domingo, 30 de noviembre de 2008



Orquesta de Cámara de Bruselas

La producción musical de Turina se inscribe plenamente en la llamada "generación de maes­tros", que incorporo a España a las corrientes estéticas de las músicas europeas de su época. Corrientes que se centraban para quienes como él se formaron en París, en la Schola Cantorum, heredera de César Franck, y en el impresionis­mo, pero que en los países del acusado folclore vinieron tan sólo a servir de apoyo y a actuali­zar una música de raíz esencialmente naciona­lista. Turina supo recoger esas técnicas y ese ambiente del París de comienzos de siglo y adaptarlos a su personalidad de andaluz fino, sensitivo y apacible. Cuando Joaquín Turina aborda la composición de La oración del torero ha escrito la casi totalidad de su producción sinfónica, no extensa, pero de capital impor­tancia en la música española del pasado siglo.

 

Han visto la luz La procesión del Rocio (1913), Evangelio (1915), las Danzas Fantásticas y la Sinfonía sevillana (1920). Su personalidad musical está ya configurada y su lenguaje es inconfundible. La Oración  del torero se inicia poco después de esta época de plenitud, con destino al célebre cuarteto de laúdes que habían formado los hermanos Aguilar: Elisa, Ezequiel, José y Francisco. El éxito conseguido por esta agrupación en sus giras internacionales interpretando esta obra hizo que Turina la adaptase para cuarteto de cuerdas, siendo publicada en 1925 por Unión Musical.

 

El padre de Turina fue el pintor sevillano Joaquín Turina Areal (1845-1903) y es posible que el compositor llegase en su adolescencia a contemplar cuadros andaluces de temática tau­rina. Quién sabe si, en su subconsciente visual estaban pinturas como La súplica de los toreros,  del jerezano José Gallegos Arenosa 1859-1917) o La plegaria del torero, del gaditano Salvador Viniegra 1862-1915) cuando abordó, a fines de marzo del año 1925, la composición de La oración del torero, con su quintaesenciado paso­doble inicial. Él nos lo contó de otro modo:

 

“Una tarde de toros en la Plaza de Madrid, aquella plaza vieja,  armónica y graciosa, vi mi obra. Yo estaba en el patio de caballos.  Allí,  tras una puerta pequeñita, estaba la capilla, llena de unción, donde venían a rezar los toreros un momento antes de enfrentarse con la muerte. Se me ofreció entonces, en toda su plenitud, aquel contraste subjetivamente musical y expresivo de la algarabía lejana de la plaza, del público que espe­raba la fiesta, con la unción de los que ante aquel altar, pobre y lleno de entrañable poesía, venían a rogar a Dios por su vida, acaso por su alma, por el dolor, por la ilusión y por la esperanza que acaso iban a dejar para siempre dentro de unos instan­tes, en aquel ruedo lleno de risas, de música y de sol".

 

Es la Oración del torero pieza hondamente española y, hasta cierto punto, característica de un lirismo andaluz todo delicadeza y recogimien­to. La transfiguración del patético pasodoble, el clima brumoso y poético que transpira toda la obra, quintaesencia de la copla de un pueblo capaz de rezar y llorar cantando, ha hecho de la Oración del torero una de las piezas favoritas del público desde el día de su estreno.


Andrés Ruiz Tarazona


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viernes, 28 de noviembre de 2008
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El compositor Maurice Ravel

Martha Argerich toca el Concierto para piano y orquesta en Sol mayor, de Maurice Ravel, con la Orquesta de la Radio de Hannover dirigida por Aldo Ceccato
 






Ravel compuso su Concierto para piano en Sol mayor entre 1929 y 1931. Tras su exitosa gira como pianista por Norteamérica, Ravel decidió estrenar la obra con él mismo como solista. Sin embargo, problemas de salud lo impidieron. En su lugar, la encargada de hacerlo sería finalmente Marguerite Long, quien era conocida sobre todo por sus interpretaciones de música de Fauré y Debussy, y que había solicitado a Ravel una obra nueva . El estreno tuvo lugar el 14 de enero de 1932, con la Orquesta Lamoureux y Ravel en el podio.

La obra consta de tres movimientos:

I. Allegremente
II. Adagio assai
III. Presto


El primer movimiento comienza de súbito con un golpe de látigo. El solista inicia inmediatamente una serie de arpegios floridos en el registro agudo del piano, pasaje que conduce a melodías inspiradas en el jazz, recordando los viajes del compositor por Estados Unidos. La obra está plagada de melodías con estilo jazzístico, si bien se conservan en ella elementos clásicos.

El movimiento inicial es una pieza fluida y vivaz, con armonías del estilo de las que algo después escribiría de Aaron Copland. El hermoso y contemplativo segundo movimiento en Mi mayor (Adagio assai) pone de manifiesto el estilo impresionista típico de Ravel. Las cadenzas están entre las más difíciles del repertorio pianístico. La presentación final del tema en este movimiento incluye un extenso solo de corno inglés en el que el solista, que toca fluidas líneas de fusas, toma un papel secundario. El movimiento final es una pieza virtuosística e increíblemente rápida que emplea melodías equilibradas y ligeras, combinadas con otras más poderosas que le convierten en una experiencia arriesgada de tocar (y también difícil). El efecto general del concierto es el de una obra verdaderamente impresionista, una de las mejores de Ravel.

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jueves, 27 de noviembre de 2008

El coliseo confirma el nombramiento del belga como director artístico del coliseo a partir de enero de 2010
 

Gema Pajares
DIARIO LA RAZÓN, 27 Noviembre 08

MADRID- La noticia, no por esperada, dejó ayer a más de uno con la boca de par en par. El nombramiento de Gerard Mortier (Gante, 1943) como nuevo director artístico del Teatro Real saltaba poco antes de las seis de la tarde mediante un comunicado urgente, pero jugoso, de no más de tres párrafos, que confirmaba el rumor que desde hace semanas iba tomando cuerpo y señalaba directamente al belga como nuevo inquilino del coliseo, tras la caída de Stephane Lissner, que el pasado día 17 decidió prorrogar su contrato con la Scala hasta 2013.
   Una de las primeras personas en recibir ese correo fue su todavía director artístico, Antonio Moral (que lo comunicó a tiempo real a quien escribe esta información), que confirmó que ningún responsable de la casa se había puesto en contacto con él de palabra. «Me parece impresentable la manera en que me he tenido que enterar. No he sabido nada en ningún momento» , aseguró a este diario. 
   El comunicado dice: «El Teatro Real ha llegado a un acuerdo con Gerard Mortier para que sea su próximo director artístico. Mortier iniciará su colaboración con el Teatro Real, con plena dedicación, a partir de enero de 2010, e incorporará un conjunto permanente de excelentes directores de orquesta, que reemplazarán a la figura del director musical, y asumirán la responsabilidad de alcanzar los mejores resultados musicales con la orquesta y el coro del Teatro».
Seis batutas
Las informaciones que durante semanas se han publicado en LA RAZÓN quedaban confirmadas. Desde París y poco antes de tomar un avión de regreso a Madrid, Miguel Muñiz, gerente del Real, declaraba a este periódico que «las negociaciones se han cerrado hace relativamente poco, siempre después de conocer la renuncia de Mortier a dirigir la New York Opera City. Hemos mantenido reuniones y los contactos se han ido incrementando. Durante los últimos días hemos intercambiado información y él nos ha presentado un plan que consideramos absolutamente satisfactorio y viable para los intereses de este teatro, aunque aún no hemos hablado de programaciones concretas», dijo. Sobre la rotación de directores de orquesta en el foso señaló que «él llegará con sus hombres de confianza, que van a alternarse en el foso. No le vamos a discutir esos nombres a Mortier», batutas entre las que se citan tres (Muñiz amplió el abanico hasta la media docena) con insistencia: Silvayn Cambreling, Symon Bychov y Pablo de las Heras, asistente del belga en la Opera de París        – donde  acaba de estrenar «Les enfants du paradis»–, y que ha trabajado ya con el Teatro Real en los montajes de «El pequeño deshollinador» y «Los viajes de Juanito Arriaga». El comunicado concluye que  «la contratación de Gerard Mortier responde plenamente a las expectativas con las que el Teatro Real  quiere abordar la nueva etapa que empieza en 2010, y ha sido respaldada por el Ministerio de Cultura, y también por la Comunidad de Madrid, que son las Administraciones Públicas fundadoras del Teatro Real». En este sentido, un portavoz del Ministerio declaró que «el ministro ha estado informado en todo momento de la marcha de las negociaciones».  
Fama de rompedor
De la fama de «director rompedor» que acompaña a Mortier como su segunda piel se ha hablado mucho estos días. Muñiz dijo que «su estilo encaja perfectamente con el de esta casa, aunque todos sabemos que tiene su sello, el sello Mortier, pero no estemos pensando en las provocaciones, como tanto se dice, para nada». ¿Ha habido contactos con otros directores artísticos? El gerente del coliseo dejó claro que «él ha estado siempre en nuestras miras. No hemos hablado con nadie más». Unas miras en las que también se encontraba el superintendente Lissner, aunque la prórroga de su contrato con el coliseo milanés, según ha podido saber este diario, precipitó una carrera contrarreloj en la que las dos últimas semanas han sido claves. La renuncia de Gerard Mortier a la New York Opera City dejó el camino prácticamente libre a los responsables del coliseo. El director belga visitó Madrid el 8 de noviembre. Asistió a un concierto en el Auditorio Nacional y pasó por el Museo del Prado. Regresó a París y, días después, voló de nuevo a Madrid. El martes, a punto de cerrar el acuerdo, el director general del Inaem, Juan Carlos Marset, y Santiago Fisas, consejero de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid, asistieron en París a una representación de «Fidelio», que celebraba el cumpleaños de Mortier. Ayer se hacía público el comunicado.
   El que será nuevo responsable artístico del Teatro Real no ha dejado de dar titulares tras la espantada de Nueva York. El pasado lunes declaraba a un diario alemán que «después de la experiencia vivida en Nueva York sólo trabajaré en una casa en la que pueda desarrollar mis ideas sin límite». Parece que esa casa es el Teatro Real, donde recala para jubilarse. La semana anterior daba otro no menos jugoso a un periódico austriaco: «Ya estoy en una edad en la que no quiero hacer más óperas de rebajas», en relación a la reducción casi a la mitad del presupuesto para el coliseo de la Gran Manzana, que ha sentido en sus carnes la sombra alargada del todopoderoso Metropolitan. El 10 de septiembre, tras la no renovación de López Cobos como titular del foso, Mortier concedió una entrevista a LA RAZÓN. «El Real me quiere, pero me iré a Nueva York», declaraba sin cortapisas, y ofrecía una pista clarísima al asegurar que no cerraba la puerta a Madrid: «Y quizá vaya algún día, cuando ya no quiera estar en Nueva York. Seguramente tienen ganas de mí. Ya se verá», apostilló.


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J. L. PÉREZ DE ARTEAGA
DIARIO LA RAZÓN, 26 Noviembre 08

En 1997, Mortier era más importante que Lissner. Hoy no. Hace una década larga, Mortier cruzaba el ecuador de su «década prodigiosa» en Salzburgo, estaba en la cresta de la ola y habían re-enderezado en plena etapa post-Karajan el festival más importante de Europa. Desde hitos como el «San Francisco de Asís» de Messiaen en el montaje de Peter Sellars hasta la contratación de la Fura dels Baus. Renovó programación, escenarios y hasta público.
    Pero las aguas se enturbiaron desde que en 2002 se despidió del festival. La aventura de un certamen de nueva planta, el de Baden-Baden; después la llegada a una ópera de segunda al lado de una de primera, pronúnciese la New York City Opera  de Nueva York. En este verano, remate de un extraño descenso a las simas del fracaso, su postulación «in extremis», junto a Nike Wagner para suceder al hermano de éste en Bayreuth, muestra artística contra la que Mortier se despachó a gusto durante su etapa de gloria salzburguesa. Y casi ayer, el último batacazo, la salida a traspiés de la City Opera. Éste es, pues, el caballo ganador que el Teatro Real presenta a bombo y platillo… porque Stephane Lissner ha dado calabazas a sus amigos de Madrid, los que ahora han recurrido a Mortier para dar blanqueo a una situación extraña y molesta: provocar una crisis        –fuera López Cobos, fuera Moral– sin tener una solución.
   Hoy Lissner es más caballo ganador que su colega. Sigue teledirigiendo festivales franceses, con Aix a la cabeza, y es el amo de la Scala. Mortier, en fin, ya ha dicho que no habrá director musical estable, pero se pasará el año aquí su inefable «alter ego», Cambreling, buen traductor de cierto repertorio contemporáneo y depredador de lo clásico-romántico. Y un importante rotativo y su crítico musical, íntimo amigo del nuevo gerente, se esforzarán  en incansable campaña mediática para persuadirnos de que el mayor acontecimiento cultural español desde el nacimiento de Cervantes es, será, el desembarco de Gerard Mortier. Al tiempo.

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Janine Jansen en los Prinsengrachtconcert de Ámsterdam (2005)


Béla Bartók (1881-1945) fue uno de los fundadores del campo de la etnomusicología, es decir el estudio de la música folclórica europea y de la música de culturas no occidentales.

