La Bohème, torrente de emociones
Pocos títulos hay tan populares en la historia de la ópera como La Bohème de Giacomo Puccini. No es el compositor italiano músico de fácil acomodo. Determinada parte del establishment lírico siempre ha mirado buena parte de su catálogo con recelo. Incluso hoy alguna estrella de la dirección artística ataca con saña alguna de sus principales obras. Sin embargo, la mayoría de las mismas lleva un siglo copando las programaciones de los teatros de ópera. Curioso este distanciamiento entre el pensamiento oficial y lo que el público reclama, algo que ya Puccini experimentó en vida con alguna de sus creaciones. En el ámbito artístico los prejuicios no son los mejores compañeros de viaje y más aún cuando se queda en la superficie del análisis al respecto de la calidad de un autor determinado.
La Bohème, ópera en cuatro actos estrenada en el teatro Regio de Turín, es uno de esos títulos que imantan al gran público y de los que acaban definiendo el género. Basada en la novela Escenas de la vida bohemia de Henri Murger, Puccini utiliza este descarnado melodrama sentimental para trazar un hermoso fresco que versa sobre las ilusiones perdidas, la juventud que se va diluyendo sin pausa y los ideales que se ven frustrados por la cruda realidad, y todo ello envuelto en el ámbito de la bohemia parisina. La idea de partida se desarrolla a través de unos personajes que se nos muestran en una peripecia vital clave, en la lucha por la existencia que se torna difícil y resbaladiza. Se entrecruzan las historias de amor, la alegría y la tragedia, la espuma de la vida y los ámbitos más sórdidos de la misma en una tela de araña que atrapa al espectador y lo envuelve hasta la fascinación.
Puccini escribe La Bohème entre 1893 y 1896 y la estrena el 1 de febrero de ese último año en Turín, ciudad en la que ya lo había hecho con gran éxito con Manon Lescaut. Ambientada en la bohemia del París a punto de zambullirse en la vorágine del romanticismo, el autor buscaba poner en música “pasiones verdaderas, pasiones humanas, el amor y el dolor, la sonrisa y las lágrimas” y en la novela de Murger encuentra este ideario sin cortapisas. La obra está contextualizada en las cercanías del verismo una de las corrientes estéticas de finales del XIX de mayor arraigo, especialmente en la ópera italiana con el que comparte determinados rasgos esenciales, aunque no lo sea en su integridad. Estrenos como Cavalleria rusticana de Mascagni, I Pagliacci de Leoncavallo, Mala vita de Giordano o L’Arlesiana de Cilea marcaron la pauta de un cauce expresivo que significó un puente entre el naturalismo de la literatura francesa y la gran tradición lírica italiana. Es verdad que La Bohème aleja la acción a la década de los años 30, no la contextualiza en la contemporaneidad, y su ubicación es urbana, no rural. Pero también lo es que la representación de las pasiones humanas es un argumento universal y que la miseria y la denuncia social pueden en la obra a la idealización romántica. Refuerza estos aspectos el ámbito musical en el que se siguen cánones típicos del verismo como la enfatización de los aspectos vocales y la búsqueda de un canto que dice los textos de una forma más natural, alejada del artificio. En lo orquestal también se deja ver en el desarrollo tímbrico de enorme riqueza. Es la formación desde el foso la que va presentando los leitmotiv en de los personajes, y en la obra se pueden ver ya experiencias armónicas que más adelante el compositor desarrollará plenamente. Es un primera avance en Puccini hacia una fusión que enlazará influencias wagnerianas con la tradición italiana y los nuevos lenguajes escénicos que el cambio de siglo traerá consigo.
Consigue el compositor en La Bohème una continuidad dramática que hace que la obra fluya de manera verdaderamente admirable. A lo largo de los cuatro actos el drama que envuelve a los personajes se desliza por un tobogán emocional en el que los pasajes de mayor enjundia trágica conviven con otros en los que el latir de la vida presenta una alegría expansiva. En este sentido, el contraste entre los actos segundo y tercero es lo suficientemente expresivo para entender el poliedro con el que Puccini busca, con la complicidad de sus libretistas Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, delimitar los entresijos sentimentales de los jóvenes enamorados. Su peripecia adversa y, al fin, oscura.
Es curioso cómo esta ópera ya dividió en su estreno al público –que la catapultó al éxito- y la crítica, que no sólo no fue benevolente sino que la atacó sin piedad. Bien es verdad que, como dijo Arturo Toscanini al respecto de esta división de opiniones, “al final es el juicio del público el que cuenta”. El músico demuestra que, además de un fabuloso creador de melodías hermosas, su instinto teatral es magnífico tanto en la elección de los argumentos como en la caracterización de unos personajes con los que el público empatiza de inmediato. Quizá su poética de trabajo, “me interesan exclusivamente las pequeñas cosas y no quiero dedicarme a otra cosa que no sean ellas”, en el caso de La Bohème se plasme de forma total a través de pequeñas pinceladas ambientales sutiles –el chasquido de las llamas en el fuego, el rayo de sol que ilumina el rostro de la moribunda– que toman forma en la escena y en la música. Esa búsqueda de un costumbrismo pintoresco lleva a la consecución de retablos sobre los que se teje la historia en un torrente emocional de difícil contención. O lo que es lo mismo, una obra maestra que nos sigue impactando con la misma intensidad más de un siglo después de su estreno.
