lunes, 23 de febrero de 2009
Glenn Gould (piano)/Orquesta Sinfónica de Toronto/K. Ancerl, director

I. Allegro
II. Adagio un poco mosso
III. Rondó: Allegro









El último Concierto para piano de Beethoven fue compuesto en 1809, el año de la derrota austríaca en Wagram y el que vio la segunda ocupación francesa de Viena, con el emperador Napoleón instalado en el Palacio de Schönbrunn. El Concierto fue el primero que no fue estrenado por el propio compositor, lo que representa una novedad en un género que hasta entonces había tenido como una de sus finalidades principales la presentación en público de pianistas-compositores (como en los casos de Mozart o el propio Beethoven y aún en músicos más tardíos como Chopin).

El primer intérprete del opus 73 fue Johann Schneider en un concierto celebrado en la ciudad alemana de Leipzig seguramente el 28 de noviembre de 1811, aunque no se ha conseguido confirmar la fecha. El Allgemeine Musikalische Zeitung, una de las más prestigiosas publicaciones musicales de entonces, afirmó en su crónica que el público que llenaba la sala estaba "en un estado tal de entusiasmo que apenas podía conformarse con las expresiones habituales de reconocimiento y júbilo".

El sobrenombre "Emperador", con el que suele conocerse, es de origen incierto, aunque parece haberse difundido ya en tiempos de Beethoven, y la grandeza monumental de la obra no lo hace del todo inadecuado. Sin olvidar la originalidad del magnífico Cuarto concierto para piano en sol mayor opus 58, el Quinto concierto en mi bemol mayor tiene en la historia del género un papel parecido al de la Sinfonía  "Eroica", por la manera en que los límites de su tradición son ampliados. El Concierto "Emperador" tiene una duración muy superior a la de cualquier obra anterior del género, pero ello sería solamente anecdótico si no fuera por el hecho, mucho más trascendente, de que la complejidad y solidez de las relaciones tonales, la exigencia sinfónica de su desarrollo motívico  y la profundidad expresiva y la dificultad virtuosística de la parte solista están a la altura de las ambiciosas dimensiones.

El primer movimiento comienza con una inusual cadenza del piano con intervenciones afirmativas de los instrumentos acompañantes. Tras la resolución final del pasaje, el solista se retira para que la orquesta comience la tradicional primera exposición. En ésta se presenta el tema principal del movimiento, una idea de connotaciones militares,  magnífica en su concisión como típica célula rítmica beethoveniana capaz de generar desarrollos muy variados. La exposición orquestal presenta también el segundo tema que a lo  largo de la obra aparecerá bajo aspectos muy diferentes. Esta primera sección se completa con  una serie de ideas complementarias que parecen preparar un cierre brillante, pero éste se interrumpe con la entrada del solista. La versión que éste propone del primer tema, más dulce e íntima que la del conjunto, da lugar a una elaboración que conduce a una serie de nuevas variantes del segundo tema, tanto bajo la perspectiva más expresiva del solista como en una categórica explosión del tutti. Los brillantes pasajes con los que concluye la exposición del  solista, ricos en sutiles detalles polifónicos y armónicos, llevan a la sección central de desarrollo, dominada por el primer tema. Después de haber llegado prácticamente al silencio  en sus últimas fases, el regreso de la enérgica cadenza inicial marca el inicio de la reexposición,  en la cual se mantendrá la sucesión original de los temas con las adaptaciones necesarias para esta función. El movimiento no reserva el lugar tradicional para que el pianista improvise una cadenza, como Beethoven hizo todavía en el Cuarto concierto, sino que la cadenza es escrita con todo detalle por el compositor, quizás por primera vez en la historia del género. El pasaje es breve y está perfectamente integrado en la estrategia general de la coda de tipo sinfónico con la que termina el movimiento. En comparación con éste, la duración del movimiento central es más modesta. Su tonalidad es sobre el papel si mayor, aunque se trata de un manera más sencilla de escribir en do bemol mayor, que es el tono que corresponde a la relación tonal que realmente se produce. La idílica melodía, una de las más bellas jamás escritas por Beethoven, es presentada por la orquesta en sus rasgos principales, y es asumida por el solista en una versión más prolongada. Una breve sección central en re mayor lleva a la recapitulación de la primera parte la cual, de acuerdo con lo que es frecuente en movimientos lentos del Clasicismo vienés, aparece en una variante ornamentada. El plácido final del movimiento deja en el aire una nota de los fagotes que, al moverse a la nota inferior dan paso a una intrigante transición al Rondo final.

A pesar de la preparación, su entrada sorprende por la impetuosa energía de una melodía llena de limpio entusiasmo. Según el principio estructural del rondó, se alternará con episodios y pasajes muy diversos, líricos, humorísticos, dramáticos... en un juego en que las entradas del tema principal tienden a buscar inesperados y mágicos efectos gracias a los cambios en las tonalidades en que se presenta.


Víctor Estapé


Publicado por jrtapia @ 8:00  | El Concierto
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