Heinrich Schiff, violonchelo
Cuarteto Alban Berg
El compositor austriaco Franz Schubert compuso en 1828, poco antes de
morir, este quinteto de cuerda para dos violonchelos, que
se encuentra entre las mejores obras de música de cámara. El hecho de que el quinto instrumento añadido a un
cuarteto normal de cuerda sea un segundo violonchelo, en lugar de una segunda
viola, pone de manifiesto los innumerables experimentos a que eran dados de los compositores del
siglo XIX.
Está estructurado en cuatro movimientos, según este orden:
I. Allegro ma non troppo
II. Adagio
III. Scherzo. Presto - Trio. Andante sostenuto
IV. Allegretto
La música instrumental de Schubert se puede dividir en dos períodos
bien diferenciados. El primero se extiende hasta 1820, y toda la
producción que a él corresponde puede ser catalogada como "Hausmusik",
es decir, “música para interiores domésticos” (no estrictamente música
de cámara, puesto que aquí caben también, si sus dimensiones lo
permiten, incluso sinfonías). El estilo de este primer período está
marcado por una estrecha adhesión a los modelos de Haydn y Mozart. La
obra que simboliza la culminación de este primer tramo de su itinerario
creativo es camerística –el Quinteto “De la trucha”, de 1819- pero también
hay que contar las primeras obras sinfónicas –al menos hasta la Sexta
Sinfonía en Do mayor-.
El segundo período arranca de 1820 y se extiende hasta la muerte
de compositor. A él pertenecen las obras más importantes: la Fantasía
“Wanderer” para piano (1822) -muy interpretada depués por quien sería
uno de los apóstoles de la música de Schubert: Franz Liszt-; la Sonata
en Do mayor para piano a cuatro manos, conocida como “Gran dúo” (1824);
las Sonatas para piano en La menor (op. 143 y op. 42), Re mayor y Sol
mayor; los Momentos musicales y los Impromptus. El último año, 1828, es
de tal fecundidad que algunos especialistas lo circunscriben por sí
solo como un tercer período. Como un otoño grávido, 1828 ofrece una
gloriosa muchedumbre de frutos: las tres últimas sonatas pianísticas,
la Fantasía en Fa menor para piano a cuatro manos, el Quinteto en Do
mayor con dos violonchelos y la Sinfonía en Do mayor “La grande”.
En poco más de treinta años de vida, Schubert alcanza a dejar una
herencia espiritual que se revelará fundamental para compositores como
Brahms, Bruckner y Mahler. Su originalidad es indiscutible, su potencia
lírica inigualada, y su ciencia y rigor arquitectónicos no son en modo
alguno inferiores a los de Beethoven, por mucho que Schumann y otros
–tan lúcidos por otra parte en destacar el valor del legado
schubertiano- señalaran en su generoso lirismo un rasgo feminoide que
tal vez lo invalidaba para enfrentar retos de mayor envergadura que los
de la miniatura o el lied.
La moderna musicología ha demostrado que no es así. Schubert, el
cantor poeta por antonomasia, el que tantas veces no necesitaba del
piano para componer, pues podía sentir crecer en su interior la música
al mismo tiempo que leía a Goethe, Schiller o Novalis, Schubert, aquél
por cuya sangre circula la esencia del melos vienés, no es un universo
más restringido que otros, sino simple y felicísimamente distinto.