Cosme Marina
, adquiriendo
una estructura lineal, prácticamente carente de repeticiones. Además,
no hay sincronía y acompasamiento ni entre las distintas voces de los
instrumentos, ni entre sí mismas a lo largo del tiempo, lo que produce
en el oyente esa sensación de imprevisión, impulso, brutalidad y
desorden.
El último Concierto para piano de Beethoven fue compuesto en 1809, el año de la derrota austríaca en Wagram y el que vio la segunda ocupación francesa de Viena, con el emperador Napoleón instalado en el Palacio de Schönbrunn. El Concierto fue el primero que no fue estrenado por el propio compositor, lo que representa una novedad en un género que hasta entonces había tenido como una de sus finalidades principales la presentación en público de pianistas-compositores (como en los casos de Mozart o el propio Beethoven y aún en músicos más tardíos como Chopin).
El primer intérprete del opus 73 fue Johann Schneider en un concierto celebrado en la ciudad alemana de Leipzig seguramente el 28 de noviembre de 1811, aunque no se ha conseguido confirmar la fecha. El Allgemeine Musikalische Zeitung, una de las más prestigiosas publicaciones musicales de entonces, afirmó en su crónica que el público que llenaba la sala estaba "en un estado tal de entusiasmo que apenas podía conformarse con las expresiones habituales de reconocimiento y júbilo".
El sobrenombre "Emperador", con el que suele conocerse, es de origen incierto, aunque parece haberse difundido ya en tiempos de Beethoven, y la grandeza monumental de la obra no lo hace del todo inadecuado. Sin olvidar la originalidad del magnífico Cuarto concierto para piano en sol mayor opus 58, el Quinto concierto en mi bemol mayor tiene en la historia del género un papel parecido al de la Sinfonía "Eroica", por la manera en que los límites de su tradición son ampliados. El Concierto "Emperador" tiene una duración muy superior a la de cualquier obra anterior del género, pero ello sería solamente anecdótico si no fuera por el hecho, mucho más trascendente, de que la complejidad y solidez de las relaciones tonales, la exigencia sinfónica de su desarrollo motívico y la profundidad expresiva y la dificultad virtuosística de la parte solista están a la altura de las ambiciosas dimensiones.
El primer movimiento comienza con una inusual cadenza del piano con intervenciones afirmativas de los instrumentos acompañantes. Tras la resolución final del pasaje, el solista se retira para que la orquesta comience la tradicional primera exposición. En ésta se presenta el tema principal del movimiento, una idea de connotaciones militares, magnífica en su concisión como típica célula rítmica beethoveniana capaz de generar desarrollos muy variados. La exposición orquestal presenta también el segundo tema que a lo largo de la obra aparecerá bajo aspectos muy diferentes. Esta primera sección se completa con una serie de ideas complementarias que parecen preparar un cierre brillante, pero éste se interrumpe con la entrada del solista. La versión que éste propone del primer tema, más dulce e íntima que la del conjunto, da lugar a una elaboración que conduce a una serie de nuevas variantes del segundo tema, tanto bajo la perspectiva más expresiva del solista como en una categórica explosión del tutti. Los brillantes pasajes con los que concluye la exposición del solista, ricos en sutiles detalles polifónicos y armónicos, llevan a la sección central de desarrollo, dominada por el primer tema. Después de haber llegado prácticamente al silencio en sus últimas fases, el regreso de la enérgica cadenza inicial marca el inicio de la reexposición, en la cual se mantendrá la sucesión original de los temas con las adaptaciones necesarias para esta función. El movimiento no reserva el lugar tradicional para que el pianista improvise una cadenza, como Beethoven hizo todavía en el Cuarto concierto, sino que la cadenza es escrita con todo detalle por el compositor, quizás por primera vez en la historia del género. El pasaje es breve y está perfectamente integrado en la estrategia general de la coda de tipo sinfónico con la que termina el movimiento. En comparación con éste, la duración del movimiento central es más modesta. Su tonalidad es sobre el papel si mayor, aunque se trata de un manera más sencilla de escribir en do bemol mayor, que es el tono que corresponde a la relación tonal que realmente se produce. La idílica melodía, una de las más bellas jamás escritas por Beethoven, es presentada por la orquesta en sus rasgos principales, y es asumida por el solista en una versión más prolongada. Una breve sección central en re mayor lleva a la recapitulación de la primera parte la cual, de acuerdo con lo que es frecuente en movimientos lentos del Clasicismo vienés, aparece en una variante ornamentada. El plácido final del movimiento deja en el aire una nota de los fagotes que, al moverse a la nota inferior dan paso a una intrigante transición al Rondo final.
A pesar de la preparación, su entrada sorprende por la impetuosa energía de una melodía llena de limpio entusiasmo. Según el principio estructural del rondó, se alternará con episodios y pasajes muy diversos, líricos, humorísticos, dramáticos... en un juego en que las entradas del tema principal tienden a buscar inesperados y mágicos efectos gracias a los cambios en las tonalidades en que se presenta.
Víctor Estapé
Concierto para cuatro violines en Si menor, Op. 3 nº 10, RV 580 de ''L'Estro Armonico''
I. Allegro
Los conciertos de Vivaldi se convirtieron en modelo de su género en toda Europa e influyeron en el estilo de sus contemporáneos, incluso en los de más edad. Más de 300 de sus conciertos están escritos para solista (220 para violín y otros para fagot, violonchelo, oboe y flauta). También escribió concerti grossi, 25 para dos violines y 32 para tres o más instrumentos y algunos concerti de ripieno (para orquesta sin solistas).
