Bien sabido es que la flauta nunca fue uno de los instrumentos
predilectos de Mozart, es más, ocurría todo lo contrario: la detestaba,
según lo confirma alguna de las cartas escritas a su padre. De ahí que
las obras que Mozart compuso para dicho instrumento fueran el resultado
de encargos más que de su propia voluntad. Sin embargo, el escaso gusto
que Mozart tenía por la flauta no resulta tan evidente en su música
para dicho instrumento, más bien, la música parece decir lo contrario.
Probablemente este aborrecimiento se intensificó por el hecho de haber
recibido el compositor demasiados encargos de música para flauta en el
corto lapso de tiempo transcurrido entre el invierno de 1777 y la
primavera de 1778. Precisamente, a finales del mes de marzo de ese año
Mozart viajó a París con su padre, el hábil músico-empresario Leopold
Mozart, y entre los encargos que se le hicieron estaba el del duque de
Guisnes de componer un concierto para flauta y arpa para ser
interpretado por él, un buen flautista aficionado, y su hija, una
excelente arpista, de acuerdo a las crónicas de la época. Se trata
prácticamente de una «composición de salón» llena de encanto en la que
Mozart demuestra su asimilación de las costumbres y los gustos de la
sociedad de un país extranjero. Aunque no es una de las obras maestras
de Mozart, el Concierto para flauta y arpa se ha convertido en una
página bastante popular.