sábado, 09 de agosto de 2008
"Perpetuum Mobile" es una pieza de "Játékok" (Games), una serie de estudios para
piano en siete volúmenes realizada entre 1975 y 1993 por el compositor húngaro György Kurtag (1926). Este fragmento se compone únicamente de una serie de glissandi. Aquí es interpretado por el propio autor.
El nombre de György Kurtag (Lugoj,
Rumanía, 1926), alemán de residencia,
húngaro de cultura y rumano de nación,
se asocia siempre a la música de calidad,
a la “contemporánea” de prestigio,
bien insertada en la estética de nuestros
días. Y, sin embargo, es un autor poco
presente en los programas de concierto.
El lugar de nacimiento de Kurtág,
Lugoj, pertenecía al Imperio Austro-húngaro
y en 1918 se incorporó, con el nombre
de Lugoj, a Rumanía. En 1946 se instaló
en Budapest y en 1948 se nacionalizó
húngaro. En la Academia Ferenç Liszt
de Budapest terminó su formación
musical y allí desarrolló
su carrera de profesor. No de composición,
curiosamente, sino de piano y de música
de cámara. Su éxito en esa
faceta se mide por la fama de sus alumnos:
Zoltan Kocsis, András Schiff, el
Cuarteto Takács. Se ganó,
además, una gran reputación
como pianista formador de cantantes. En
1956, tras la revolución, Kurtág
decidió quedarse en Budapest y ahí
permaneció hasta 1993, cuando, dueño
ya de un enorme prestigio, se instaló
en Berlín, con estancias en París,
Viena y Amsterdam.
La biografía de Kurtág es un
buen ejemplo del carácter poligonal
del mosaico cultural europeo, donde conviven
fuertes raíces nacionales con una aspiración
constante de lo universal. Kurtág es
uno de los últimos miembros de aquella
generación asombrosa que tomó
el timón de la música europea
después de la Segunda Guerra Mundial.
Los italianos, que eran mayoría en
el grupo, han muerto ya todos. Bruno Maderna,
para muchos el más grande, se fue prematuramente.
Luego se fueron Luigi Nono, Franco Donatoni
y el gran Luciano Berio. También nos
han dejado Iannis Xenakis y Karlheinz Stockhausen,
con lo que Pierre Boulez se ha quedado un
poco solo.
Esta generación de brahmanes de la
modernidad musical tuvo también su
hornada oriental. En los años 50, vinieron
a Occidente desde más allá del
telón de acero algunos compositores
con ideas nuevas y potentes: los polacos Witold
Lutoslawski y Krzysztof Penderecki y los dos
“györgys” de la Transilvania húngara:
Ligeti y Kurtág. De esta acumulación
increíble de talento compositivo no
nos queda más que Boulez, Penderecki
y Kurtag, que ha cruzado no hace mucho la línea
de los 80 años.
En el revuelto mundo de la música contemporánea,
la figura de Kurtág no es sólo
un destacado punto de referencia generacional,
sino un símbolo viviente de las distintas
fuerzas, a veces opuestas, que la mueven.
La música de Kurtág tiene una
base estructural muy sólida pero, al
mismo tiempo, nos deja con la impresión
de que lo importante en ella no es tanto el
objeto musical cuanto el concepto creativo.
En otra vuelta de tuerca, la “conceptualidad”
de Kurtág se ve desmentida por una
búsqueda decidida de la belleza sonora.
Belleza que, a su vez, no puede ser entendida
a la manera tradicional. Pero la espiral sigue
girando y girando, porque pocos compositores
como Kurtág han sabido enraizar su
música tan decididamente en la tradición.
En toda la tradición, desde los polifonistas
antiguos hasta Bartók pasando por Juan
Sebastian Bach, a quien trascribe a menudo.
Kurtág ha mirado constantemente atrás,
pero no para volver, sino para dialogar con
el pasado desde el más riguroso presente.
El arte de Kurtág parece una invitación
constante a la contradicción, pero
aun en esto resulta contradictorio, porque
es difícil encontrar hoy un compositor
con tanta coherencia en su trayectoria creadora.
En palabras de Tomás Marco, la obra
de Kurtág “ha transitado siempre por
una vía sonora plena de ascetismo y
renuncia, una especie de esencialismo que
le ha llevado, por un lado a que su catálogo
no sea muy extenso y, por otro, a que algunas
de sus composiciones sean verdaderas work
in progress, abiertas, inacabadas y continuamente
ampliadas por nuevas piezas o derivaciones”.
Símbolo radical de su tiempo, Kurtág
es, por eso mismo, prototipo de artista.