Vivaldi, virtuoso del violín, estableció una de las características básicas del concierto: su uso para lucimiento del solista. También fijó su forma en tres movimientos y fue uno de los primeros en introducir cadenzas. Sus conciertos para violín fueron decisivos en la evolución de la ejecución violinística en cuanto a su escritura de cuerdas cruzadas y al desarrollo de una nueva técnica para el manejo del arco. Vivaldi fue, asimismo, el primer compositor que utilizó de forma coherente el ritornello, que se llegó a imponer en los movimientos rápidos del concierto. El ritornello se repetía en diferentes tonalidades y después era interpretado por toda la orquesta. Alternaba con episodios interpretados por el solista, frecuentemente de carácter virtuosístico.
Vivaldi inició su carrera como compositor hacia 1703. Dedicó sus primeros esfuerzos a la composición de sonatas en trío (que forman el conjunto que publicó como opus 1 en 1705). Sólo hacia 1706 parece haber empezado a dedicarse a la nueva fórmula del concierto, con la composición de una serie de piezas titulada L'Estro armónico en la que se incluyen los primeros concertos de Vivaldi, considerablemente distintos del modelo del concerto grosso de Corelli.
L'Estro Armonico, op. 3 (La Inspiración Armónica) es una colección de 32 conciertos para instrumentos de cuerda escritos por Vivaldi en 1711. Fueron publicados en Ámsterdam en 1712 (Vivaldi estaba quejoso de la pobre calidad de las imprentas de Venecia) y sirvieron para afianzar su reputación en toda Europa.
Los conciertos de L'Estro Armonico se agrupan en orden cronológico. Sólo hay cuatro conciertos que tengan un solista único; siguiendo una costumbre frecuente en la sonata, Vivaldi escribió cuatro conciertos de la serie para un solo violín (números 3, 6, 9 y 12), cuatro para dos violines (números 2, 5,8 y 11) y cuatro para cuatro violines (números 1, 4, 7 y 10). E incluso, en los conciertos números 2, 7, 10 y 11 de esta serie, los violines solistas llevan un violoncelo acompañante, residuo del antiguo concertino. Pero el espíritu de estas obras de Vivaldi es francamente distinto, e incluso en los conciertos para dos o para cuatro violines, éstos no actúan normalmente como lo hubiera hecho un grupo concertino de Corelli, sino que los solistas competen entre sí en manifestarse independientemente con frases virtuosísticas que van ejerciendo por tumos sobre el fondo de la orquesta. Vivaldi tenia, pues, bien claro el concepto de solista virtuoso en oposición al grupo orquestal.
Bach sólo realizó en toda su carrera diez transcripciones de conciertos a otros instrumentos y seis de ellas están tomadas de L’estro armonico. El nº 8 (BWV.593) y el nº 11 (BWV.596), para órgano; el nº 3 (BWV.978), para clavecín; el nº 7 (BWV.972), y el nº 12 (BWV.976) y para cuatro clavecines y cuerdas el nº 10 (BWV.1065).
, data en su primera redacción de 1890. El
proyecto inicial preveía un preludio, un minueto, un paseo sentimental
y una pavana. En la revisión llevada a cabo en 1905, Debussy conservó
el preludio y el minueto; el paseo se convirtió en el célebre Claro de
luna y la pavana fue sustituida por el passepied.
Pocos directores musicales del siglo XX han suscitado simultáneamente tanta controversia y pasión incontenible como el germano-argentino Carlos Kleiber (Berlín, Alemania, 03/07/1930-Eslovenia, 13/07/2004). Hijo del célebre director austriaco Erich Kleiber (Viena, 1890-1956) y de la estadounidense -de origen esloveno- Ruth Goodrich, el pequeño Carlos demostró desde muy temprana edad unas aptitudes innatas para la música.
Tras la etapa dorada de Erich al frente de la Deutsche Staatsoper de Berlín (1923-1934), las interferencias políticas y tensiones entre el director vienés y el régimen del III Reich de Adolf Hitler -como la decisión de Paul Josef Goebbels y del Ministerio de Cultura nazi de aplazar sine die el estreno de Lulú-, se saldaron con la dimisión de Erich Kleiber como responsable de la agrupación musical berlinesa y con su inmediato exilio a Buenos Aires (Argentina), país que el músico ya había visitado anteriormente en varias de sus giras musicales por el continente americano.
Carlos -nacionalizado argentino desde su llegada al país que vio nacer el tango- comenzó sus estudios musicales en Buenos Aires, aunque su padre se opuso frontalmente desde el principio a que el joven se dedicase profesionalmente a la música -en general- y a la dirección orquestal -en particular-. Sus extraordinarias dotes musicales, su pasión irrefrenable por la música, su obstinación y su talento hicieron posible su debut como director en el Teatro de La Plata de la capital argentina en el año 1952, con tan sólo veintidós años de edad. El joven músico iniciaba así una prometedora carrera.
Una vocación, un artista
Cuando regresó a Europa a mediados de la década de los cincuenta de la pasada centuria, nuestro protagonista comenzó a realizar estudios de Química en la Universidad de Zurich por imposición de su padre. En otro de sus legendarios y numerosos enfrentamientos paterno-filiales, Carlos Kleiber hizo prevalecer su voluntad de dedicarse a la dirección musical. Comenzaba así una prolífica relación profesional con las más prestigiosas agrupaciones centroeuropeas.