Bartók nació y creció en Hungría. Tras la muerte de su padre en 1888, su madre lo llevó a vivir a Ucrania. Estudió piano con István Thoman y composición con János Koessler en la Real Academia de Música en Budapest. Ahí conoció a Zoltán Kodály y juntos recopilaron música folclórica de las regiones centroeuropeas.

Anteriormente la idea de Bartók de la música folclórica húngara se ceñía únicamente a las melodías gitanas, por lo que en 1903 escribió un extenso trabajo orquestal, "Kossuth", nombre del héroe de la revolución húngara de 1848, en el que se incorporaban dichas melodías. Al tener noticia de las canciones folclóricas de los campesinos magiares, comenzó a incluirlas en su propia música y a escribir melodías con el mismo estilo. Otra gran influencia para Bartók fue la música de Richard Strauss.

Bartók se estaba forjando una carrera como pianista cuando en 1907 obtuvo una plaza de profesor de piano en la Academia Real de Budapest, lo que hizo que permaneciera en Hungría en lugar de salir de gira por Europa. Ello le permitió recopilar más música folclórica. Sus obras de esta época recogen las influencias de esta actividad en paralelo a la música de Debussy, que Zoltan Kodály había traído de París. Bartók escribió una respetable cantidad de pequeñas piezas para piano que mostraban su creciente interés en la música popular.

En 1909, Bartók se casó con Márta Ziegler. Su hijo Béla nació en 1910. Al año siguiente escribió la que sería su única ópera, "El Castillo de Barbazul". Con ella participó en el Concurso convocado por la Comisión para las Bellas Artes Húngaras, no obteniendo galardón alguno ya que según el jurado su obra era imposible de interpretar. La ópera no se estrenó hasta 1918, con la condición del gobierno de que borrara el nombre del libretista (Béla Balázs) del programa a causa de sus ideas políticas. Bartók se negó a ello, experimentando desde entonces un desencuentro con las instituciones políticas húngaras.

Después de este incidente, se concentró en recopilar y arreglar música folclórica de Europa Central, los Balcanes y Turquía. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial dio por terminadas estas expediciones y regresó a la composición. Bartók compuso dos sonatas para violín, que son armónica y estructuralmente unas de las más complejas piezas que escribió. También compuso sus tercer y cuarto cuartetos de cuerdas en 1927. El Quinto, de 1934, es más tradicional. Su sexto y último cuarteto data de 1939.

Bartók se divorció de su esposa Márta en 1923 y se casó con una estudiante de piano, Ditta Pásztory. Su segundo hijo, Péter, nació en 1924. Para las lecciones de música de Péter compuso una colección de seis volúmenes de piezas de piano. En 1940, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, y con la situación política seriamente deteriorada, Bartók pensó seriamente en abandonar su patria. Primero envió sus manuscritos fuera del país, para después trasladarse con Ditta a los Estados Unidos. Péter Bartók se les unió en 1942 y después se alistó en la Marina Americana.

Bartók nunca se sintió cómodo en Norteamérica, siéndole muy difícil el escribir nuevas obras. Además allí no era conocido y había poco interés en su música. Su último trabajo hubiera sido el Cuarteto de Cuerda nº 6, de no haber sido por la mediación de Serge Koussevitsky, quién le encargó el Concierto para Orquesta, la obra actualmente más popular de Bartók, lo que le permitiría aliviar su delicada situación financiera. Parece que ello renovó su interés en la composición, comenzando poco después su Concierto para Piano nº 3, y su Concierto para Viola, este último completado por su alumno Tibor Serly tras su muerte en Nueva York a causa de la leucemia. Destaca también dentro de su repertorio el Concierto para cuerdas, percusión y celesta.

Bartók fue enterrado en el Cementerio Ferncliff de Hartsdale, Nueva York, pero tras la caída del comunismo en Hungría, sus restos fueron trasladados a Budapest en 1988.

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miércoles, 26 de noviembre de 2008



Agencia EFE, Madrid


El belga Gerard Mortier será a partir de enero de 2010 el director artístico del Teatro Real, en sustitución de Antonio del Moral, y se encargará también de incorporar a diferentes directores de orquesta, que reemplazarán a un único director musical, como es ahora Jesús López Cobos.

 

El Teatro Real ha llegado a un acuerdo con Gerard Mortier, de 65 años, cuya contratación, según el coliseo madrileño, responde "plenamente a las expectativas con las que el teatro quiere abordar la nueva etapa que empieza en el 2010 y que ha sido respaldada por el Ministerio de Cultura y también por la Comunidad de Madrid, que son las Administraciones Públicas fundadoras" del mismo.

 

Nacido en Gante en 1943, tras seguir estudios clásicos con los jesuitas de la ciudad, obtuvo el doctorado en Derecho, pero eligió la carrera artística donde su primer trabajo fue de asistente del Director del Festival de Flandes.

 

Mortier es director de la Ópera Nacional de París desde julio de 2004, cargo que ocupó hasta el verano de 2009, cuando pensaba hacerse cargo de la New York City Opera en calidad de director general y artístico, pero a comienzos de mes anunció que declinaba la oferta del teatro estadounidense por el recorte presupuestario de la ópera neoyorquina.

 

Premios y provocaciones

El director belga participó activamente en el proyecto de la Ópera de la Bastilla de París a finales de los años 80 y en 1981 ocupó la dirección del Festival de Salzburgo. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios, entre ellos el INSEAD Innovación 2007, por ser uno de los directores más innovadores de la ópera y por conseguir atraer a nuevos públicos, y es Caballero de la Orden de la Legión de Honor, Comandante de las Ordenes de las Artes y las Letras y Gran Oficial de la Orden de Leopoldo.

 

Gerard Mortier, conocido por sus provocadoras propuestas escénicas, es doctor honorario de la Universidad de Antwerp y de la de Salzburgo, ha recibido varias condecoraciones en Bélgica y Alemania y enseña Política y Sociología de la Historia del Teatro en la Universidad de Gante.

 

El nombramiento de Mortier, que estará en Madrid la próxima semana para explicar sus proyectos al frente del Real, acaba con los diferentes rumores sobre el nombre del nuevo director artístico del teatro madrileño. Desde el anuncio de que López Cobos y del Moral dejarían sus puestos en 2010, Mortier y Stéphane Lissner han sido los más firmes candidatos a ocupar el cargo de director artístico.

 

La opinión del Patronato

El presidente del Patronato del Teatro Real, Gregorio Marañón, ha explicado a Efe desde París que el belga Gerard Mortier es el "mejor director artístico del momento" y "cumple todas las expectativas puestas" por el coliseo madrileño en este puesto, que ocupará a partir de enero de 2010.

 

Gregorio Marañón, que siempre ha defendido que el modelo actual del Real "no está en juego", ni tampoco la continuidad del director general, Miguel Muñiz, asegura que la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Cultura, fundadores del teatro, "han seguido todo el proceso y apoyan la decisión". Marañón, que asegura que la propuesta de Mortier para el Real era la que más se ajustaba a las expectativas del mismo, afirma que esta nueva fórmula permitirá el "paso de diversos directores de orquesta por el teatro, que se volcarán, además de en la parte musical, en la parte docente de la orquesta y el coro".

 


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Acto I: "Il fait sombre dans les jardins" & "Hoe! Hissé, hoe!"

Orquesta y Coro de la Welsh National Opera.
Dirección musical: Pierre Boulez.
Escenografía y dirección escénica: Peter Stein.

Pelléas....... Neill Archer
Mélisande..... Alison Hagley
Geneviève..... Penelope Walker


Pélleas y Mélisande es una ópera en cinco actos con música de Claude Debussy (1862 - 1918) con libreto según la obra de Maurice Maeterlinck (ligramente adaptada por el compositor y estrenada en la Opera Cómica de París el 30 de abril de 1902.

 

La acción tiene lugar en el reino imaginario de Allemonde, en la época medieval. En el Acto I, Mélisande aparece sola junto a una fuente en un bosque. Golaud, que se ha perdido en la selva durante una partida de caza, aparece en el lugar. Encuentra a Mélisande llorando y temblorosa incluso de que la toquen ("Ne me touchez pas"). Dice ahora que ha sido herida, aunque no sabe por quién. Aparece ahora, bien visible, una corona de oro que se sitúa sobre la cabeza de la heroína, mientras está llorando. Mélisande insiste en quedarse sola en el bosque, pero Golaud la lleva con él.


Algunos meses más tarde, en el castillo real, Genevieve está leyendo a su suegro, el rey Arkel, una carta de su hijo Golaud a su otro hijo Pelléas, en la que aquél cuenta a su hermanastro cómo se encontró con Mélisande y se casó con ella. Y ha pedido a Pelléas que interceda cerca de su padre, que proyectaba otro matrimonio diferente para Golaud, si le perdona, y Arkel accede. Entra Pelléas, pidiendo permiso a su padre para visitar a un amigo que ha muerto, pero como el Rey está enfermo y su hermano Golaud no ha regresado aún, Arkel dice a Pelléas que espere y que encienda la lámpara indicadora de que el barco de Golaud tiene permiso para atracar.


Golaud y Mélisande ya están en tierra. Ante el castillo, Genevieve discute con Mélisande. Entra Pelléas y habla con ellas. Se escuchan a lo lejos los ruidos de remeros, y a través de la niebla se ve que el barco que trajo a los recién llegados se hace de nuevo a la mar. Se marcha Genevieve, que deja que Pelléas lleve a Mélisande al castillo. En los breves momentos en que quedan solos se manifiesta el amor que ha brotado entre ellos.

Se insiste, tal vez con excesiva frecuencia, en considerar Pelléas et Mélisande como algo excepcional y aislado de la realidad artística colindante, exento de arraigos en el pasado y sin proyección en el devenir de la música. Como una especie de álter ego de la enigmática e inaprensible Mélisande, ella sí fuera de cualquier medida y ubicación. A esta confusión ha contribuido la fuerte impronta personal que imprime Debussy a su única ópera concluida y la deliberada renuncia que en ella se produce de algunos de los moldes establecidos como arquetípicos del género lírico, por mucho que aún dentro del estatismo que caracteriza esta insólita obra maestra se hallen ingredientes escénicos tan recurridos como amor, sangre, celos, dolor, engaño, asesinato...

 

En Pelléas no hay arias que aprovechen el magnetismo visceral de la voz humana, ni números de conjunto, ni caracterización dramática, ni grandes expansiones orquestales... Hay, en cambio, un trabajo creativo de exquisita sutilidad, diseñado a base de pequeñas y bien calibradas pinceladas, en el que los breves desarrollos nunca llegan a cristalizar en algo más que sugerencia e impresión, dentro siempre de una estructura musical acusadamente ambigua en la que se desarrolla una línea vocal plana y uniforme, que originó que un personaje tan solvente y poco sospechoso como el gran Richard Strauss dijera, tras asistir a una representación de Pelléas, tener "la sensación de haber asistido a un ensayo en el que los cantantes se estaban reservando la voz".

 

Sin embargo, ya en los primeros compases del preludio de la ópera aparece nada menos que el revolucionario acorde de Tristán. No es aventurado apuntar que la armonía a pinceladas del supuestamente aislado Pelléas es heredera por línea directa -y por ello deudora- del genio wagneriano, concretamente del cromatismo del por Debussy admirado Tristán y de la uniforme línea melódica de Parsifal, considerado por el creador de Pelléas como "uno de los más hermosos monumentos sonoros que se hayan levantado a la gloria imperturbable de la música". La influencia del muy místico festival sacro-escénico wagneriano toma ribetes de omnipresencia en la suntuosa orquestación de los seis interludios que Debussy agregó tardíamente al objeto de posibilitar los imprescindibles cambios de decorados para el estreno de "Pelléas et Mélisande".


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martes, 25 de noviembre de 2008
Cantata para el 27º Domingo después de la Trinidad

Ton Koopman/Orquesta Barroca de Amsterdam

Coral inicial: Wachet auf, ruft uns die Stimme (Despertad, nos llama la voz)


Despertad, nos llama la voz
de los vigías, arriba en la torre;
despierta, tú, ciudad de Jerusalén.
medianoche se llama la hora;
nos llaman con voces brillantes;
¿dónde estáis, vírgenes sabias?
Sin duda ha llegado el Novio;
levantad, tomad vuestras lámparas,
¡Aleluya!
Preparaos para la boda,
habéis de encontraros con Él.


Literalmente, «cantata» es una pieza que se canta y se distingue de la pieza para ser tocada o «sonada» -la «sonata»-. Desde la época barroca, la cantata es una composición para una o más voces solistas que se acompañan de instrumentos. Normalmente, las cantatas estaban destinadas a actos religiosos, tanto católicos (las cantatas sacras) como protestantes. Éstas últimas cantatas tenían una parte oral muy consistente, destinada a ser cantadas por los feligreses (el coral).

