jueves, 28 de agosto de 2008
Wilhelm Furtwängler (Berlín, 1886; Baden-Baden, Alemania, 1954)
fue un director de orquesta y compositor alemán. Exponente de una manera
subjetiva e hiperexpresiva de entender la dirección orquestal, ha sido uno
de los directores que mejor ha sabido expresar la grandeza épica y la
emoción interiorizada de las grandes páginas del repertorio romántico y
tardorromántico germano, de los que fue un maestro indiscutible. Sus
versiones de Beethoven, Wagner, Bruckner o Richard Strauss, muchas de
ellas preservadas por el disco, superan el estadio de recreación para
convertirse en verdaderas creaciones.
Es necesario constatar que una obra musical -en mayor medida cuanto más
perfecta sea- sólo puede ser comprendida e interpretada de una manera,
la buena , derivada en cierto modo de un proceso interior,
que será de una forma o de otra según el pueblo y la época de la que
emane. En el caso concreto de la música alemana, las formas -en
particular las que podríamos denominar puras, como la fuga o la sonata,
y hasta cierto punto lo que llamamos drama musical-, provienen de "un
proceso, de un devenir psíquico". El problema esencial para el
traductor a sonidos de los pentagramas, el intérprete, puede llegar a
tener la evidencia del camino a seguir para que los elementos aislados
lleguen a reconstruir el todo. Ahí es preciso marcar la diferencia
entre el trabajo de un hábil mezclador y el artista que es capaz de
elaborar, de crear un todo orgánico que obedece las leyes de una lógica
rigurosa. Es lo que sucede con la ejecución, la recreación nueva de una
obra.
Furtwängler expresa esta cuestión de una manera muy bella: "Nadie lo ha
explicado mejor que Wagner en el episodio legendario en el que
Siegfried forja la espada. Es imposible, incluso al más hábil forjador,
soldar y mantener unidos los fragmentos de la espada rota. No es sino
reduciendo el todo a un verdadero magma y, para ser fiel a nuestra
imagen, volviendo a crear la situación primitiva, es decir, el caos que
precedía a la creación, y luego dándole forma al todo, que se podrá
reconstruir y verdaderamente recrear la obra en su forma original".
Pero, he ahí otra cuestión básica, ¿cómo sabrá el ejecutante que la
obra ha sido finalmente restituida en su forma acabada y definitiva? ¿Y
cómo llegará, partiendo de los detalles, de los fragmentos de la
espada, a elevarse a la concepción de un "todo" y del "acontecimiento
interior" del que ese "todo" es la imagen? ¿Cómo detectar que se está o
no ante la Buena interpretación? (Wilhelm Furtwängler: Musique et verbe . Recopilación de textos del maestro y de sus entrevistas de 1948 con Walter Abendroth. Albin Michel/Hachette. París, 1979).
Hijo de un reputado arqueólogo, Furtwängler se formó en su ciudad
natal. Después de transitar por diversos teatros de ópera de segunda
fila, en 1920 sucedió a Richard Strauss al frente de los conciertos
sinfónicos de la Ópera de Berlín. Dos años más tarde hizo lo propio con
Arthur Nikisch en la Gewandhaus de Leipzig y la Filarmónica de Berlín.
Su asociación con esta última formación llegaría a ser mítica y se
mantuvo intacta hasta la muerte del director, con una única y breve
interrupción después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Furtwängler,
acusado de colaboracionismo con el III Reich, fue sometido a un proceso
de desnazificación durante el cual se prohibieron sus actuaciones. Su
relación con el nazismo es precisamente uno de los puntos más
controvertidos de su biografía, ya que permaneció y trabajó durante ese
período en Alemania, pero ha de reconocerse que en más de una ocasión
se enfrentó a los jerarcas nacionalsocialistas para defender obras y
compositores condenados por el III Reich y salvó de una muerte segura a muchos judíos.