
Joseph Haydn, retrato de Thomas Hardy (1791)
Stefano Russomano
ABC de las Artes y las letras
Entre los nombres que conforman la gloriosa trinidad del clasicismo vienés -Haydn, Mozart y Beethoven-, el primero es el que siempre ha despertado menos pasiones. Y no sólo entre el público. Los propios músicos románticos contemplaban a Haydn con una mezcla de admiración y suspicacia. Muchos no disimulaban su recelo ante el sano optimismo que transmitían sus obras, y el calculado juego formal de un discurso sonoro amparado en el lúcido control de la razón. H. C. Robbins Landon, el máximo estudioso del compositor austriaco, lo ha sintetizado así: «La música de Haydn tiene algo de suma contención; no nos invita a compartir sus problemas, porque los ha reducido a un brillante tour de force intelectual. Sus cuartetos, sinfonías y música religiosa se despliegan ante nosotros como un desfile que observamos fascinados, pero que no necesariamente requiere nuestra participación personal ni nuestro inmediato compromiso emocional».
La imagen goethiana del cuarteto clásico como «cuatro personas dialogando» puede ayudarnos a entender el alcance de la aportación de Haydn. La música barroca describía, retrataba, pintaba. Con Haydn, asume el tono de una conversación. Apoyándose en las posibilidades de la forma sonata, el compositor expone los temas, los somete a debate, enfrenta puntos de vista diferentes y, al final, los resuelve. Claro que, en esa transición del Barroco al Clasicismo, Haydn no está solo, pero su música abre perspectivas desconocidas para sus antecesores y no menos inauditas para sus contemporáneos. Asentado en una perfección de escritura y en un sobresaliente sentido de las proporciones, su estilo no desdeña el material popular (en especial el húngaro), pero lo inscribe en una gramática común que trasciende los vernáculos. Por ello, podemos hablar de él como el primer músico auténticamente europeo. No es casual, pues, el grado de difusión y aceptación que su obra alcanzó en el Viejo Continente entre la segunda mitad del siglo XVIII y los comienzos del XIX.
Un catálogo enorme. Por paradójico que sea, la gloria de Haydn se basa -también en la actualidad- en una reducida porción de su catálogo. Principalmente, las sinfonías (sobre todo las dieciocho conocidas como ''de París'' y ''de Londres''), los cuartetos de cuerda, los grandes oratorios (La creación y Las estaciones) y una pieza tan atípica como Las siete palabras de Cristo en la cruz. A ello cabe añadir, al menos, las sonatas para piano y un puñado de conciertos y de misas...
Una nimiedad, si hacemos un somero repaso de su enorme producción: 108 sinfonías, más de 20 conciertos, 38 divertimentos, 75 cuartetos de cuerda, 10 tríos de cuerda, 126 tríos con baryton, 41 tríos con piano, 52 sonatas para piano, 4 oratorios, 14 misas, 11 cantatas profanas, 48 lieder, una quincena de óperas, más de 300 arreglos de canciones populares y queda todavía mucha música en el tintero.
Instrumento de consulta. Estando así las cosas, los 150 discos de la Haydn Edition que acaba de publicar el sello Brilliant no alcanzan ni de lejos el estatus de integral que pretendían -pese a ciertas pequeñas lagunas- las ediciones gemelas dedicadas a Mozart (170 discos) y a Beethoven (100 discos). La Haydn Edition ofrece en versión completa las sinfonías, los conciertos, los oratorios, los cuartetos de cuerda (aunque, por un incomprensible despiste editorial, se han suprimido los tres últimos cuartetos del opus 76), los tríos con baryton, los tríos con piano y las sonatas para teclado. En el sector vocal, se han incluido la mitad de las misas, los lieder, los arreglos de canciones populares y tan sólo tres óperas.
Tal vez hubiese sido aconsejable reducir el desproporcionado espacio concedido a los arreglos (dieciocho discos) y añadir otros títulos operísticos como Il mondo della luna u Orfeo ed Euridice. Se trata, no obstante, de detalles que no disminuyen en absoluto la importancia y envergadura de la iniciativa. Esta Haydn Edition constituye un excelente instrumento para explorar la producción del músico y cuenta, además, con un precio inmejorable (99 euros). En este caso particular, cabe recordar asimismo que la discografía de Haydn no es tan generosa como la de Mozart, Beethoven, Chopin o Brahms, por lo que resulta complicado hacerse en el mercado con grabaciones de muchas de sus obras.
En cuanto a la calidad de las interpretaciones, el nivel general es satisfactorio, con algunas puntas de elevado interés. Numerosas versiones han sido grabadas en tiempos recientes -algunas han sido realizadas para la ocasión- y en la mayoría de ellas se utilizan instrumentos de la época. Entre lo más destacado, cabe señalar la importante lectura de las sinfonías que entre los ochenta y los noventa protagonizó Adam Fischer al mando de la Austro-Hungarian Haydn Orchestra (originalmente editada en Nimbus).
Apartado vocal. Notable también el apartado dedicado a los conciertos, encomendados en buena medida a conjuntos con instrumentos originales (Ensemble Dolce Risonanza, L'Arte dell'Arco). De alto nivel la integral de los tríos con baryton (por el Esterhazy Ensemble), mientras que de los cuartetos de cuerda (Buchberger Quartet), los tríos con piano (Van Swieten Trio, con instrumentos originales) y la música para teclado (Bart van Oort, al pianoforte) se brindan lecturas honestas, pero alejadas de las versiones de referencia. En el apartado vocal, destaca la profesionalidad de Frieder Bernius (misas) y, en los lieder, la aportación de dos especialistas como Elly Ameling y Jörg Demus.