domingo, 23 de noviembre de 2008


Christine Schäfer, soprano
Royal Concertgebouw Orchestra
Bernard Haitink, director


En las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de Brahms, Beethoven, Wagner y Bruckner. Mahler empleó la música coral y vocal en la sinfonía de forma similar a Beethoven, en su Novena Sinfonía en Re menor, Op.  125, con textos de la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, logrando la fusión de lo musical y lo dramático  que Wagner buscaba en sus dramas musicales.

Al igual que Wagner o Bruckner, Mahler emplea grandes recursos orquestales y su orquestación se anticipa al siglo XX en cuanto a la búsqueda del color en los diferentes instrumentos, la utilización de pequeñas combinaciones instrumentales y la inclusión de instrumentos poco frecuentes en la orquesta, como la mandolina, el armonio, los cencerros o los cascabeles. La música de Mahler es siempre de tipo contrapuntístico. Para él la orquestación era una herramienta en orden a obtener la mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales.

La obra de Mahler expresa la máxima evolución de la sinfonía romántica. "Para mí", solía decir, "componer una sinfonía equivale a un acto de creación del mundo". Sus sinfonías más breves (nº 1 y nº 4) tienen una duración de una hora y la más larga (la nº 3 en seis movimientos) de más de hora y media, con un primer movimiento de 35 minutos. A principios del siglo XX también Sibelius se replanteaba la forma musical de la sinfonía, aunque en dirección opuesta: condensando y destilando la materia musical.

Con la misma libertad que permitió a Wagner o a Bruckner llevar el sistema tradicional de tonalidades y armonías casi al límite, Mahler se mantuvo dentro de este sistema, aunque alterando su premisa básica, por lo que la mayor parte de sus sinfonías presentan esquemas tonales progresivos que finalizan en una tonalidad diferente a la inicial. Mahler se sitúa en el límite mismo de los recursos de la herencia tradicional. Fue consciente de la desintegración de los valores armónicos y formales que vivió. Las sinfonías de Mahler constituyen un viaje psicológico, por lo general en forma de batalla titánica entre el optimismo y la desesperación, ambos expresados de forma irónica. Esta mezcla de alegría y desesperación, cuyo origen son sus tristes recuerdos de infancia, era identificada por Sigmund Freud como la faceta central del carácter del compositor. Sin embargo, todas las sinfonías, excepto la nº 6, alcanza su conclusión en un ambiente de alegría o al menos de serena resignación. La música de Mahler transmite en último término una mezcla de vulnerabilidad humana y consumada musicalidad.

Mahler se autodenominaba Sommerkomponist, pues en verano se retiraba a algún paraje de los Alpes para aislarse y componer. En este caso la composición de la Cuarta Sinfonía tuvo lugar entre 1899 y 1901, y el estreno en Múnich en 1901. Pero fue en el verano de 1900 en el que Mahler avanzó en la composición de esta obra. Mahler se estaba construyendo una casa en Maiernigg, cerca del lago Wörthersee, y se preguntaba qué terminaría antes si la casa o la sinfonía. Estaba feliz, no paraba de hacer excursiones de dos o tres días, y en una de ellas se perdió, cayó por un barranco y acabó tostado por el sol y lleno de magulladuras. Componía en una cabaña y exigía un silencio total (llegaba al extremo de no soportar los ruidos de los pájaros ni a los polluelos piando), y así nació una sinfonía de plantilla más clásica que las precedentes (cuatro trompas, tres trompetas y ausencia de trombones), una temática aparentemente más poética que las obras anteriores, y un fondo de inocencia pesimista, que una vez más pone de manifiesto el carácter autobiográfico de las obras de mahleriarianas. En ellas la voz humana ocupa un papel predominante, toda vez que es portadora de una idea que se expone como parte integrante de la orquesta.

En 1892, Mahler había compuesto una balada para soprano que, inicialmente, estaba destinada para la Tercera Sinfonía, pero finalmente constituyó la simiente para la Cuarta, situación que enfrentó al autor, por esa originalidad, a un gran desafío. Debía introducirla en el final como una conclusión apropiada, sin distorsionar el mensaje, ofreciendo coherencia en el discurso, de modo que la acción condujera decisivamente hacia el final cantado, y que surgiera como la confirmación del plan estructural desarrollado en los tres primeros movimientos.

Una canción sinfónica para soprano, sobre una poesía de "Das Knaben Wunderhorn", cierra la obra. La antigua canción popular bávara, "La vida celestial", ofrece una descripción de la felicidad ultraterrena. Los bienaventurados danzan y las voces de los ángeles nos deleitan.- En el cierre, mientras la tonalidad de Mi Mayor es mantenida y parece sugerir la eternidad, el arpa y las cuerdas bajas descienden a la tónica, para extinguir esta música celestial.

El propio autor dirigió el estreno de esta Sinfonía, en Munich, el 25 de noviembre de 1901.

Publicado por jrtapia @ 8:00  | La Sinfonía
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