El gran maestro de la cantata religiosa fue Johann Sebastian Bach. Las cantatas de Bach tenían un coro inicial en que las sopranos iniciaban el tema musical seguido por las otras voces. La cantata se sucedía por medio de arias con recitativos cortos, a veces con instrumentos solistas que tocaban la melodía preparada para la voz (lo que se denomina 'obligato'). La congregación de fieles conocía los corales de antemano, ya que se iniciaba el servicio religioso con un «preludio coral» que tocaba el órgano. Estos corales de Bach fueron la base de los coros de los grandes oratorios, como el Oratorio de Navidad y las Pasiones según San Mateo y San Juan. Pero en esta época barroca también existía la cantata profana, de origen italiano, que en 1620 aparece ya como género y que se consolida a finales del siglo XVII. Alessandro Scarlatti compuso cantatas por medio de una sucesión de recitativos con tiempo rápido y arias da capo (que repetían el tema del inicio en la última parte vocal, según la estructura A-B-A). Scarlatti concibió estas cantatas para un público culto y muy selecto, por lo que la armonía y las melodías contrapuntísticas resultaban complejas, tendiendo a no acentuar en demasía la escritura en arioso para conceder más importancia a los ritornelli instrumentales. Este modelo fue magistralmente adoptado por Vivaldi en las cantatas sacras y por Händel. Georg Friedrich Händel compuso cantatas que eran verdaderamente pequeñas óperas. Se trataba de cantatas líricas de alto contenido dramático, algunas concebidas para voz y bajo continuo; otras para voz, bajo continuo y orquesta. Entre ellas destacan 'Acis, Galatea y Polifermo' y 'Apolo y Dafne'.

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lunes, 24 de noviembre de 2008


Anna Netrebko, soprano
Elina Garanča, mezzosoprano
Orquesta de la Deutsche Oper Berlín
Marco Armiliato, director


El nombre de Léo Delibes (1836- 1891) está directa y casi exclusivamente ligado a la música escénica, siendo más recordado por sus ballets que por sus óperas. Su más célebre contribución es la partitura del ballet “Coppélia”. Otros ballets menos conocidos con música de Delibes son “Sylvia” y “La fuente”, este último de autoría compartida con Ludwig Minkus. En el campo de la ópera, la más famosa creación de Léo Delibes es “Lakmé”, que  se presenta en el vídeo adjunto. Su música se caracteriza por sus melodías delicadas y sutiles, aunque no siempre pegadizas, y por el refinamiento de una orquestación cargada de un exotismo muy decimonónico. Cultivó, al igual que otros compositores franceses de la época, una versión muy particular del belcantismo italiano matizado con finos toques galos.

“Lakmé” cuenta con un libreto escrito por Edmond Gondinet y Philippe Gille basado en la pieza teatral “La boda de Loti” escrita por Julian Viaud un oficial naval que usaba el nombre de Pierre Loti. Esta obra, si bien no ofrecía un contenido dramático de peso, presentaba buenos ingredientes que el público francés de la época gustaba paladear.

Se señala que Delibes escribió esta ópera casi sin proponérselo. Primero le llamó la atención la voz ligera y muy flexible de la soprano de origen holandés Marie van Zandt. Al mismo tiempo cayo en sus manos la novela de Gondinet, que leyó más de una vez en un viaje a Viena. El ambiente exótico de la narración haría el resto.

Con “Lakmé”, Léo Delibes explora pues en la corriente del exotismo y el orientalismo, fenómeno que marcó con singular intensidad a muchos compositores del siglo XIX
que hizo que se inspirasen en lugares lejanos más intuidos que conocidos (Africa, La India, e incluso España). Pasando una rápida revista a la cosecha de obras relevantes aparecidas bajo este movimiento, hay claros ejemplos en “Los pescadores de perlas” de Bizet, algunas óperas de Massenet, como “El Rey de Lahore” y “La Africana”, “Aida” de Verdi y el ballet “La Bayadera” de Marius Petipá, con música de Ludwig Minkus. El momento cúlmine de esta corriente exótica vendría con las óperas “Madama Butterfly” y “Turandot” de Puccini, ambientadas respectivamente en Japón y la China legendaria, estrenadas ya en el siglo XX.

Con su falta de pretensiones, su refinado gusto por la orquestación descriptiva y su delicadeza, Delibes contó en "Lakmé" una triste historia de amor. Su estreno tuvo lugar el 14 de abril de 1883 en el Teatro de la Opera Cómica de París, con enorme triunfo.

“Lakmé” tiene tres actos, con lugar de acción en la India, durante la dominación inglesa del siglo XIX en la que los nativos se veían obligados a practicar su religión en secreto. La obra tiene buenos números, todos concebidos según las normas clásicas de las formas vocales vigentes en la segunda mitad del siglo XIX: el dúo "de las flores" del acto I; la original y difícil aria de Lakmé, llamada "de las campanas" del acto II; la melancólica nana del actoIII; los diversos coros, etc.

En el acto I la acción tiene lugar en el jardín de la casa del proscrito Brahmin Nilakantha, sitio que éste ha convertido en sagrado y cuyo acceso controla con el más estricto celo. Allí Nilakantha celebra un rito prohibido en el cual manifiesta sueños de venganza contra los opresores.

Terminada esta ceremonia, parte a la ciudad, donde una gran fiesta tendrá lugar al día siguiente. Su hija, la sacerdotisa Lakmé, se queda en la casa recogiendo flores junto a la criada Malika.

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domingo, 23 de noviembre de 2008


Christine Schäfer, soprano
Royal Concertgebouw Orchestra
Bernard Haitink, director


En las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de Brahms, Beethoven, Wagner y Bruckner. Mahler empleó la música coral y vocal en la sinfonía de forma similar a Beethoven, en su Novena Sinfonía en Re menor, Op.  125, con textos de la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, logrando la fusión de lo musical y lo dramático  que Wagner buscaba en sus dramas musicales.

Al igual que Wagner o Bruckner, Mahler emplea grandes recursos orquestales y su orquestación se anticipa al siglo XX en cuanto a la búsqueda del color en los diferentes instrumentos, la utilización de pequeñas combinaciones instrumentales y la inclusión de instrumentos poco frecuentes en la orquesta, como la mandolina, el armonio, los cencerros o los cascabeles. La música de Mahler es siempre de tipo contrapuntístico. Para él la orquestación era una herramienta en orden a obtener la mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales.

La obra de Mahler expresa la máxima evolución de la sinfonía romántica. "Para mí", solía decir, "componer una sinfonía equivale a un acto de creación del mundo". Sus sinfonías más breves (nº 1 y nº 4) tienen una duración de una hora y la más larga (la nº 3 en seis movimientos) de más de hora y media, con un primer movimiento de 35 minutos. A principios del siglo XX también Sibelius se replanteaba la forma musical de la sinfonía, aunque en dirección opuesta: condensando y destilando la materia musical.

Con la misma libertad que permitió a Wagner o a Bruckner llevar el sistema tradicional de tonalidades y armonías casi al límite, Mahler se mantuvo dentro de este sistema, aunque alterando su premisa básica, por lo que la mayor parte de sus sinfonías presentan esquemas tonales progresivos que finalizan en una tonalidad diferente a la inicial. Mahler se sitúa en el límite mismo de los recursos de la herencia tradicional. Fue consciente de la desintegración de los valores armónicos y formales que vivió. Las sinfonías de Mahler constituyen un viaje psicológico, por lo general en forma de batalla titánica entre el optimismo y la desesperación, ambos expresados de forma irónica. Esta mezcla de alegría y desesperación, cuyo origen son sus tristes recuerdos de infancia, era identificada por Sigmund Freud como la faceta central del carácter del compositor. Sin embargo, todas las sinfonías, excepto la nº 6, alcanza su conclusión en un ambiente de alegría o al menos de serena resignación. La música de Mahler transmite en último término una mezcla de vulnerabilidad humana y consumada musicalidad.

Mahler se autodenominaba Sommerkomponist, pues en verano se retiraba a algún paraje de los Alpes para aislarse y componer. En este caso la composición de la Cuarta Sinfonía tuvo lugar entre 1899 y 1901, y el estreno en Múnich en 1901. Pero fue en el verano de 1900 en el que Mahler avanzó en la composición de esta obra. Mahler se estaba construyendo una casa en Maiernigg, cerca del lago Wörthersee, y se preguntaba qué terminaría antes si la casa o la sinfonía. Estaba feliz, no paraba de hacer excursiones de dos o tres días, y en una de ellas se perdió, cayó por un barranco y acabó tostado por el sol y lleno de magulladuras. Componía en una cabaña y exigía un silencio total (llegaba al extremo de no soportar los ruidos de los pájaros ni a los polluelos piando), y así nació una sinfonía de plantilla más clásica que las precedentes (cuatro trompas, tres trompetas y ausencia de trombones), una temática aparentemente más poética que las obras anteriores, y un fondo de inocencia pesimista, que una vez más pone de manifiesto el carácter autobiográfico de las obras de mahleriarianas. En ellas la voz humana ocupa un papel predominante, toda vez que es portadora de una idea que se expone como parte integrante de la orquesta.

En 1892, Mahler había compuesto una balada para soprano que, inicialmente, estaba destinada para la Tercera Sinfonía, pero finalmente constituyó la simiente para la Cuarta, situación que enfrentó al autor, por esa originalidad, a un gran desafío. Debía introducirla en el final como una conclusión apropiada, sin distorsionar el mensaje, ofreciendo coherencia en el discurso, de modo que la acción condujera decisivamente hacia el final cantado, y que surgiera como la confirmación del plan estructural desarrollado en los tres primeros movimientos.

Una canción sinfónica para soprano, sobre una poesía de "Das Knaben Wunderhorn", cierra la obra. La antigua canción popular bávara, "La vida celestial", ofrece una descripción de la felicidad ultraterrena. Los bienaventurados danzan y las voces de los ángeles nos deleitan.- En el cierre, mientras la tonalidad de Mi Mayor es mantenida y parece sugerir la eternidad, el arpa y las cuerdas bajas descienden a la tónica, para extinguir esta música celestial.

El propio autor dirigió el estreno de esta Sinfonía, en Munich, el 25 de noviembre de 1901.

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sábado, 22 de noviembre de 2008


Joseph Haydn, retrato de Thomas Hardy (1791)


Stefano Russomano

ABC de las Artes y las letras

Entre los nombres que conforman la gloriosa trinidad del clasicismo vienés -Haydn, Mozart y Beethoven-, el primero es el que siempre ha despertado menos pasiones. Y no sólo entre el público. Los propios músicos románticos contemplaban a Haydn con una mezcla de admiración y suspicacia. Muchos no disimulaban su recelo ante el sano optimismo que transmitían sus obras, y el calculado juego formal de un discurso sonoro amparado en el lúcido control de la razón. H. C. Robbins Landon, el máximo estudioso del compositor austriaco, lo ha sintetizado así: «La música de Haydn tiene algo de suma contención; no nos invita a compartir sus problemas, porque los ha reducido a un brillante tour de force intelectual. Sus cuartetos, sinfonías y música religiosa se despliegan ante nosotros como un desfile que observamos fascinados, pero que no necesariamente requiere nuestra participación personal ni nuestro inmediato compromiso emocional».

La imagen goethiana del cuarteto clásico como «cuatro personas dialogando» puede ayudarnos a entender el alcance de la aportación de Haydn. La música barroca describía, retrataba, pintaba. Con Haydn, asume el tono de una conversación. Apoyándose en las posibilidades de la forma sonata, el compositor expone los temas, los somete a debate, enfrenta puntos de vista diferentes y, al final, los resuelve. Claro que, en esa transición del Barroco al Clasicismo, Haydn no está solo, pero su música abre perspectivas desconocidas para sus antecesores y no menos inauditas para sus contemporáneos. Asentado en una perfección de escritura y en un sobresaliente sentido de las proporciones, su estilo no desdeña el material popular (en especial el húngaro), pero lo inscribe en una gramática común que trasciende los vernáculos. Por ello, podemos hablar de él como el primer músico auténticamente europeo. No es casual, pues, el grado de difusión y aceptación que su obra alcanzó en el Viejo Continente entre la segunda mitad del siglo XVIII y los comienzos del XIX.

Un catálogo enorme. Por paradójico que sea, la gloria de Haydn se basa -también en la actualidad- en una reducida porción de su catálogo. Principalmente, las sinfonías (sobre todo las dieciocho conocidas como ''de París'' y ''de Londres''), los cuartetos de cuerda, los grandes oratorios (La creación y Las estaciones) y una pieza tan atípica como Las siete palabras de Cristo en la cruz. A ello cabe añadir, al menos, las sonatas para piano y un puñado de conciertos y de misas...

Una nimiedad, si hacemos un somero repaso de su enorme producción: 108 sinfonías, más de 20 conciertos, 38 divertimentos, 75 cuartetos de cuerda, 10 tríos de cuerda, 126 tríos con baryton, 41 tríos con piano, 52 sonatas para piano, 4 oratorios, 14 misas, 11 cantatas profanas, 48 lieder, una quincena de óperas, más de 300 arreglos de canciones populares y queda todavía mucha música en el tintero.

Instrumento de consulta. Estando así las cosas, los 150 discos de la Haydn Edition que acaba de publicar el sello Brilliant no alcanzan ni de lejos el estatus de integral que pretendían -pese a ciertas pequeñas lagunas- las ediciones gemelas dedicadas a Mozart (170 discos) y a Beethoven (100 discos). La Haydn Edition ofrece en versión completa las sinfonías, los conciertos, los oratorios, los cuartetos de cuerda (aunque, por un incomprensible despiste editorial, se han suprimido los tres últimos cuartetos del opus 76), los tríos con baryton, los tríos con piano y las sonatas para teclado. En el sector vocal, se han incluido la mitad de las misas, los lieder, los arreglos de canciones populares y tan sólo tres óperas.

