sábado, 16 de agosto de 2008




Stacey Watton, contrabajo
Julian Rachlin & friends

El contrabajo es el único miembro de la sección de instrumentos de cuerda de la orquesta que no deriva en su totalidad del violín, sino de la combinación de instrumentos de la familia de las viola da gamba y del violín. Por ello, en la actualidad existen dos modelos de este instrumento. El contrabajo de hombros sesgados tiene la forma de la primitiva viola da gamba, y es un típico diseño alemán del siglo XVIII. El otro modelo, similar en su forma al violín, fue el preferido de los constructores italianos. Aún hoy se pueden encontrar en una misma orquesta instrumentos de uno y otro tipo.

El contrabajo es el instrumento de cuerda de mayor tamaño y, por tanto, el de sonido más profundo de esta familia. Por su gran altura (mide cerca de dos metros), antiguamente los ejecutantes lo tenían que tocar de pie para poder hacerlo cómodamente, aunque en la actualidad los contrabajistas suelen sentarse en el borde de un taburete.

 

A pesar de lo que se podría pensar, dadas las dimensiones del contrabajo, su arco es más corto que los de violines, violas o violonchelos, pues sólo mide entre 70 y 72 cm.

 

El contrabajo se afina por cuartas justas, lo que se debe a la gran separación entre las notas, consecuencia de su tamaño. Su sonido es una octava más grave que el del violonchelo. Sus cuerdas al aire son Mi, La, Re, Sol, pero en la octava grave. A veces se emplean contrabajos con cinco cuerdas; la quinta, que es la más grave, se utiliza para obtener el Do bajo.

 

Las cuerdas del contrabajo son tan largas y gruesas que las clavijas de madera empleadas en los otros instrumentos de cuerda no son lo bastante robustas para mantenerlas afinadas correctamente. Así pues, en el contrabajo se utilizan clavijeros metálicos.

El repertorio del contrabajo como solista o en la música de cámara es escaso, pero su función en la orquesta es de la máxima importancia, ya que el sonido de la sección de contrabajos constituye el soporte o cimiento armónico sobre el que se edifica todo el sonido orquestal.

 

La constante evolución de la música ha permitido que el contrabajo haya pasado de ser un instrumento fundamental en sus orígenes, pues era el que producía los sonidos más graves entre los instrumentos de cuerda, al olvido casi completo en ciertos períodos históricos, en los cuales otros instrumentos alcanzaron su esplendor. Finalmente su papel se ha consolidado como consecuencia de las necesidades musicales y expresivas de los compositores clásicos y románticos.

 

El empleo del contrabajo en la orquesta no se generalizó hasta principios de siglo XVII, momento en el que su función consistía en sonar a la octava inferior del violonchelo: su sonido potente se oía mejor que el de otros instrumentos de la época, como el clave. La aparición en el siglo XVIII de Monteclaire, Dragonetti, Dittersdorf, Hause, Kempfer, Hindle, en calidad de célebres intérpretes y compositores, junto al gran Bottesini y Gouffe, Nanni, o Prunner, en el siglo XIX, permitieron al contrabajo instalarse definitivamente en un panorama musical correcto.

 

En el siglo XX, intérpretes tan relevantes como Sergei Koussevitzky, Ludwig Streicher, Antonio García Araque y muchos otros han conseguido integrar al contrabajo en la élite de los instrumentos de concierto en calidad de solista, demostrando sus enormes posibilidades técnicas y expresivas.

El timbre del contrabajo es opaco, sombrío, algo brusco y seco en el agudo, pero muy profundo en los graves. Sin embargo posee cualidades líricas y gran dulzura en su cuerda de Sol. Es un instrumento insustituible para lograr efectos misteriosos, tenebrosos y también grotescos. La profundidad que caracteriza al contrabajo adquiere un matiz áspero al utilizar el arco, lo que ayuda a conseguir unos peculiares efectos sonoros de los que compositores de todas las épocas han sabido sacar buen partido -truenos, el pesado caminar de un elefante (El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns), situaciones misteriosas, inquietud (en la ópera Otello, de Giuseppe Verdi)-, pero el contrabajo también sirve para expresar dulzura y lirismo.

 

Existe una peculiaridad en la técnica de manejo del arco de contrabajo que lo distingue de los demás instrumentos de cuerda. Es un arco que puede empuñarse de la misma forma que el del violín (técnica del arco francés), o también puede sujetarse como el de la viola da gamba, es decir, con la palma de la mano vuelta hacia arriba. Esta última técnica fue popularizada por el austríaco Franz Simandl en el siglo XIX, por lo que se concoce como técnica del arco alemán.

 

Aunque no es lo más habitual en el repertorio clásico, el contrabajo también puede tocarse en pizzicato, técnica más propia del jazz que consiste en pulsar las cuerdas directamente, con las yemas de los dedos. Esta modalidad de interpretación produce notas más llenas, especialmente indicadas para sostener la sección rítmica de ciertas formaciones.


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