lunes, 01 de septiembre de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00




Elina Garanca en el Concurso de Cardiff (2001)

Como la mayoría de las óperas de Rossini, "La Cenerentola" también nació en circunstancias apresuradas. Tras el estreno de "El Barbero de Sevilla", Rossini había renovado su contrato con el empresario del teatro Della Valle de Roma para escribir una nueva ópera para el Carnaval. Sin embargo, a pocas semanas del estreno no estaba decidido ni el argumento. Tras descartar diversos proyectos, el libretista Jacopo Ferretti propuso utilizar el cuento de Perrault "La Cenicienta" y la idea recibió la aceptación del compositor. La ópera fue escrita a un ritmo apremiante. Como cuenta el libretista:
"En el día de Navidad Rossini recibió la introducción. La cavatina de don Magnífico, en el día de San Esteban; el dúo para tenor y soprano para el de San Juan. Al poco tiempo, escribí los versos en veintidós días y Rossini la música en veinticuatro..."
En la producción de Rossini, "La Cenerentola" representa el apogeo y al mismo tiempo la despedida de la opera bufa. Tal vez por ello el compositor juegue aquí con las reglas del género de manera tan descubierta, como un viejo cocinero que decide por fin revelar el secreto de sus recetas exitosas. Sin embargo, los ingredientes bufos empiezan a mezclarse con un sabor a realismo que preludia novedosos desarrollos. En sus personajes, Rossini ha concentrado su comprensión superior del ánimo humano. ¿Quién no ha encontrado alguna vez en su vida a un don Magnífico, a una Clorinda, a una Tisbe, a un Dandini? Creídos, crédulos, tontos, vanidosos, presumidos, listos: de personajes rossinianos está lleno el mundo.

En "La Cenerentola" existe una correspondencia perfecta entre virtuosismo y virtud. Angelina, la protagonista de la ópera (mezzosoprano), es la más buena y también la que más valiosamente canta. El compositor le reserva una parte vocal brillante y difícil, repleta de deslumbrantes ornamentaciones: ahí reside su superioridad sobre los demás personajes. Las hermanastras, en cambio, tienen un canto a menudo mecánico y gélido. Rossini es heredero de una tradición, la belcantista, en la que el canto es portador de una verdad que va más allá de las apariencias. El sirviente Dandini no deja de cantar buffo aunque esté disfrazado de príncipe; Don Ramiro no pierde la nobleza de su canto ni siquiera cuando se encuentra camuflado de escudero.

En "La Cenerentola" el compositor expresa su personal visión de la vida, su pesimismo teñido de dulce ironía. La comicidad no nace de la burla, sino más bien del desfase que se produce entre el desorden de la vida (sus imprevistos, sus trastornos) y el orden propio del elemento musical. Lo absurdo es el resultado de un exceso de simetría dentro de algo que es íntimamente caótico o, mejor dicho, según la acertada definición de Stendhal, «una locura organizada». En las piezas de conjunto, construidas como máquinas musicales que parecen proceder por sí solas y perfectamente aceitadas, los personajes rossinianos quedan como atrapados, víctimas de una fuerza superior e incontrolable que los dirige. Es la misma desorientación, la misma imposibilidad para dirigir o descifrar los acontecimientos que afectaba a una sociedad y un mundo empeñados en el difícil paso entre Ilustración y Romanticismo. Al final de su "Cenerentola" Rossini nos dice que la verdadera victoria del individuo consiste en la aceptación de la condición humana, de sus límites y sorpresas.

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