Tal vez hubiese sido aconsejable reducir el desproporcionado espacio concedido a los arreglos (dieciocho discos) y añadir otros títulos operísticos como Il mondo della luna u Orfeo ed Euridice. Se trata, no obstante, de detalles que no disminuyen en absoluto la importancia y envergadura de la iniciativa. Esta Haydn Edition constituye un excelente instrumento para explorar la producción del músico y cuenta, además, con un precio inmejorable (99 euros). En este caso particular, cabe recordar asimismo que la discografía de Haydn no es tan generosa como la de Mozart, Beethoven, Chopin o Brahms, por lo que resulta complicado hacerse en el mercado con grabaciones de muchas de sus obras.

En cuanto a la calidad de las interpretaciones, el nivel general es satisfactorio, con algunas puntas de elevado interés. Numerosas versiones han sido grabadas en tiempos recientes -algunas han sido realizadas para la ocasión- y en la mayoría de ellas se utilizan instrumentos de la época. Entre lo más destacado, cabe señalar la importante lectura de las sinfonías que entre los ochenta y los noventa protagonizó Adam Fischer al mando de la Austro-Hungarian Haydn Orchestra (originalmente editada en Nimbus).

Apartado vocal. Notable también el apartado dedicado a los conciertos, encomendados en buena medida a conjuntos con instrumentos originales (Ensemble Dolce Risonanza, L'Arte dell'Arco). De alto nivel la integral de los tríos con baryton (por el Esterhazy Ensemble), mientras que de los cuartetos de cuerda (Buchberger Quartet), los tríos con piano (Van Swieten Trio, con instrumentos originales) y la música para teclado (Bart van Oort, al pianoforte) se brindan lecturas honestas, pero alejadas de las versiones de referencia. En el apartado vocal, destaca la profesionalidad de Frieder Bernius (misas) y, en los lieder, la aportación de dos especialistas como Elly Ameling y Jörg Demus.


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El violinista Joshua Bell en el Auditorio Nacional

AURORA INTXAUSTI - DIARIO EL PAÍS, Madrid - 22/11/2008

Su atuendo -cazadora oscura, botines, vaqueros y gafas negras- no le diferencia mucho de los jóvenes que en esos momentos se cruzan con él en las calles de Madrid. El estuche que sostiene con fuerza en sus manos hace sospechar que oculta un gran tesoro. Cuando lo abre no hay duda: es un Stradivarius de 1713, conocido como Gibson ex Huberman, una pieza que posee un sonido de una belleza deslumbrante que no conoce límites. El violín fue comprado por Joshua Bell (Bloomington, 1967) por algo más de tres millones de euros. Oírlo en las manos de esta figura resulta una experiencia mágica. Lo podrán comprobar los espectadores que acudan a presenciar su actuación en el Auditorio Nacional (Madrid) junto a la Orquesta Nacional de España.

"El instrumento que toco desde niño es muy cercano al corazón"

El Stradivarius de Bell tiene una gran historia de intrigas y misterio

El sonido que emerge de ese preciado objeto, según Bell, es el ideal, "similar a la voz de una soprano. Es un sonido capaz de poner los pelos de punta. Cuando estás en una sala de conciertos, ese algo que tienes en el cerebro se proyecta a través del instrumento de modo muy especial".

El violinista estadounidense se muestra prudente y hasta exhibe cierta dosis de modestia cuando explica que la belleza no reside en cómo él interpreta, sino en las composiciones de las obras de los grandes maestros. "Los importantes son los creadores, no los que interpretamos sus partituras. Lo único que hacemos es transmitir la emoción que como intérprete sientes". Bell compara el trabajo del músico al del actor. "Si tú te sientes bien, eres capaz de hacer llegar al público esos sentimientos porque el violín es un instrumento muy cercano al corazón".

El violín de Bell ha estado rodeado de intrigas y misterios. El instrumento fue robado en varias ocasiones a su anterior propietario, Bronislaw Huberman. La primera sustracción ocurrió en Viena y apareció a las pocas semanas. La segunda vez fue en 1936 en el camerino del Carnegie Hall de Nueva York y durante 50 años estuvo desaparecido hasta que un músico callejero, cuando se estaba muriendo, confesó a su mujer, que el violín que había utilizado para ganarse la vida tocando por los cafés de Manhattan era un famoso Stradivarius. A partir de entonces pasó por varias manos hasta que, en 2001, lo adquirió Joshua Bell.

El violinista, experto en mercadotecnia musical, ha logrado en varias ocasiones que sus discos estén en las listas de los más vendidos de música clásica. No tiene reparos en introducirse en otros géneros como el jazz, el blues o componer música para películas. "Me gusta la buena música y eso es lo único importante". El próximo disco que sacará al mercado será las Cuatro Estaciones, de Vivaldi, con la Orquesta de la Academy Saint Martin in the Fields.

Pero estar situado el número uno en las listas no le sirvió de nada cuando, hace poco más de un año, cogió su Stradivarius y tocó en uno de los pasillos del metro de Washington. Durante 43 minutos interpretó obras maestras y la recompensa fueron 25 euros. ¿Lo volvería a hacer? "Ni loco. No me gustó la experiencia".

El hombre que debutó a los 14 años con la orquesta de Filadelfia dirigida por Riccardo Muti ha trabajado recientemente con una de las grandes promesas mundiales de la dirección de orquestas, el venezolano Gustavo Dudamel. "Fue una experiencia maravillosa descubrir el trabajo del maestro Abreu, fundador del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela y ver ese entusiasmo con el que los jóvenes participan en ellas. Es muy excitante tocar con una formación como la Simón Bolívar y saber que al frente de ella se encuentra uno de los mayores talentos actuales de la dirección de orquesta".

Bell apuesta por exportar a otros países el sistema Abreu: "No hay que educar a los jóvenes para que sean profesionales sino para que disfruten con la música, para que desde niños aprendan a entusiasmarse con los sonidos y la belleza que encierran las obras de los grandes maestros. Los que nos dedicamos a ello tenemos que hacer hincapié porque de la enseñanza depende el futuro".

Bell actúa hasta mañana junto a la ONE con un programa que incluye Batalla de Enrique V, de William Walton, El violín rojo, de John Corigliano y la Sinfonía número 7 de Beethoven.


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Diario La Nueva España (Oviedo)
COSME MARINA


Vuelve el teatro Real de Madrid a estar nuevamente en los papeles y no precisamente por cuestiones artísticas –que sería lo lógico- sino por asuntos de politiqueo que están dejando el prestigio del coliseo de la plaza de Oriente por los suelos.

La puesta en marcha del Real la pasada década levantó gran expectación en el mundo de la música española. Se pretendía que la nueva casa de ópera fuese un referente, un buque insignia estatal que ayudase a la consolidación de la lírica en todo el país. Hasta ahora el único parámetro en el que es referente es el de la constante injerencia política que acaba por destruir los proyectos artísticos, no permitiendo la maduración de los mismos. O sea, un ejemplo de lo que no se debe hacer en una teatro de ópera que debiera ser de primer rango y no lo es.

En los inicios ya hubo buen lío con Lissner, con un preámbulo a cargo de Ros Marbá, si mal no recuerdo. Después los enredos seguirían entre Juan Cambreleng y el fallecido Luis Antonio García Navarro a los que sustituyó el equipo formado por Inés Argüelles, Emilo Sagi y Jesús López Cobos. La salida de Argüelles-Sagi fue una auténtica vergüenza para el Ministerio que ahora vuelve a dar otra vuelta de tuerca en el absurdo dando la patada a Antonio Moral y a López-Cobos. Una cadena de despropósitos a la que no se le ve freno, al menos a corto plazo.

Las casas de ópera de referencia mantienen contratos a largo plazo con el fin de estabilizarse artísticamente. Nada hay peor para un proyecto artístico que los vaivenes continuos que sólo generan inseguridad. Si toda la serie anterior fue grave lo de ahora roza el ridículo internacional, por los protagonistas de esta nueva entrega del cutre-culebrón que el Ministerio, y quien éste delegue para ejecutar las decisiones en el teatro, protagonizan sin rubor.

Resulta que se da puerta a los actuales responsables artístico y musical y ¡nadie ha atado quien los va a sustituir previamente! Ante esta situación empiezan las quinielas, el zoco y el mercadeo. Cada grupo de presión se coloca para una batalla que va de chasco en chasco. Que si ahora Lissner, en comandita con Harding. Se acerca por Oviedo Gustavo Dudamel a ofrecer un concierto con la Orquesta Simón Bolívar y también se baraja públicamente su nombre. Queda libre Mortier en Nueva York y ¡a por él! Por supuesto todo esto se negará con fruición pero los que conocemos a algunos de los actores a los que se está llamando y nos cuentan como se están llevando las cosas no podemos menos que indignarnos ante la pereza y el aburrimiento de una gestión hoy por hoy abocada al despropósito. Da la impresión de que un paletismo carpetovetónico domina la selección de un reducido número de opciones cuando en nuestro país hay nombres de entidad con los que se pudiera contar para estos cometidos.

Creo que el Real merece más. Es un teatro cuya programación pagamos todos los españoles a través de nuestros impuestos. A la misma también contribuye un nutrido número de mecenas y miles de aficionados que respaldan los resultados artísticos que se han obtenido en la última década. Ya está bien de politiqueos y juegos de influencias en los que lo que menos importa es la música y la ópera y sí el caciqueo más ruin. ¿Alguien con sentido común será capaz de reconducir la situación? Al menos espero, que como la popular comedia televisiva que protagonizaba el asturiano Arturo Fernández –“La casa de los líos”-, tengamos un final feliz.

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viernes, 21 de noviembre de 2008

Orquesta Filarmónica de Berlín/Herbert von Karajan

S. Prokofiev
Compositor ruso, una de las principales figuras de la música del siglo XX. Nació el 23 de abril de 1891 en Sontzovka, cerca de Yekaterinoslav (actual Dnipropetrovsk, Ucrania). Estudió en el Conservatorio de San Petersburgo con los compositores rusos Reinhold Glière, Nikolái Rimsky-Kórsakov y Anatoli Liadov. De 1918 a 1933 vivió en Europa, realizando giras como pianista en las que interpretaba obras propias como sus cinco conciertos para piano y sus cinco primeras sonatas para ese instrumento. En 1934 regresó a su país natal. Sus primeras obras, como el Concierto para piano nº 1 (1911) y la "Suite escita" para orquesta (1914), le valieron fama de músico iconoclasta.

Durante los años en que vivió fuera de su país compuso para el empresario de ballet ruso Sergei Diaguilev los ballets "Chout" (1915) y "El paso de acero" (1926), apoteosis de la industrialización que estaba produciéndose en ese momento en Rusia. De este mismo período son las óperas "El amor de las tres naranjas" (1921), basada en una fábula de Carlo Gozzi, y "El ángel de fuego" (1919, esc. 1955), aunque su obra más destacada es la "Sinfonía clásica" (1918), obra concisa e irreverente con armonías modernas y ritmos tradicionales del siglo XVIII que preconizaba el estilo neoclásico que dominaría gran parte del siglo XX. En 1923 se casó con la cantante de origen español Lina Lluvera. A su vuelta a Rusia en 1936 Prokófiev siguió componiendo con el mismo lenguaje musical. Sus obras demuestran una extraordinaria integridad si se tiene en cuenta la presión impuesta por el dogma soviético del realismo socialista. Entre estas obras cabe destacar "Pedro y el lobo" (1934) para narrador y orquesta, el ballet "Romeo y Julieta" (1936, esc. 1940), la ópera "Guerra y paz" (1946, rev. 1952), la enérgica Sinfonía nº 5 (1945), la suite "El teniente Kijé" (1933) y la cantata "Alexander Nevski" (1938, para la película del director soviético Serguéi Eisenstein).

Aunque hasta ese momento había gozado del favor del gobierno, en 1948 fue censurado por utilizar un "excesivo formalismo" y armonías cacofónicas. Prometió componer con mayor lirismo, pero su ópera "Cuento de un hombre auténtico" (1948) fue de nuevo censurada. Su Sinfonía nº 7 (1952, premio Stalin) le devolvió el favor del gobierno. Prokófiev falleció el 5 de marzo de 1953 en Moscú (el mismo día que Stalin) cuando acababan de comenzar los ensayos para su ballet "La flor de piedra" (1950, escenificado en 1954).

Sinfonía Clásica
La “Forma sonata” tuvo su apogeo entre 1770 y 1810, época en la cual la producción compositiva de Haydn coincidía con el descubrimiento de nuevas posibilidades expresivas dentro del marco heredado por las formas del estilo galante anterior. Para Prokofiev, por su parte, la composición de su primera sinfonía en el estilo de Haydn, correspondía al deseo de tomar distancia frente al piano (instrumento con perfeccionamiento paralelo al desarrollo de la forma sonata) en el momento de la creación, y para responder a aquellos que censuraban su “modernismo”. En todo caso la forma clásica por excelencia se presentaba ante Prokofiev como estructura cerrada, no en expansión.

