Christine Schäfer, soprano
Royal Concertgebouw Orchestra
Bernard Haitink, director
En
las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de Brahms, Beethoven, Wagner y Bruckner. Mahler
empleó la música coral y vocal en la sinfonía de forma similar a
Beethoven, en su Novena Sinfonía en Re menor, Op. 125, con textos de
la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, logrando la fusión de lo musical y lo dramático que Wagner buscaba en sus dramas musicales.
Al igual que Wagner o Bruckner, Mahler emplea grandes recursos
orquestales y su orquestación se anticipa al siglo XX en cuanto a la
búsqueda del color en los diferentes instrumentos, la utilización de
pequeñas combinaciones instrumentales y la inclusión de instrumentos poco
frecuentes en la orquesta, como la mandolina, el armonio, los cencerros o los cascabeles. La música de Mahler es siempre de tipo
contrapuntístico. Para él la orquestación era una herramienta en orden a obtener la mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales.
La obra de Mahler expresa la máxima evolución de la sinfonía romántica.
"Para mí", solía decir, "componer una sinfonía equivale a un acto de
creación del mundo". Sus sinfonías más breves (nº 1 y nº 4) tienen una
duración de una hora y la más larga (la nº 3 en seis movimientos) de
más de hora y media, con un primer movimiento de 35 minutos. A principios del siglo XX también Sibelius se replanteaba
la forma musical de la sinfonía, aunque en dirección opuesta:
condensando y destilando la materia musical.
Con
la misma libertad que permitió a Wagner o a Bruckner llevar el sistema tradicional de tonalidades y armonías casi al
límite, Mahler se
mantuvo dentro de este sistema, aunque alterando su premisa básica, por
lo que la mayor parte de sus sinfonías presentan esquemas tonales
progresivos que finalizan en una tonalidad diferente a la inicial.
Mahler se sitúa en el límite mismo de los recursos de la herencia
tradicional. Fue consciente de la desintegración de los valores
armónicos y formales que vivió. Las sinfonías de Mahler constituyen un
viaje psicológico, por lo general en forma de batalla titánica entre el
optimismo y la desesperación, ambos expresados de forma irónica. Esta mezcla
de alegría y desesperación, cuyo origen son sus tristes recuerdos de
infancia, era identificada por Sigmund Freud como la faceta central del
carácter del compositor. Sin embargo, todas las sinfonías, excepto la
nº 6, alcanza su conclusión en un ambiente de alegría o al menos de serena
resignación. La música de Mahler transmite en último término una mezcla de
vulnerabilidad humana y consumada musicalidad.
Mahler se autodenominaba Sommerkomponist, pues en verano se retiraba a algún paraje de los Alpes para aislarse y componer. En este caso la composición de la Cuarta Sinfonía
tuvo lugar entre 1899 y 1901, y el estreno en Múnich en 1901. Pero fue
en el verano de 1900 en el que Mahler avanzó en la composición de esta
obra. Mahler se estaba construyendo una casa en Maiernigg, cerca del
lago Wörthersee, y se preguntaba qué terminaría antes si la casa o la
sinfonía. Estaba feliz, no paraba de hacer excursiones de dos o tres
días, y en una de ellas se perdió, cayó por un barranco y acabó tostado
por el sol y lleno de magulladuras. Componía en una cabaña y exigía un
silencio total (llegaba al extremo de no soportar los ruidos de los
pájaros ni a los polluelos piando), y así nació una sinfonía de plantilla más clásica que las precedentes
(cuatro trompas, tres trompetas y ausencia de trombones), una temática
aparentemente más poética que las obras anteriores, y un fondo de
inocencia pesimista, que una vez más pone de manifiesto el carácter
autobiográfico de las obras de mahleriarianas. En ellas la voz
humana ocupa un papel predominante, toda vez que es portadora
de una idea que se expone como parte integrante de la orquesta.
En 1892, Mahler había compuesto una balada para soprano que,
inicialmente, estaba destinada para la Tercera Sinfonía,
pero finalmente constituyó la simiente para la Cuarta,
situación que enfrentó al autor, por esa originalidad,
a un gran desafío. Debía introducirla en el final
como una conclusión apropiada, sin distorsionar el mensaje,
ofreciendo coherencia en el discurso, de modo que la acción
condujera decisivamente hacia el final cantado, y que surgiera como
la confirmación del plan estructural desarrollado en los
tres primeros movimientos.
Una canción sinfónica para soprano, sobre una
poesía de "Das Knaben Wunderhorn",
cierra la obra. La antigua canción popular bávara,
"La vida celestial", ofrece una descripción
de la felicidad ultraterrena. Los bienaventurados danzan y las
voces de los ángeles nos deleitan.- En el cierre, mientras
la tonalidad de Mi Mayor es mantenida y parece sugerir la eternidad,
el arpa y las cuerdas bajas descienden a la tónica,
para extinguir esta música celestial.
El propio autor dirigió el estreno de esta Sinfonía,
en Munich, el 25 de noviembre de 1901.