Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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El batuta conversó con el Teatro Real, que le ha ofrecido la dirección musical
Es el director musical del momento y anda en boca de todos, aunque él sólo quiera concentrarse en sus pentagramas.
MADRID- Han sido cuatro los conciertos que ha celebrado Daniel Harding
esta semana en España (el último anoche), pero parece que lleve
meses entre nosotros desde que su nombre se baraja como candidato a
ocupar el foso del Teatro Real, tras la renuncia del maestro López
Cobos a prolongar su contrato más allá de 2010. El batuta nacido en
Oxford hace 33 años aterrizó el martes en Madrid. Pasadas las 15.30
pisó la sala de conciertos del Auditorio Nacional en vaqueros, camiseta
y sin apearse las gafas, para ensayar con la London Symphony. A las
19.30, la Sala Sinfónica le recibió junto a sus huestes. Entre los asistentes al concierto, Miguel Muñiz, director
general del Teatro Real, Antonio Moral, responsable artístico, y
Gregorio Marañón (que repitió ayer), presidente del patronato de la
Fundación Teatro Lírico. El ansiado encuentro entre el director inglés
y la cúpula del Real se produjo. La oferta no admite dudas: que Harding
se haga cargo del foso del Teatro Real. Sería éste el primer contacto
en persona, con el ofrecimiento de un contrato.
Empieza la cuenta atrás
A sus 33 años, la carrera de Harding se consolida. Algo vió en él
Simon Rattle cuando le ofreció la posibilidad de asistirle en la
Orquesta de la Ciudad de Birmingham en la temporada 1993-1994. Tenía
poco más de 20 años. Al poco tiempo se topó con su segundo valedor,
Abbado. Fue su asistente en Aix-en-Provence, entonces dirigido por
Stephane Lissner, que se convirtió en piedra angular en su carrera:
cuando éste inauguró su primera temporada como superintendente y
director artístico de La Scala ( 2005) fue Harding quien dirigió
«Idomeneo». La sombra de Lissner vuelve así a planear sobre el coliseo,
tras su salida antes de que se reinaugurase. No es extraño pensar,
entonces, que el propio Lissner hubiera recomendado a Marañón el nombre
de Daniel Harding. Si el superintendente de la Scala decidiera
renegociar su contrato para regresar a Madrid, el Real contaría así con
una pareja sólida, el joven cerca de su maestro, aunque quizá el sueldo
de Lissner sea un inconveniente para el Real (según algunas fuentes son
más de 370.000 euros lo que cobra al año). El Real desearía el sí de
Harding, cuyo caché, que rondaría los 12.000 euros cuando baja al foso,
podría elevarse hasta los 17.000 en que, según diversas fuentes,
estaría el del maestro López Cobos cada vez que dirige.
El bagaje de Harding en la dirección operística no llega a la
decena de títulos, sin embargo, su experiencia sinfónica posee más
cuerpo. Aún queda por saber cuándo se producirá el encuentro entre la
Sinfónica de Madrid (que ha de renovar contrato en 2009) y su futuro
titular, si las negociaciones entre las dos partes prosperan. La única
orquesta española a la que ha dirigido Harding hasta la fecha es la
Sinfónica de Galicia (con una «Cuarta» de Bruckner).
El gran comunicador de Oxford Rafael Banús
Existía una gran expectación ante la inauguración del ciclo de
Ibermúsica, por la London Symphony Orchestra y uno de sus principales
maestros invitados, Daniel Harding. No era la primera vez que el
director británico actuaba en Madrid, ni tampoco la primera ocasión en
que lo hacía con la prestigiosa agrupación, pero su candidatura como
aspirante al foso del Teatro Real aumentaba el interés de la velada. A
diferencia de los directores que basan su fuerza en la autoridad en el
podio, el artista busca ante todo la comunicatividad, con la claridad
de su gesto directo y su sonriente aire de estudiante de su Oxford
natal. Prescinde de la batuta para lograr mayor acercamiento a la
orquesta, con lo que sus versiones resultan enormemente naturales.
Prueba de fuego
Esto se hizo patente, sobre todo, en la magnífica traducción de la
«Música para cuerdas, percusión y celesta» de Bartók, verdadera prueba
de fuego para cualquier orquesta, y en la que la Sinfónica londinense
se empleó a fondo. Fue excelente la manera de establecer el misterio al
comienzo de la obra, el impulso rítmico del «Allegro» o la vivacidad
popular que imprimió al número final. La «Primera Sinfonía» de Brahms
recibió una visión bastante tradicional, a pesar de la curiosa
disposición de la plantilla y de algunas arbitrariedades de «tempo» en
el último movimiento. La obra del compositor hamburgués fue
evolucionando con fluidez y buen sentido cantable, aunque en el
«Andante sostenuto» hubiéramos deseado un mayor lirismo. Una lectura
mucho más compacta y, si se quiere, «tradicional», que la experimental
«Tercera» brindada hace unas semanas en esta misma sala por Gardiner,
de texturas más livianas.