La Sinfonía Clásica op. 25 es una obra neoclásica compuesta en 1917, que combina la orquesta tradicional del siglo XVIII con las formas del rococó, armonías modernas y melodías avanzadas de claridad diáfana. Tiene cuatro movimientos similares a la estructura sinfónica de Haydn, pero sustituyendo el minué por una gavota. El primer movimiento es vivaz, mientras que el segundo es una melodía de cuerdas que luego acompañan las maderas. La Gavota es pastoral, alternándose maderas y cuerdas. El Molto Vivace final es ágil, con un papel destacado de la flauta.

Publicado por jrtapia @ 15:58  | La Sinfonía
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jueves, 20 de noviembre de 2008


Orquesta de la Royal Opera House
Covent Garden de Londres
Colin Davis, director

En el último año de su vida (1791) Mozart compuso "La clemencia de Tito", una ópera seria –término que desde el Barroco en adelante se puede interpretar como ópera sobre temas heroicos o mitológicos–, cantada en italiano, y un "singspiel" en idioma alemán: "La flauta mágica". Ésta última fue concebida para el teatro popular de Emmanuel Schikaneder, destinada a un público que recibiría con agrado una ópera al estilo de un cuento de hadas con elementos de comedia y drama moralizante. Sin embargo, el contenido de "La flauta mágica" va más mucho allá puesto que en ella se representa de manera crítica la realidad política y social de la época, empleando un lenguaje lleno de simbolismo masónico –cabe apuntar que Mozart se había iniciado en la masonería en 1784–.Tal vez sea por este motivo por el que se pueden rastrear algunos elementos de la logia dentro de la obra. Elementos que en líneas generales son claros, aunque si bien algunos críticos o musicólogos han tratado ir más allá y encontrar significados ocultos dentro de la obra. Sea como fuere y sin tratar de realizar en estos momentos un estudio completo sobre la masonería en esta ópera, lo cierto es que elementos como la “búsqueda” del conocimiento, conocimiento que se encuentra oculto y al que ha de accederse por medio de una serie de pruebas que han de pasarse es sin duda pare de los ritos de iniciación masónicos que prueben el templo del candidato y que le hagan merecedor de lo que se ha propuesto alcanzar.

La alusión al silencio impuesto en la prueba nos indica el secretismo de todos estos rituales o la alusión al cambio de roles maniqueos entre “buenos y malos” De tal forma que si en un principio se podía intuir la existencia de un malvado personaje que había raptado a una princesa (tema manido en las óperas barrocas), en el trascurso de la acción nos percatamos de que Sarastro (sobre el que pesan una serie de rumores) es el “bueno” mientras que la reina es la malvada. Situación extrapolable a la masonería y su consideración en la sociedad, de la que si bien existen un sinfín de rumores que la satanizan, un acercamiento a ella nos conduciría a la verdad, en opinión del compositor. Otros elementos como la cita egipcia, el desarrollo del número tres tanto en la acción como en los compases, o las diversas relaciones entre los personajes, nos vuelven a recordar sus múltiples significados esotéricos.

La suntuosidad de la orquestación, dice Michel Parouty refiriéndose a la obertura de "La flauta mágica", da un valor único a esta página musical. El estreno de esta hermosa ópera tuvo lugar en Viena, el 30 de septiembre de 1791, algo más de dos meses antes del fallecimiento del compositor.

Publicado por jrtapia @ 16:25  | La Ópera
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miércoles, 19 de noviembre de 2008
Heinz Holliger (oboe)
Orquesta de Cámara de Lausana/Jesús López Cobos



La palabra "oboe" procede del francés hautbois, término con el que se designaba al caramillo. El oboe pertenece a la familia orquestal de viento-madera. Es un instrumento de taladro cónico en el cual el sonido se emite mediante la vibración de una lengüeta doble que hace de conducto para el soplo de aire. Su timbre puede ser potente y sonoro o dulce y seductor, claro y nasal o redondo y lleno de calor.

De acuerdo con el musicólogo Michel Parouty, Mozart para cumplir con el encargo de escribir «tres pequeños conciertos fáciles y cortos y dos cuartetos para flauta», realizado por un holandés de apellido De Jean, tomó muy probablemente su Concierto para oboe en Do mayor y realizó la transposición de éste a la tonalidad de Re mayor, obteniendo así el Concierto nº 2 para flauta, en Re mayor K. 314, obra que se escucha con bastante frecuencia.

Según documentos de la época de Mozart, el Concierto para oboe habría sido escrito durante el verano de 1777 para Giuseppe Ferlandis, oboísta de la Capilla de Salzburgo. Fue redescubierto en los archivos del Mozarteum por Bernhard Paumgartner, en 1920. El análisis de la obra permitió a los investigadores establecer la hipótesis mencionada acerca de su relación con el Concierto para flauta nº 2, suposición que es aceptada ampliamente. Jean-Victor Hocquard considera que se trata de una obra «deliciosa por su fluidez, debida al encuentro de varias cualidades: claridad y precisión de escritura, continuidad del discurso en un diálogo constante de arabescos.

Publicado por jrtapia @ 9:04  | Inst. de viento madera
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martes, 18 de noviembre de 2008
Imagen
Franz Schubert (1797-1828)

Schubert comenzó sus estudios musicales con su padre pero éste, atento al potencial de su hijo, lo envió al director del coro de la parroquia. Schubert acudió después a la escuela de la Capilla de la Corte Imperial de Viena. Así empezó a componer sus hermosas obras y contribuyó a dar origen a un movimiento romántico que se extendió después rápidamente por toda Europa.

Schubert escribió música por placer, alcanzando la felicidad en el propio hecho de la creación, y llevó a la cima el repertorio del lied. Compuso más de 600 canciones, algunas agrupadas en colecciones o ciclos como "El viaje de invierno", "La bella molinera" o "El canto del cisne". También produjo obras para piano, cuartetos de cuerda, música para distintos conjuntos de cámara y para orquesta sinfónica. Su estilo surgió con naturalidad, acentuando lo subjetivo y lo poético, pero respetando las formas clásicas heredadas de Beethoven, Mozart y Haydn.


Cuatro Impromptus, Op. 90 D 899
Schubert vivió en una época en la que la sonata para piano, hasta entonces uno de los mayores vehículos del pensamiento musical, estaba venida a menos. Basta comparar el número de sonatas escritas por Beethoven con las de Chopin, Schumann o Liszt para comprobar el ocaso del género. A pesar de que Schubert había compuesto algunas de las mejores sonatas para piano de principios del siglo XIX, era consciente de la conveniencia de escribir obras menos exigentes.

Franz Schubert poseía el misterioso don de escribir con brillantez tanto para el virtuoso como para el aficionado. Sus dos colecciones de "Impromptus" sobrepasaron inmediatamente en popularidad a sus tres últimas grandes sonatas.

El término "Impromptu" era ya corriente en la Viena de finales de la década de 1820, cuando lo utilizara Schubert. Como acontecía con la mayor parte de lo que caracterizaba la vida musical vienesa, los orígenes de esta forma ternaria breve para piano fueron checos. Schubert recibió al influencia al respecto del compositor Jan Voříšek, que moriría prematuramente en 1825.

Impromptu Op. 90/1
Los primeros "Impromptus" de Schubert (D 899) datan del verano de 1827, en el que además compuso "El Viaje de Invierno". El primero de ellos, en Do menor, posee algo de la dimensión declamatoria, trágica de algunos de los lieder del mencionado ciclo. Después de un unísono en la dominante de Sol, la mano derecha presenta una melodía patética que no abandona la tonalidad de la dominante más que en una cadencia en Do menor, entre los compases 8 y 9. La melodía permanece más o menos en la misma tonalidad, mientras que la armonía y el carácter que la acompañan varían de lo tenue a lo majestuoso. Una fluida sección central en La bemol mayor lleva aún más lejos las posibilidades del primer tema antes de retornar a la tonalidad inicial. Sobrepasando las simples exigencias de la forma ternaria, Schubert enriquece el discurso con un potente desarrollo. La exquisita conclusión juega con la oposición mayor/menor antes de terminar con un Do mayor resignado.



Impromptu Op. 90/2

Las secciones externas del segundo "Impromptu", en Mi bemol mayor, son ejemplo perfecto de puro virtuosismo y constituyen todo un estudio sobre la mano diestra. La sección central en Si menor, que reaparecerá en la coda, contrasta por sus ritmos vigorosos y su melodía, claramente delineada.



Impromptu Op. 90/3
El tercer "Impromptu" es un Andante magníficamente sostenido sobre la romántica tonalidad de Sol bemol mayor. Su bello tema vuela sobre un acompañamiento dulce y sinuoso que a la vez ilumina y profundiza la textura.


Impromptu Op. 90/4
El cuarto "Impromptu" comienza misteriosamente en La bemol mayor. Como en el segundo "Impromptu", la mano derecha está llena de dificultades que hacen de esta pieza, con su Trío de melodía acompañada, un tour de force de virtuosismo, aunque también requiera la mayor delicadeza en la expresión.

 


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lunes, 17 de noviembre de 2008

Orquesta Filarmónica de Viena/Pierre Boulez


De los tres grandes sinfonistas que continuaron y culminaron el legado beethoveniano, Brahms, Bruckner y Mahler, los dos últimos sufrieron un destino similar en lo que se refiere a la difusión de su obra. Rechazados de forma visceral por su entorno durante mucho tiempo, que los tildaba de excesivos e incapaces de sostener sus gigantescas creaciones, casi todas sus sinfonías consiguieron ser estrenadas sólo varios años después de su composición. Igualmente, ambos obtuvieron el reconocimiento poco antes de morir, por alguna de sus últimas sinfonías (Mahler por la Octava y Bruckner por la Séptima) y tras su muerte se les confinó al olvido. Sólo a partir de los años setenta conseguiría el autor de "La canción de la tierra" ser restituido, poco a poco, al lugar que justamente le corresponde en el panteón de los genios de la música; de Bruckner, en cambio, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que aún no lo ocupa. Aunque popular en los países germánicos, parece cierta la leyenda de que el público de otras partes del mundo no experimenta gran entusiasmo cuando se anuncia alguna de sus obras en los programas de abono. En España, por ejemplo, no es infrecuente que cuando va a venir algún gran director de la talla de Lorin Maazel o Zubin Mehta se produzca cierta decepción al saberse que tienen intención de dirigir alguna sinfonía bruckneriana."

Otra vez con Bruckner -suele ser uno de los comentarios más habituales- ¿Pero por qué insisten en metérnoslo por las narices? ¡Con lo bien que estaría que dirigiesen alguna sinfonía de Brahms o de Mahler". Uno de los motivos de este desinterés es el concepto ampliamente extendido de que sus obras son demasiado largas y uniformes, imbuidas de un misticismo púmbleo, cuando no son meros pastiches wagnerianos. De hecho, esta pasión por Wagner fue la principal arma esgrimida durante muchos años por los incontables detractores que se dedicaron a desacreditarle en volúmenes de historia de la música, tildándole poco menos que de campesino simplón y poco ingenioso, convertido por casualidad al campo sinfónico. Curiosamente, hoy en día no se desacredita al autor de Tristán e Isolda por su densidad o no ser apto para todos los gustos, mientras que sí se continúa haciendo con Bruckner.

Por la demesura de sus dimensiones y por la profundidad de su visión, la Octava Sinfonía de Anton Bruckner es, de alguna forma, la cumbre de la sinfonía y el coronamiento y el epílogo de toda la aventura humana en el alba de un nuevo siglo (su Novena sinfonía va probablemente aún más allá y parace no pertenecer a este mundo).

Sus movimientos son:

1. Allegro moderato
2. Scherzo. Allegro moderato - Trio. Langsam
3. Adagio. Feierlich langsam, doch nicht schleppend
4. Finale. Feierlich, nicht schnell

Comenzada en 1884, nada más terminar la Séptima y tras la euforia de su éxito, la Sinfonía nº 8, en Do menor, tendrá una historia difícil. Terminada en un principio en 1887, pero rechazada por su discípulo Hermann Levi, quién sin embargo tuvo un papel determinante en el triunfo de la séptima (fue el director en el estreno). Levi no comprende la nueva obra y estuvo a punto de llevar a Bruckner, raramente tan satisfecho consigo mismo, al suicidio; en su espíritu la nueva partitura representaba un logro absoluto. Bruckner revisó la nueva obra durante dos años más. La sinfonía conoció un gran éxito en su estreno en Viena el 18 de diciembre de 1892 por la Orquesta Filármonica bajo la batuta de Hans Richter. Las criticas la calificaron incluso de sinfonía de las sinfonías o cumbre de la sinfonía romántica.

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domingo, 16 de noviembre de 2008


Sviatoslav Richter, piano

Por sonata se entiende, según el modelo clásico, tanto una pieza musical completa como un procedimiento compositivo que utiliza dos temas, generalmente contrastantes. Dicho procedimiento es conocido como "forma sonata" o "allegro de sonata".


La sonata clásica, la más difundida dentro de esta forma musical, es una obra
de tres o cuatro movimientos escrita para uno o más instrumentos. Inicialmente predominaron las sonatas de tres movimientos, especialmente en el Clasicismo, pero a medida que aumentaban tanto su complejidad como su duración se popularizaron las de cuatro.