Sin embargo, el gran director mantuvo muy pocas relaciones contractuales estables con las orquestas en las que plasmó su genio artístico y musical. Tan sólo firmó contratos fijos con las orquestas de Potsdam, Düsseldorf, Zurich y Stuttgart. Esta aversión por adquirir compromisos formales, así como su pasmosa facilidad para cancelar de manera fulminante conciertos pactados con antelación -ante la decepción del público de muchas de las principales "catedrales musicales" de Europa-, lo convirtieron en un personaje conflictivo durante toda su trayectoria artística. Si a ello se le suma el hecho de que realizaba como máximo una decena de apariciones públicas al año, nuestros lectores ya se habrán percatado de que las posturas en torno al quehacer musical de Carlos Kleiber se encontraban altamente polarizadas.
Una personalidad compleja
Hombre muy riguroso y tremendamente autoexigente, imponía a los que trabajaban con él enormes dosis de perfeccionismo. Quizá sólo dos grandes directores aparte de Kleiber -Herbert von Karajan y Sergiu Celibidache, salvando las enormes diferencias técnico-estilísticas entre ambos- pueden comparársele en estos aspectos que se han citado. Todas sus apariciones públicas constituían un verdadero acontecimiento. Carlos confeccionó un repertorio muy selecto -y exiguo- de partituras con las que trabajaría durante los treinta últimos años de su vida: algunas sinfonías de Ludwig van Beethoven y de Wolfgang Amadeus Mozart, el repertorio de la dinastía Strauss, y un selecto número de óperas: La Bohéme, Otello, Carmen, Tristán e Isolda, Der Freischütz, Elektra, El caballero de la rosa y Wozzeck - esta última, estrenada por su padre Erich en la Staatsoper de Berlín en 1925, bajo la supervisión del propio Alban Berg .
Parafraseando a Fernando Peregrín Gutiérrez, la arrolladora personalidad y la filosofía musical de Carlos Kleiber podrían definirse muy bien como sigue:
"Fue verdaderamente única su capacidad de conjugar la objetividad con la sensibilidad, con la intuición musical. Aunque tal vez fuera más exacto precisar que fue un artista cuya hipersensibilidad, desbordada emotividad y refinada intuición musical estaban siempre moduladas por la búsqueda racional y objetiva de la verdad, entendida ésta en el sentido de hacer justicia a la realidad de la música que para él representaban siempre las partituras autógrafas -o las que tuvieran menos alteraciones espurias- de los compositores (de aquí la sensación que queda siempre -al menos, ese ha sido mi caso- tras escuchar, ahora en grabación solamente, una interpretación de Carlos Kleiber: que ese vals, esa sinfonía, esa ópera son ‘verdaderamente así', como él las entendía y ejecutaba, y no de otra manera)."
El legendario debut discográfico: El Cazador furtivo
En 1973, un Carlos de 43 años se estrenaba discográficamente con la ópera Der Freischütz (1821) de Carl Maria von Weber, una grabación que fue aclamada en su día por crítica y público.
Kleiber tan sólo interpretó esta ópera completa en ocho ocasiones en Stuttgart entre los años 1967 y 1968. Curiosamente, no dirigió nunca Der Freischütz en Munich, aunque la orquesta de la ópera estatal bávara pudo tocar la obertura de esta ópera bajo su dirección al menos en cinco ocasiones: una en un concierto celebrado en el teatro en 1983, y otras cuatro más durante un gira con la orquesta por Japón en 1986. Por desgracia, no se ha conservado registro alguno de todas aquellas interpretaciones.
Weber definía en 1817 su propia concepción de la ópera alemana como "(...)una obra completa en sí misma, en la cual las contribuciones parciales de las artes que contribuyen a crearla se unen, desaparecen y, al desaparecer, construyen de alguna forma algo nuevo". El compositor alemán estaba anticipando lo que posteriormente Richard Wagner denominaría como Gesamtkunstwerk o "síntesis de arte total".
El propio Weber reconocía al crítico musical J.C. Lobe que existen dos elementos fundamentales en Der Freischütz (El cazador furtivo): por una parte lo natural, representado en la vida del cazador Max, y lo antinatural, que emana de los poderes demoníacos personificados en Samiel. Así entendió la partitura nuestro protagonista, dotando a la obra weberiana de una autenticidad extraordinaria. Los efectos tímbricos -característicos de Weber- con los que la orquesta apoya directamente la acción dramática en El cazador furtivo, han sido maravillosamente interpretados bajo la batuta de Carlos Kleiber. En el tema inicial -los bosques-, confiado a las cuatro trompas al inicio de la obertura, le sigue otro quasi demoníaco -el de Samiel-, obtenido por Weber al fusionar en un acorde de séptima disminuida - en pianissimo- el oscuro trémolo de violines y violas con las notas pedal mantenidas por los clarinetes en su registro grave, aderezadas con golpes precisos de timbal. Una combinación armónica arriesgada y audaz.
El debut en Bayreuth
Cuando el director argentino asumió en 1974 la dirección de la ópera wagneriana Tristán e Isolda en los Festivales de Bayreuth -su estreno personal dirigiendo esta obra había tenido lugar un año antes (1973) en la Ópera de Sttutgart-, pocos podían prever lo que aquel acontecimiento supondría para la vida musical alemana. Carlos Kleiber había calado muy hondo entre muchos profesores durante los ensayos con aquella "macroplantilla" de músicos -creada ad hoc para interpretar las composiciones operísticas de Richard Wagner durante los Festivales-.
