Wilhelm Kempff, piano
I. Adagio sostenuto
II. Allegretto
III. Presto agitato
Las treinta y dos sonatas para piano de Beethoven conforman el ciclo más extenso,
complejo y difícil de la historia del pianismo universal. En ellas se
manifiesta la personalidad revolucionaria y de transición de Beethoven,
y el compositor se sitúa como el más destacado en relación con la forma sonata en el
período comprendido entre el Clasicismo y el Romanticismo. Fiel a la forma
sonata, el gran maestro se permite más de una innovación: sonatas de
dos, cuatro o cinco movimientos, temas con variaciones, fugas, scherzi, etc.
Las sonatas beethovenianas presentan nuevas sonoridades, audaces experimentos en los que
queda retratado el mundo interior del compositor y también el recién
llegado lenguaje expresivo de la revolución romántica. En la temprana
"Patética", en la tempestuosa "Appassionata", en la brusca y
laberíntica "Hammerklavier", en las definitivas sonatas op. 110 y 111,
se van alcanzando las fronteras de la exposición pianística, que serán
definitivamente conquistadas en el op.120. En línea con todo ello, Beethoven fue uno de los compositores que más
exigió a los constructores de piano en cuanto a la mejora de la
sonoridad y la resistencia de los pianofortes decimonónicos.
Las sonatas para piano de Beethoven transportaron la música a un
nuevo orden. En las del op. 2, se advierte un aliento y un dominio
estructural que rompían con la elegancia dieciochesca. Después de 1800,
Beethoven empezó a desarrollar el género con proyecciones románticas.
La Sonata op. 22, en Si bemol mayor, es la última sonata del primer
período de composición, la cual Beethoven declaró como su sonata
preferida. La op. 26 en La bemol (la primera que compuso desde el
comienzo del nuevo siglo), se abre con un tema lento con variaciones,
sigue con un scherzo temerario y vertiginoso, una marcha fúnebre "a la
muerte de un héroe" y concluye en un final que es un torbellino. A ésta
le siguieron las dos sonatas op. 27 que formalmente son cualquier cosa,
menos convencionales. Los siguientes hitos de su composición pianística
coincidieron con la gran crisis que le produjo el agravamiento de su
sordera. La brillante "Waldstein" (el apellido del conde dedicatario,
algunas veces denominada "Aurora" en los países de habla hispana) y la
arrolladora "Appasionata" fueron de concepción tan revolucionaria, que
hasta el propio Beethoven se abstuvo de escribir para piano solo
durante algunos años. Pero la cima de su pianismo son las cuatro
últimas de las treinta y dos sonatas, desde la "Hammerklavier", hasta
la op. 111 en Do menor, la tonalidad de la que se valía Beethoven para
su música "Sturm und Drang", como por ejemplo su Quinta Sinfonía. Las
sonatas beethovenianas exigían un virtuosismo pianístico sin
precedentes hasta entonces y eran consideradas prácticamente intocables
en la época. Liszt fue quien primero demostró que estas sonatas se
podían tocar.
El inadecuado entrenamiento que tuvo Beethoven en sus primeros años
de estudios musicales, se refleja en las tres sonatas para piano
escritas en 1783. El piano súbito, los repentinos arranques, las
figuras de arpegios (ejecutadas a altas velocidades en varias octavas
de forma ascendente o descendente) conocidas como los "cohetes de
Mannheim", son características de la personalidad musical y sentimental
de Beethoven. Él es el primero en usar el acorde de novena sin
preparar, como se puede observar en el primer movimiento de la sonata
"Claro de Luna". Beethoven compuso esta sonata en 1801 y se la dedicó a
una de sus alumnas, la Condesa Giulietta Guicciardi. Poco tiempo
después de sus primeras lecciones se enamoraron el uno del otro. Se
cree que tras dedicarle la Sonata, Beethoven le declaró su amor y le
pidió que se casara con él. Aunque la Condesa estaba dispuesta a
hacerlo, sus padres no lo consintieron y finalmente no hubo boda.
El subtítulo original que llevaba la pieza era "Quasi una
fantasia", y el de "Claro de luna" fue sugerido posteriormente por
Ludwig Rellstab en 1836, años después de la muerte de Beethoven, porque
la pieza le recordaba a la luz de la luna reflejada en el lago de
Lucerna. Desde entonces, la nueva denominación de Rellstab pasó a ser
aceptada extraoficialmente.
El primer movimiento de la Sonata "Claro de Luna" parece mucho más
libre de forma que cualquier otro de las anteriores sonatas de
Beethoven; sin embargo, la más célebre de sus dos sonatas "quasi una
fantasia" es también la más conforme al modelo habitual de la gran
sonata. Los tres movimientos están bien diferenciados (aunque se suele
tocar los dos primeros sin solución de continuidad), y están en la
misma tonalidad (el Re bemol del "Allegretto" es como una transcripción
del Do sostenido). Lo que hace que la obra sea a modo de una fantasía
tiene menos que ver con la forma de los movimientos que con la ausencia
de contrastes emocionales dentro de cada uno de ellos: en este sentido,
ninguno de los movimientos, tomado en sí mismo, constituye un proceso
musical completo. El primero podría calificarse de "monotemático", o
incluso de "no temático", puesto que se desarrolla casi a la manera de
los preludios atemáticos de la época barroca. El "Allegretto" es
también atípico con respecto a los minuetos y scherzi de Beethoven, ya
que el contraste entre la sección principal y el trío se reduce al
mínimo. El tiempo final está escrito en forma sonata, pero muchos
críticos han cometido el error de considerar esta característica como
una especie de compensación por la falta de una clara y consistente
forma de sonata en el primer movimiento. Los movimientos iniciales de
las sonatas de Beethoven son frecuentemente brillantes, pero nunca
terribles. Y el movimiento final de la "Claro de Luna" marcha a un paso
terrorífico ("Presto agitato"), salvo los dos acordes en octavas —
indicados "Adagio" — que permiten al oyente recobrar el aliento antes
del violento ataque del final "Prestissimo".