Julia Fischer, violín
Niccolò Paganini nace en Génova hacia 1782. Su infancia transcurre bajo el duro sometimiento al estudio prolongado y diario del violín. Tras esta dedicación exclusiva al instrumento consigue dominarlo por entero: con tan sólo trece años alcanza una inmejorable técnica y brillantez que rebasa los límites del virtuosismo. Su carrera concertística es imparable, con una intensa actividad desarrollada en giras por toda Europa que eran vividas como verdaderos acontecimientos culturales. El efecto que causaba entre el público era tan asombroso que llegaba a impresionar no sólo a los melómanos sino también a los músicos ya consagrados de la época tales como Chopin, Schumann, Schubert o Liszt.
Al parecer no era únicamente su dominio técnico o interpretativo lo que sorprendía sino toda una serie de gestos y maneras que transformaban al violinista durante su actuación. Prueba de este magnetismo tan evidente era la puesta en escena que él mismo creaba para dar interés a sus peculiares recitales. Así, en este contexto, se halla la interesante cita de Heinrich Heinne (en "Noches Florentinas") que sirve para acercarse a la comprensión de este mito del violín: "los sonidos del violín se hicieron cada vez más tempestuosos y osados, en los ojos del espantoso intérprete brillaba un ansia de destrucción tan burlona, y sus delgados labios se movían de modo tan lúgubremente agitado, que parecía como si murmurara antiquísimas y malvadas palabras mágicas para conjurar la tempestad y desencadenar los espíritus malignos que yacen atrapados en las profundidades abismales del mar".
En relación a lo que supuso Paganini, hay que considerar muy especialmente su nueva visión del violín. A través del empleo de recursos técnicos y melódicos llenos de brío y energía, Paganini busca una imitación de la más amplia gama de sonidos naturales. Es decir, el fin es el Arte: con estos medios circenses de que a veces se sirve, intenta plasmar la esencia de su creación, de su verdad musical.
En 1849 este personaje legendario dice adiós al mundo, tras una larga enfermedad motivada por un problema de laringe.
Era tanta su personalidad creativa y artística, y tan descomunal su dominio del instrumento que se ha creído ver en él la imagen del mismísimo demonio. En torno a ello han circulado varias leyendas de carácter diabólico así como opiniones tan válidas como las del propio Goethe: "En Paganini se revela en grado extremo el demonismo".
Lo que sí es perfectamente demostrable, al margen de la mera opinión, es el sentido revolucionario con que irrumpe en el campo instrumental de la Historia de la Música, con todo lo que ello conlleva en el terreno interpretativo y emocional. Se podría establecer sin vacilar un antes y un después del violín con relación al músico italiano. Las salas de concierto vibraron con su calor humano. El público llegaba a conectar directamente con la música que emanaba de su relevante carisma y sentido musical. Entonces, la interpretación triunfaba plenamente en toda la extensión de su palabra produciendo en el oyente la catarsis.
En cuanto a su aportación al desarrollo de la técnica violinística, es bastante significativa, destacando su exploración en el campo de los armónicos, de las dobles cuerdas, pizzicatti de la mano izquierda, amplia paleta de staccatti y otras innovaciones que incluso van más allá de la escuela tradicional. En conclusión, Paganini desarrolló globalmente las posibilidades polifónicas de dicho instrumento.
Todos estos hallazgos se plasmaron en su interesante y valiosa producción. Así destacan sus famosos 24 Caprichos para violín solo Op.1, la integral de sus conciertos para violín y las diversas colecciones de sonatas donde el talento y el ingenio creativos del autor son patentes.