La Sonata para piano en Do mayor K 545 es posiblemente la más popular de las de Mozart. Esta Sonata se conoce como Sonata "facile" o "semplice", porque el propio compositor se refirió a ella en alguna ocasión como una obra “para principiantes”. Mozart la incorporó a su catálogo el 26 de junio de 1788.


La obra consta de tres movimientos. Allegro, Andante y Rondó. El Allegro inicial
está en forma de Sonata. Su primer tema es acompañado por un bajo de Alberti en  la mano izquierda. Le sigue un puente en escalas hasta que se llega a la tonalidad de la dominante, Sol mayor, clave en la que se presenta el segundo tema. La exposición concluye con una codetta. El desarrollo se inicia en Sol mayor y atraviesa por distintas tonalidades. La reexposición comienza inusualmente en la subdominante, Fa mayor, tras la cual el movimiento llega a su fin.

Enlace a la partitura: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d2/K545_score.jpg

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sábado, 15 de noviembre de 2008


Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia

Esa-Pekka Salonen, director

 

El camino de desarrollo de la orquesta iniciado por el genio de Beethoven nos conduce directamente al compositor francés Hector Berlioz. Éste nace en pleno siglo romántico y se encuentra con una orquesta sinfónica algo desorbitada en su sonoridad y con innegables desviaciones tímbricas. Berlioz suaviza los excesos en que habían caído sus contemporáneos y se convierte en el más notable orquestador del siglo XIX. Fue autor de un tratado sobre orquestación e instrumentación aceptado y desarrollado más tarde por Nicolai Rimski-Korsakov. En él Berlioz demuestra su especial talento e imaginación en ese arte, aportando a la orquesta sinfónica una equilibrada organización técnica, logrando un ajuste casi perfecto entre los diferentes timbres o colores sonoros, por lo que debemos considerarle como el genio de la orquesta moderna.

 

Aunque en algunas obras de Berlioz se advierta una marcada inclinación a expresiones grandiosas, con la utilización de conjuntos instrumentales voluminosos y grandes masas corales, no por ello se debe olvidar su valioso aporte a la gran orquesta del período romántico, que fue heredada y aun aumentada por Richard Wagner, como sucederá poco más adelante. 


Publicado por jrtapia @ 8:00  | Musicales y Operetas
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viernes, 14 de noviembre de 2008


Orquesta Filarmónica de Berlín
Wilhelm Furtwängler, director

Johannes Brahms (1833-1897) está considerado como el último de los clásicos. En sus composiciones, Brahms aúna la tradición de Mozart y Beethoven. Su Cuarta Sinfonía es una obra de madurez.

Brahms necesitó veinte años para terminar su Primera Sinfonía. En ese momento tenía ya 43 años. En sus tres sinfonías siguientes emplea también mucho tiempo, un total de ocho años. Brahms escribe su Cuarta Sinfonía entre 1884 y 1885 y con ella alcanza el momento cumbre de su actividad creativa. Tras la muerte de Richard Wagner, se convierte en el compositor más relevante del momento.

La Sinfonía nº 4 en Mi menor, Opus 98 posee una gran musicalidad y enorme belleza sonora. Con ella, Brahms enriquece la expresión musical en la orquesta. Esta sinfonía es su última gran obra. En los doce años que vivió tras escribirla, no compuso otras obras de importancia.

El vídeo está tomado de un ensayo en Londres en 1948.

Publicado por jrtapia @ 12:51  | La Sinfonía
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jueves, 13 de noviembre de 2008
 

 

Vladimir Horowitz, piano

Orquesta Filarmónica de Nueva York

Zubin Mehta, director

 

En el otoño de 1909 Rachmaninov se embarcó en su primera gira concertística americana, ofreciendo, como el mismo señaló, "casi un concierto diario durante tres meses enteros... Fue una paliza." De hecho, había estado en vilo si los arreglos contractuales para la gira serian completados satisfactoriamente a tiempo para que pudiera ir a América, pero, incluso con estas incertidumbres, trabajó regularmente (y con la discreción característica) en la principal composición nueva que planeaba dar a conocer en Nueva York: su Tercer concierto para piano. Lo escribió en la paz y la tranquilidad de la residencia campestre de la familia, Ivanovka, y fechó el manuscrito completo "Moscú, 23 septiembre 1909" 15 octubre, nuevo estilo). A partir de entonces contaba únicamente con nueve días para cruzar el Atlántico y ensayó la parte solista a bordo del barco, utilizando un teclado mudo.

La gira comenzó con un recital en Northampton, Massachusetts, el 4 de noviembre; continuó con conciertos a solo, como solista y como director por toda la costa este, antes de que Rachmaninov se uniera a la Orquesta Sinfónica de Nueva York en el estreno del Tercer concierto, ofrecido el 28 de noviembre en el New Theatre de Nueva York bajo la dirección de Walter Damrosch. En enero de 1910 lo repitió en el Carnegie Hall, esta vez con la Filarmónica de Nueva York bajo la dirección de Gustav Mahler, que impresionó enormemente a Rachmaninov como director. La opinión de los críticos sobre la música fue muy diversa. El New York Herald, a la vez que lo situaba entre "los conciertos para piano más interesantes de los últimos años", comentaba que "su amplia duración y sus extremas dificultades permiten que sea interpretado únicamente por pianistas de un poderío técnico excepcional". El New York Daily Tribune resaltó "la dignidad y belleza esenciales de la música", pero criticaba de nuevo su extensión: "Un acortamiento juicioso contribuiría a que el concierto tenga una vida merecidamente larga".

Rachmaninov realizó algunas ligeras correcciones en el manuscrito, pero todas estaban relacionadas con detalles nimios. La partitura se publicó completa y el proceso de "acortamiento" que llevó a cabo más tarde en algunas interpretaciones y en su propia grabación del concierto estuvo de hecho lejos de ser acertado. Se ha acordado desde hace mucho tiempo que los cortes que aprobó socavan la grandeza arquitectónica de la música; al igual que en la Segunda sinfonía, una estructura a gran escala de este tipo necesita tiempo para desarrollarse con naturalidad, partiendo en la práctica de la melodía en re menor engañosamente sencilla hasta convertirse en una obra de una coherencia impresionante, con sutiles referencias temáticas cruzadas y con un diseño espacioso y de gran variedad.

La escritura para piano se encuentra entre las más coloristas e inventivas jamás concebidas por Rachmaninov, que en el primer movimiento alcanza su clímax en la cadencia. Rachmaninov escribió dos versiones de esta cadencia: su idea original fue la versión audaz, acórdica; la alternativa es más ligera, afiligranada, scherzante. En su propia grabación, Rachmaninov tocó la segunda, pero la elección queda abierta a la preferencia individual de cada pianista.


Publicado por jrtapia @ 9:08  | El piano
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miércoles, 12 de noviembre de 2008



Vladimir Ashkenazy, piano

El estilo de Chopin procede de varias fuentes. En primer lugar de la música de piano prerromántica, en particular de la música de estilo brillante de compositores extranjeros como Weber, Hummel, Dussek, Field, etc. O Polacos como M. K. Ogiński, F. Lessel, K. Kurpiński o M. Szymanowska. Pero Chopin también debe mucho a Mozart y a Beethoven. También, en cierta medida, a la ópera italiana (Bellini), aunque el papel determinante corresponde al folclore polaco, como en la tonalidad y la armonía.Chopin alcanzó rápidamente una expresión personal, pero resulta difícil descubrir en su obra una verdadera evolución de estilo, sin embargo es posible determinar ciertas etapas. La primera, que termina en 1830, está dominada por las formas clásicas en las que impone su concepción personal de la composición pianística. Esto es evidente en los Conciertos y en los Estudios. Aparecen, simultáneamente rasgos del estilo nacional en la utilización de la mazurca y la polonesa, alcanzando su pleno desarrollo durante su segundo período creador (1930-39). Chopin se declara entonces a favor de las formas simples y libres, en un movimiento, típicas del romanticismo.

El estilo de Chopin es inseparable de su ejecución. Se caracteriza por una sutil expresividad, la preeminencia del cantabile, una dinámica delicadamente matizada, con la utilización de pianos suaves y cantantes y por un tempo rubato que se ha hecho célebre y que confiere a su ejecución un aspecto de improvisación.

Aunque a partir de los veinte años vivió en una sociedad cosmopolita, conservó durante toda su vida un ardiente patriotismo. Polonia también le aportó la inagotable riqueza de su folclore y de sus tradiciones seculares. Francia le dio, en un momento en que su país estaba oprimido, el sentido de la libertad. Alemania le hizo partícipe de la herencia de Bach y de Beethoven. Chopin preparó la vía a las otras escuelas nacionales, principalmente por su modo de asimilar el estilo nacional polaco. Fue seguido, de distintas maneras, por Schumann, Liszt, Wagner, Brahms, Grieg, Smetana, Dvořák, G. Fauré, Balakirev, Moussorgsky, Cui, Scriabin, Liadov, Rachmaninov, etc. Y por músicos polacos de los siglos XIX y XX, como Moniuszko, Zarebski, Paderewski y K. Szymanowski, que tomaron los principios de su música y los adaptaron a la música moderna. Su técnica pianística, los rasgos fundamentales de su ejecución y de su estilo, y la búsqueda de nuevos efectos sonoros, han marcado profundamente toda la música de piano de los siglos XIX y XX, principalmente en Polonia, Rusia y Francia, donde pueden encontrarse elementos heredados de Chopin hasta en Debussy.

Publicado por jrtapia @ 8:00  | El piano
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martes, 11 de noviembre de 2008



                                                            Miguel Ángel Gómez Martínez


Crítica de GONZALO ALONSO

Madrid-Berlín en homenaje a Severo Ochoa
Concierto para la reflexión
Obras de Falla, Palomo y Beethoven. G. Ortega, M. Xyni, U. Meyer y R. Gassent. Orquesta Filarmónica de Cámara Madrid Berlín. M. Á. Gómez Martínez, director. Auditorio Nacional. Madrid, 7 de noviembre.

El concierto que la Universidad Politécnica dedica todos los años a Severo Ochoa ha dado esta vez ocasión para varias reflexiones. De entrada no es muy adecuado plantear un programa tan largo - la primera parte ochenta minutos- a las diez y media de la noche. Cierto es que se ofreció días antes en Berlín a hora menos intempestiva, pero en Madrid había que haber buscado otro horario. Segunda reflexión: cuando se estrena una obra en la que los textos son parte importante, es imprescindible proporcionar estos al público. Se daba a conocer “El amor de los dos ositos” de Lorenzo Palomo, cuento sinfónico de media hora para soprano, mezzo, oboe y corno inglés. Se supone que versa sobre el encuentro entre el osito berlinés y el madrileño, símbolos de las dos capitales en los que el nuestro ha pasado por el quirófano -¿con cargo a la seguridad social?- para cambiar de sexo. Muy en la línea de la Progre-España actual. Sin embargo no hubo ni un espectador que se enterase de lo que ambos osos se traían entre las garras, porque no había textos y porque a soprano y mezzo no hubo forma de entenderlas. Tercera reflexión: ya superan lo admisible los errores de la actual dirección del Auditorio Nacional. No puede ser que la señora Marussa Xyni ocupe un camerino en el que se anuncia a María Bayo, quien había sido sustituida hacía días sin que en el Auditorio se enterasen. Pero es que además no se supo graduar el micrófono que utilizó la cantaora Ginesa Ortega en “El amor brujo”. ¿Tan inútil se ha vuelto el personal? ¿Es falta ilusión ó que ya sólo prestan atención a la corta programación propia? Quinta reflexión: ¿tan pobre es la educación humanista en nuestras universidades politécnicas como para que su público aplauda en la mitad de “El amor Brujo”, mostrando tener menos perspicacia o conocer menos la obra que los berlineses que la escucharon jornadas antes? Sexta y última reflexión: ¿Por qué Miguel Ángel Gómez Martínez no visita con la frecuencia que debiera los ciclos de la ONE o el Teatro Real? Estamos ante uno de los escasísimos directores de talla, internacional de verdad, con los que contamos y algunos no se enteran.
Por lo demás Gómez Martínez volvió a demostrar en las obras citadas y en la “Séptima” beetoveniana solvencia, fidelidad a las partituras, nervio y brío, así como un dominio total de la orquesta, en esta ocasión integrada por músicos de varias agrupaciones de Berlín y Madrid.


Publicado por jrtapia @ 23:21  | Se dice, se comenta
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Teresa Berganza (mezzosoprano) y Ruggero Raimondi (barítono bajo) cantan el dueto de la obra maestra de Mozart "Don Giovanni" en la película del mismo título, realizada por el cineasta inglés Joseph Losey, acompañados por la Orquesta de París, bajo la batuta de Lorin Maazel.

 
"Don Giovanni, ossia il dissoluto punito" K 527 es un dramma giocoso en dos actos con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Lorenzo da Ponte, compuesta entre marzo y octubre de 1787 en Viena y en Praga. Nació como un encargo a raíz del éxito que tuvo el estreno en esta última ciudad su ópera "Las bodas de Fígaro". "Don Giovanni" fue presentada en el Teatro Estatal de Praga el 29 de octubre de 1787 con gran éxito. Según se dice, Mozart compuso la obertura la noche antes de su estreno, de manera que esta parte  fue interpretada por vez primera sin ensayo previo alguno. El libreto de “Don Giovanni” está escrito en italiano.