El violinista español Ángel Jesús García narra una de sus mejores experiencias relacionadas con nuestro protagonista durante aquellas intensas y maravillosas jornadas estivales. Preguntado en una entrevista realizada por Xavier Nicolás acerca de sus preferencias en el podio durante los años en que trabajó en Bayreuth, nuestro violinista respondió tranquilamente: "Sin duda alguna, Carlos Kleiber". Los motivos de su elección son un claro ejemplo de la gran psicología y de la extraordinaria pedagogía musical kleiberianas:
"Sí, indudablemente. Era un hombre que no decía a los músicos cómo tenían que tocar, ni que tocasen fuerte, o más piano... El siempre intentaba explicar lo que el veía en la música que íbamos a tocar. Kleiber era un soñador con el cual uno, tocando música, podía soñar. No hay que olvidar que los músicos tocamos muchas y repetidas veces las mismas piezas, las mismas óperas, pudiendo caer a veces en la rutina, y eso es malo para la música. Por ello, si los directores no tienen ese halo especial de buscar algo especial bajo cada obra, en cada compositor, carecen de lo esencial. Y Kleiber lograba hacer de esa obra una cosa muy personal."(1)
En su calificación a aquella interpretación de la gran ópera de Wagner, don Ángel se muestra contundente en sus afirmaciones:
"El Tristán suyo de 1974 ha sido insuperable en esos 16 años que estuve en Bayreuth. Luego lo repitió hasta 1976. Precisamente hace poco conseguí una grabación pirata de aquel Tristán del 74 donde yo tocaba como primer concertino y del cual guardo un excelente recuerdo."
La filosofía musical del artista berlinés
Uno de los puntos en los que coinciden la gran mayoría de músicos que han trabajado con Carlos Kleiber está relacionado con sus ensayos -realizados siempre a puerta cerrada-. Hay quienes afirman que un solo ensayo con él valía toda una carrera en el conservatorio.
En las largas e intensas jornadas en las que Carlos analizaba con gran detalle cada compás de cada obra, cada nota, cada silencio, nada se dejaba al azar. Kleiber era un "alquimista musical", alguien que conocía perfectamente su profesión y que se zambullía en cada partitura como si hubiese sido compuesta en aquel preciso instante, sin dejarse llevar por prejuicios interpretativos o corrientes estilísticas pretéritas.
De ahí que nuestro genial director argentino se transformase en el podio en pura fantasía e improvisación, sumergiéndose y dejándose llevar por el flujo de los sonidos. Su máximo respeto por todos y cada uno de los instrumentistas de las orquestas a las que dirigía - otorgándoles gran libertad- le convertía en una persona afable en el trato, en hombre dialogante y en músico dispuesto a escuchar planteamientos diferentes a los suyos. La imposición nunca fue su modus operandi.
También se ha destacado por parte de la comunidad musical su extraordinaria gestualidad corporal, la elegancia en el movimiento de sus largos brazos y su capacidad para "arrastrar" -literalmente- a los músicos con su mirada y a invitarles a asumir riesgos interpretativos. Buena muestra de ello puede escucharse en su interpretación de la obra de Weber Aufforderung zum Tanze (Invitación a la danza). Si nuestros lectores desean contemplar al director berlinés en plena efervescencia musical, podrán darse cuenta de que Kleiber danzaba sobre el podio. Carlos era capaz de dirigir tan sólo con la mano izquierda, apoyando el codo derecho en la barra metálica trasera, extrayendo así sonidos inmortales a agrupaciones como la Orquesta Filarmónica de Viena.
Kleiber, al contrario que muchos compositores e intérpretes, era muy sensible a la reacción del público tras una de sus interpretaciones. En el concierto que se celebró en Las Palmas de Gran Canaria el 7 de enero de 1999, tras percibir que la audiencia no había recibido con gran entusiasmo la primera parte del concierto, se limitó a comentar: "Parece que no les ha gustado mucho. ¡Cuánto lo siento!". La segunda parte fue bien distinta. Una vez finalizada, las ovaciones fueron clamorosas y persistentes (cf.: Fernando Peregrín, op. cit.)
Kleiber y los Conciertos de Año Nuevo
Del legado musical del gran director argentino cabe destacar sus dos apariciones al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena para dirigir el tradicional Concierto de Año Nuevo en 1989 y en 1992. Fueron, sin duda, momentos estelares en los que la agrupación vienesa se entregó por completo al director interpretando el repertorio de la dinastía Strauss.
Carlos -al igual que su padre Erich- poseía una concepción bastante peculiar del tempo. Su capacidad para realizar accelerandi orquestales era prodigiosa. Las transiciones de un tempo a otro estaban perfectamente estudiadas, y no eran producto de simples "arrebatos" originados en su subconsciente. La tensión tímbrica y sonora generada en un momento determinado de una obra, hacían deseable una transición a tempi diferentes -más "veloces", si se quiere- para reencontrar el equilibrio y eliminar las tensiones -producto de las alternancias dinámicas, en muchos casos -.
Los lectores que deseen escuchar estos conciertos podrán apreciar todos estos detalles que subyacen a cada lectura straussiana que hace Kleiber. Baste destacar en estas páginas el inicio del gran evento musical de 1989, en el que nuestro protagonista realizó una lectura prodigiosa del vals de Johann Strauss (hijo) Accelerationen (Aceleraciones) Op. 234.
