Luciano Pavarotti, tenor
Coro y Orquesta de la Metropolitan Opera House (N. York)
James Levine, director
La trama de Il Trovatore (El trovador) es tan compleja que ninguno de los sucesos importantes de la obra ocurre en escena. Es una ópera en la que todo transcurre en pasado y los protagonistas siempre lo reviven con los recuerdos trágicos de lo que ha sucedido. Ya, al iniciar la obra, Ferrando, el capitán del Conde de Luna, comienza a recapitular lo ocurrido hace de quince años. El militar hace memoria de una vieja gitana a quien descubrieron velando a un niño del viejo Conde de Luna. En el palacio acusaron a la mujer de hechicería y los tribunales la condenaron a la hoguera. Cuando se consumía por las llamas, su hija Azucena arrojó al niño a la hoguera como venganza. Cuando el fuego amainó y recogieron los cadáveres, el noble jamás reconoció al infante desfigurado como su propio hijo, antes, ordenó a sus subalternos y a su heredero a buscarlo por todo el reino.
El libreto de Salvatore Cammarano se considera como uno de los más absurdos de la historia de la ópera. La crítica siempre ha culpabilizado al poeta por las situaciones tan ilógicas que suceden en la escena. Aunque la trama parece confusa, en esta ópera no existen contradicciones en el argumento, ya que cada personaje rememora su pasado y, a través de los diversos números, se reconocen todos los aspectos de las situaciones excesivamente románticas.
El trovador tiene dos hilos conductores de la trama: la primera de ellas parte de Azucena que desea vengar la muerte de su madre. Por ello, rapta a Manrique -el futuro trovador-, el infante del Conde de Luna para arrojarlo en la hoguera pero, en medio de la muchedumbre y de su delirio, se confunde de criatura y tira hacia las llamas a su propio hijo.
El famoso hijo de la gitana, aquel héroe de la guerra de Aragón del siglo XIV, es el propio Manrique, hijo del Conde de Luna. Más que al propio trovador, Verdi quiso darle protagonismo especial a Azucena y discutió con Cammarano, ya que el libretista quería darle una escena de locura. El compositor se negó a ello, pues consideró que es ella la que mueve la trama de la ópera. A su juicio, crearle un número de este estilo, tan tradicional en el bel canto, era retroceder en el drama y no avanzar en los criterios escénicos y musicales de la lírica italiana. En cierta medida, es la gitana quien maneja la trama de la ópera, ya que en ella están los móviles del odio y la venganza. Sin embargo, se advierte la contradicción en la anciana, ya que no puede separar el amor que siente por su hijo adoptivo y el fuego interno del rencor ante los recuerdos de la muerte de su madre y el asesinato involuntario de su propio hijo.
En segundo lugar, la trama se vuelve más confusa, cuando Manrique asiste a un torneo caballeresco y vence a todos sus rivales, entre ellos, al joven Conde de Luna. Sin saber que son hermanos se detestan mutuamente, ya que son enemigos en la guerra. La situación se torna delicada cuando Leonora le entrega el premio al supuesto hijo de la gitana y quedan enamorados. No será fácil la relación, puesto que el trovador es enemigo de la Corona de Aragón y, por casualidades del destino, Leonora es amada en secreto por otro caballero.
Si el lector es avezado, presentirá que el otro admirador es el joven Conde de Luna. Ahora, además de enemigos en la guerra serán enemigos en el amor. Por obvias razones, Leonora trata de sellar la unión con el trovador, pero es cuando le avisan al joven que su madre ha sido detenida, él corre a salvarla. En la batalla cae en manos de su enemigo. La ópera termina con la venganza de Azucena. Finalmente, la gitana se reconcilia con la memoria de su madre y ve con gran dicha como sube Manrique al cadalso y le confiesa al conde, en ese instante, que el joven que ha muerto era, en verdad, su propio hermano.
La irregularidad en la trama de esta ópera es patente y con este "defecto", Giuseppe Verdi (1813-1901) creó una serie de melodías de compleja interpretación, con un ritmo vigoroso como nunca se había visto en la lírica italiana. Por ello, fue acusado de intentar acabar con el bel canto, y aunque en El trovador prima la música sobre las palabras, se observa ya un notable cambio compositivo en el autor.
En pocas óperas verdianas se presentan los cinco registros de la voz con tal prestancia y, a través de sus arias, dúos y concertantes, los cantantes deben entonar con gran precisión, pues el autor no renuncia a los adornos en la línea musical, sin contar con la fogosidad que deben poseer en su interpretación. Tal es la complejidad de su montaje, que Enrico Caruso famoso tenor del siglo XX, comentó que para poder llevarla a escena era necesario contar con los cinco mejores cantantes del mundo.
La interpretación de esta versión corre a cargo de Luciano Pavarotti. Aunque su voz era muy lírica para el papel, en especial en los intensos dúos con Azucena, aquí brinda al oyente uno de los does de pecho más largos en la historia del canto. En verdad, es una nota difícil que no está escrita en la partitura y que se canta en la cabaletta "Di quella pira". Es el momento más esperado de la ópera y el tenor italiano mantiene el fiato durante, aproximadamente, diez segundos.