Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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El
3 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento de Mendelssohn, un
compositor a dos aguas al que Anne-Sophie Mutter rinde homenaje en su
último disco.
A
la hora de hablar de las características compositivas de Felix
Mendelssohn (Hamburgo, 1809 - Leipzig, 1847), de cuyo nacimiento se
cumplen justamente 200 años el próximo martes, viene a nuestra mente un
lugar común, un tópico tan admitido como aquel que se apoya en la
afirmación de que era "el más clásico entre los románticos y el más
romántico entre los clásicos". Reunía atributos que lo podrían
encasillar, efectivamente, en una o en otra de esas dos categorías.
Debemos resaltar, sin embargo, su faceta decididamente romántica, pues
romántico fue el tiempo en el que vivió y románticos los temas,
frecuentemente literarios o emanados de la contemplación del paisaje,
que él mismo a veces retrataba con sus lápices o acuarelas.
No era extraño, con todo, que un músico inmerso en el siglo XIX
empleara métodos y buscara equilibrios, orquestales o vocales, del
periodo anterior. Romántico, pues, aunque romántico contenido,
Mendelssohn, como tantos compositores de la primera y, en su caso,
segunda generación del periodo, penetró en ese nuevo elemento emocional
de la música, extraño y simbolista, que expresa no la belleza, sino la
vida, y que supone la adscripción a un factor común, el yo como
personaje principal, fundamentalmente por las palabras de los poetas.
No toda su producción posee el mismo nivel, cosa lógica, pero en
este caso la irregularidad presenta mayores desniveles. La finura de
trazo, la refrescante instrumentación, la ágil rítmica, la tersura
melódica, la firmeza de la construcción no se dan de la misma manera en
todos los terrenos ni en todas sus partituras. Poseía una consciencia
formal infalible, que no conocía ninguna de las inquietudes emocionales
de su amigo Schumann. Son magistrales sus tres últimas sinfonías, en
especial la Tercera, 'Escocesa', y la Cuarta, 'Italiana',
animadas de evocaciones paisajísticas y pictóricas, de minucioso
tratamiento de temas populares. Es extraordinaria su música incidental
para El sueño de una noche de verano de Shakespeare, cuya
delicada obertura fue escrita a los 17 años. En esa composición brillan
las fantasmagorías, los aleteos de un mundo onírico y mágico, engarzado
en un aquilatado manejo del ritmo, encauzado en una auténtica filigrana
de tiempos ternarios. Esa frescura está asimismo en el fluido melodismo
de su Concierto para violín en mi menor (con el que
Anne-Sophie Mutter, a las órdenes de Kurt Masur, abre su particular
homenaje en el sello Deutsche Grammophon), en la estricta y a la vez
fantasiosa construcción polifónica de sus cuartetos, en la alígera
superficie y elegancia de sus Canciones sin palabras para
piano; en la cantabilidad de sus lieder; en el poderoso aliento de
muchas de sus concepciones corales, para voces solas o para gran coro,
solistas y orquesta, con esas magníficas muestras que son los oratorios
Elías y Paulus y la curiosa cantata La noche de Walpurgis.