El primero de enero de 1992 -año del 150 Aniversario de la Filarmónica de Viena-, Carlos obsequió a todos los espectadores con una arriesgada y poco convencional interpretación del maravilloso vals titulado Sphärenklänge (Música de las Esferas) Op. 235 de Josef Strauss.
Precisamente en Viena, la ciudad natal de su padre, el director -con la nacionalidad austríaca por decisión propia-, cosechó algunos de sus mayores triunfos. El más destacado tuvo lugar en 1994, cuando dirigió en una velada inolvidable la ópera Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa) de Richard Strauss, con un magnífico elenco vocal.
La desaparición de un músico genialCuando se hizo público el fallecimiento de Carlos Kleiber el 19 de julio de 2004 mediante una nota de prensa, el mundo musical al completo se afanó por elogiar la figura musical del director argentino. Quizá algunos ya presagiaban este triste final, digno de cualquier drama amoroso wagneriano. Su mujer había muerto recientemente en su tierra natal, en Eslovenia. Carlos nunca pudo superar el enorme vacío que había supuesto aquella pérdida en su vida. Sus restos fueron inhumados en Konjsica, Eslovenia. Riccardo Muti, nada más conocer la trágica noticia, dijo: "Su muerte es una enorme pérdida para la música, y para mí en lo personal".
Carlos Kleiber nos dejó en el más absoluto "anonimato", con la enorme discreción -propia de su carácter enigmático- que le había caracterizado en vida. Consagró su vida a la música, y quiso dejar un recuerdo imperecedero en todos aquellos que le conocieron y valoraron su arte sobre el podio. Acercarse a su universo sonoro es conocer y disfrutar un rico legado por el que merece la pena arriesgarse.
(1) La entrevista completa puede leerse en la página web de Archivo Wagner: http://archivowagner.info/
La forma del laúd, heredada del ud árabe, fue cambiando con los años, admitiendo varios tamaños y diferencias en la ornamentación, la caja de resonancia, los trastes, etc. En esta época el laúd no estaba bien definido y por ello admitía diferentes aspectos.
Su característica diferencial más clara respecto a otros instrumentos punteados es ser más grande, aparte del habitual clavijero doblado hacia atrás, el fondo de costillas o duelas, la forma de la caja y el hecho de fusionar en una sola pieza el cordal y el puente.

Hacia el año 1511 el laúd alcanza la perfección tanto en estructura como en fabricación. A pesar de sus dimensiones resulta liviano ya que las piezas que formaban el cuerpo de pera de los laúdes de esta época eran de pequeño grosor. El vientre, hecho de la mejor madera de pino con su agujero u oído llamado rosa, está adornado con una hermosa talla y está formado por seis o más piezas transversales pegadas por debajo para reforzar y aumentar la resonancia, ya que el sonido depende muchísimo de la calidad de su madera y de la buena colocación de estas piezas.
El ancho cuello o mástil está unido a un pequeño bloque de madera en cuyo extremo superior se juntan las partes del cuerpo. El puente está adosado al vientre y las cuerdas van unidas a él. Los trastes de tripa están colocados alrededor del mástil y del bastidor, siendo su espaciamiento correcto una de las habilidades vitales del ejecutante del instrumento. Para equilibrarlo, el clavijero está inclinado hacia atrás a fin de poder soportar mejor la tensión de las cuerdas.
La mayoría de los los laudistas profesionales son, principalmente, europeos o norteamericanos. Entre los más famosos cabe citar a Konrad Ragossnig, Robert Barto, Desmond Dupré, Eduardo Egüez, Edin Karamazov, Luca Pianca, Edmund Spencer y muchos otros, como Hopkinson Smith, Axel Wolf, Nigel North, Stephen Stubbs, Richard Stone, Pascal Monteilhet, Ariel Abramovich, Evangelina Mascardi, Luciano Contini, William Waters. Particular relieve ha alcanzado el célebre virtuoso estadounidense Paul O' Dette.
Por otra parte, Johann Christian Weyrauch, nacido en 1694 en Knauthain (cerca de Leipzig) y fallecido en 1771, fue un laudista, organista y notario alemán, amigo de Johann Sebastian Bach; este último fue el padrino de uno de sus hijos. Weyrauch escribió obras de muy buen gusto para laúd, y de ejecución bastante difícil. Se ha dicho que sus virtuosas ejecuciones lo dieron un rápido renombre.
Cabe resaltar que la Fuga BWV 1000 de Bach se dio a conocer a través de la copia en tablatura francesa efectuada por Weyrauch; las copias BWV 997 y 1000, están catalogadas en la Musibibliothek der Stadt de Leipzig. En conclusión, la única fuente conocida hasta ahora de estas dos obras de Bach en tablatura para Laúd, son los manuscritos de J. Ch. Weyrauch.
El auge de lo que se ha dado en llamar “el esplendor de la trompeta barroca” es, hasta cierto punto, un espejismo. Si bien es cierto que el repertorio de la trompeta tiene algunos de sus puntos culminantes en el período barroco, también es un hecho que numerosas obras que hoy se interpretan y se graban como conciertos barrocos para trompeta son en realidad piezas concebidas originalmente para el violín, la flauta o el oboe, y que han sido transcritas para aumentar el relativamente escaso caudal de obras originales para este instrumento.
