Gil Saham, violín
La familia de las cuerdas, compuesta en la primera mitad del siglo XVIII por el violín, violín “piccolo”, viola, viola da gamba, viola d'amore, violonchelo y contrabajo, eran el sostén armónico y melódico de la música del Barroco. Los instrumentos más graves cumplían la función de bajo continuo junto con el omnipresente teclado.
Bach, como todo músico del Barroco, basaba sus obras instrumentales en las cuerdas, siempre violonchelos y violones (el miembro más grave de la viola de gamba) o contrabajos (el miembro más grave de la familia de los violines) con la función de interpretar el bajo.
El violín, uno de los instrumentos nacidos en el Barroco, había tenido ya en la segunda mitad del siglo XVII italiano obras destacadas con el papel de solista, como los geniales ejemplos provenientes de Corelli o de Torelli, los primeros maestros de este recién nacido instrumento. Después vendría Vivaldi, que lo mejoraría y elevaría a otro nivel, haciendo del instrumento el rey de la época barroca.
Como en la música para teclado, la aportación de Johann Sebastian Bach en el campo de los instrumentos de cuerda supuso un antes y un después en la historia de esta familia instrumental, especialmente en el caso del violín y del violonchelo a solo.
Para el violín solo Bach escribió tres Sonatas y tres Partitas, numeradas como BWV 1001-1006. Escritas en Köthen en 1720, estas obras son uno de los ejemplos cumbres de este instrumento, donde una polifonía muy refinada, una gran factura técnica y un elevado virtuosismo componen pasajes memorables, como la Gavota en Rondó que nos ocupa.