pues también es un gran director y afamado compositor.

Como solista, su virtuosismo pleno de excelencias llega a todos los extremos imaginables: notas agudas en piano sostenido, graves más allá del registro del instrumento y ataques de todo tipo, picando, ligando siempre con alto contenido expresivo.

El trombón

Es un instrumento de viento metal que proviene de la trompeta primitiva importada de Egipto, la cual se construía de cobre, plata o asta, y más tarde en la Edad Media, de auricalco (aleación semejante al bronce), de donde se originó el nombre genérico de Oricalcos, dado antaño a los instrumentos metálicos de boquilla.

La antigua trompeta era de forma recta; en su extremo superior se ensanchaba en forma de campanas, a menudo representando la cabeza de un animal. Sufrió diversas transformaciones, y es de ella, y particularmente de la buccina (llamada Bausaun en el siglo XVI), que Riemann deriva el nombre en alemán del trombón: posaune

Por un cuadro del Perugino, conservado en el Escorial, puede establecerse que el trombón a vara era utilizado hacia fines del siglo XV. De cualquier modo no se poseen datos de la familia completa del trombón, sino a partir del siglo XVI.

El sacabuche, llamado en italiano tromba spezzata, en alemán zug-posaune, en inglés sackbut, y en francés trombone a coulisse, fue el primer instrumento de cobre que, mediante la vara móvil, dispuso de los armónicos en las siete posiciones, y por consiguiente de la escala cromática, tal como los actuales instrumentos a mecanismo, por lo cual fue considerado como el más perfecto instrumento de boquilla. En dicho instrumento, colocando la vara en siete puntos diferentes, o "posiciones", según el orden de la escala cromática descendente, se obtienen los sonidos armónicos correspondientes a cada una de las siete longitudes asumidas por la vara. Éstas, junto con la presión de aire que insufla el músico, determinan la altura del sonido de la nota que se emite.

Las varas del trombón no permiten grandes velocidades cuando se toca. Los autores clásicos han compuesto pocas obras para este instrumento como solista, que en el jazz se usa para los efectos de glissando (escala rápida entre dos notas). En la música orquestal se emplea habitualmente en grupos de dos o tres trombones.



La boquilla

Esta pieza pequeña y hueca, también llamada embocadura, se adapta al tubo del trombón para que el intérprete sople, de modo que los labios se apoyen en los bordes, vibren y produzcan el sonido primario. El trombón presenta una boquilla de copa con una forma más grande y más profunda que la de la trompeta, lo que determina su timbre (el modo característico de sonar).


Tipos de trombón

Este instrumento de viento se puede clasificar en función del sonido particular que emite, correspondiente a las notas y claves que le caracterizan:

Bajo: instrumento de tono más grave.

Tenor: trombón con sonido de altura media.

Soprano: alcanza una voz aguda.

Contralto: por debajo del de escala más alta.

Trombón barroco: presenta un tubo de diámetro interior estrecho y un pabellón ligeramente acampanado.

Trombón Buccin: el pabellón ascendente se remata con una cabeza de serpiente.

Trombón de varas simple: un mecanismo deslizante permite cambiar la altura de las notas.

Trombón de pistones: el sonido es distinto y exagera cualquier imprecisión en la entonación.


Publicado por jrtapia @ 18:00  | Inst. de viento metal
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Orquesta Filarmónica de Viena
Rafael Kubelik, director

“Porque la situación del mundo actual desde un punto de vista espiritual es débil, me acojo a la fuerza y escribo música poderosa”. Este es uno de las pocos comentarios filosóficos de Bruckner sobre su obra, escrito en el mismo año de la composición de su cuarta sinfonía. Hoy en día a pesar de los numerosos estudios musicológicos serios sigue siendo el organista de St. Florian un misterio por la ecuación imposible de resolver. En el caso de Bruckner su persona y biografía no dicen nada sobre su música y viceversa, su música no dice nada sobre la persona. Un hecho que no tiene mayor relevancia si se piensa que la música  de Bruckner revela una poderosa mirada dirigida hacia el interior y la conciencia de una misión, casi uno se atrevería a decir, apostolado de tenaz trayectoria.



La Cuarta Sinfonía cuenta con un largo proceso de desarrollo desde su original versión de 1874, pasando por su segunda escritura concluida entre los años 1878/80 y su última y definitiva versión de 1887/8 que se abrió paso en el repertorio gracias a las interpretaciones de Hans Richter, Gustav Mahler, Felix Weingartner y Artur Nikisch. El renacer de las interpretaciones del primer manuscrito en el sinfonismo de Bruckner es un fenómeno reciente en la recepción musical y ello gracias a la disponibilidad de la excelente edición crítica de Leopold Nowak. Téngase en cuenta que esta primera versión de la Cuarta sinfonía se publicó en 1975. Pero sobre todo fueron Eliahu Inbal con la Radio Sinfonie Orchester Frankfurt y después Michael Gielen los que contribuyeron decididamente al renacer de esta monolítica versión primitiva de la cuarta.

