La Bohème, torrente de emociones
Pocos títulos hay tan populares en la historia de la ópera como La Bohème de Giacomo Puccini. No es el compositor italiano músico de fácil acomodo. Determinada parte del establishment lírico siempre ha mirado buena parte de su catálogo con recelo. Incluso hoy alguna estrella de la dirección artística ataca con saña alguna de sus principales obras. Sin embargo, la mayoría de las mismas lleva un siglo copando las programaciones de los teatros de ópera. Curioso este distanciamiento entre el pensamiento oficial y lo que el público reclama, algo que ya Puccini experimentó en vida con alguna de sus creaciones. En el ámbito artístico los prejuicios no son los mejores compañeros de viaje y más aún cuando se queda en la superficie del análisis al respecto de la calidad de un autor determinado.
La Bohème, ópera en cuatro actos estrenada en el teatro Regio de Turín, es uno de esos títulos que imantan al gran público y de los que acaban definiendo el género. Basada en la novela Escenas de la vida bohemia de Henri Murger, Puccini utiliza este descarnado melodrama sentimental para trazar un hermoso fresco que versa sobre las ilusiones perdidas, la juventud que se va diluyendo sin pausa y los ideales que se ven frustrados por la cruda realidad, y todo ello envuelto en el ámbito de la bohemia parisina. La idea de partida se desarrolla a través de unos personajes que se nos muestran en una peripecia vital clave, en la lucha por la existencia que se torna difícil y resbaladiza. Se entrecruzan las historias de amor, la alegría y la tragedia, la espuma de la vida y los ámbitos más sórdidos de la misma en una tela de araña que atrapa al espectador y lo envuelve hasta la fascinación.
Puccini escribe La Bohème entre 1893 y 1896 y la estrena el 1 de febrero de ese último año en Turín, ciudad en la que ya lo había hecho con gran éxito con Manon Lescaut. Ambientada en la bohemia del París a punto de zambullirse en la vorágine del romanticismo, el autor buscaba poner en música “pasiones verdaderas, pasiones humanas, el amor y el dolor, la sonrisa y las lágrimas” y en la novela de Murger encuentra este ideario sin cortapisas. La obra está contextualizada en las cercanías del verismo una de las corrientes estéticas de finales del XIX de mayor arraigo, especialmente en la ópera italiana con el que comparte determinados rasgos esenciales, aunque no lo sea en su integridad. Estrenos como Cavalleria rusticana de Mascagni, I Pagliacci de Leoncavallo, Mala vita de Giordano o L’Arlesiana de Cilea marcaron la pauta de un cauce expresivo que significó un puente entre el naturalismo de la literatura francesa y la gran tradición lírica italiana. Es verdad que La Bohème aleja la acción a la década de los años 30, no la contextualiza en la contemporaneidad, y su ubicación es urbana, no rural. Pero también lo es que la representación de las pasiones humanas es un argumento universal y que la miseria y la denuncia social pueden en la obra a la idealización romántica. Refuerza estos aspectos el ámbito musical en el que se siguen cánones típicos del verismo como la enfatización de los aspectos vocales y la búsqueda de un canto que dice los textos de una forma más natural, alejada del artificio. En lo orquestal también se deja ver en el desarrollo tímbrico de enorme riqueza. Es la formación desde el foso la que va presentando los leitmotiv en de los personajes, y en la obra se pueden ver ya experiencias armónicas que más adelante el compositor desarrollará plenamente. Es un primera avance en Puccini hacia una fusión que enlazará influencias wagnerianas con la tradición italiana y los nuevos lenguajes escénicos que el cambio de siglo traerá consigo.
Consigue el compositor en La Bohème una continuidad dramática que hace que la obra fluya de manera verdaderamente admirable. A lo largo de los cuatro actos el drama que envuelve a los personajes se desliza por un tobogán emocional en el que los pasajes de mayor enjundia trágica conviven con otros en los que el latir de la vida presenta una alegría expansiva. En este sentido, el contraste entre los actos segundo y tercero es lo suficientemente expresivo para entender el poliedro con el que Puccini busca, con la complicidad de sus libretistas Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, delimitar los entresijos sentimentales de los jóvenes enamorados. Su peripecia adversa y, al fin, oscura.
Es curioso cómo esta ópera ya dividió en su estreno al público –que la catapultó al éxito- y la crítica, que no sólo no fue benevolente sino que la atacó sin piedad. Bien es verdad que, como dijo Arturo Toscanini al respecto de esta división de opiniones, “al final es el juicio del público el que cuenta”. El músico demuestra que, además de un fabuloso creador de melodías hermosas, su instinto teatral es magnífico tanto en la elección de los argumentos como en la caracterización de unos personajes con los que el público empatiza de inmediato. Quizá su poética de trabajo, “me interesan exclusivamente las pequeñas cosas y no quiero dedicarme a otra cosa que no sean ellas”, en el caso de La Bohème se plasme de forma total a través de pequeñas pinceladas ambientales sutiles –el chasquido de las llamas en el fuego, el rayo de sol que ilumina el rostro de la moribunda– que toman forma en la escena y en la música. Esa búsqueda de un costumbrismo pintoresco lleva a la consecución de retablos sobre los que se teje la historia en un torrente emocional de difícil contención. O lo que es lo mismo, una obra maestra que nos sigue impactando con la misma intensidad más de un siglo después de su estreno.
Cosme Marina