viernes, 07 de noviembre de 2008








Anne-Sophie Mutter, violin

Lambert Orkis, piano

I.                       Allegro moderato

II.                     Andantino sostenuto

III.                  Rondeau. Allegro

A menudo se pierde de vista el hecho de que el niño prodigio que fue Mozart se exhibía, o más bien era exhibido, no sólo como clavecinista sino también como violinista. Para él este instrumento tampoco tenía secretos y no en vano su padre era un conocido practicante del violín y autor de uno de los mejores tratados para el instrumento escritos en su época. De esta manera el violín está en el centro de las preocupaciones mozartianas de la época aunque ocurre que, en un primer momento, sus sonatas primeras pertenecen a un género muy en boga en la época que es exactamente el contrario de la mentalidad posterior: se trata de sonatas para clavecín con acompañamiento de violín y no al revés ni tampoco obras equilibradas en el empleo de ambos instrumentos. De tal manera que las obras de ese género, que son nada menos que dieciséis, no se suelen contabilizar entre su producción violinística. Aún así y dejando aparte tales piezas e incluso los fragmentos finales de dos sonatas dedicadas a su esposa Constanza que han quedado incompletas, el número de sonatas para violín y teclado es nada menos que quince, empezando por la colección de seis que escribiera entre Mannheim y París en 1778 y que dedicó a la Princesa del Palatinado y que en el catálogo de Köchel van de la 301 a la 306. En el mismo año surgen otras cuatro sonatas que dedicará a su alumna, más dotada que agraciada, Josepha von Arhammer, de la que Mozart llegaría a escribir: “Es una criatura horrorosa pero toca de manera encantadora”. A esta serie pertenece la sonata que figura en el vídeo.

Por más que las sonatas de este ciclo, que Artaria publica en 1781, estén en su mayoría compuestas en Viena, la Sonata en Si bemol mayor K 378 se escribe en Salzburgo y, aunque sin duda fue esbozada antes, su composición parece que se adentra en los primeros meses de 1779. La sonata se abre con un allegro de carácter cantabile en el que triunfa abiertamente el Si bemol mayor de una manera pareja a como lo hace en una sonata para piano de la misma época e idéntica tonalidad (la K 333), pero en este caso ramificando el tema hasta en cuatro motivos. El que empieza en el tono de la dominante se muestra más escondido en la exposición y apenas si participa en el desarrollo pero, de manera insólita, sustituye al principal como motivo principal de la reexposición. No obstante, este Allegro moderato cierra de una manera totalmente ortodoxa lo que no es obstáculo para que Mozart muestre toda su extraordinaria inventiva y la seguridad de su trazo formal. Sigue un Andantino sostenuto y cantabile que se desarrolla un tanto al estilo de la música preclásica del estilo galante, aunque de repente se hace apasionado y vibrante en un ambiente mucho más cercano al Sturm und Drang antes de sosegarse en la coda. Es curiosa la manera en que los diseños alternan, casi con un movimiento pendular, entre los trinos y los pasajes en semicorcheas y cómo el piano adquiere una presencia que no sólo es estructural más allá del simple acompañamiento sino un empleo casi tímbrico del material armónico. El final es un Rondó brillante y sumamente alegre con esa falta de nubes que muchas músicas de Mozart tienen y que no es un reflejo de una objetividad inexpresiva, sino el triunfo de un oficio que transforma en fuerza vital el goce de lo que se sabe diseñado profesionalmente con la absoluta perfección de quien lleva la artesanía hasta el genio creativo.


Publicado por jrtapia @ 8:00  | Música de cámara
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios