jueves, 16 de octubre de 2008





Orquesta Filarmónica de Viena
Leonard Bernstein, director


Jean Sibelius esbozó su Séptima Sinfonía en 1918. Se puso a trabajar a fondo en ella durante un viaje a Italia, en marzo de 1923; la obra quedó terminada definitivamente el 2 de marzo de 1924. El compositor dirigió el estreno en Estocolmo, el 24 de marzo de 1924. 

La Sinfonía nº 7 en Do mayor, Op. 105 es una composición absolutamente sinfónica en un único movimiento que no se subdivide en secciones independientes. Se trata de una obra majestuosa, concentrada, muy integrada. Hay en ella elementos provenientes de la forma sonata y del rondó, pero tratar de que la Séptima encaje en los modelos sinfónicos tradicionales constituye un ejercicio estéril.

Sibelius nunca ha estado  considerado como un compositor con pretensiones innovadoras. Jamás se permitió los colores orquestales tan extravagantemente originales de Richard Strauss; nunca experimentó con nuevas armonías en la medida que lo hiciera Claude Debussy; no estuvo interesado en las disonancias cargadas de emotividad de Arnold Schoenberg ni en los collages masivos de Charles Ives; tampoco se sintió atraído por nuevos y agitados ritmos como le ocurriera a Igor Stravinsky. Sin embargo, Sibelius fue muy original a su manera, pues sus innovaciones han sido más sutiles que las de sus contemporáneos. Experimentó con la forma: utilizando  sonidos tradicionales, encontró nuevas formas de integrar composiciones a gran escala. Su interés en este nuevo medio de continuidad y desarrollo se manifiesta ya en la Segunda Sinfonía y alcanza su cénit en la Séptima.

En cierta ocasión Sibelius expuso sus ideas sobre la naturaleza de una sinfonía ante Gustav Mahler, otro compositor que trataba de redefinir la forma sinfónica. Años después del encuentro Sibelius refería que "el contacto entre nosotros quedó establecido durante algunos paseos en los que analizamos exhaustivamente, desde todos los ángulos, las grandes cuestiones de la música. Cuando hicimos referencia a la naturaleza de la sinfonía, yo dije que admiraba su estilo y la severidad de su forma y la profunda lógica que creaba una conexión interna entre todos los motivos. Esta había sido mi experiencia en el curso de mi trabajo creativo. La opinión de Mahler era exactamente la opuesta: '¡No! la sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo'."

La severidad, las restricciones, la lógica estructural fuertemente controlada de la Séptima Sinfonía de Sibelius (cualidades que son necesarias en una forma de un solo movimiento) son el opuesto estético del panorama extendido y visionario de la Tercera Sinfonía de Mahler, por ejemplo. Y estas dos sinfonías están igualmente alejadas de las formas clásicas de Mozart y Haydn.


Sibelius no iba desencaminado al hablar de una lógica interior de conexión motívica. En este sentido, su Séptima Sinfonía contiene varios motivos independientes, como la escala ascendente que abre la obra, que impregna toda la música. Estos motivos están sometidos a variación y desarrollo, pero rara vez se expanden hasta llegar a ser melodías completas. La única melodía directa es el poderoso solo de trombón que se escucha en tres momentos diferentes. En cada una de esas ocasiones la música está escrita magníficamente, con una textura contrapuntística que conduce a una maravillosa intensificación climática. Obsérvese que en su primera aparición, al poco de iniciarse la sinfonía, el sonido del trombón atraviesa toda la orquesta. Y obsérvese también  la música maravillosamente expansiva que toca ésta: después de algunas vacilaciones en lo tonal, la música alcanza por fin la tonalidad base de Do mayor, lo que produce una maravillosa sensación de estabilidad. En las apariciones subsiguientes del tema del trombón la creciente complejidad del contrapunto recuerda a la música de Giovanni Palestrina, compositor del siglo XVII a quien Sibelius admiraba enormemente y había estudiado con gran  atención.

La Séptima comienza y termina en una atmósfera sonora "religiosa" que en manos de Bernstein puede recordar a muchos oyentes el Adagio de Samuel Barber. A diferencia de lo que acontece con otras grandes versiones -como la de Barbirolli- no suena vitalista ni siquiera en el "Allegro molto moderato". El pesimismo de Bernstein parece que viera esta obra, de nuevo, como una despedida de la vida.
Publicado por jrtapia @ 8:00  | La Sinfonía
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