miércoles, 27 de agosto de 2008
Orquesta Filarmónica de Viena,
Leonard Bernstein, director
Gustav Mahler
(1860-1911) nació en Bohemia, pero vivió en
Viena la mayor parte de su vida. Su infancia estuvo marcada por la
enfermedad y muerte de varios de sus hermanos. Su familia, a pesar de
su judaismo, se encontró integrada dentro de la minoría germánica en
territorio eslavo. Luego estudió en Viena con Epstein, Fuchs y Krenn.
Tras dirigir orquestas de operetas, consiguió conquistar los escenarios
más importantes de Leipzig, Budapest y Hamburgo, llegando a dirigir el
teatro de ópera de Viena, donde era odiado por su origen, por su
inflexibilidad y genio. Después de un período extenso al frente de esa
institución, viajó a Estados Unidos para presentar algunas de las obras
maestras del repertorio wagneriano. Como compositor, fue uno de los
máximos exponentes de la sinfonía posromántica y autor de ciclos de
canciones de suprema calidad.
En las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de Ludwig van
Beethoven y Johannes Brahms así como de Richard Wagner y Anton
Bruckner. Mahler utilizó la música coral y vocal en la sinfonía de
forma similar a Beethoven en su Novena Sinfonía en Re menor, opus 125,
con textos de la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, consiguiendo
una unión musical y dramática como la que Wagner buscaba en sus dramas
musicales. Al igual que Wagner y Bruckner, Mahler utilizó amplios
recursos orquestales y su orquestación se anticipó al siglo XX en
cuanto a la búsqueda del color en los diferentes instrumentos, la
utilización de pequeñas combinaciones instrumentales y la inclusión de
algunos poco comunes como la mandolina y el armonio.
Su música es
siempre de tipo contrapuntístico. Para él la orquestación era una
herramienta para obtener la mayor claridad posible en las diferentes
líneas musicales. La obra de Mahler supone la máxima evolución de la
sinfonía romántica "Para mí", solía decir, "componer una sinfonía
equivale a un acto de creación del mundo". Sus sinfonías más breves (nº
1 y nº 4) tienen una duración de una hora y la más larga (la nº 3 en
seis movimientos) de más de hora y media, con un primer movimiento de
35 minutos. Al mismo tiempo, a principios del siglo XX, Jean Sibelius
también se replanteaba la forma musical de la sinfonía, aunque en
dirección opuesta: condensando y destilando la materia musical.
Con la misma libertad que permitió a Wagner y a Bruckner llevar
casi al límite el sistema tradicional de tonalidades y armonías, Mahler
se mantuvo dentro de este sistema, aunque alterando su premisa básica,
por lo que la mayor parte de sus sinfonías presentan esquemas tonales
progresivos que finalizan en una tonalidad diferente a la inicial.
Mahler se sitúa en el límite mismo de los recursos de la herencia
tradicional. Fue consciente de la desintegración de los valores
armónicos y formales que vivió. Las sinfonías de Mahler constituyen un
viaje psicológico, por lo general en forma de batalla titánica entre el
optimismo y la desesperación expresados de forma irónica. Esta mezcla
de alegría y desesperación, cuyo origen son tristes recuerdos de
infancia, fue identificada por Sigmund Freud como la faceta central del
carácter del compositor. Sin embargo, todas las sinfonías, excepto la
nº 6, finalizan en un ambiente de alegría o al menos de serena
resignación. Su música transmite en último término una mezcla de
vulnerabilidad humana y consumada musicalidad.