martes, 06 de enero de 2009









Orquesta Sinfónica de la NDR de Hamburgo
Christoph von Dohnányi, director



Junto a su compatriota Zoltán Kodály, Béla Bartók es el compositor más destacado que ha dado Hungría a lo largo de su historia y una de las figuras imprescindibles en las que se fundamenta la música contemporánea.

Aunque los primeros pasos de Bartók en el mundo de la música se decantaron hacia la interpretación pianística (en 1905 llegó a presentarse al prestigioso Concurso Rubinstein de piano, en el que fue superado por un joven Wilhelm Backhaus), pronto se inclinó decididamente por la composición musical. De trascendental importancia en ello fue el descubrimiento del folclore húngaro que Bartók, junto al mencionado Kodály, estudió de manera apasionada de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, con la única ayuda de un rudimentario fonógrafo y papel pautado.


La influencia del estudio del folclore centroeuropeo en su propia labor creadora sería determinante, hasta convertirse en la principal característica del estilo de Bartók y permitirle desvincularse de la tradición romántica –en especial de la representada por autores como Liszt, Brahms y Richard Strauss– que aún se aprecia en sus primeras composiciones, entre las que figura el poema sinfónico Kossuth.

Si bien algunas de sus obras conservan total o parcialmente el concepto de melodía tradicional (Cuarenta y cuatro dúos para dos violines), en otras, sobre todo en las más maduras, se asiste a la total absorción de los ritmos y las formas populares, de manera tal que, pese a no existir referencias directas, se advierte en todo momento su presencia. Páginas como las de El castillo de Barbazul, única ópera escrita por Bartók; los ballets El príncipe de madera y El mandarín maravilloso; el Concierto para piano nº 1 y el Allegro bárbaro para piano contribuyeron a hacer de él un autor conocido dentro y fuera de las fronteras de su patria, a pesar del escándalo que suscitaron algunas de ellas por lo atrevido de su lenguaje armónico, rítmico y tímbrico.


El estallido de la Segunda Guerra Mundial obligó a Bartók, como a tantos otros de sus colegas, a buscar refugio en Estados Unidos. Allí, a pesar de algunos encargos puntuales como la Sonata para violín solo o el Concierto para orquesta, Bartok pasó por serias dificultades económicas, agravadas por su precario estado de salud. A su muerte, a causa de una leucemia, dejó inacabadas algunas composiciones, como el Concierto para piano nº 3 y el Concierto para viola, ambas culminadas por su discípulo Tibor Serly.


La Música para cuerda, percusión y celesta fue un encargo de  Paul Sacher para celebrar el décimo aniversario de la Orquesta de Cámara de Basilea, la partitura está fechada del 7 de septiembre de 1936. El estreno tuvo lugar en Basilea, el 21 de enero de 1937 por la Orquesta de Cámara de Basilea dirigida por Sacher, y fue publicado el mismo año por la Editora Universal. Es una síntesis entre lo establecido y las corrientes modernas. En su plantilla figuran las cuerdas (dos cuartetos y arpa), la percusión (xilófono, tambor, platillos, gong, bombo, timbales) y la celesta. También incluye piano, instrumento que puede clasificarse dentro de los de cuerda o los de percusión. La Música para cuerda, percusión y celesta tiene una sólida estructura, basada en conceptos matemáticos, como el número áureo y las series de Fibonacci.


La obra consta de cuatro movimientos:


I. Andante tranquillo: Es una fuga lenta sobre un sujeto cromático que está basada sobre la nota La, que la inicia y concluye. El comienzo presenta secuencias de la cuerda con sordina. Se van incorporando más voces a la textura que se espesa. La intensidad aumenta hasta alcanzarse el clímax. En ese momento se eliminan las sordinas y la música adquiere un tono más íntimo sobre los apacibles acordes de la celesta. El movimiento termina con el tema de la fuga tocado suavemente sobre su inversión. El material de este primer movimiento se puede considerar como básico para los posteriores. El tema de la fuga se repetirá en diversas formas en los movimientos restantes.


II. Allegro: Este segundo movimiento es rápido, en compás variable de 2/4 a 3/8. Aparecen en él la percusión y el piano. Este fragmento se caracteriza por el tratamiento libre de temas recurrentes, por presentar más color y dinámica que en el Andante inicial y no estar  tan estructurado como éste.


III. Adagio: Tiempo más lento en el que la celesta tiene protagonismo, Bartók se refería a él como "Música nocturna". Son sus principales características el glissando de los timbales, sus timbres oscuros,  y la lentitud y la referencia a temas previos.


IV Allegro molto: Esta vibrante conclusión se inicia con enérgicos golpes de timbal y acordes rasgueados en pizzicatto de las cuerdas. En general, tiene un carácter de alegre danza popular. Reaparece aquí el sujeto del Andante, pero ahora es diatónico y también es modificado dinámicamente.


Publicado por jrtapia @ 8:00  | La orquesta
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