De todas las obras musicales basadas en la leyenda de Don Juan, la de Mozart es la más conocida y generalmente mencionada como la mejor. La ópera lleva el subtítulo de dramma giocoso (drama cómico), lo cual indica que no es ni completamente trágica ni cómica. Originalmente los actores alternaban entre recitativo hablado y arias, pero en las producciones modernas se suele utilizar el recitativo secco compuesto por el propio Mozart para sustituir al texto hablado.


El filósofo danés Søren Kierkegaard escribió un largo ensayo en su obra "Enten - Eller" (O lo uno o lo otro) en el cual defendía la propuesta de que esta ópera es la mejor obra de arte jamás realizada.


Uno de los momentos más notables de “Don Giovanni” es el dueto del Acto I "Là ci darem la mano", que tiene forma musical de minueto y es interpretado por Zerlina, campesina a la que trata de seducir el protagonista, junto al mismo Don Giovanni.


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lunes, 10 de noviembre de 2008


Brien Engel, armónica de cristal

 

La armónica de cristal es un instrumento musical hecho con copas de cristal que se hace sonar frotando circularmente su borde con los dedos mojados en agua.

 

Al frotar la copa, ésta vibra con una frecuencia determinada. Por tanto, suena con un tono definido. Esto sucede porque se produce una onda estacionaria cuya frecuencia depende de la forma, tamaño y tipo de cristal de la copa. Mojarse los dedos en agua sirve para aumentar el rozamiento; desempeña el mismo papel que la resina que se da al arco del violín.

 

Para que se produzca el sonido es conveniente lavarse las manos y enjuagarlas muy bien. Si los dedos no están muy limpios, no se produce bien el sonido. Hay que frotar el borde de la copa muy suavemente y despacio.

 

Las copas han de ser preferiblemente de cristal fino. Cuanto más grande es la copa, más grave es el tono que produce. Con un excelente oído musical se ve (mejor dicho, se escucha) qué tono da la copa (a falta de buen oído, se puede hacer con un afinador de instrumentos musicales). Para afinarla, se llena de agua hasta que la nota suene correctamente. A medida que la copa se va llenando con agua, el tono se va haciendo ligeramente más grave. Por tanto, no se puede afinar a un tono más agudo. Para mojar los dedos, se utiliza agua de otro recipiente; no el agua que se ha usado para afinar la copa, porque si no, se desafina.

 

Una curiosidad: se atribuye a Franklin la invención de una armónica de cristal automática, instrumento que consistía en una serie de cuencos de cristal ensartados en un eje que giraba con un pedal, cuya parte inferior estaba en contacto con un recipiente con agua.
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domingo, 09 de noviembre de 2008
Antonin Dvořák nació en Nelahozeves, un pequeño pueblo bohemio situado treinta kilómetros al norte de Praga, el 8 de septiembre de 1841.

Imagen
A. Dvořák

De niño aprendió a tocar el violín, el piano y el órgano. En 1873 su fama se hizo internacional gracias a la publicación de la primera colección de sus "Danzas eslavas". En 1884 visitó por primera vez Gran Bretaña y obtuvo éxito inmediato. Luego se trasladó a Norteamérica, donde fue director del Conservatorio de Nueva York. Dos de sus obras más famosas, la Sinfonía nº 9 ("Del Nuevo Mundo") y el Cuarteto en Fa mayor, conocido como "Cuarteto americano", las compuso en 1893, durante su estancia en los Estados Unidos.

Sus composiciones incluyen nueve sinfonías (1865-1893), obras para piano (entre ellas la conocida "Humoresca", de 1894), dos colecciones de danzas eslavas (1878 y 1886), para dos pianos (orquestadas más tarde por el propio compositor), las óperas "Vanda" (1875), "Dimitri" (1882), "El jacobino" (1887-1888), "El diablo y Catalina" (1888-1889), "Rusalka" (1901) y "Armida" (1902-1903) entre otras, varios poemas sinfónicos, música de cámara, oratorios, cantatas, misas, un concierto para violonchelo, otro piano y otro más para violín. El Concierto para violonchelo en Si menor opus 104 es una de las obras más espléndidas del repertorio romántico (1895).

Dvořák murió el 1 de mayo de 1904 en Praga.

Sinfonía "Del Nuevo Mundo"


La Sinfonía nº 9 en Mi menor, Op. 95, conocida como "Del Nuevo Mundo" es, seguramente, la sinfonía más popular de Dvořák y una de las más destacadas de todo el repertorio sinfónico. Consta de cuatro movimientos:
I. Adagio - Allegro molto
II. Largo
III. Scherzo: Molto vivace
IV. Allegro con fuoco

Fue escrita en los primeros meses de 1893, durante la estancia de su autor en Estados Unidos que se prolongó desde 1892 hasta 1895. Se estrenó el 16 de diciembre de 1893 en el Carnegie Hall de Nueva York, con la Orquesta Filarmónica de la ciudad dirigida por Anton Seidl. El éxito fue apoteósico.

De los cuatro movimientos, el segundo es el más conocido; parece ser que Dvořák se inspiró en la lectura de "La Canción de Hiawatha", en la que Longfellow pinta la grandiosidad de los bosques americanos. La melodía tiene ese aire doliente y nostálgico propio de los “espirituales negros”. Dvořák se interesó por la música nativa americana y por los espirituales afro-americanos desde su llegada a América.

En el Scherzo se escucha una especie de danza ritual india, para acabar en un final de trompas y trompetas en contraste con los acordes secos de la orquesta.

Tras el estreno de la sinfonía, Dvořák explicaba en un artículo publicado en el New York Herald cómo la música originaria americana había influido en su obra. En él afirmaba que, si bien no había utilizado directamente melodías populares americanas, excepto en el segundo tema del primer movimiento, basado en un canto espiritual afronorteamericano, sí había incorporado las particularidades de la música india, desarrollando los temas con todos los recursos de los ritmos modernos, del contrapunto y del color orquestal.

La interpretación del vídeo corresponde a la Orquesta Filarmónica de Viena, con Herbert von Karajan como director.


Publicado por jrtapia @ 10:24  | La Sinfonía
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sábado, 08 de noviembre de 2008


Dominic Kyrie, flauta

La flauta pertenece a la familia de instrumentos de viento-madera de la orquesta. Su delicado timbre, su registro agudo y su agilidad sonora la hacen protagonista de los momentos orquestales más brillantes, donde suele duplicar a los primeros violines. En lo acústico, es un instrumento de boca, en el que el aliento del músico choca con el borde de una abertura pequeña, circular o longitudinal, llamada embocadura, lo que provoca la vibración del aire. Antiguamente, los materiales más empleados en la fabricación de la flauta eran la madera de boj o de ébano. En la actualidad la flauta es de metal con un cuerpo enteramente de plata, aunque también hay instrumentos hechos de otros metales más asequibles.

En la flauta se pueden reconocer tres registros bastante distintos en carácter. Los sonidos graves tienen una naturaleza mórbida, el registro medio se parece al canto de una voz femenina, mientras que el agudo crea un ambiente mágico, sobrenatural.

La flauta estuvo y está presente en muchas culturas de las antiguas civilizaciones y del  mundo actual. Su antecesor más directo es la flauta travesera barroca, que se construía de madera y tenía algunos problemas de afinación. La flauta moderna, con su sistema de embocadura y llaves, fue creada por el alemán Theobald Böhm (1794-1881) y, a diferencia de la antigua flauta travesera, que tenía forma de cono, ésta es cilíndrica.


Publicado por jrtapia @ 8:00  | Inst. de viento metal
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viernes, 07 de noviembre de 2008








Anne-Sophie Mutter, violin

Lambert Orkis, piano

I.                       Allegro moderato

II.                     Andantino sostenuto

III.                  Rondeau. Allegro

A menudo se pierde de vista el hecho de que el niño prodigio que fue Mozart se exhibía, o más bien era exhibido, no sólo como clavecinista sino también como violinista. Para él este instrumento tampoco tenía secretos y no en vano su padre era un conocido practicante del violín y autor de uno de los mejores tratados para el instrumento escritos en su época. De esta manera el violín está en el centro de las preocupaciones mozartianas de la época aunque ocurre que, en un primer momento, sus sonatas primeras pertenecen a un género muy en boga en la época que es exactamente el contrario de la mentalidad posterior: se trata de sonatas para clavecín con acompañamiento de violín y no al revés ni tampoco obras equilibradas en el empleo de ambos instrumentos. De tal manera que las obras de ese género, que son nada menos que dieciséis, no se suelen contabilizar entre su producción violinística. Aún así y dejando aparte tales piezas e incluso los fragmentos finales de dos sonatas dedicadas a su esposa Constanza que han quedado incompletas, el número de sonatas para violín y teclado es nada menos que quince, empezando por la colección de seis que escribiera entre Mannheim y París en 1778 y que dedicó a la Princesa del Palatinado y que en el catálogo de Köchel van de la 301 a la 306. En el mismo año surgen otras cuatro sonatas que dedicará a su alumna, más dotada que agraciada, Josepha von Arhammer, de la que Mozart llegaría a escribir: “Es una criatura horrorosa pero toca de manera encantadora”. A esta serie pertenece la sonata que figura en el vídeo.

Por más que las sonatas de este ciclo, que Artaria publica en 1781, estén en su mayoría compuestas en Viena, la Sonata en Si bemol mayor K 378 se escribe en Salzburgo y, aunque sin duda fue esbozada antes, su composición parece que se adentra en los primeros meses de 1779. La sonata se abre con un allegro de carácter cantabile en el que triunfa abiertamente el Si bemol mayor de una manera pareja a como lo hace en una sonata para piano de la misma época e idéntica tonalidad (la K 333), pero en este caso ramificando el tema hasta en cuatro motivos. El que empieza en el tono de la dominante se muestra más escondido en la exposición y apenas si participa en el desarrollo pero, de manera insólita, sustituye al principal como motivo principal de la reexposición. No obstante, este Allegro moderato cierra de una manera totalmente ortodoxa lo que no es obstáculo para que Mozart muestre toda su extraordinaria inventiva y la seguridad de su trazo formal. Sigue un Andantino sostenuto y cantabile que se desarrolla un tanto al estilo de la música preclásica del estilo galante, aunque de repente se hace apasionado y vibrante en un ambiente mucho más cercano al Sturm und Drang antes de sosegarse en la coda. Es curiosa la manera en que los diseños alternan, casi con un movimiento pendular, entre los trinos y los pasajes en semicorcheas y cómo el piano adquiere una presencia que no sólo es estructural más allá del simple acompañamiento sino un empleo casi tímbrico del material armónico. El final es un Rondó brillante y sumamente alegre con esa falta de nubes que muchas músicas de Mozart tienen y que no es un reflejo de una objetividad inexpresiva, sino el triunfo de un oficio que transforma en fuerza vital el goce de lo que se sabe diseñado profesionalmente con la absoluta perfección de quien lleva la artesanía hasta el genio creativo.


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jueves, 06 de noviembre de 2008
Heinrich Schiff, violonchelo
Cuarteto Alban Berg














El compositor austriaco Franz Schubert compuso en 1828
, poco antes de morir, este quinteto de cuerda para dos violonchelos, que se encuentra entre las mejores obras de música de cámara. El hecho de que el quinto instrumento añadido a un cuarteto normal de cuerda sea un segundo violonchelo, en lugar de una segunda viola, pone de manifiesto los innumerables experimentos a que eran dados de los compositores del siglo XIX.

Está estructurado en cuatro movimientos, según este orden:

I. Allegro ma non troppo
II. Adagio
III. Scherzo. Presto - Trio. Andante sostenuto
IV. Allegretto


La música instrumental de Schubert se puede dividir en dos períodos bien diferenciados. El primero se extiende hasta 1820, y toda la producción que a él corresponde puede ser catalogada como "Hausmusik", es decir, “música para interiores domésticos” (no estrictamente música de cámara, puesto que aquí caben también, si sus dimensiones lo permiten, incluso sinfonías). El estilo de este primer período está marcado por una estrecha adhesión a los modelos de Haydn y Mozart. La obra que simboliza la culminación de este primer tramo de su itinerario creativo es camerística –el Quinteto “De la trucha”, de 1819- pero también hay que contar las primeras obras sinfónicas –al menos hasta la Sexta Sinfonía en Do mayor-.

El segundo período arranca de 1820 y se extiende hasta la muerte de compositor. A él pertenecen las obras más importantes: la Fantasía “Wanderer” para piano (1822) -muy interpretada depués por quien sería uno de los apóstoles de la música de Schubert: Franz Liszt-; la Sonata en Do mayor para piano a cuatro manos, conocida como “Gran dúo” (1824); las Sonatas para piano en La menor (op. 143 y op. 42), Re mayor y Sol mayor; los Momentos musicales y los Impromptus. El último año, 1828, es de tal fecundidad que algunos especialistas lo circunscriben por sí solo como un tercer período. Como un otoño grávido, 1828 ofrece una gloriosa muchedumbre de frutos: las tres últimas sonatas pianísticas, la Fantasía en Fa menor para piano a cuatro manos, el Quinteto en Do mayor con dos violonchelos y la Sinfonía en Do mayor “La grande”.

