miércoles, 18 de febrero de 2009
Kiri Te Kanawa, soprano
Orquesta de la Metropolitan Opera House de Nueva York
James Levine, director

Sobre las óperas de Mozart se ha dicho a menudo que pueden gustar incluso a quienes en general no gustan de la ópera o hasta sienten antipatía por este género. Se trata de un hecho constatado que seguramente se debe a que en ellas los convencionalismos que el público está habituado a aceptar como parte inevitable de una rutina, de un mecanismo conocido, se convierten en elementos llenos de originalidad y  frescura. En Mozart no hay nada estereotipado: ni las situaciones dramáticas ni los personajes. Todo parece nuevo, único e irrepetible. Únicamente en la ópera seria, de corte heroico, donde los personajes deben responder obligatoriamente a un arquetipo, apenas hay lugar para la psicología.

 

Las arias más serias y exquisitas de "Las bodas de Fígaro" corresponden al personaje de la Condesa Almaviva: “Porgi amor” (nº 10, al principio del Acto II), y “Dove sono i bei momenti” (nº 19, Acto III). Mozart tomó música del “Agnus Dei” de su Misa de la Coronación K 317, para el Aria “Dove sono”, escrita ahora en Do mayor en lugar de la tonalidad original (Fa mayor). También emplearía este mismo motivo en su primer concierto para fagot y orquesta.

La Condesa no sólo es uno de los personajes más nobles de Mozart, sino también uno de los más complejos. Conserva en gran medida la animación y el garbo de su juventud, como muestra en las iniciativas que toma para deshacer los enredos del Conde, para proteger a Susana y a Fígaro del despecho de aquél y, finalmente, para tratar de recuperar el amor de su esposo. En cualquier caso, desde su primera aparición, se percibe bien que esta mujer ha madurado en el dolor. La belleza de su alma se manifiesta en que es esencialmente fiel; por eso las traiciones del Conde no sólo la mortifican, sino que se nos aparecen como una profanación de esa  misma belleza. Si la discusión que se entabla entre los esposos en el acto segundo nos parece tan violenta y la sensación de maltrato tan evidente, no es porque se produzcan una agresión o una injuria efectivas. En todo momento (y a veces con cierto fastidio), el Conde siente que la dignidad de su mujer resulta  inatacable. Lo que se revuelve entonces en nosotros es el sentimiento de la injusticia cometida contra un inocente.

 

En el aria de la Condesa, “Dove sono”, Mozart se sirve de la estructura habitual de Aria-Rondó precedida de un recitativo acompañado para mostrarnos una rica sucesión de sentimientos y matices. Ya en el recitativo aparece una interesante variedad, que comienza con la incertidumbre y el temor a la reacción que su pequeño complot con Susana pueda suscitar en el Conde y  prosigue con su intento de cobrar ánimos atendiendo a la inocencia de su propósito. Pero este intento resulta vano: la música ahonda mucho más que las palabras y la lleva al centro de su desasosiego, como si le dijera “¿para qué tratas de engañarte?”. Así, mientras continúa repitiéndose “¿Qué mal hago en cambiar mi vestido con el de Susana?”, un simple motivo de los violines, puntualizando su frase, nos revela lo amarga y humillante que, en realidad, encuentra su situación. Finalmente, no puede más y, abandonándose, da rienda suelta a todo el dolor que le provoca la traición de su esposo. Una vez que comienza el aria, el sentimiento dominante es el del anhelo de un tiempo pasado en que fue amada. Sencillamente vemos cómo se despiertan en ella toda la ternura y la dicha sosegada que entonces fueron cotidianas y que se han conservado intactas en algún lugar de su corazón. Al final, la sección de cierre, como era de rigor, en tempo rápido, sirve a Mozart para describir toda la esperanza, la resolución y la energía de que todavía es capaz esta mujer que, con todas sus heridas, sigue siendo tan fuerte.


Publicado por jrtapia @ 8:00  | La Ópera
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