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De los tres grandes sinfonistas que continuaron y culminaron el legado beethoveniano, Brahms, Bruckner y Mahler, los dos últimos sufrieron un destino similar en lo que se refiere a la difusión de su obra. Rechazados de forma visceral por su entorno durante mucho tiempo, que los tildaba de excesivos e incapaces de sostener sus gigantescas creaciones, casi todas sus sinfonías consiguieron ser estrenadas sólo varios años después de su composición. Igualmente, ambos obtuvieron el reconocimiento poco antes de morir, por alguna de sus últimas sinfonías (Mahler por la Octava y Bruckner por la Séptima) y tras su muerte se les confinó al olvido. Sólo a partir de los años setenta conseguiría el autor de "La canción de la tierra" ser restituido, poco a poco, al lugar que justamente le corresponde en el panteón de los genios de la música; de Bruckner, en cambio, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que aún no lo ocupa. Aunque popular en los países germánicos, parece cierta la leyenda de que el público de otras partes del mundo no experimenta gran entusiasmo cuando se anuncia alguna de sus obras en los programas de abono. En España, por ejemplo, no es infrecuente que cuando va a venir algún gran director de la talla de Lorin Maazel o Zubin Mehta se produzca cierta decepción al saberse que tienen intención de dirigir alguna sinfonía bruckneriana."
Otra vez con Bruckner -suele ser uno de los comentarios más habituales- ¿Pero por qué insisten en metérnoslo por las narices? ¡Con lo bien que estaría que dirigiesen alguna sinfonía de Brahms o de Mahler". Uno de los motivos de este desinterés es el concepto ampliamente extendido de que sus obras son demasiado largas y uniformes, imbuidas de un misticismo púmbleo, cuando no son meros pastiches wagnerianos. De hecho, esta pasión por Wagner fue la principal arma esgrimida durante muchos años por los incontables detractores que se dedicaron a desacreditarle en volúmenes de historia de la música, tildándole poco menos que de campesino simplón y poco ingenioso, convertido por casualidad al campo sinfónico. Curiosamente, hoy en día no se desacredita al autor de Tristán e Isolda por su densidad o no ser apto para todos los gustos, mientras que sí se continúa haciendo con Bruckner.
Por la demesura de sus dimensiones y por la profundidad de su visión, la Octava Sinfonía de Anton Bruckner es, de alguna forma, la cumbre de la sinfonía y el coronamiento y el epílogo de toda la aventura humana en el alba de un nuevo siglo (su Novena sinfonía va probablemente aún más allá y parace no pertenecer a este mundo).
Sus movimientos son:
1. Allegro moderato 2. Scherzo. Allegro moderato - Trio. Langsam 3. Adagio. Feierlich langsam, doch nicht schleppend 4. Finale. Feierlich, nicht schnell
Comenzada en 1884, nada más terminar la Séptima y tras la euforia de su éxito, la Sinfonía nº 8, en Do menor, tendrá una historia difícil. Terminada en un principio en 1887, pero rechazada por su discípulo Hermann Levi, quién sin embargo tuvo un papel determinante en el triunfo de la séptima (fue el director en el estreno). Levi no comprende la nueva obra y estuvo a punto de llevar a Bruckner, raramente tan satisfecho consigo mismo, al suicidio; en su espíritu la nueva partitura representaba un logro absoluto. Bruckner revisó la nueva obra durante dos años más. La sinfonía conoció un gran éxito en su estreno en Viena el 18 de diciembre de 1892 por la Orquesta Filármonica bajo la batuta de Hans Richter. Las criticas la calificaron incluso de sinfonía de las sinfonías o cumbre de la sinfonía romántica.