Orquesta Filarmónica de San Petersburgo
Yuri Temírkanov
Shostakovich es considerado como el más importante sinfonista ruso de
mediados del siglo XX. Este célebre músico fue parte de la primera
generación de compositores rusos formados bajo el régimen comunista, al
cual siempre se mantuvo fiel. Los estudiosos consideran que su
producción musical no se ubica dentro de una escuela determinada de
composición, sino que más bien muestra a su autor como un ecléctico
progresivo que sigue la tradición y conserva la tonalidad, aunque a
veces utiliza la disonancia y la atonalidad como medios expresivos.
En 1947, con motivo de la conmemoración del trigésimo aniversario
de la Revolución Rusa, Shostakovich escribió la Obertura Festiva. A
pesar de que el compositor siempre expresó dentro de su obra los
ideales de la Revolución, fue censurado en varias ocasiones por el
régimen soviético. Sin embargo, en 1954 declaró que “el artista en
Rusia tiene más ‘libertad’ que en Occidente”. Precisamente en ese mismo
año se llevó a cabo el estreno de la obra que nos ocupa.
Tras un periodo inicial de vanguardia, el estilo de Shostakovich derivó hacia un romanticismo musical tardío en el que la influencia de Mahler se combina con la de la tradición musical rusa, con Musorgski y Stravinski como referentes importantes. Shostakovich integró esas influencias creando un estilo muy personal que evolucionó incluso en algunas obras hacia la atonalidad.
La música de Shostakovich suele incluir contrastes agudos y elementos grotescos, con un componente rítmico muy destacado. En su obra destacan sus ciclos de quince sinfonías y quince cuartetos de cuerdas; además compuso mucha música de cámara, varias óperas, seis conciertos y bastante música para el cine. De hecho, su Obertura Festiva se prestaba idealmente para toda clase de acusaciones, desde su inicio con sonoras fanfarrias que apuntan más al esplendor cortesano que al impresionismo urbano requerido de los artistas soviéticos, hasta su contexto tonal clásico, claramente decadente según los expertos censores musicales de Stalin.
Y para colmo de males, el final de la Obertura Festiva requiere una fanfarria extra de tres trompetas, tres trombones y cuatro trompas, asunto que definitivamente cae en el terreno de los fatuos e individualistas efectos especiales, poco dignos de un compositor cuyo deber es estar al servicio del pueblo. Es interesante notar que algunos analistas han afirmado que la Obertura Festiva es un claro ejemplo de realismo socialista en la música.