La
bonanza de la trompeta como instrumento solista comienza a declinar al final
del barroco, y durante los períodos clásico y romántico hay poco de
significativo más allá de los conciertos de Haydn y Hummel. La explicación de
ello es evidente: el auge notable del piano y el violín como instrumentos
solistas desde el barroco y hasta las primeras décadas del siglo XX hizo mucho
daño al avance del repertorio de otros instrumentos. Así, en el caso particular
de la trompeta, resulta que después de algunas obras fundamentales del barroco
lo más interesante de su repertorio se encuentra precisamente en el siglo XIX o en el XX.
Jean Baptiste Arban, el compositor de las Variaciones sobre la Norma de Bellini, nació en Lyon (Francia), el 28 de febrero
de 1825. Arban fue pedagogo, trompetista y director de orquesta. Estaba muy
influenciado por la técnica virtuosa de Niccolò Paganini con el violín e intentó
situar la trompeta como verdadero instrumento solista.
Arban estudió de 1841 a 1845 en el Conservatorio Nacional
Superior de Música y Danza de París con François Dauverné. Fue nombrado
profesor en la Escuela
militar en 1857 y profesor de trompeta en el Conservatorio de París en 1869. En
1864 publicó su Grande méthode complète
pour cornet à pistons et de saxhorn, que es todavía una referencia para los
intérpretes actuales.
I. Adagio molto-Allegro vivace
No hay duda que la obra más popular de Franz Schubert es su Octava sinfonía, la famosa Inconclusa. Esto no deja de ser interesante si se considera que la música sinfónica no fue la especialidad de este precoz y malogrado compositor. En efecto, una revisión del catálogo de sus obras permite confirmar que la música de cámara y las canciones ocupan, por mucho, los sitios preeminentes en su producción. He aquí una lista de las partituras que Schubert dedicó a la orquesta:
- Ocho sinfonías
- Un bosquejo para otra sinfonía
- Música incidental para Rosamunda
- Música incidental para La Clochette, una ópera de Ferdinand Hérold (1791-1833)
- Ocho oberturas
- Una pieza de concierto para violín y orquesta
- Una polonesa para violín y orquesta
- Un rondó para violín y cuerdas
- Cinco danzas alemanas, con coda, y siete tríos
- Seis minuetos
- Seis tríos
- Fragmentos y bosquejos de obras varias
En el año de 1816, año de la composición de su Cuarta sinfonía, Schubert dedicaba su talento a atender el puesto de maestro asistente en una escuela dirigida por su padre. Dos años de esta tediosa labor habían aburrido a Schubert, y el joven de 19 años buscaba alguna otra alternativa para su vida profesional. Así, el compositor hizo una solicitud para obtener el puesto de director musical en una escuela de la ciudad de Laibach (que hoy es la ciudad de Ljubljana, en lo que fue Yugoslavia), solicitud que le fue rechazada y el puesto fue a dar a manos de un músico local de nombre Franz Sokol. Para entonces, Schubert ya había compuesto un buen número de canciones, entre las que hay algunas que hoy son consideradas como obras maestras. Muchas de ellas habían sido escritas sobre textos de Johann Wolfgang von Goethe, cuyos poemas inspiraron las mejores canciones de Schubert. En ese mismo año de 1816, algunos amigos de Schubert trataron de que Goethe se interesara en el trabajo del compositor. En abril, le enviaron a Goethe, que por entonces se hallaba instalado en Weimar, un volumen con 16 canciones de Schubert compuestas sobre sus poemas. Contra lo que Schubert y sus amigos hubieran podido esperar, a Goethe no le importaron mucho las canciones. Así pues, al final de 1816, Franz von Schober, uno de los amigos más cercanos de Schubert, lo convenció de que pidiera una licencia en la escuela de su padre, y se lo llevó a vivir con él, para facilitarle su labor creativa.
De este período data la Cuarta sinfonía de Schubert, cuyo sobrenombre de Trágica le fue puesto por el propio compositor. ¿Por qué Trágica? Por la sencilla razón de que por aquellos tiempos era muy usual el tratar de asociar cierto tipo de música con ciertos estados de ánimo. Esa tendencia, por cierto, aún tiene cierta vigencia en nuestro tiempo. Como referencia a este estado de ánimo en particular, cabe recordar que Johannes Brahms (1833-1897) compuso una Obertura trágica, y que la Sexta sinfonía del compositor inglés Havergal Brian (1876-1972) lleva el mismo sobrenombre. De entrada pudiera afirmarse que Schubert oyó lo trágico de su sinfonía en la oscura tonalidad de do menor que eligió para la obra. Sin embargo, muchos musicólogos han negado que haya algo de realmente trágico en esta sinfonía. Percy Goetschius, por ejemplo, afirmaba que el sobrenombre de Trágica había sido un gran error de Schubert, ya que un adolescente de 19 años no podía tener ni la más remota idea de lo trágico y de la tragedia. Evidentemente, el señor Goetschius se equivocaba. ¿Quién dice que las tragedias ocurren sólo en la época madura de la vida de los hombres? De cualquier modo, si hay algo trágico que pueda detectarse en la Cuarta sinfonía de Schubert, al menos según los cánones de la tradición romántica, seguramente se encuentra en la introducción de la obra. Como preámbulo al tradicional allegro de sonata inicial de una sinfonía, Schubert propone un breve episodio introductorio lento, oscuro, melancólico... quizá trágico, un poco a la usanza de ciertas sinfonías de Joseph Haydn (1732-1809). De inmediato viene el Allegro, cuyo tema principal ha sido identificado con una melodía de la ópera Orfeo y Eurídice de Christoph Willibald Gluck (1714-1787). Lo trágico de esta sinfonía (si en verdad existe) vuelve a aparecer en el último movimiento, relacionado temáticamente con el primero. Para el final de la obra, sin embargo, lo trágico cede el paso a la brillantez y el optimismo, cuando Schubert decide concluir la Cuarta sinfonía en la radiante tonalidad de do mayor.