Los dos primeros tiempos contienen mucho del material temático elaborado en las siguientes versiones, si bien su desarrollo sinfónico y transiciones difieren en parte con la versión de 1887/8. Los dos últimos tiempos, el Scherzo y Finale , fueron reelaborados profundamente por Bruckner. Aquí se hace palpable una mayor brusquedad, con paradas abruptas y silencios repentinos en el discurso musical, el material sinfónico esta dispuesto a la manera de mónadas que toman distintas constelaciones. En su lectura Kubelik consigue mezclar las adecuadas dosis de dramatismo musical despertando al mismo tiempo esa energía primordial oculta en el primer Bruckner, desencadenando toda la fuerza vital de la partitura.

El Scherzo tiene como protagonista a la trompa y ella es el indicio que nos ayuda a comprender el sobrenombre de “Romántica” para esta sinfonía. Aquí oímos ecos de Oberon y de Der Freischütz. Es la gran alegoría del bosque alemán y el espíritu de la naturaleza en su eterno anhelo de unión con el todo. La trompa representa esa esencia de la música romántica, pero no está libre de ser objeto de varias metamorfosis que perduran hasta bien finalizado el siglo XIX. Es también portadora para los románticos de lo mágico y sobrenatural, es pues una mediadora entre el aquí y el más allá. Es también el alma de la orquesta que representa el deseo hacia lo absoluto y la trascendencia. Sobre la cuerda se alza un tema presentado por la trompa que será fijo y recurrente a lo largo del movimiento y que encontrará su replica en toda la orquesta. En la segunda sección se vuelve a un ritmo de ländler.


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martes, 01 de julio de 2008





Orquesta de París
Christoph Eschenbach, director

Esbozada en 1885 en Cassel, donde Mahler era segundo jefe de orquesta y terminada en su versión inicial (en dos partes y cinco movimientos) en 1888 en Leipzig, donde también ejercía de segundo director, la obra se estrenó en esta misma versión en 1889 en Budapest, donde Mahler dirigía la Opera. Después de otras audiciones en Hamburgo en 1893 y en Weimar en 1894, el estreno de la versión definitiva, en cuatro movimientos, tuvo lugar en Berlín el 16 de marzo de 1896. Todas las versiones fueron dirigidas por el propio compositor.

El título de la obra apareció por primera vez en Hamburgo en 1893 y era entonces Titán, poema sinfónico en forma de sinfonía. Así lo volvemos a encontrar en Weimar en 1894. Sobre una página de título añadida a un manuscrito en 1889-1893, se puede leer, por el contrario, Sinfonía Titán en cinco movimientos (dos partes). Mahler suprimió todo el título antes de la ejecución de 1896 en Berlín y nada de él reapareció ni durante la primera edición de la obra (1898) ni más tarde. El movimiento suprimido después de la audición de Weimar en 1894 era un Andante titulado Blumine (o Bluminenkapitel) y estaba emplazado entre los dos primeros movimientos actuales.

El título de Titán se refería, aunque Mahler lo haya negado después, a una novela escrita en 1797 por el escritor romántico alemán Johann Paul Richter, llamado Jean Paul (1763-1825). La novela Titán traza la vida de un héroe cuya única arma, frente a un mundo pernicioso, es una excepcional fuerza interior hecha a base de exaltación de la imaginación y de sueños puros. Sin duda Mahler reconoció los suyos propios en las aspiraciones de este héroe y su propio ideal artístico en el dramático y fantástico, irónico y cósmico a la vez de Jean Paul. En la medida en que la Primera sinfonía tiene una dimensión autobiográfica, hay que buscarla en las circunstancias de su composición (bajo el signo de la pasión que unía a Mahler a Madame von Weber, esposa del nieto del autor de Der Freischütz) y en sus largas citaciones de los Lieder eines fahrenden Gessellen (Canciones de un compañero errante), que Mahler había compuesto en 1884 en Cassel para una cantante a la que amaba, llamada Johanna Richter.

El primer movimiento comienza con una introducción misteriosa e inmóvil, marcada Langsam, schleppend  (lentamente, arrastrándose) y que indica inmediatamente que Mahler, orquestador nato, sabía valorar cada timbre: fanfarrias escritas no para trompas o trompetas, instrumentos que cualquiera podría esperar, sino para los clarinetes; ruidos de la naturaleza con llamadas del cuclillo en un intervalo no de tercera, como da el pájaro, sino de cuarta. El tiempo se anima poco a poco y de repente surge en los violonchelos una melodía acariciante idéntica a la del segundo de los Lieder eines fahrenden Gessellen (Iba yo esta mañana por el campo). El resto del movimiento, más allá de las variaciones de tiempo y de su riqueza temática, seguirá estando basado en esta melodía en el cuadro general de una forma sonata bastante libre. La reexposición y la coda, triunfales, son conducidas por dos fanfarrias de trompetas, próximas en el tiempo, pero de las de que sólo la segunda, que encuentra e impone definitivamente la tonalidad principal de Re mayor, fuerza la conclusión.


Publicado por jrtapia @ 8:00  | La Sinfonía
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