Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
Para visionar los vídeos de este blog se necesita MACROMEDIA FLASH PLAYER (Se puede descargar en ENLACES)
Orfeón Donostiarra/Coro de la Radio de Suecia/Orquesta Filarmónica de Berlín/Claudio Abbado
Hijo al fin de un país sometido, dividido y en lucha, Giuseppe
Verdi abrigaba un agudo sentido trágico de la vida. "¿Acaso la muerte
no es todo lo que hay en la vida?", respondió cuando le criticaron que
en "Il trovatore" hubiese tantas muertes.
La vida -parece haber querido sugerir el compositor- es dura, la
felicidad pasajera, y la única certeza es la aniquilación final. En su
llamado a las acciones nobles y generosas nunca pretendió que éstas no
acabasen en sufrimientos, pero las ofreció como la mejor respuesta que
podía dar a la muerte.
No obstante el sentimiento religioso que aparece como una constante
insoslayable en sus óperas, gracias a su arraigado humanismo, su
actitud frente a la fe cristiana no deja de ser un misterio.
Verdi fue siempre extremadamente reservado con sus sentimientos
religiosos; nunca pudo definirse como un católico ortodoxo ni un ateo
confeso. A Alessandro Manzoni -el poeta del "Risorgimento" que había
profetizado "no seremos libres si no somos uno"- lo veneraba como a un
artista sublime y un santo laico.
Así es como a la muerte de su admirado Manzoni, ocurrida en mayo de
1873 a los 89 años, Verdi, que aún disfrutaba del triunfo de "Aída", se
apresuró a manifestar: "Ahora todo terminó y con él muere una de
nuestras glorias más grandes, puras y sagradas".
Verdi, demasiado apesadumbrado, no asistió a los funerales pero una
semana después dejó su refugio de Sant'Agata para honrar su tumba en
Milán. Las grandes figuras de los años de lucha han ido desapareciendo
una tras otra: el conde Cavour, Rossini, Massini, Manzoni, el Papa Pío
IX y Temistocle Solera. Su escepticismo se ha acrecentado y reconoce su
creciente soledad.
Por intermedio de Giulio Ricordi, el alcalde de Milán le sugiere la
composición de una "Messa da Requiem" para ser ejecutada en el primer
aniversario de la muerte de Manzoni. Verdi se hará cargo de los gastos
de la edición y la ciudad de lo que demande la primera interpretación.
Durante sus vacaciones estivales con su esposa Giuseppina en París
comienza a trabajar en el nuevo proyecto. Alessandro Manzoni
(1785-1873), es el autor de "I promesi sposi" (Los novios, 1827-40), la
más famosa de las novelas peninsulares anteriores a "Il gattopardo".
Aunque narra una historia de amores rurales en la Lombardía del siglo
XVII, su notorio localismo ejerció sobre los patriotas italianos la
misma atracción que las primeras óperas de Verdi. La influencia de
Virgilio se advierte particularmente en la descripción de los
escenarios naturales así como en su amable y humana actitud frente a la
vida. Por la combinación de sus afanes religiosos, sus formas
románticas y su estilo realista, Manzoni desafía toda comparación con
los grandes novelistas extranjeros.
Verdi dirigió el estreno de su "Requiem" para Manzoni el 22 de mayo
de 1874 en la iglesia de San Marco de Milán, para lo que contó con un
coro de 120 voces, una orquesta de cien músicos y Teresa Stolz (la
primera Aída), María Waldmann, Giuseppe Capponi y Armando Maini como
solistas vocales. La obra obtuvo un rotundo éxito y hubo una segunda
ejecución tres días después en el Teatro de La Scala. Franco Faccio
tuvo a su cargo otras dos ejecuciones posteriores. El mismo año el
compositor dirigió siete ejecuciones en París y otras ocho al año
siguiente, en ocasión de ser honrado por el gobierno francés con el
título de comandante de la Legión de Honor.
Definir el "Requiem" de Verdi como la mejor de sus óperas con el
mejor de sus libretos no sólo implica colocarle una etiqueta
apresurada, sino también menoscabar sus reales méritos como obra
devocional de excepcionales características. Para algunos "es una
prepotente profesión de fe católica"; para otros es un Requiem
insólito: "agnóstico, dramático y popular".
Teatralidad y secularidad eran para la Iglesia preconciliar
incompatibles con el estilo musical apropiado al servicio divino. Sin
embargo, las misas de Palestrina no se conciben sin la influencia del
madrigal secular, ni las Pasiones de Bach sin el aporte de la ópera
italiana y las grandes misas de Haydn y Mozart sin su encuadre
dramático, sus brillantes atavíos y sus brillantes allegri.
Hoy en día, el creciente consenso del que goza ha disipado
virtualmente las dudas sobre el valor estético del Requiem de Verdi que
-aunque bien característico del estilo de su autor- no es más una
"ópera en ropaje eclesiástico" (según el director Hans von Büllow) que
otras expresiones sacras de los grandes maestros.
El texto litúrgico de la Misa de Difuntos es de por sí drama puro y
cada una de sus frases tiene una fuerte carga emocional. En el caso de
la obra verdiana las palabras latinas se ajustan con total eficacia a
la música, cuya honda expresividad compensa con creces ciertas posibles
debilidades del tratamiento técnico. Ningún otro compositor, salvo
Berlioz, ha trazado como Verdi un cuadro más vívido del "Dies Irae" ni
uno más potente que el "Rex tremenda majestatis".