Al parecer, esta sinfonía no fue ejecutada en público en vida del compositor; se menciona, cuando mucho, una posible interpretación privada realizada para beneficio del compositor y sus amigos. El estreno público de la Sinfonía Trágica de Schubert se realizó en Leipzig el 19 de noviembre de 1849, más de 20 años después de la muerte de Schubert. La ejecución estuvo a cargo de la Sociedad Euterpe, bajo la batuta de August Ferdinand Riccius.
En el Primer Acto los sirvientes de la Condesa de Coigny preparan un baile para sus señores. Entre ellos está Gérard, que se llena de indignación viendo a su padre envejecido que sufre como resultado de largos años de trabajo abusivo para los aristócratas. Llegan los invitados vestidos como pastores y se escucha una típica pastoral con coro del siglo XVIII. Gérard canta una idealizada música rústica y el ballet en escena representa una historia de amor rural, a la manera majestuosa de la corte. Entre los invitados se cuenta el popular poeta Andrea Chénier. Cuando la condesa le pide improvisar él se niega, pero cuando su hermosa hija, Maddalena, se lo ruega, consiente finalmente. Maddalena, flirteando, sugiere el tema "amor", aunque Chénier se desentiende y canta a la miseria y el sufrimiento de los pobres, a los que anima a enfrentarse al poder, la iglesia y el estado.
Un dì all'azzurro spazio
Varcai degli abituri l'uscio; (Tutti si sono arrabbiati contro Chénier. In cotanta miseria (a Maddalena) Sol l'occhio vostro |
Un día miré el |
En las variaciones de una forma musical, la idea que se decide variar puede ser una melodía completa, una única frase o incluso un motivo corto. En los arreglos para teclados de canciones populares de los siglos XVI y XVII, se conservaban la armonía y la melodía, pero la melodía recibía distintas ornamentaciones cada vez que se repetía. Algunas formas de variación repetían una frase o motivo aunque cambiando constantemente su contexto; entre éstas se incluye el pasacalles (en el cual hay una frase recurrente que flota de una voz a otra) y las obras que usan un bajo obstinado (una frase de bajo reiterada constantemente). En algunas formas, las armonías de una canción se pueden conservar pero cambiando las melodías, como en el jazz cuando se improvisa o en las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. En obras tales como la chacona de la Partita en re menor para violín solo de Bach, el elemento musical recurrente es simplemente una secuencia de armonías. Los compositores austriacos Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart solían variar la melodía aún más, y a veces sólo mantenían sus líneas básicas -la longitud, el comienzo, el final y los puntos cálidos-, un desarrollo que llegaría a su cumbre magistral con Ludwig van Beethoven en obras tales como las Variaciones Diabelli (1823). En el siglo XIX, Johannes Brahms y otros compositores modificaron a menudo también las armonías. Más tarde muchos emplearon la variación libre, alterando incluso el esqueleto estructural de la melodía, como en el poema sinfónico Don Quijote (1898) del compositor alemán Richard Strauss.
Las variaciones, como una forma relacionada con el arte de la improvisación, fueron durante muchos años asociadas con los teclados, los instrumentos que mejor se adaptaban a expresar la combinación de melodía y armonía. No obstante, durante los siglos XIX y XX, a medida que la forma evolucionaba, se comenzaron a escribir cada vez más variaciones para orquesta. Las Variaciones sobre un tema de Haydn (1873) de Brahms son un ejemplo primitivo de ello, al que seguirían las Variaciones enigma (1899) de Edward Elgar, las Variaciones para orquesta (1928) de Schönberg y las Variaciones sobre un tema de Frank Bridge (1937) de Benjamin Britten.
Las ideas musicales que mejor se adaptan a las variaciones, son aquellas que permanecen reconocibles incluso cuando se las somete a una alteración drástica, por lo que deben tener un ritmo fuerte y unas líneas melódicas y armónicas claras. Uno de los temas más usados, el Capricho nº 2 en la menor para violín solo de Niccolò Paganini, presenta dichas características: un único motivo rítmico que se repite en casi todos los compases, la melodía pone el acento en la quinta, uno de los intervalos fundamentales, al comienzo de cada compás y la armonía alterna al principio entre la tónica y la dominante (los dos acordes básicos de cualquier tonalidad) antes de que una progresión en el círculo de quintas nos lleve a la cadencia final. Este tema ha servido de base para variaciones de Robert Schumann, Johannes Brahms, Boris Blacher, Serguéi Rajmáninov y Witold Lutoslawski.
Un editor musical llamado Anton Diabelli escribió un vals e invitó a los mejores compositores de Viena para que crearan una variación de éste para su posterior publicación. Según se dice todos aceptaron la propuesta a excepción de Beethoven, quien inicialmente consideraba la composición de Diabelli vulgar e insignificante. Pero eventualmente se obsesionó con ella y compuso 33 variaciones, trabajo que le costó aproximadamente tres años en finalizarlo.
Arturo REVERTER