En poco más de treinta años de vida, Schubert alcanza a dejar una herencia espiritual que se revelará fundamental para compositores como Brahms, Bruckner y Mahler. Su originalidad es indiscutible, su potencia lírica inigualada, y su ciencia y rigor arquitectónicos no son en modo alguno inferiores a los de Beethoven, por mucho que Schumann y otros –tan lúcidos por otra parte en destacar el valor del legado schubertiano- señalaran en su generoso lirismo un rasgo feminoide que tal vez lo invalidaba para enfrentar retos de mayor envergadura que los de la miniatura o el lied.

La moderna musicología ha demostrado que no es así. Schubert, el cantor poeta por antonomasia, el que tantas veces no necesitaba del piano para componer, pues podía sentir crecer en su interior la música al mismo tiempo que leía a Goethe, Schiller o Novalis, Schubert, aquél por cuya sangre circula la esencia del melos vienés, no es un universo más restringido que otros, sino simple y felicísimamente distinto.

Publicado por jrtapia @ 8:00  | Música de cámara
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miércoles, 05 de noviembre de 2008






Narciso Yepes, guitarra

Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt

Rafael Frühbeck de Burgos, director

Joaquín Rodrigo escribió dos pequeñas piezas para guitarra en 1926 y 1936, pero en 1939 forjó su obra más popular: el Concierto de Aranjuez, una de las obras más escuchadas y difundidas de todo el siglo XX. Este concierto rememora el Palacio de Aranjuez, antiguamente tradicional residencia de verano de los reyes borbónicos de España, aunque no contiene alusión alguna a tal situación, no es música programática; simplemente representa la fascinación de Rodrigo por el folclore español.

El Concierto de Aranjuez se estrenó en 1940 (Barcelona), interpretado por Regino Sainz de la Maza, su dedicatario. Desde entonces ha sido interpretado y grabado por todos los virtuosos de la guitarra. La obra comienza con un "Allegro con spirito" de inspiración folclórica y carácter bailable. Sigue con el famoso diálogo de la guitarra y la orquesta del "Adagio", para concluir con el "Allegro gentile" que evoca una danza cortesana.

El primer movimiento, con forma de sonata, es breve: se desarrolla a partir del material con el que la guitarra comienza, fundamentalmente con acordes rasgueados. Está dominado por su ritmo, que sirve como acompañamiento a la melodía que llevan los violines. La yuxtaposición de compases de 3/4 y 6/8 ha sido típica en la música española desde el Renacimiento y es la característica principal del movimiento.

En el "Adagio" la guitarra comienza repitiendo el acorde de tónica de Si menor (el tono principal del movimiento es Re mayor). Entra el corno inglés, dividendo la melodía en dos partes, ambas imitadas por la guitarra con ornamentación.

En este punto el corno inglés toma la parte cantante, como si se tratase de una saeta de Semana Santa. La guitarra tiene dos cadencias. Al final de la segunda, la orquesta rompe hasta llegar a un clímax melódico. Finalmente la guitarra retoma la melodía para llevarla hacia un final más calmado en un "tiece de Picardie" (un tipo de acorde de Si mayor).


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martes, 04 de noviembre de 2008


EL VIOLÍN

Vladimir Vasiliev

"El Emperador Pavel inspecciona las tropas", sobre música de “El Teniente Kijé”

 

El Teniente Kijé es la suite sinfónica de la música que Prokófiev escribió a su regreso a la Unión Soviética para una película satírica de Alexander Feinzimmer -todavía era posible en 1932 en la antigua URSS una película así-. Se trata de un encargo un poco posterior a la escritura de Sur le Borysthène. Prokófiev declaró estar muy contento por poder tratar por fin un tema popular y entrar así en contacto con el público soviético. Es obra paródica, pero que evita con prudencia lo grotesco. El film satírico gira en torno al error de un empleado de oficina de los tiempos del zar Pablo que comete un fallo al copiar unos documentos oficiales y repite dos letras sin percatarse de ello agregando un teniente que no existe -Kijé- a una lista de soldados. Para ella Prokófiev utiliza melodías de corte popular mediante las que pretende recrear la imagen de la San Petersburgo imperial.

En esta etapa también compone Iván el Terrible I y II, ballets como La cenicienta, Romeo y Julieta y La flor de piedra, así como diversas óperas: Guerra y Paz (obra creada durante su estancia en Alma-Atá y a la que Prokófiev dedicó más tiempo y energía que a ninguna de sus otras composiciones. Su fin era hacer que el público viera la lucha contra Alemania como una continuación de la defensa de Rusia a lo largo de los siglos, sin embargo a la obra se le reprochó no ser lo suficientemente fiel a la novela de Tolstoi), Esponsales en el convento (obra que procede de la ópera cómica del siglo XVIII The Duenna compuesta por el inglés Richard Brinsley Sheridan).


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lunes, 03 de noviembre de 2008


EL VIOLÍN

Luca Pianca, laúd

Il Giardino Armónico

Giovanni Antonini, director

 

1. Allegro

2. Largo

3. Allegro

 

 

El  laúd, en sus diversas variantes, es el instrumento de cuerda pulsada más extendido en el mundo. Es un instrumento que normalmente se toca con púa o plectro, aunque existen ejemplares que se puntean con los dedos, e incluso frotando las cuerdas con un arco.

 

Es muy sencillo reconocer un laúd antiguo por dos razones: su caja de resonancia es redonda y en forma de pera; su clavijero forma un ángulo de noventa grados con el mástil. Los laúdes actuales generalmente tienen doce cuerdas que se agrupan de dos en dos. Cada grupo de dos cuerdas se denomina "orden" y se tocan siempre a la vez, ya que están afinadas a la misma altura. Al contrario que en la guitarra, para apoyar el instrumento se levanta la pierna derecha.

 

Lo que caracteriza al laúd es la comba o parte trasera de su caja de resonancia en forma de pera. Su nombre proviene del árabe "úd" (que significa madera o palo). El laúd llegó a España desde el Magreb y a partir de allí se extendió por toda Europa. Desde entonces son muchos los instrumentos que van a adquirir la forma del laúd: tiorbas, mandolinas, bandurrias, chitarrones, sistros,...

 

El laúd llegó a occidente en el siglo IX, alcanzando una gran popularidad en el renacimiento y habiendo generado una amplia literatura. En el siglo XVI se construyen los archilaúdes, con cuerdas graves añadidas, y tiorbas, con dos juegos de cuerdas y clavijeros separados para los graves, siendo el chitarrone una variante de mástil prolongado de hasta dos metros de altura. La mandolina, por su parte, desciende de la antigua mandola popular, y hoy tiene diez cuerdas agrupadas en cuatro órdenes. 

 

La obra de Vivaldi para laúd se compone de dos Conciertos y dos Tríos, además de un concierto "per molti stromenti" en el que intervinen dos laúdes. Ha sido grabada tanto con laúd como con guitarra. Los "Tríos" tienen algo menos de interés camerístico por el hecho de que el violín y el laúd duplican sus partes casi constantemente. Esto se da también en obras con laúd de otros autores barrocos y se especula sobre la razón: el escaso volumen sonoro del laúd para asumir una parte propia, pero no obstante otros autores sí han concedido al laúd una parte independiente en sus obras de conjunto


Se ha especulado bastante sobre para qué tipo de laúd podían estar escritas estas obras y si deberían considerarse en tesitura real o en octava baja. El primero de los supuestos requeriría un laúd de muy pequeño tamaño. La época se corresponde con la del laúd barroco, aunque Italia fue un caso un tanto especial, ya que allí se siguieron añadiendo cuerdas al laúd renacentista (archilaúd) y no se adoptó la afinación barroca. También hay que tener en cuenta la existencia del "torbino" o pequeña tiorba. Si las obras hubieran quedado escritas en tablatura, como se hacía en general en la época con las composiciones para laúd, seguramente no existirían dudas sobre la cuestión.

EL VIOLÍN

Ejemplos recomendados

- Para laúd:

Jean-Baptiste Bésard: Thesaurus harmonicus (de 1603, con 403 piezas para laúd, algunas con voz, de 21 compositores, él mismo incluido,  y casi todas las formas instrumentales de la época)

Robert de Visée: Suites para tiorba y laúd


- Para mandolina:

W. A. Mozart: Serenata de Don Giovanni

G. Mahler: La canción de la tierra, Séptima Sinfonía “El canto de la noche”

A. Casella: Le Couvent sur l'Eau (Il Convento Veneziano), Suite de ballet Op. 19


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domingo, 02 de noviembre de 2008


Julia Fischer, violín

 

Niccolò Paganini nace en Génova hacia 1782. Su infancia transcurre bajo el duro sometimiento al estudio prolongado y diario del violín. Tras esta dedicación exclusiva al instrumento consigue dominarlo por entero: con tan sólo trece años alcanza una inmejorable técnica y brillantez que rebasa los límites del virtuosismo. Su carrera concertística es imparable, con una intensa actividad desarrollada en giras por toda Europa que eran vividas como verdaderos acontecimientos culturales. El efecto que causaba entre el público era tan asombroso que llegaba a impresionar no sólo a los melómanos sino también a los músicos ya consagrados de la época tales como Chopin, Schumann, Schubert o Liszt.

 

Al parecer no era únicamente su dominio técnico o interpretativo lo que sorprendía sino toda una serie de gestos y maneras que transformaban al violinista durante su actuación. Prueba de este magnetismo tan evidente era la puesta en escena que él mismo creaba para dar interés a sus peculiares recitales. Así, en este contexto, se halla la interesante cita de Heinrich Heinne (en "Noches Florentinas") que sirve para acercarse a la comprensión de este mito del violín: "los sonidos del violín se hicieron cada vez más tempestuosos y osados, en los ojos del espantoso intérprete brillaba un ansia de destrucción tan burlona, y sus delgados labios se movían de modo tan lúgubremente agitado, que parecía como si murmurara antiquísimas y malvadas palabras mágicas para conjurar la tempestad y desencadenar los espíritus malignos que yacen atrapados en las profundidades abismales del mar".

 

En relación a lo que supuso Paganini, hay que considerar muy especialmente su nueva visión del violín. A través del empleo de recursos técnicos y melódicos llenos de brío y energía, Paganini busca una imitación de la más amplia gama de sonidos naturales. Es decir, el fin es el Arte: con estos medios circenses de que a veces se sirve, intenta plasmar la esencia de su creación, de su verdad musical.

 

En 1849 este personaje legendario dice adiós al mundo, tras una larga enfermedad motivada por un problema de laringe.

 

Era tanta su personalidad creativa y artística, y tan descomunal su dominio del instrumento que se ha creído ver en él la imagen del mismísimo demonio. En torno a ello han circulado varias leyendas de carácter diabólico así como opiniones tan válidas como las del propio Goethe: "En Paganini se revela en grado extremo el demonismo".

 

Lo que sí es perfectamente demostrable, al margen de la mera opinión, es el sentido revolucionario con que irrumpe en el campo instrumental de la Historia de la Música, con todo lo que ello conlleva en el terreno interpretativo y emocional. Se podría establecer sin vacilar un antes y un después del violín con relación al músico italiano. Las salas de concierto vibraron con su calor humano. El público llegaba a conectar directamente con la música que emanaba de su relevante carisma y sentido musical. Entonces, la interpretación triunfaba plenamente en toda la extensión de su palabra produciendo en el oyente la catarsis.

 

En cuanto a su aportación al desarrollo de la técnica violinística, es bastante significativa, destacando su exploración en el campo de los armónicos, de las dobles cuerdas, pizzicatti de la mano izquierda, amplia paleta de staccatti y otras innovaciones que incluso van más allá de la escuela tradicional. En conclusión, Paganini desarrolló globalmente las posibilidades polifónicas de dicho instrumento.

 

Todos estos hallazgos se plasmaron en su interesante y valiosa producción. Así destacan sus famosos 24 Caprichos para violín solo Op.1, la integral de sus conciertos para violín y las diversas colecciones de sonatas donde el talento y el ingenio creativos del autor son patentes.


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sábado, 01 de noviembre de 2008


La obra más conocida de Charles Gounod es la ópera Fausto (1859). Este músico nació en París, estudió en el conservatorio de la capital francesa con Jacques Halevy y Jean François Lesueur y en 1839 ganó el Grand Prix de Roma, que le permitió estudiar en Italia. Allí analizó las obras de compositores anteriores de música religiosa y compuso una Messe Solennelle (1841) y un Requiem (1842). De regreso a Francia, fue organista en París y cursó estudios religiosos, pero tras el estreno de su primera ópera en 1851, los abandonó para dedicarse por completo a la composición. Su primer éxito fue la ópera ligera Le médecin malgré lui (1858), basada en una comedia de Molière.

No obstante, su fama se debe principalmente a a la ópera Fausto, basada en la obra de Goethe. Del resto de sus diez óperas destacan Mireia (1864) y Romeo y Julieta (1867). Su música operística se caracteriza por el lirismo más que por su condición dramática, contiene suaves melodías y está perfectamente orquestada. Sus obras religiosas, muy populares en su tiempo, incluyen oratorios (Redención, 1882 y Mors et vita, 1885), misas, motetes, himnos y el famoso Ave María, basado en un preludio de Johann Sebastian Bach.


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